Ahora mismo Israel está librando una lucha por su supervivencia, y no solo por su supervivencia, sino también por la supervivencia de todas las naciones libres del mundo. Israel se enfrenta al odio, al antisemitismo, a aquellos cuyo único propósito de existir y de ser es, no solo la destrucción del pueblo judío, sino de toda la sociedad a la que el islam considera como infieles e inferiores. Que nadie se crea que el objetivo del islam radical es solo y exclusivamente Israel, No, Israel es el frente de batalla. El objetivo real del Islam es conquistar al mundo entero para imponer su ideología radical y terrorista. Ellos van a por todos, Israel solo está en el medio, los Estados Unidos (hasta ahora) han estado en el medio, de ahí las consignas islámicas: "Muerte a Israel" y "Muerte a América". Para ellos, Israel es el "pequeño satán", y los Estados Unidos son el "gran satán". Ellos detestan la libertad, los derechos humanos, las libertades individuales, las demás religiones o las diferentes maneras de pensar. Esos radicales aman la muerte, se consideran "mártires para Aláh", su falso dios. La lucha que enfrenta Israel es la lucha de todo el mundo libre, y, sin embargo, en el mundo libre crece el apoyo a Hamás, a Hezbolá y a Irán (la incubadora y financiera del terrorismo a nivel mundial). En Gaza, se entrenan a los niños desde el "jardín infantil" a odiar a los judíos, a Israel y a todos los "infieles". Gaza es en la actualidad un semillero de futuros terroristas y asesinos. Es de sabios entender que en la franja de Gaza no hay inocentes. Es como en el relato bíblico de Sodoma y Gomorra: nuestro padre Abraham intercedió por Sodoma y Gomorra, empezó por si hubieran habido 50 justos allí, y siguió bajando hasta llegar a 10 justos...¡Pero no había ni siquiera 10 justos en aquellas ciudades! En Gaza no hay 10 inocentes...todos son enemigos potenciales contra Israel y contra toda la civilización o el mundo libre.
Las 12 fuentes de agua representan a Israel, a las 12 tribus, mientras que las 70 palmeras representan a todas las demás naciones. El propósito de Di-s para Israel es ser luz y llevar agua de vida a las naciones "Porque de Sión saldrá la Torá, y de Jerusalem la palabra de Elohim" para bendecir a todas las naciones de la tierra.
Miqueas 4:1-4 dice:
1 Pero en los postreros tiempos, el Monte de la Casa de YEHOVAH Será establecido como cabeza de los montes, Y exaltado sobre todos los collados, y a él correrán los pueblos,
2 Y muchas naciones irán allí y dirán: Venid, subamos al Monte de YEHOVAH, a la Casa del Dios de Jacob; Él nos enseñará sus caminos, y nosotros andaremos en sus sendas. Porque de Sión saldrá la Torá, y de Jerusalem la palabra de YEHOVAH.
3 Y Él juzgará entre muchos pueblos, y decidirá sobre naciones poderosas, Hasta las más distantes. Forjarán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas. No alzará espada nación contra nación, Ni se adiestrarán más para la guerra.
4 Sino que cada uno se sentará debajo de su vid y debajo de su higuera, Y nadie los amedrentará, Porque la boca de YEHOVAH Sebaot lo ha dicho.
¡Bendito Yehovah Di-s de Israel! ¡Bendecido sea todo Israel!
Shalom, el día de hoy reflexionaremos sobre una de las declaraciones más profundas del Salmo 119:105: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. ¿Alguna vez has intentado caminar en completa oscuridad sin saber dónde poner el siguiente paso? ¿Qué sucedería si tuvieras que avanzar por un sendero desconocido sin ninguna luz? El salmista nos presenta precisamente esa imagen para enseñarnos una verdad espiritual: nuestra vida necesita la dirección de Hashem. El ser humano puede tener inteligencia, experiencia, recursos, estudios y capacidad para tomar decisiones, pero ¿de qué sirven todas estas cosas si caminamos sin la luz de la Palabra? El salmista no dice que la Palabra es simplemente información religiosa, sino que la compara con una lámpara y una lumbrera, algo que permite ver dónde estamos, hacia dónde vamos y qué peligros debemos evitar. ¿Por qué necesitamos una lámpara para nuestros pies? Porque muchas veces el problema no está en saber cuál será nuestro destino final, sino en no saber dónde colocar el próximo paso. La expresión hebrea “נֵר לְרַגְלִי דְבָרֶךָ” — ner leraglí devaréja, “lámpara a mis pies es tu palabra”, nos lleva a comprender que la Palabra de Hashem tiene una función práctica: iluminar nuestras decisiones presentes. ¿Qué decisión estás enfrentando hoy? ¿Qué camino estás considerando tomar? ¿Estás permitiendo que tus emociones sean la lámpara que dirige tus pasos, o estás buscando la dirección de Hashem? La segunda parte del versículo declara: “וְאוֹר לִנְתִיבָתִי — ve'or lintivatí”, “y luz para mi camino”. La Palabra no solamente ilumina el paso inmediato; también proporciona orientación para el sendero. ¡Qué hermosa imagen! Una lámpara cerca de nuestros pies y una luz que alcanza el camino que tenemos delante. ¿Cuántas veces queremos conocer todo nuestro futuro cuando Hashem solamente nos está pidiendo fidelidad para el siguiente paso? La emunah aprende a caminar con la luz disponible. No necesitamos conocer todos los detalles del mañana para obedecer hoy. En la perspectiva hebrea de las Escrituras, la Palabra de Hashem no está separada de la vida cotidiana. La Torah enseña, corrige, orienta, confronta y forma al ser humano para que pueda caminar de acuerdo con la voluntad del Creador. Por eso, cuando el salmista declara que la Palabra es lámpara, está reconociendo que su vida no puede ser gobernada exclusivamente por sus propios criterios. ¿Qué ocurre cuando dejamos que nuestra propia lógica sea nuestra única guía? ¿Cuántas decisiones equivocadas hemos tomado porque confiamos más en lo que sentimos que en lo que Hashem ha dicho? ¿Cuántas veces hemos confundido nuestros deseos con la voluntad del Eterno? La luz de la Palabra también tiene una función incómoda: revela lo que está oculto. Cuando encendemos una lámpara en una habitación oscura, no solamente vemos el camino; también descubrimos el polvo, los obstáculos y aquello que preferíamos no mirar. ¿Estamos dispuestos a permitir que la Palabra ilumine también nuestras áreas oscuras? ¿Estamos dispuestos a reconocer errores, corregir conductas y abandonar caminos que no agradan a Hashem? La verdadera luz no solamente nos consuela; también nos confronta. El Salmo 119 presenta una profunda pasión por la Palabra de Hashem porque el autor comprende que obedecerla conduce a una vida ordenada delante del Creador. No se trata de utilizar las Escrituras únicamente cuando tenemos problemas; se trata de convertirlas en una guía permanente. ¿Buscamos la Biblia solamente para encontrar respuestas que confirmen nuestras decisiones, o estamos dispuestos a permitir que ella transforme nuestras decisiones? Esa pregunta es fundamental. La verdad que revela la Biblia acerca de este tema es clara: la Palabra de Hashem es una guía confiable para quienes desean caminar en fidelidad, porque ilumina nuestras decisiones, revela nuestros errores, muestra el camino correcto y nos ayuda a permanecer firmes cuando las circunstancias son oscuras. Yeshua también enseñó acerca de la importancia de escuchar y poner por obra sus palabras, mostrando que no basta con escuchar; debemos construir nuestra vida sobre aquello que hemos recibido. Entonces, estudiantes de EMET y amigos lectores, ¿qué está iluminando actualmente tu camino? ¿Tus temores? ¿La opinión de otras personas? ¿La cultura que te rodea? ¿Tus propios deseos? ¿O la Palabra de Hashem? Quizá hoy no tengas respuestas para todas las preguntas de tu vida, pero puedes tener luz para dar el siguiente paso. No desprecies esa luz. Abre las Escrituras, estudia, medita, pregunta, aprende y permite que la Palabra transforme tu manera de pensar y de vivir. Cuando la noche sea oscura, cuando no conozcas el camino y cuando tus fuerzas parezcan insuficientes, recuerda: no necesitas ver todo el sendero para seguir caminando; necesitas confiar en la luz que Hashem ya puso delante de tus pies.
El texto de 1 Corintios 5:5 dice: "que el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús". Este versículo se ha usado tradicionalmente para enseñar que, cuando un creyente cae en pecado grave, Dios (o la iglesia) lo "entrega" de nuevo al poder de un ser personal llamado Satanás. Sin embargo, un análisis cuidadoso del contexto, del vocabulario original y de pasajes paralelos muestra que esta interpretación popular tiene serias dificultades lógicas y teológicas. El propósito de este estudio es examinar racionalmente el texto, comparando la interpretación tradicional con explicaciones alternativas respaldadas en la Escritura, para llegar a una conclusión coherente con el resto de la revelación bíblica.
1. El contexto inmediato: un caso de incesto en Corinto
En 1 Corintios 5:1-2, Pablo describe la situación: un miembro de la iglesia mantenía relaciones con la esposa de su padre, algo que ni siquiera los paganos aceptaban. La instrucción de Pablo (v. 4-5) es que la iglesia, "reunidos vosotros y mi espíritu, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo", entregue a este hombre "a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús".
El propósito declarado de esta acción no es condenar al hombre, sino salvar su espíritu. Esto es clave: cualquier interpretación del versículo debe explicar cómo la acción descrita produce salvación, no destrucción final.
2. Problema lógico de la interpretación popular
La interpretación tradicional sostiene que Satanás es un ángel rebelde, personal, que busca activamente destruir a los seres humanos y apartarlos de Dios (esta es la idea popular sobre su carácter, aunque el estudio de otros pasajes bíblicos cuestiona seriamente esa imagen). Si esto fuera así, surgen varias preguntas razonables:
- Si el objetivo de Satanás fuera arruinar espiritualmente a las personas, ¿por qué su acción resultaría en que "el espíritu sea salvo"? Esto sería contradictorio con su supuesta naturaleza.
- ¿Cómo podía literalmente la iglesia de Corinto "entregar" a este hombre a un ser espiritual invisible? No hay un mecanismo humano concreto para hacerlo, a diferencia de otros usos del mismo verbo griego que sí describen acciones concretas y verificables.
- El texto dice que es la iglesia quien entrega al hombre (v. 4), no que Satanás entra a buscarlo activamente. Esto es distinto de la imagen popular de un Satanás que persigue constantemente a la gente para hacerla pecar.
3. El significado de "entregar" (griego: paradídōmi) en otros contextos
El mismo verbo usado aquí ("entregar") aparece en otros lugares del Nuevo Testamento con un sentido legal claro, es decir, entregar a alguien a una autoridad civil para que la juzgue o castigue:
- Mateo 5:25: alguien puede ser entregado "al juez".
- Mateo 10:17: "os entregarán a los concilios".
- Mateo 20:19: los judíos "entregarán" a Jesús "a los gentiles".
- Hechos 21:11: los judíos "entregarán" a Pablo "en manos de los gentiles".
- Hechos 28:17: Pablo dice "he sido entregado preso".
En todos estos casos, "entregar" significa poner a alguien bajo el poder de una autoridad humana para que sea procesado o castigado. Esto sugiere que, en 1 Corintios 5:5, Pablo podría estar instruyendo a la iglesia a dejar de proteger a este hombre pecador de las consecuencias legales de su conducta, entregándolo (en sentido figurado o real) a la autoridad romana, que castigaba el incesto como delito. El erudito Leander Keck señala que el acto de este hombre era contrario tanto a la ley judía como a la romana, quedando sujeto a castigo por esas autoridades (Keck, Paul and His Letters, 1988, p. 106).
4. "Satanás" como los malos deseos, no como un ser personal externo
Otra explicación coherente es que "Satanás" aquí se refiere a los malos deseos del propio hombre, a los cuales ya había cedido al cometer el pecado de incesto. Pablo estaría sugiriendo que la iglesia lo aparte de la comunión, dejándolo vivir por un tiempo bajo el dominio de sus propios deseos carnales, con la esperanza de que esa experiencia lo lleve finalmente al arrepentimiento. Esto es paralelo a la historia del hijo pródigo (Lucas 15:11-24), quien, al alejarse de su familia y vivir entregado a sus propios deseos, terminó arrepintiéndose y regresando. Jeremías 2:19 expresa una idea similar: "Tu maldad te castigará, y tu apostasía te condenará; sabe, pues, y ve cuán malo y amargo es".
Este sentido de "Satanás" como los malos deseos personales tiene respaldo en el uso bíblico de "la carne":
- Romanos 8:9: los creyentes "no viven según la carne, sino según el Espíritu".
- Romanos 7:5: antes de la conversión, "estábamos en la carne".
- Gálatas 5:19: la perversión sexual (el pecado de los corintios) se menciona como una obra de la carne.
- 1 Juan 3:5,8: los pecados se llaman "las obras del Diablo", igualando así "la carne" con "el Diablo" en sentido funcional, es decir, como la fuente de la conducta pecaminosa.
Con esta lectura, el versículo podría entenderse como: "que esa persona sea entregada a Satanás (la autoridad civil) para destrucción de Satanás (la carne, sus malos deseos)". Es decir, un mismo término usado en dos sentidos distintos dentro de la misma frase, algo común en el estilo de Pablo.
5. El paralelo de Job: Dios entrega a alguien a un adversario para su bien
El mismo verbo griego que se traduce "entregar" aparece en la Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento) en Job 2:6, donde Dios "entrega" a Job a Satanás, pero con la condición de proteger su vida ("su psyché", su alma/vida). Job era considerado un hombre justo (Job 1:1), y sin embargo fue entregado a un adversario para un proceso de mejoramiento espiritual, no para su destrucción final.
Este paralelo es importante porque muestra que, bíblicamente, es Dios quien tiene el control sobre cualquier "Satanás" o adversario, usándolo para el beneficio espiritual de la persona, no en oposición a la voluntad divina. Esto concuerda con 2 Timoteo 2:26, que habla de personas atrapadas "en el lazo del diablo", pero "a voluntad de él" (de Dios), es decir, dentro de un propósito divino, no fuera de su control.
6. El caso de Himeneo y Alejandro
Un caso paralelo aparece en 1 Timoteo 1:20, donde Pablo dice que entregó a "Himeneo y Alejandro... a Satanás, para que aprendan a no blasfemar". Aquí surge la misma pregunta lógica: si Satanás fuera un ser maligno y mentiroso por naturaleza, ¿cómo podría enseñar a alguien a no blasfemar contra Dios? Esto tiene más sentido si se entiende que la disciplina (posiblemente una enfermedad física, dado el patrón bíblico de castigo por pecado en 1 Corintios 11:30, Hechos 5:1-10, Apocalipsis 2:22-23 y Santiago 5:14-16) fue el medio usado para llevar a estas personas al arrepentimiento, y no una entrega literal a un enemigo cósmico de Dios.
En 2 Timoteo 4:14-15, Pablo menciona que Alejandro "se ha opuesto en gran manera a nuestras palabras", lo cual indica que, tiempo después de haber sido "entregado a Satanás", seguía sin arrepentirse, reforzando la idea de que la disciplina buscaba corrección, no destrucción irreversible.
Conclusiones finales
1. El propósito explícito del texto (salvar el espíritu del hombre) es incompatible con la idea de que Satanás sea un ser personal empeñado en destruir espiritualmente a las personas, ya que esa acción no podría producir salvación.
2. El verbo "entregar", usado en otros pasajes del Nuevo Testamento, tiene un sentido legal y concreto: poner a alguien bajo el poder de una autoridad humana. Esto abre la posibilidad de que Pablo instruyera a la iglesia a dejar de proteger al pecador de la ley romana.
3. "Satanás" y "la carne" están vinculados en el uso bíblico como referencias a los malos deseos humanos y sus consecuencias, no necesariamente a un ser personal externo.
4. El paralelo con Job muestra que, en la Escritura, es Dios quien controla al adversario y lo usa con un propósito de bien espiritual, no en una lucha cósmica fuera de su control.
5. El caso de Himeneo y Alejandro refuerza que la "entrega a Satanás" funcionaba como una disciplina correctiva (posiblemente enfermedad), destinada a producir arrepentimiento, y no una condena definitiva.
En conjunto, estos elementos sugieren que 1 Corintios 5:5 no enseña que Dios o la iglesia "sueltan" a una persona en manos de un enemigo cósmico fuera del control divino, sino que describe una medida disciplinaria —ya sea legal, comunitaria o física— cuyo objetivo final, coherente con todo el pasaje y sus paralelos bíblicos, es la restauración y salvación del pecador.
París 1572, La matanza de la noche de San Bartolomé
La espiral de violencia entre católicos y protestantes desencadenada por las guerras de religión en Francia culminó con una terrible matanza de protestantes en la capital del reino, de la que se culpó a la reina madre Catalina de Médicis.
Masacre de San Bartolomé por Francois Dubois, 1572 Museo del Louvre. En el cuadro se puede ver junto a otras crueldades la muerte y decapitación Coligny, cuyo cadáver desnudo es arrastrado por las calles.
Foto: Wikimedia Commons
El domingo 24 de agosto de 1572, día de San Bartolomé, París se despertó –si es que alguno de sus habitantes pudo dormir– en medio de un baño de sangre. A lo largo de la noche se había desencadenado una espantosa carnicería que continuaría durante las siguientes tres jornadas y que pronto se contagiaría a otras ciudades del reino. Fueron muchos los episodios sangrientos de este tipo que jalonaron las guerras de religión, el largo conflicto que entre 1562 y 1598 enfrentó en Francia a dos comunidades religiosas, los católicos y los protestantes (llamados en Francia hugonotes). Pero la matanza de la Noche de San Bartolomé fue el más grave y el que mayor impacto tuvo, hasta convertirse, con razón, en icono del fanatismo y la brutalidad homicida que una comunidad puede desplegar contra una minoría religiosa, un ejemplo de cómo una sociedad puede partirse en dos, desencadenar procesos de exterminio y convencerse de que la eliminación física de los rivales es la única forma de garantizar la propia supervivencia.
Las guerras de religión en Francia fueron una consecuencia de la división religiosa de toda Europa que trajo consigo la irrupción de la Reforma protestante a partir de 1517. Inicialmente, la monarquía francesa de Francisco I no dudó en ayudar a los protestantes alemanes en su rebelión contra el emperador Carlos V, archienemigo de los franceses, pero no por ello estaba dispuesta a permitir que la nueva religión se expandiera en sus dominios. Así lo demostró la violenta represión que se desencadenó en 1534, tras el escándalo de los placards, unos pasquines anticatólicos que los protestantes colgaron por los muros de París e incluso en la puerta del palacio del rey en Amboise. Pese a ello, en la década de 1550 el protestantismo, en la variante calvinista que dirigía desde la ciudad suiza de Ginebra un reformador de origen francés, Juan Calvino, se expandió rápidamente entre la nobleza francesa, parte de las élites urbanas y el mundo campesino hasta convertirse en una amenaza para la monarquía.
Escalada de tensión
En 1559, la muerte de Enrique II, el hijo de Francisco I, en un torneo –un contrincante le atravesó un ojo de un lanzazo y falleció tras diez días de agonía– debilitó repentinamente el poder de la monarquía. Frente a un rey fuerte se sucedieron dos reyes niños –Francisco II (1559-1560) y su hermano Carlos IX (1560-1574)– bajo la regencia de su madre, la florentina Catalina de Médicis. En esas circunstancias se formaron dos partidos nobiliarios, decididos cada uno de ellos a tomar las riendas del gobierno y que hicieron bandera de la religión: por un lado estaba la facción católica liderada por la poderosa familia de los Guisa, decidida a purgar el reino de la herejía protestante; enfrente, el bando calvinista que se agrupaba en torno a Antonio de Borbón y Gaspard de Coligny. A partir de 1561, lo que hasta entonces había sido una disputa por el favor real en la corte se convirtió en un enfrentamiento armado, una auténtica guerra civil en la que pronto las formas caballerescas dieron lugar al más puro salvajismo, con ejecuciones de prisioneros y asesinatos políticos.
Monjes y soldados se arman antes de inciar la matanza de San Bartolomé, óleo de Claudius Jacquand pintado en 1837, Nationalmuseum, Estocolmo.
Foto: Wikimedia Commons
En este ambiente de violencia desatada, Catalina de Médicis quería evitar, por encima de todo, convertirse en una simple marioneta en manos de la nobleza, fuera católica o protestante. Para ello puso en práctica diversas políticas: desde ponerse al frente de los católicos partidarios de la aniquilación de los protestantes, hasta buscar formas de tolerancia que permitieran la convivencia entre ambos grupos, como intentó el canciller Michel de L’Hopital mediante diversos edictos de pacificación y tolerancia. Sin embargo, la guerra se prolongó con diversas alternativas, sin que ni unos ni otros lograran una ventaja decisiva.
Una noche sangrienta
Cuando en 1570, las fuerzas protestantes al mando del almirante Gaspard de Coligny se aproximaron a París y forzaron al gobierno a aceptar una nueva paz, la de Saint-Germain-en-Laye, Catalina intentó una nueva maniobra: acordó el matrimonio de su hija Margarita de Valois con el joven líder protestante Enrique de Borbón, rey de Navarra. De este modo, la reina esperaba restablecer la concordia de la alta nobleza y dar estabilidad a la Corona. Sin embargo, Coligny adquirió una influencia creciente sobre el rey Carlos IX, y empezó a hablarse de que su objetivo era lanzar una intervención militar en los Países Bajos en auxilio de los protestantes que se habían rebelado allí contra el dominio de Felipe II de España. La posibilidad de una guerra a gran escala entre Francia y España era considerada por muchos con preocupación.
Grabado contemporáneo en el que se ve el atentado contra Coligny (abajo a la izquierda) y su muerte durante la masacre de San Bartolomé.
Foto: Wikimedia Commons
El matrimonio de Enrique de Borbón y Margarita de Valois se celebró el 18 de agosto de 1572 en París. Con ese motivo acudió a la capital francesa un número muy considerable de gentileshombres hugonotes, lo que creó una visible tensión con la población de la capital del reino, mayoritariamente católica. En ese clima enrarecido, el día 22 Coligny fue víctima de un atentado: cuando volvía de una reunión del Consejo del rey, un francotirador le disparó desde una ventana, y aunque el almirante salvó la vida gracias a que se había agachado en ese momento para atarse un zapato, resultó gravemente herido en un brazo y se le trasladó rápidamente a su residencia. Carlos IX se apresuró a visitar al almirante, para prometer justicia y tranquilizar a sus seguidores, pero se encontró con la ira de los protestantes que responsabilizaban del intento de magnicidio al entorno regio, particularmente a Catalina de Médicis y a los Guisa. La reina madre y su consejo vieron en esta movilización y en la rabia de los hugonotes una agresión intolerable contra la autoridad y la dignidad real, y al día siguiente por la noche, en una reunión con el rey, lograron convencerlo de que era necesario tomar una medida drástica: eliminar a todos los líderes del movimiento protestante reunidos en París antes de que éstos se organizaran y atacaran la corte.
La operación –una ablación quirúrgica preventiva, la ha denominado la historiadora Arlette Jouanna– se llevó a cabo esa misma noche. Tras cerrar las puertas de la ciudad y convocar a la milicia municipal, a las tres de la madrugada tocaron a rebato las campanas de una iglesia de París, señal del inicio de la matanza. El joven duque Enrique de Guisa se encargó de ir a la casa donde yacía Coligny, a quien acusaba de haber ordenado la muerte de su padre en 1563, para asesinarlo junto a su séquito. Los asesinos entraron en el patio y el almirante, desde su lecho, pidió a sus compañeros que huyeran, lo que hicieron saliendo por una ventana. El herido pidió a un oficial alemán del duque de Guisa: «Joven, respeta mis cabellos grises y mi vejez», pero éste no dudó en hundir su espada en el pecho del líder protestante, que fue rematado por otros soldados. Su cadáver fue decapitado, arrojado por la ventana y arrastrado por las calles.
Noche de terror
En el palacio del Louvre, los guardias reales sacaron a los hugonotes de la cama para degollarlos, sin dejarles opción de defenderse. Muchos, tratando de escapar, se vieron atrapados en el gran patio del palacio, donde los remataron alabarderos suizos. En el resto de París, los ciudadanos armados se lanzaron a la caza de los protestantes, fácilmente identificables por el vestido negro que llevaban. Convencidos de obedecer un mandato divino, asesinaron a hombres, mujeres y niños con una brutalidad extrema. El embajador español, Diego de Zúñiga, decía en una carta a Felipe II: «Mientras escribo, los están matando a todos, los desnudan, los arrastran por las calles, saquean las viviendas y no perdonan ni a los niños. ¡Bendito sea Dios, que ha convertido a los príncipes franceses a Su causa! ¡Quiera él inspirar sus corazones para que continúen como han empezado!».
Enrique de Navarra es salvado por su mujer Margarita de Valois durante la caza de protestantes en palacio. Alexandre-Évariste Fragonard, 1835, Museo del Louvre.
Foto: Wikimedia Commons
En la tarde del día 24, Carlos IX, horrorizado, intentó parar una acción que se les había ido claramente de las manos, pero sus intentos fueron infructuosos. Los homicidios no sólo se prolongaron varios días en París, sino que se contagiaron a otras ciudades de Francia. En total en todo el reino murieron asesinadas unas diez mil personas, unas dos mil tan sólo en la capital, aunque las cifras son siempre de difícil verificación.
Carlos IX de Francia durante la masacre según Paul Emil Jacobs, 1839. Colección Real, Londres.
Foto: Wikimedia Commons
Cuando pasó la tormenta, cada uno de los bandos hizo su propia lectura de los hechos. Para los protestantes, la matanza había sido el resultado de una conspiración urdida durante largo tiempo por la siniestra reina «italiana» y el no menos oscuro rey de España, Felipe II; por ello, muchos rompieron con la monarquía de los Valois y defendieron el derecho del pueblo a resistir contra un rey tirano. Para el papado, en cambio, el suceso fue un triunfo espectacular, una nueva muestra del favor de Dios a la Iglesia católica, un año después de la gran victoria de la cristiandad frente al Imperio otomano en la batalla de Lepanto. Para el rey de España y su gobernador en Flandes, el duque de Alba, era simplemente un alivio que les permitía centrar sus esfuerzos en reprimir a los rebeldes en los Países Bajos.
Violencia purificadora
De lo que no cabe duda es del carácter enormemente popular que tuvo la matanza. Por supuesto, la de San Bartolomé no fue la primera ni sería la última de las masacres que en nombre de la religión perpetraron católicos y protestantes. Antes y después de 1572 se produjeron hechos semejantes no sólo en Francia, sino también en otras partes de Europa como Flandes, Irlanda, Escocia, Inglaterra o Alemania. En todos esos casos, la violencia se entendía como una manera de purgar el cuerpo social de los elementos que se veían como una amenaza, como una peste. La masacre adquiría así, en el imaginario de los asesinos que la perpetraban, una función urgente, preventiva y terapéutica. De ahí el ensañamiento de los católicos parisinos con los cadáveres de los hugonotes, a los que se destripaba para mostrar sus entrañas, clavadas en picas, como símbolo de su pecado. Este tipo de deshumanización de las víctimas por parte de los verdugos fue una constante de las guerras de religión.
Catalina de Médicis sale del Louvre a la mañana siguiente para contemplar el resultado de la masacre. Edouard Debat-Ponsan, 1880, Museo de Arte Roger-Quilliot, Clermont Ferrand.
Foto: Wikimedia Commons
Por otro lado, la movilización del pueblo católico de París fue también expresión de su propia cultura urbana, una respuesta a lo que consideraban una amenaza a sus tradiciones, encarnada por los gentileshombres protestantes que durante aquellos días campaban armados por la ciudad. El inicio de la matanza en el Louvre se interpretó como una autorización regia para que la comunidad local se activara, tomara su destino en sus manos y eliminara lo que veía como una agresión.
Acabar con las cabezas del protestantismo militar no hizo desaparecer a los hugonotes, que siguieron luchando empecinada y valientemente por defender su derecho a existir. De hecho, fue un superviviente de la Noche de San Bartolomé, Enrique de Navarra, quien al término de una guerra que parecía interminable haría su entrada triunfal en París, en 1594, como Enrique IV de Francia, no sin antes convertirse al catolicismo. Cuatro años más tarde el monarca promulgaría el Edicto de Nantes, una ley de tolerancia religiosa que tenía como objetivo, mediante la reafirmación del poder absoluto de la monarquía, impedir que en el futuro volviera a producirse un estallido de violencia como el que ensangrentó París en 1572.
Sukkot revela algo extraordinario sobre el propósito de Yehováh para Su pueblo y para las naciones.
En Números 29 aparece un patrón muy particular. Durante los siete días de Sukkot se ofrecían:
13, 12, 11, 10, 9, 8 y 7 novillos.
En total:
70 novillos.
¿Por qué exactamente 70?
Génesis 10 presenta a los descendientes de Noé, tradicionalmente asociados a las 70 naciones. Por esta razón, muchos sabios entendieron que los 70 novillos ofrecidos durante Sukkot representaban también a las naciones delante de Yehováh.
Esto encaja con el llamado que recibió Israel:
“Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes…”
Éxodo 19:6
Israel fue llamado a cumplir una función sacerdotal: representar a Yehováh, interceder y ser instrumento dentro de Su propósito de restauración.
Y Sukkot nos muestra que ese propósito continúa avanzando.
Pablo escribió que las Fiestas son “sombra de las cosas por venir” (Colosenses 2:17), y el profeta Zacarías describe un tiempo futuro en el que las naciones subirán a Jerusalén para adorar al Rey y celebrar la Fiesta de los Tabernáculos.
Zacarías 14:16
Así, los 70 novillos no son simplemente una curiosidad numérica. Nos presentan una imagen profética de algo mucho mayor:
las naciones siendo reunidas para adorar al único Rey y participar del Reino del Mesías.
Sukkot nos recuerda que Yehováh está llevando Su plan hacia una restauración en la que hombres y mujeres de todos los pueblos, lenguas y naciones serán reunidos bajo Su autoridad.
¿Quieres aprender más y profundizar en esta maravillosa fiesta?
Comenta “SUKKOT” y te mostraremos cómo continuar estudiando su significado bíblico y profético.
El arrepentimiento completo incluye abandonar la transgresión.
¿Hasta qué punto?
Hasta que Hashem, quien conoce lo oculto, dé testimonio de que esa persona no reincidirá en la transgresión.
Porque la verdadera teshuvá no se demuestra solamente con palabras dirigidas al pasado, sino con una transformación que alcanza nuestras decisiones futuras.
Puedes lamentar lo que hiciste.
Puedes pedir perdón.
Puedes llorar por tus errores.
Pero la pregunta profunda es:
¿Qué haces cuando vuelves a tener la oportunidad de hacer aquello que decidiste abandonar?
Ahí se pone a prueba la teshuvá.
En el judaísmo, arrepentirse no significa simplemente sentirse mal por haber transgredido.
Significa volver. Cambiar. Abandonar el camino equivocado y demostrarlo con la propia vida.
Contribución de "Teología Crítica Latinoamericana".
Existe una historia muy popular sobre el origen del diablo: que era un ángel bueno, creado por Dios, que por soberbia se rebeló y fue expulsado al infierno. Esta versión aparece en catecismos, predicaciones y hasta en el cine. Sin embargo, esa historia no está en la Biblia. Proviene de libros apócrifos, es decir, textos que el pueblo judío o la Iglesia no aceptaron como parte de las Escrituras.
Este estudio, basado en el documento que compartiste, busca explicar de manera clara y sencilla de dónde salió realmente la idea del diablo, por qué existen tres versiones distintas sobre su caída, y por qué ninguna de ellas aparece en el Antiguo Testamento como tal.
1. El problema que dio origen a la idea del diablo
Los antiguos israelitas se enfrentaban a distintos males: ataques de animales, guerras, enfermedades. Algunos de esos males tenían una causa clara. Pero otros parecían no tener explicación (una muerte repentina, un accidente extraño). Como no querían pensar que esos males venían de Dios, concluyeron que existían fuerzas malignas responsables de ellos: los "espíritus impuros" o demonios, gobernados por un jefe supremo al que llamaron con distintos nombres (Satán, Mastema, Belial, Belcebú, entre otros).
2. La llegada de la cultura griega y el problema teológico
Al principio, los judíos simplemente aceptaban la existencia de esos demonios sin preguntarse su origen, aunque mucha influencia vino de la religión persa. Pero hacia el año 300 a.C., con la conquista de Alejandro Magno, entró en escena la cultura griega, que también creía en demonios, aunque los consideraba seres casi divinos, al mismo nivel que sus dioses.
Esto obligó a los judíos a aclarar su postura: para ellos solo existía un Dios supremo, así que los demonios tenían que ser criaturas inferiores creadas por Él. Pero surgió una nueva pregunta incómoda: ¿cómo pudo Dios crear seres malvados, si el Génesis dice que todo lo que hizo era bueno? La respuesta fue que Dios los creó buenos (como ángeles), y ellos, por su propia voluntad, se volvieron malos.
Esto llevó a una tercera pregunta, todavía más difícil: ¿qué pecado cometieron exactamente esos ángeles? Y aquí nacieron tres versiones distintas.
3. Primera versión: el pecado sexual (Libro de Henoc, c. 200 a.C.)
Basándose en un pasaje extraño de Génesis 6,1-4 (donde "hijos de Dios" se unen con mujeres humanas y engendran gigantes), se compuso la historia recogida en el 1er Libro de Henoc. Según este relato, doscientos ángeles, liderados por Semyasa, bajaron a la tierra atraídos por la belleza de las mujeres. De esa unión nacieron gigantes que devoraban todo, incluyendo humanos. Dios envió a los arcángeles Uriel, Rafael y Miguel para encerrar a esos ángeles rebeldes hasta el juicio final. Los espíritus de los gigantes muertos quedaron vagando por la tierra como demonios.
Esta versión se repitió en otros libros apócrifos: el Libro de los Jubileos, el Testamento de los Doce Patriarcas y el 2º Libro de Baruc.
4. Segunda versión: el pecado de envidia (Vida de Adán y Eva, c. 100 a.C.)
Algunos judíos consideraron poco decoroso atribuir un pecado sexual a seres espirituales, así que surgió otra explicación. Según esta, cuando Dios creó a Adán a su imagen, ordenó a los ángeles que lo adoraran. Miguel obedeció, pero Satanás se negó por envidia y orgullo, alegando que él había sido creado antes y era superior a Adán. Como castigo, fue expulsado del cielo junto a los ángeles que lo siguieron.
Esta versión resultaba más coherente: encajaba mejor con la naturaleza espiritual de los ángeles y explicaba por qué Satanás se dedica a tentar a los humanos (por envidia hacia la felicidad que Adán conservaba en el Paraíso).
5. Tercera versión: el pecado de soberbia (2º Libro de Henoc, c. 50 d.C.)
Un himno del profeta Isaías (14,4-15), que originalmente celebraba la caída de un rey de Babilonia orgulloso llamado "Lucero" (en latín, Lucifer), fue reinterpretado por algunos judíos como una descripción de la caída de Satanás. Según esta lectura, Satanás quiso "ser como Dios", se rebeló por soberbia y fue arrojado al sheol (el inframundo). De este malentendido nace el uso del nombre "Lucifer" para referirse al diablo, aunque en el texto original de Isaías no tiene nada que ver con él.
6. Lo que realmente dice el Nuevo Testamento
De las tres versiones, el Nuevo Testamento solo recoge la primera, la del pecado sexual, y lo hace dos veces:
- Judas 6-7 (c. año 90): habla de ángeles que abandonaron su lugar y fueron encadenados, comparándolos con Sodoma y Gomorra.
- 2 Pedro 2,4 (c. año 125): dice que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron y los encerró en el Tártaro hasta el juicio.
Es importante notar que estos autores no estaban afirmando que ese hecho ocurrió históricamente; lo mencionan como ejemplo de que Dios castiga el pecado, igual que mencionan otros relatos legendarios (el diluvio, la destrucción de Sodoma, la esposa de Lot convertida en sal).
7. Lo que enseñó después la Iglesia
Curiosamente, la tradición cristiana posterior abandonó la única versión que sí aparece en el Nuevo Testamento (la sexual) y adoptó la de la soberbia, que pasó a los catecismos desde el Concilio de Trento (1566) hasta el catecismo de san Pío X (1973), resumida en seis puntos: los ángeles fueron creados buenos, sometidos a una prueba, algunos cayeron por soberbia, fueron expulsados y son ahora enemigos de Dios y de los hombres.
El Catecismo de la Iglesia Católica de 1993 no resolvió el problema: mezcla las tres versiones apócrifas (números 391-395), citando el pecado sexual de 2 Pedro, pero hablando también de soberbia y de envidia.
Conclusiones
1. La Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) no contiene una historia unificada sobre el origen del diablo. Las tres versiones conocidas (pecado sexual, envidia y soberbia) provienen de libros apócrifos, no de las Escrituras canónicas.
2. El Nuevo Testamento solo menciona una de las tres versiones (la sexual), y lo hace de forma incidental, sin afirmar que sea un hecho histórico comprobado.
3. La versión más popular hoy (la de la soberbia y la expulsión del cielo) es, paradójicamente, la menos respaldada por el texto bíblico, y su fuerza proviene de una mala interpretación de un himno de Isaías dirigido a un rey babilonio, de donde también surge el nombre "Lucifer" aplicado al diablo.
4. El desarrollo de la figura del diablo responde a una necesidad teológica: explicar el origen del mal sin atribuírselo directamente a Dios, en un contexto de contacto cultural con el pensamiento griego.
5. El documento cierra con una reflexión pastoral: entender esto no debería generar temor, sino invitar a asumir la responsabilidad personal sobre el mal, en lugar de atribuirlo únicamente a una fuerza externa.