martes, 26 de noviembre de 2019

UN SOLO DIOS VERDADERO

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EL ESPÍRITU DE LA LEY

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EL AMOR ES EL ESPÍRITU DE LA LEY.

¿No os dio Moisés la Ley, y ninguno de vosotros cumple la Ley? ¿Porqué queréis matarme?  - Juan 7: 19-20.
"No debáis nada a nadie, sino el amaros unos a otros, porque el que ama a su prójimo cumple la Ley. Porque "no adulterarás", "no matarás", "No hurtarás", "no dirás falso testimonio",  "no codiciarás" y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: "Amarás a tu prójimo como a tí mismo". EL AMOR NO HACE MAL AL PRÓJIMO; ASí QUE EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY ES EL AMOR. - Romanos 13:8-10.

Si alguno dice que ama a Dios, pero aborrece a su hermano, es un mentiroso, porque si no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Nosotros tenemos éste mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano. - 1 Juan 4:20-21.

EL VERDADERO AMOR ESTÁ POR ENCIMA DE CUALQUIER CONSIDERACIÓN LEGAL O MORAL.

1 Corintios 13:


 1 Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena  o címbalo que retiñe. 2 Y si tuviera profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento,  y si tuviera toda la fe, de tal manera que trasladara los montes, y no tengo amor, nada soy.
3 Y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado,
y no tengo amor, de nada me sirve.  4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no se envanece,  5 no hace nada indebido, no busca lo suyo,
no se irrita, no guarda rencor;  6 no se goza de la injusticia,
sino que se goza de la verdad.  7 Todo lo sufre, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta.
 8 El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, cesarán las lenguas y el conocimiento se acabará.
9 En parte conocemos y en parte profetizamos; 10 pero cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se
acabará. 11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; pero cuando ya fui hombre,
dejé lo que era de niño. 12 Ahora vemos por espejo, oscuramente; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte,  pero entonces conoceré como fui conocido. 13 Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.

Por eso, el amor nunca deja de ser, todo lo demás es conocimiento parcial hasta que venga "lo perfecto", el conocimiento total, que será cuando venga el Reino de Dios sobre la tierra. Será durante la Edad del reino de Dios sobre la tierra, que "la tierra llegará a estar llena del conocimiento de JEHOVÁ así como las aguas cubren el mar" - Isaías 11:9.

¡UNA COSA ES LA LETRA DE LA LEY Y OTRA MUY DIFERENTE ES EL ESPÍRITU DE LA LEY! "La letra mata, pero el espíritu da vida"

La letra de la Ley es tal cual, "el que haga estas cosas vivirá por ellas", la Ley no es de fe, sino que fue una ley
"añadida" hasta que viniera el Mesías o Cristo. ¿Añadida a qué? Añadida a las Promesas hechas a los Padres. Una vez que llega el Mesías prometido, el Cristo, llega la "Simiente", y al llegar la Simiente, que es Cristo, el Tutor o Guía deja
de ser nuestro Tutor o Guía, para ser justificados por la fe así como lo fue Abraham, nuestro padre.
Recordemos que la Ley es santa, que el mandamiento es santo, justo y bueno, que la Ley es en verdad espiritual, pero
nosotros somos carnales, no alcanzamos a dar el grado que requiere la justicia perfecta de la Ley. Para eso apareció el
Mesías o Cristo, para lograr lo que la Ley no pudo lograr, nuestra justificación, salvación y redención, el perdón divino.

 1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme  al Espíritu, 2 porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. 3 Lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne, 4 para que la justicia de la Ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
 5 Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
6 El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz, 7 por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden; 8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
 9 Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios está en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. - A los Romanos 8:1-9.

domingo, 24 de noviembre de 2019

TRIBULACIONES VENIDERAS Y LA SEGUNDA VENIDA DEL CRISTO.

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Introducción:

El tema de este estudio carece de encanto para la humanidad en general. A los hombres no les gusta pensar en un juicio venidero. No va de acuerdo con sus preferencias. La expectación del juicio, o más aún, su sola enunciación, es vista como muestra de poca cultura y vulgar fanatismo. Se considera más refinada la idea popular de que el mundo entrará gradual y tranquilamente en un milenio de paz sin que el orden presente sea trastornado.


En anteriores estudios, se ha visto que es el propósito de Dios enviar a Jesucristo a la tierra de nuevo, con el fin de destruir todos los reinos existentes y establecer un reino de Su propiedad que será universal y eterno. Nuestra atención se dirige ahora a las circunstancias que rodean este prodigioso cambio en la historia del mundo. ¿Será instantáneo el cambio del reino de los hombres al reino de Dios, o el lento resultado de un proceso universal? ¿Llegará Cristo secretamente a la tierra en un tiempo de paz, y silenciosamente destruirá los poderes de la tierra con sus ejércitos, en una sola noche, como en el caso de los asirios de la antigüedad? ¿O se manifestará cuando las guerras sean abundantes y amplios los problemas? El testimonio bíblico es muy explícito sobre este punto:


"Será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces." (Daniel 12:1)


"En la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra." (Lucas 21:25,26)


"Así ha dicho Jehová de los ejércitos: He aquí que el mal irá de nación en nación, y grande tempestad se levantará de los fines de la tierra. Y yacerán los muertos de Jehová en aquel día desde un extremo de la tierra hasta el otro." (Jeremías 25:32,33)


Estos testimonios contestan la pregunta. Muestran que la introducción del reino de Dios en la tierra estará acompañada de tribulaciones en una escala que no tiene paralelo en la historia, y que el mundo entero estará envuelto en dificultades políticas y sufrirá a causa de los males inherentes a tal condición. Pero encontraremos que otra clase de problemas caracterizará los tiempos de la segunda venida, pues Dios mismo efectuará un juicio visible sobre las naciones de la tierra, de manera que las calamidades naturales serán suplementadas con retribuciones milagrosas. Los testimonios de esto son numerosos y enfáticos, y como el argumento depende enteramente de ellos, merecen la más detenida consideración. Leemos en Jeremías 25:30,31:


"Tú, pues, profetizarás contra ellos todas estas palabras y les dirás: Jehová rugirá desde lo alto, y desde su morada santa dará su voz; rugirá fuertemente contra su morada; canción de lagareros cantará contra todos los moradores de la tierra. Llegará el estruendo hasta el fin de la tierra, porque Jehová tiene juicio contra las naciones; él es el juez de toda carne; entregara los impíos a espada."


He aquí el enjuiciamiento de "toda carne" de parte del Todopoderoso, y la extirpación de los malos de entre los hombres. La historia no tiene ningún registro de tan terrible acontecimiento. El tiempo de su cumplimiento se ve en el siguiente testimonio:


"He aquí que el nombre de Jehová viene de lejos; su rostro encendido, y con llamas de fuego devorador; sus labios llenos de ira, y su lengua como fuego que consume. Su aliento, cual torrente que inunda; llegará hasta el cuello, para zarandear a las naciones con criba de destrucción." (Isaías 30:27,28)


¿Quien es "el nombre de Jehová" personificado en esta cita de Isaías? Oímos la respuesta cuando escuchamos al que dijo, "Yo he venido en nombre de mi Padre" (Juan 5:43), y de quien está escrito, "No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hechos 4:12); es decir, Jesús el Cristo, el Ungido de Dios, quien es para nosotros Emanuel, Dios con nosotros, la Palabra hecha carne, un nombre que Dios proveyó para cobertura de los desnudos hijos de Dios. La profecía lo representa viniendo de lejos. ¿Cuál es el significado de esto? Lo encontramos explicado en la parábola de Cristo a sus discípulos, tal como se registra en Lucas 19:12-27: "Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver." Aquí Jesús (el hombre noble), regresando de los cielos (el lejano país), es "el nombre de Jehová que viene de lejos."



El Señor Tomará Venganza de Sus Enemigos

¿Con qué características es revelado, según la profecía? "Sus labios llenos de ira, y su lengua como fuego que consume." He aquí la representación de Pablo: "Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo" (2 Tesalonicenses 1:7,8). Esto concuerda con la declaración de Isaías 11:4: "Herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío." Finalmente encontramos el cuadro simbólico elaborado en Apocalipsis 19:11-16:


"Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: El Verbo de Dios. Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores."


Habiendo visto que el nombre de Jehová que viene de lejos con su rostro encendido, responde al cercano advenimiento de Cristo para tomar venganza, será provechoso citar otros testimonios que muestran que esta doctrina del juicio venidero es la enseñanza uniforme del Espíritu en la palabra, y no la mera deducción de expresiones aisladas. Leemos en Isaías 66:15,16:


"Porque he aquí que Jehová vendrá con fuego, y sus carros como torbellino, para descargar su ira con furor, y su reprensión con llama de fuego. Porque Jehová juzgará con fuego y con su espada a todo hombre; y los muertos de Jehová serán multiplicados."


También Salmos 50:3-6:


"Vendrá nuestro Dios, y no callará; fuego consumirá delante de él, y tempestad poderosa le rodeará. Convocará a los cielos de arriba, y a la tierra, para juzgar a su pueblo. Juntadme mis santos, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio. Y los cielos declararán su justicia, porque Dios es el juez."


Malaquías 4:1,2:


"He aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama. Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación."


Con el mismo propósito declara Jeremías 30:23,24:


"He aquí, la tempestad de Jehová sale con furor; la tempestad que se prepara, sobre la cabeza de los impíos reposará. No se calmará el ardor de la ira de Jehová, hasta que haya hecho y cumplido los pensamientos de su corazón; en el fin de los días entenderéis esto."


De nuevo, Salmos 21:9:


"Los pondrás como horno de fuego en el tiempo de tu ira; Jehová los deshará en su ira; y fuego los consumirá."

"Sobre los malos hará llover calamidades; fuego, azufre y viento abrazador será la porción del cáliz de ellos." (Salmos 11:6)


"Y enviaré fuego sobre Magog, y sobre los que moran con seguridad en las costas; y sabrán que yo soy Jehová." (Ezequiel 39:6)


"Y yacerán los muertos de Jehová en aquel día desde un extremo de la tierra hasta el otro; no se endecharán ni se recogerán ni serán enterrados; como estiércol quedarán sobre la faz de la tierra." (Jeremías 25:33)


Considerando estos testimonios en conjunto, encontramos que revelan dos etapas separadas en las tribulaciones venideras. Primero, "angustia de naciones," "el mal irá de nación en nación," y "desfalleciendo los hombres por el temor," lo cual puede ser designado como la etapa natural. Segundo, una manifestación divina en la persona del Hijo del Hombre (quien es "el nombre de Jehová") acompañado de juicios destructores de fuego y espada, los cuales destruirán grandes cantidades de la humanidad, siendo esta parte la sobrenatural. La primera precede a la última. De aquí que, como primera indicación del acercamiento del fin, debemos esperar tiempos de angustia y conmoción en la tierra.



El Propósito de las Tribulaciones

Cuando los problemas naturales hayan avanzado hasta cierto punto, el Señor Jesús será revelado, no más "el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo," "varón de dolores, experimentado en quebranto"; sino como "el León de la tribu de Judá," pisando "el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso," tomando venganza en esta generación incrédula. En lo que se refiere a la humanidad en general, la venganza será destrucción de la mayoría y disciplina del resto. Multitudes perecerán por la guerra y la pestilencia; otras caerán víctimas del fuego que descenderá de la misma manera que los juicios de Sodoma y Gomorra, y las llamas que consumieron a los soldados que iban a traer a Elías de la cumbre del monte. "Yacerán los muertos de Jehová en aquel día desde un extremo de la tierra hasta el otro."


La población de la tierra será reducida drásticamente. Sus elementos reprobados serán eliminados, dejando un residuo compuesto por los mansos y sumisos y bien dispuestos de la humanidad, quienes constituirán los súbditos obedientes del reino del Mesías, los cuales son señalados en Isaías 2:3, Jeremías 3:17, Miqueas 4:2 y Zacarías 14:16 como las naciones que subirán "a la casa del Dios de Jacob," a Jerusalén, a aprender Sus caminos y andar en sus pasos, abandonando totalmente la imaginación de sus malvados corazones.



Las Naciones se Opondrán al Señor

Pero este resultado no será logrado de una vez. La subyugación del mundo tomará tiempo. Cuando Cristo venga, las potencias harán alianza contra él. Esto es evidente en Apocalipsis 19:19: "Vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos, reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra su ejército." Esto ocurre después de su descenso del cielo (versículo 11). Puede parecer increíble que las naciones estén infatuadas hasta el grado de oponerse a las acciones del Omnipotente. La respuesta es que lo que ya ocurrió puede repetirse. Los Egipcios no sucumbieron delante de la inconfundible evidencia de la obra divina, pues irrazonablemente persiguieron a Israel, después que éstos salieron, y llegaron a su perdición en el Mar Rojo. No es tan improbable que los poderes del continente europeo vean en Cristo a un nuevo Mahoma, algún fanático califa metido en un proyecto de conquista universal. Bajo esta impresión se combinarán para derrotarlo; pero sus mal dirigidos esfuerzos recaerán sobre sus propias cabezas para su destrucción:


"Los pueblos harán estrépito como de ruido de muchas aguas; pero Dios los reprenderá, y huirán lejos; serán ahuyentados como el tamo de los montes delante del viento, y como el polvo delante del torbellino. Al tiempo de la tarde, he aquí la turbación, pero antes de la mañana el enemigo ya no existe." (Isaías 17:13,14)


"El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira." (Salmos 2:4,5)


"El Señor está a su diestra; quebrantará a los reyes en el día de su ira. Juzgará entre las naciones, las llenará de cadáveres; quebrantará las cabezas en muchas tierras." (Salmos 110:5,6)


"Acontecerá en aquel día, que Jehová castigará al ejército de los cielos en lo alto, y a los reyes de la tierra sobre la tierra. Y serán amontonados como se amontona a los encarcelados en mazmorra, y en prisión quedarán encerrados, y serán castigados después de muchos días. La luna se avergonzará, y el sol se confundirá, cuando Jehová de los ejércitos reine en el monte de Sion y en Jerusalén, y delante de sus ancianos sea glorioso." (Isaías 24:21-23)


"Delante de Jehová serán quebrantados sus adversarios, y sobre ellos tronará desde los cielos; Jehová juzgará los confines de la tierra, dará poder a su Rey, y exaltará el poderío de su ungido [Cristo]." (1 Samuel 2:10)


También consultemos Sofonías 3:8 y Hageo 2:6,22, así como otras escrituras que podrán ser localizadas. Así que el intento de los poderes constituidos de resistir al monarca oriental recién surgido terminará en la completa derrota de ellos mismos. Su audacia encontrará una terrible retribución. El completo sistema de gobierno humano que ellos representan será reducido a polvo, y la invencible autocracia del Mayor que Salomón será confirmada y establecida universalmente.


Sin embargo, esto no se realizará en un instante. Dios podría aniquilar el poder del enemigo en un momento, y de una vez limpiar la tierra para establecer su propio poder; pero entonces no habría oportunidad para el planeado castigo de este mundo malvado, y ningún efecto moral sobre el "remanente." Dios pudo haber destruido a los egipcios de una vez y liberado a los cautivos israelitas; pero entonces la lección diseñada para ser utilizada en todos los tiempos no habría sido grabada con suficiente profundidad. Los judíos pudieron haber obtenido una idea confusa de la grandeza y omnipotencia de Jehová, y el histórico nombre de Dios, el cual es uno de los pilares de nuestra fe, podría haber sido mal recordado. Las obras divinas siempre se caracterizan por la amplitud de sus metas, y solamente la ignorancia de los propósitos puede engendrar desdén por los medios. Entonces, en la colisión que se llevará a cabo al final entre los poderes de este mundo y Cristo (el hombre a quien Dios ha señalado para juzgar al mundo con justicia), le será permitido al hombre llegar hasta lo último, y desplegar su poder en el vano intento de vencer a la insospechada omnipotencia. Esto dará tiempo para la operación moral del juicio que será aplicado en su supresión:


"Porque luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia." (Isaías 26:9)


"Por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado." (Apocalipsis 15:4)


Probablemente muchas campañas laboriosas tendrán lugar antes de que se efectúe una completa subyugación. Los gobiernos de la tierra lucharán con desesperación para preservar el régimen humano de la temida aniquilación. Pelearán hasta el final y mantendrán su esperanza hasta que la misma esperanza desaparezca por el completo triunfo del Cordero, quien los vencerá. Durante el intervalo que será ocupado de este modo, un pueblo justo y sumiso será creado por medio del juicio manifestado, el cual estará contento de saludar la inauguración del nuevo gobierno, que será establecido universalmente sobre las ruinas de "los reinos de este mundo."



El Papel de los Santos en Los Juicios Finales

¿Cuál será la posición del pueblo de Cristo en esta crisis, es decir aquellos que ahora y en todas las épocas esperan su manifestación, como "hombres que aguardan a que su señor regrese." Está claro que ellos no serán dejados entre las naciones durante este temible tiempo de angustia; estarán con el Cordero, tal como es evidente en Apocalipsis 17:14: "Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y fieles." ¿Quiénes son "los que están con él"? La respuesta aparece en el siguiente testimonio: "Vendrá Jehová mi Dios, y con él todos los santos" (Zacarías 14:5).


Los santos cooperan con Cristo en la ejecución de los juicios escritos. Este honor está reservado para todos ellos. Será su privilegio "ejecutar venganza entre las naciones, y castigo entre los pueblos; para aprisionar a sus reyes con grillos, y a sus nobles con cadenas de hierro; para ejecutar en ellos el juicio decretado; gloria será esto para todos sus santos" (Salmos 149:7-9). Este honor será sostenido en el tiempo contemplado en las palabras de Daniel 7:22: "Se dio el juicio a los santos del Altísimo; y llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino." Pablo recuerda a los corintios la próxima elevación de los santos a la silla del tribunal: "¿No sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?" (1 Corintios 6:2,3). También sobre esto tuvo Juan una visión, como se registra en Apocalipsis 20:4: "Vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar."


Es obvio que en las escenas finales de juicio de esta dispensación, los santos estarán asociados con el Señor Jesús en la destrucción de los sistemas políticos, eclesiásticos y sociales que juntamente constituyen este "presente siglo malo." Este es un trabajo de devastación para el cual los sentimentalistas religiosos de esta época no están preparados. Involucrará mucha destrucción de vida, después del exterminador ejemplo del diluvio, y creará un tiempo de angustia como nunca ha sido visto desde que las naciones han existido en la tierra, un "día de tinieblas y de oscuridad, día de nube y de sombra...el día grande y espantoso de Jehová." Extensas serán las desolaciones producidas; sangrientos y severos los juicios administrados por las manos de Jesús y los santos. "La altivez de los ojos del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y Jehová solo será exaltado en aquel día. Porque día de Jehová de los ejércitos vendrá sobre todo soberbio y altivo, sobre todo enaltecido, y será abatido...Y se meterán en las cavernas de las peñas y en las aberturas de la tierra, por la presencia temible de Jehová, y por el resplandor de su majestad, cuando él se levante para castigar la tierra" (Isaías 2:11,12,19).


Entonces, debe ser obvio que antes de que comience el período de estos juicios, los santos serán removidos de las esferas que ocupan en el mundo; de otra manera no estarían con Cristo, y se verían envueltos en la tribulación general, lo cual contradice las palabras dedicadas a ellos en Isaías 26:20,21:


"Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación. Porque he aquí que Jehová sale de su lugar para castigar al morador de la tierra por su maldad contra él; y la tierra descubrirá la sangre derramada sobre ella, y no encubrirá ya más a sus muertos."


La forma de este entrar en los aposentos y cerrar las puertas para esconderse se vuelve real en el Nuevo Testamento: primero, por la referencia de Mateo 25:10, donde leemos, "y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta"; y segundo, por la referencia de Apocalipsis 19:7,8, donde encontramos que esta boda es la reunión de Cristo y su pueblo en su venida. Esto se expresa con mayor claridad en la enseñanza de Pablo en 1 Tesalonicenses 4:16,17:


"Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en la nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor."


A esto se refiere en 2 Tesalonicenses 2:1, como "la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con él." Entonces, el primer suceso que tiene lugar después del regreso del Señor desde los cielos, es la "reunión" de todos sus santos con él, incluyendo los muertos de las épocas pasadas, que habrán sido resucitados para el mismo propósito. Esta reunión es para juicio. Pablo dice: "Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo" (2 Corintios 5:10). Las parábolas que Cristo habló en la tierra, ilustrativas de su entonces próxima partida al cielo y su subsiguiente regreso, tienen esta característica: "Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero" (Lucas 19:15).


De todo esto se deduce que a su regreso, sus siervos muertos serán resucitados y sus siervos vivientes reunidos de todas las partes de la tierra donde estén dispersos, para comparecer delante del él a fin de hacer cuentas con ellos (Mateo 18:23). El Señor aprobará a algunos y rechazará a otros: estos últimos serán sentenciados a compartir los juicios que descenderán sobre la bestia y sus ejércitos, es decir, el pecado mismo, incorporado política y eclesiásticamente en los poderes que "pelearán contra el Cordero" y su ejército; los primeros serán admitidos a la ceremonia de bodas, en la cual serán reconocidos "delante del Padre y de los santos ángeles" (Mateo 10:32; Apocalipsis 3:5), y de ahí en adelante "seguirán al Cordero dondequiera que vaya" (Apocalipsis 14:4), y cooperarán con él en el castigo de las naciones por medio de los juicios escritos que fueron tratados en la primera parte de este estudio.


Todo esto tendrá lugar antes de que los juicios divinos comiencen, pero no antes de la "angustia de las gentes, confundidas," lo cual es el síntoma preliminar de que se acerca la "gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo." Ese estado de complicación política probablemente prevalecerá por un tiempo considerable antes de que los santos sean llamados a cuentas, y los hombres lo considerarán como una repetición de las conmociones que muchas veces han ocurrido en el transcurso de la historia. Ellos sólo verán su causa inmediata. Nunca sospecharán que una mano divina está guiando el desarrollo de los sucesos, o que "el juicio está cerca, a la puerta." Nunca se imaginarán que el mundo está a la vera de la más terrible crisis que jamás ha ocurrido en su historia; y que la indignación divina, largo tiempo restringida, está a punto de visitar al mundo con juicios destructores que quebrantarán la totalidad del sistema de la sociedad humana, organizada política, eclesiástica y socialmente.


Pero como la pequeña nube, del tamaño de la palma de la mano, presagia la cercana tormenta, los santos serán removidos, en un momento determinado, sin previo aviso. Con toda probabilidad el suceso pasará desapercibido sin atraer mucha atención. Todo lo que el mundo sabrá en general es que unos pocos y oscuros individuos, que sostienen doctrinas "fanáticas," han desaparecido misteriosamente; pocos supondrán con seriedad que algo sobrenatural ha ocurrido. Se presentarán algunas teorías acerca del fenómeno, y el incidente será olvidado, al menos por la mayoría. Algunos que llegaron a saber que esta esperada remoción era parte de la doctrina de esta gente fanática quizá no puedan acallar cierto sentimiento de intranquilidad que estará perturbando sus pechos; pero a la larga el mundo no será afectado, y se moverá hacia la destrucción que lo espera en la revelación de Jesús con sus santos.



Resumen

En aras de la claridad podemos resumir, en su orden cronológico, los sucesos de los que se ha hablado anteriormente:


"Desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra," lo cual surge de la complicación de la política internacional, de lo que también se dice "que el mal irá de nación en nación" produciendo aflicción entre los hombres (Lucas 21:26; Jeremías 25:32).

La venida de Cristo como ladrón (Apocalipsis 16:15), después del desarrollo de ciertos eventos que serán mencionados de aquí en adelante.

Resurrección de los "muertos en Cristo."

La reunión de los santos con Cristo de todas las partes de la tierra, incluyendo los vivos y aquellos que hayan muerto.

El juicio de Sus siervos, que comprende el rechazo de los indignos y la aceptación de los "buenos y fieles"; el envío de los primeros a los territorios de las naciones sobre las que descenderá el juicio, y la reunión de los últimos como "la esposa preparada" para el glorioso matrimonio con el novio, largo tiempo ausente pero entonces presente.

Guerra entre las potencias y el Cordero, quien saldrá vencedor.

Duros juicios infligidos sobre las naciones por Jesús y sus santos, produciendo gran exterminio sobre toda la tierra, y resultando en la completa abolición del orden de cosas existente y la enseñanza de la justicia a los hombres.

Estos son, a grandes rasgos, los sucesos que ocurrirán en "el fin," en conexión con el establecimiento del reino de Dios. Sin embargo, a este resumen le falta algo importante; no abarca aquellos eventos que constituyen la ocasión del advenimiento como ladrón del Mesías, y no toma en cuenta los signos políticos revelados en la Escritura como las indicaciones sintomáticas del cercano fin. Estas y la pregunta de cuán cerca está el mundo de la gran crisis, serán consideradas en el siguiente estudio.

LA ESPERANZA DE ISRAEL Y SU RELACIÓN CON EL EVANGELIO.



Introducción

Parecerá una sugerencia extraña para la mayoría en estos días, que haya alguna relación entre la esperanza del evangelio y un suceso tan local en su carácter, como lo es la restauración de los judíos en su propia tierra, Palestina. Sin embargo existe tal relación, si nos guiamos por el testimonio de las Escrituras, antes que por la opinión erudita de la venerable tradición.


El interés en los judíos mostrado por los cristianos profesos es solamente de carácter sentimental, y es muy débil y puramente retrospectivo. Tiene su origen en la historia de los judíos, a causa de su relación nacional con la Deidad en los tiempos antiguos, por su antigua mediación como el conducto de la revelación, y por su parentesco en carne y sangre con el Mesías. No se extiende hacia el futuro, excepto en la forma de una preocupación profesa por los intereses espirituales de la nación, en común con los intereses de la humanidad en general. No reconoce ninguna relación entre el futuro de los judíos y la salvación que será manifestada en la tierra; más bien adopta la actitud de agradecer a Dios por un futuro en el cual el judío no tendrá oportunidad como tal.



La Salvación Cristiana Depende de los Judíos

Veremos, antes de llegar al final de este estudio, que la verdad de Dios justifica un interés mucho más práctico que este. Encontraremos que en el propósito de Dios, la salvación del mundo está ligada al destino de los judíos. Aparte de su glorificación nacional, tal salvación es un mero sueño que nunca podrá ser realizado por las naciones ni por los individuos, ni espiritual ni materialmente. El hombre que sea ignorante o escéptico acerca de este futuro desarrollo, se encuentra a oscuras en su entendimiento de una de las enseñanzas principales de la doctrina cristiana.


Veamos la evidencia. Jesús dijo a sus discípulos: "No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mateo 15:24). Que él se refería a los judíos se confirma por otra declaración: "Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mateo 10:5,6). Posteriormente declaró a la mujer de Samaria en el pozo de Jacob: "La salvación viene de los judíos" (Juan 4:22). Estos pasajes muestran la restricción nacional de la salvación proclamada por Jesús y sus apóstoles. Jesús era un judío nacido en la casa de David, siendo por designación de Dios el heredero del trono de David, y los apóstoles que laboraban con él también eran judíos. Ellos proclamaban un mensaje que vino del Dios de los judíos, y el cual, según las instrucciones originales de Cristo, solamente estaba dirigido a los judíos. Por esto Pablo podía caracterizar enfáticamente el evangelio como "la esperanza de Israel," lo cual hizo en las palabras registradas en Hechos 28:20: "Por la esperanza de Israel estoy sujeto con esta cadena." También hizo la siguiente declaración con un énfasis particular, defendiéndose personalmente delante de Agripa:


"Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres soy llamado a juicio; promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Dios de día y de noche. Por esta esperanza, oh rey Agripa, soy acusado por los judíos." (Hechos 26:6,7)


También pudo decir con una veracidad no siempre apreciada:


"Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas." (Romanos 9:3,4)


Es evidente que la salvación proclamada en el evangelio, y que deberá ser aceptada, es intensamente judía en su origen, aplicación y resultado futuro. Es igualmente evidente que esta fue la luz bajo la cual fue considerada por los discípulos después del día de Pentecostés, puesto que leemos en Hechos 11:19 que "los que habían sido esparcidos...pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos." El lector también recordará que Pedro necesitó una revelación especial para instruirlo del propósito de Dios de admitir a los gentiles en las bendiciones de Israel, y aun entonces responsabilizó a Dios por la acción. Pedro mismo no intentó justificar la idea, sino que se disculpó ante sus hermanos por haber predicado a los gentiles, diciendo: "¿Quién era yo que pudiese estorbar a Dios?" (Hechos 11:17). El hecho es que la admisión de los gentiles fue uno de los misterios del evangelio. Esto se deduce de las palabras de Pablo en Efesios 3:4-6:


"Podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio."



Los Gentiles se Hacen Judíos en Cristo

Pero esta apertura del camino para la admisión de los gentiles no destruyó el carácter israelita de la esperanza. El efecto fue completamente diferente. En vez de que los gentiles eliminaran el carácter judío de la esperanza que habían recibido, ésta los convertía a ellos en judíos, moldeándolos a su carácter esencialmente israelita. De aquí que Pablo dice a los efesios que lo recibieron: "Estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa... Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios" (Efesios 2:12,19). Posteriormente dijo a los romanos: "Es judío el que lo es en lo interior" (Romanos 2:29). Es decir, el que siendo gentil por nacimiento se ha vuelto judío de corazón, preferencia y esperanza, es un judío más genuino que el reprobado hijo natural de Abraham. Refiriéndose a la admisión de los gentiles, habla del corte de la rama del olivo que es silvestre por naturaleza, y del injerto contra naturaleza en el buen olivo (Romanos 11:24). Por consiguiente, los gentiles son "ramas de olivo silvestre," sin esperanza, sin derechos de nacimiento, sin promesas, sin una porción futura de ninguna clase. Si se vuelven herederos de la herencia venidera, entonces deben echar fuera el "viejo hombre" de su gentilismo, y vestirse del "nuevo hombre" de verdadero judaísmo, "el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno" (Colosenses 3:10).


Consideremos cuidadosamente el tema: Pablo dice que estaba encadenado "por la esperanza de Israel," lo cual equivale a decir que esto es lo que predicaba, viendo que a causa de esta predicación había sido puesto en cadenas. Ahora bien, si Pablo proclamaba "la esperanza de Israel," está claro que no predicaba el conjunto de ideas que ahora se enseñan como evangelio en las iglesias populares; porque ¿en qué sentido podría decirse que estas ideas constituyen "la esperanza de Israel"?


¿Qué esperanza tiene para los judíos el evangelio tradicional? No les promete bendiciones especiales como parte de su desarrollo final. Al contrario, les quita cualquier esperanza que tengan. Les dice que su Mesías no vendrá, y que su esperanza de restauración nacional y engrandecimiento bajo su reinado, en su propia tierra, es carnal e ilusoria. Esto demuestra que no puede ser el evangelio que Pablo predicaba, puesto que el que él predicaba era "la esperanza de Israel." Su característica fundamental sería reconocida como una esperanza judía nacional fundada sobre ciertas promesas hechas por Dios a los progenitores de la nación. Aquellas promesas en las que estaba fundada la esperanza constituyen las buenas nuevas, el evangelio proclamado por Jesús y los apóstoles para ser creído. Aquellos que creen en él obtienen, de las cosas así proclamadas, una esperanza específica. Puesto que la única esperanza verdaderamente cristiana surge de la recepción de la enseñanza doctrinal del evangelio, y puesto que es la base de una esperanza judía nacional, debe ser muy evidente que hay una relación íntima entre la esperanza cristiana y la esperanza de Israel. Este estudio se propone mostrar esa relación, introduciendo, al mismo tiempo, ciertos asuntos importantes que son esenciales para todo el que desee alcanzar un verdadero conocimiento de lo que enseña la Escritura.


Los judíos son un pueblo cuyo origen e historia son muy bien conocidos por los lectores asiduos de las Escrituras. Abraham, miembro de una familia caldea, recibió la orden de separarse de su pueblo para ir a una tierra "que había de recibir como herencia" (Hebreos 11:8). Obedeció "y salió sin saber a dónde iba." Fue informado posteriormente que sus descendientes serían una gran nación, con quienes Dios tendría relaciones especiales y que serían objeto de su especial cuidado. En el transcurso del tiempo, la familia de Abraham descendió a Egipto y se estableció como una colonia amistosa. Pero con el tiempo el Faraón los esclavizó, sujetándolos a un amargo gobierno por más de dos siglos. Al fin de ese tiempo fueron libertados por medio de la intervención divina en manos de Moisés; después de variadas vicisitudes se establecieron en la tierra prometida, sujetos a una constitución divina, que establecía que hasta donde la nación fuera obediente a sus requerimientos, permanecería en prosperidad; pero que tan pronto como se apartaran de los estatutos de Dios, quien los había llamado y organizado, la adversidad los abrumaría.


La parte subsiguiente de su historia es resumida en una frase: los israelitas fallaron en observar las condiciones de su pacto nacional y fueron expulsados en desgracia de su territorio nacional y dispersados como fugitivos, donde permanecen hasta el día de hoy. [Nota del traductor: Se recuerda al lector que estas palabras fueron escritas en el año 1862, muchos años antes del regreso del pueblo judío a su patria.]


El conocimiento de los cristianos profesos no va más allá de estos rasgos históricos generales de los judíos. Ellos consideran la historia nacional judía como un hecho consumado, y el destino nacional como irrevocablemente sellado. No tienen conocimiento de algún futuro para los judíos que afecta el interés del mundo en alguna forma. Piensan que si los judíos se convierten al cristianismo tradicional y se vuelven discípulos de los misioneros que son enviados a convertirlos, entonces posiblemente retornen a su tierra. Pero que lo hagan o no, carece de verdadera importancia. "Los cristianos son la gente que va a la vanguardia, destinados a convertirse en los civilizadores e iluminadores del mundo entero. Los judíos no aparecen por ningún lado; están atrasados y serán probablemente absorbidos por los pueblos dominantes que están llenando rápidamente el mundo de frutos." Este es el sentimiento prevaleciente, y sugerir (como ya lo ha hecho el título de este estudio) que la salvación del mundo depende de la despreciable raza judía, es incurrir en el desagrado del cristianismo popular y la desdeñosa lástima de los sabios de esta generación.


Sin embargo, un inteligente respeto por las Escrituras verdaderas hace que un hombre soporte estos resultados desagradables. Puede ver la inutilidad de los propósitos humanos cuando entran en conflicto con los declarados propósitos de Dios. El gran Ordenador ha dicho: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos"; y este principio puede verse ilustrado en el tema que estamos analizando. Los "caminos" humanos habrían extirpado a los judíos de la faz de la tierra hace siglos; pero los "caminos más altos" los han preservado en medio de las dinastías gentiles caídas, y la aniquilación de razas gentiles. Hasta este día permanecen como un pueblo distinto e indestructible, aunque dispersado entre las naciones de la tierra. Los "pensamientos" humanos han retirado a los judíos, como nación, de toda relación divina posterior; pero los "pensamientos más altos," mientras por ahora han dispersado a los judíos por su pecado, han decretado la desaparición final de toda otra nación debajo del cielo, y la eterna preservación de la despreciada nación para comunión estrecha con Dios (Jeremías 30:11). Esto será presentado con mayor detalle posteriormente. Mientras tanto, la atención del lector debe dirigirse a los siguientes testimonios con relación a la situación nacional de los judíos delante de Dios:


"Yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos." (Levítico 20:26)


"Tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra." (Deuteronomio 7:6)


"Eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra." (Deuteronomio 14:2)


"Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos; a fin de exaltarte sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios, como él ha dicho." (Deuteronomio 26:18,19)



La Elección de los Judíos es Incondicional

Sería difícil expresar de una manera más enfática la idea de la elección especial, deliberada e incondicional que Dios hizo del pueblo judío, convirtiéndolo en un pueblo de su posesión personal. ¿Quién puede oponerse a esto? "¿No tiene potestad el alfarero sobre el barro?" ¿No tiene el Creador Eterno, en su sabiduría infinita, el derecho de llevar a cabo sus planes según su propio criterio? La elección de los judíos es una de las características del plan que El concibió para este mundo. Esto está probado de manera indiscutible por los pasajes arriba citados. Nada puede anular esa elección: "Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios." Los judíos mismos no pueden anular el decreto. Podían atraer sobre sí mismos, tal como efectivamente lo hicieron, el desagrado y el castigo divino a causa de sus pecados; pero no pueden alterar su condición delante de Dios como Su nación escogida. Los diversos castigos que han soportado por muchas generaciones constituyen la prueba de la divina calidad de su condición nacional. "A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto os castigaré por todas vuestras maldades." Este es el lenguaje mensaje de Jehová para ellos en Amós 3:2; las auténticas calamidades que les han sucedido son prueba del trato y supervisión divinos. Por ahora, ellos están en dispersión, a causa de sus iniquidades; pero no han sido rechazados, como lo afirma la idea popular. Pablo dice en Romanos 11:2: "No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció." El testimonio de Jeremías es aun más fuerte. En el capítulo 30:11, leemos:


"Destruiré a todas las naciones entre las cuales te esparcí; pero a ti no te destruiré, sino que te castigaré con justicia; de ninguna manera te dejaré sin castigo."


Los sufrimientos nacionales de Israel son sólo la mesurada corrección por medio de la cual Dios los está sujetando; no son evidencia de que Dios los haya rechazado definitivamente. El lenguaje de Jehová en Jeremías 33:24-36 implica que alguien en la antigüedad tomó el punto de vista contrario, sosteniendo, como lo hacen muchos de los que actualmente se hacen llamar cristianos, que Dios ha desechado Su pueblo para siempre, sujetándolos a destrucción. La respuesta es sublimemente enfática:


"¿No has echado de ver lo que habla este pueblo, diciendo: Dos familias que Jehová escogiera ha desechado? Y han tenido en poco a mi pueblo hasta no tenerlo más por nación. Así ha dicho Jehová: Si no permanece mi pacto con el día y la noche, si yo no he puesto las leyes del cielo y la tierra, también desecharé la descendencia de Jacob, y de David mi siervo."


En Miqueas 4:11-13, leemos:


"Pero ahora se han juntado muchas naciones contra ti, y dicen: Sea profanada, y vean nuestros ojos su deseo en Sion. Mas ellos no conocieron los pensamientos de Jehová, ni entendieron su consejo; por lo cual los juntó como gavillas en la era. Levántate y trilla, hija de Sion, porque haré tu cuerno como de hierro, y tus uñas de bronce, y desmenuzarás a muchos pueblos."


También en Jeremías 51:20:


"Martillo me sois, y armas de guerra; y por medio de ti quebrantaré naciones, y por medio de ti destruiré reinos."


Estas son las auténticas palabras del Altísimo. Nos muestran que aunque los judíos están ahora en una condición débil y degradada, están destinados a ser los quebrantadores de todos los reinos bajo el cielo. Así que aun las naciones más poderosas del globo, con todo su orgullo y sensibilidad nacional, tendrán que someterse a ellos o ser destruidos por la roca que será hecha entonces cabeza del ángulo.



El Castigo de los Judíos

Actualmente los judíos están sufriendo el castigo por sus pecados. Esto fue predicho por los profetas. Las predicciones son tan conocidas que no es necesario citarlas. La evidencia de su veracidad está delante de nuestros ojos. La vemos en la amplia dispersión de la nación que una vez fuera el pueblo soberano del mundo. La vemos en la ignominia de su posición social dondequiera que se encuentran y en los reproches e insultos que los burladores gentiles amontonan sobre ellos. Profundo y pesado ha sido el beber de la copa de maldición y ayes, de las manos del Vengador. Ellos gritaron, "su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos," y con sangre y fuego ha vuelto su terrible invocación a su propio seno. ¿Habrá días brillantes para Israel? ¿Tendrán fin sus calamidades? ¿Estará por siempre encendida contra ellos la ira de Jehová? Escuchemos al profeta:


"Así ha dicho Jehová: Como traje sobre este pueblo todo este gran mal, así traeré sobre ellos todo el bien que acerca de ellos hablo." (Jeremías 32:42)


Esta es una completa respuesta a la pregunta. Afirma que el bien sustituirá al mal que está sobre ellos actualmente, lo cual implica que este tiempo de adversidad nacional llegará a su fin. Nótese además, que se declara que el bien predicho ha sido prometido: "Todo el bien que acerca de ellos hablo." La pregunta que de inmediato surge de la consideración de esta declaración es: ¿Cuál es el bien de que se les habló? En respuesta a esto, leemos en Jeremías 33:14-16:


"He aquí vienen días, dice Jehová, en que yo confirmaré la buena palabra que he hablado a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar a David un Renuevo de Justicia, y hará juicio y justicia en la tierra. En aquellos días Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura..."



Su Restauración Bajo el Mesías

Aquí es brevemente resumida la "buena palabra". Sus principales características son: un rey que ejecutará juicio y justicia en la tierra y la salvación de Judá y Jerusalén en su día. Esto es ni más ni menos que una promesa del Mesías que los rescatará de sus enemigos, y los recuperará de las opresiones a que han estado sujetos por siglos, una promesa que es repetida en las siguientes palabras, en Ezequiel 37:22:


"Los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel, y un rey será a todos ellos por rey; y nunca más serán dos naciones."


Es importante notar el segundo elemento de la "buena palabra": "En aquellos días Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura." Debería ser evidente hasta para la mente mas torpe, que tales días aún han de venir. Al presente no hay ningún Mesías ejecutando juicio en la tierra prometida, ni Judá y Jerusalén moran en seguridad, como tampoco ha existido nunca tal estado de cosas. Aún así, la promesa es que la "buena palabra" sustituirá con toda seguridad al mal que ha trastornado la nación. Esta promesa no está limitada a esta sola profecía, ni restringida únicamente a este lenguaje. Leemos en Jeremías 31:28:


"Así como tuve cuidado de ellos para arrancar y derribar, y trastornar y perder y afligir, tendré cuidado de ellos para edificar y plantar, dice Jehová."


Esto será en los días del Renuevo de Justicia cuando reinará y prosperará y ejecutará juicio y justicia en la tierra, pues encontramos en Jeremías 3:17,18 las siguientes palabras:


"En aquel tiempo llamarán a Jerusalén: Trono de Jehová, y todas las naciones vendrán a ella en el nombre de Jehová en Jerusalén; ni andarán más tras la dureza de su malvado corazón. En aquellos tiempos irán de la casa de Judá a la casa de Israel, y vendrán juntamente de la tierra del norte a la tierra que hice heredar a vuestros padres."


Leemos algo más en Ezequiel 37:21:


"Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo tomo a los hijos de Israel de entre las naciones a las cuales fueron, y los recogeré de todas partes, y los traeré a su tierra."


También en Ezequiel 36:24:


"Yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país."


No hay manera de evadir el significado de este lenguaje. Está tan definidamente expresado que no puede ser espiritualizado o interpretado equivocadamente. Como para prevenir tal cosa, se expresa de la manera siguiente en Jeremías 31:10:


"Oíd palabra de Jehová, oh naciones, y hacedlo saber en las costas que están lejos, y decid: El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño."


Por consiguiente, de la misma manera en que los judíos fueron dispersados, también serán recogidos. Fueron sacados de su propia tierra y dispersados entre las naciones: ésta fue la dispersión. Serán reunidos de todas las tierras entre las cuales ahora están diseminados en desgracia, y restablecidos en su tierra como una nación grande: ésta es la recolección. Seguramente esto es claro. Los judíos son ahora burla y proverbio, corroborando la predicción de Moisés; pero en su restauración serán exactamente lo contrario. Serán supremamente honrados en la misma medida en que ahora son menospreciados. Leemos en Sofonías 3:19,20:


"He aquí, en aquel tiempo yo apremiaré a todos tus opresores; y salvaré a la que cojea, y recogeré la descarriada; y os pondré por alabanza y por renombre en toda la tierra. En aquel tiempo yo os traeré, en aquel tiempo os reuniré yo; pues os pondré para renombre y para alabanza entre todos los pueblos de la tierra, cuando levante vuestro cautiverio delante de vuestros ojos, dice Jehová."


También Zacarías 8:23:


"Así ha dicho Jehová de los ejércitos: En aquellos días acontecerá que diez hombres de las naciones de toda lengua tomarán del manto a un judío diciendo: Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros."



El Fortalecimiento de Israel

Este honor va ligado a la supremacía política. Los judíos, la gente más miserable, más débil y más menospreciada de la faz de la tierra, se convertirán en la más poderosa y renombrada de las naciones, teniendo a todos los pueblos bajo sujeción. Esto es evidente por el siguiente testimonio:


"Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento... Extranjeros edificarán tus muros, y sus reyes te servirán; porque en mi ira te castigué, mas en mi buena voluntad tendré de ti misericordia. Tus puertas estarán de continuo abiertas; no se cerrarán de día ni de noche, para que a ti sean traídas las riquezas de las naciones, y conducidos a ti sus reyes. Porque la nación o el reino que no te sirviere perecerá, y del todo será asolado... Vendrán a ti humillados los hijos de los que te afligieron, y a las pisadas de tus pies se encorvarán todos los que te escarnecían, y te llamarán Ciudad de Jehová, Sion del Santo de Israel. En vez de estar abandonada y aborrecida, tanto que nadie pasaba por ti, haré que seas una gloria eterna, el gozo de todos los siglos." (Isaías 60:3,10-12,14,15)


Cuando esto suceda, los enemigos de Israel serán confundidos. Aquellos que ahora se ríen de ellos y se burlan de su esperanza nacional, se verán abrumados por la retribución a que ellos mismos se están haciendo merecedores. La llegada de los judíos a la cumbre de su prosperidad será su destrucción. Los síntomas preliminares del cambio los llenará de pánico. Este es el testimonio de la Escritura siguiente:


"Las naciones verán, y se avergonzarán de todo su poderío; pondrán la mano sobre su boca, ensordecerán sus oídos. Lamerán el polvo como la culebra; como las serpientes de la tierra, temblarán en sus encierros; se volverán amedrentados ante Jehová nuestro Dios, y temerán a causa de ti." (Miqueas 7:16,17)


La fatalidad que temen los tomará por sorpresa, como se deduce de las palabras de Isaías, capítulo 49, versículos 25 y 26:


"Tu pleito yo lo defenderé, y yo salvaré a tus hijos. Y a los que te despojaron haré comer sus propias carnes, y con su sangre serán embriagados como con vino; y conocerá todo hombre que yo Jehová soy Salvador tuyo y redentor tuyo, el fuerte de Jacob."


También leemos en Isaías 41:11,12:


"He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo. Buscarás a los que tienen contienda contigo, y no los hallarás; serán como nada, y como cosa que no es, aquellos que te hacen la guerra."


De aquí se deduce que habrá una segura destrucción para todos aquellos que actualmente están contra Israel; pero hay bendición disponible para aquellos que los protegen. "Benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren." Este fue el decreto pronunciado por Balaam bajo la influencia del espíritu, y declarado siglos antes a Abraham. Su aplicación es tanto individual como nacional. Las naciones que han sido menos rigurosas en su persecución de los judíos con toda probabilidad obtendrán lo mejor a la venida de Cristo. Inglaterra es primera en esta clase. Ella estuvo entre los perseguidores de la nación escogida en la primera parte de su historia; pero en los siglos recientes, los ha librado de sus cadenas, garantizándoles protección gratuita a sus personas y propiedades, y últimamente ha abolido sus impedimentos, promoviéndolos al rango de ciudadanos, y hasta admitiéndolos en el Parlamento. Las personas que han visto con interés y compasión la raza exiliada, pueden esperar una bendición cuando la voz resonante del burlador no se oiga más.



La Renovación Espiritual de Israel

Si observamos a los judíos en su condición presente los encontraremos carentes de mucho de lo admirable. Parecen la encarnación de la sordidez y el endurecimiento. Esta es una dificultad ante la cual muchas mentes honestas tropiezan. Dicen: ¿Cómo puede reconciliarse tal carácter con las bendiciones venideras de Quien no tiene acepción de personas y da a cada hombre su recompensa según sus obras? Habría fuerza en esta inquietud si la restauración de los judíos estuviera condicionada a la situación moral de la nación. Que no es así, resulta evidente de Ezequiel 36:22,32:


"No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis entre las naciones adonde habéis llegado. No lo hago por vosotros, dice Jehová el Señor, sabedlo bien; avergonzaos y cubríos de confusión por vuestras iniquidades, casa de Israel."


Sin embargo, aunque la restauración nacional como propósito de Dios no dependa de una reforma nacional, habrá una limpieza nacional antes de que la restauración sea efectuada. Aunque los judíos serán recogidos de todos los países sin tomar en cuenta su condición moral, ello no significa que todos serán admitidos en la tierra. Esa admisión dependerá de cada individuo de la nación. Esto es obvio en Ezequiel 20:34-38:


"Os sacaré de entre los pueblos, y os reuniré de las tierras en que estáis esparcidos, con mano fuerte y brazo extendido, y enojo derramado; y os traeré al desierto de los pueblos, y allí litigaré con vosotros cara a cara. Como litigué con vuestros padres en el desierto de la tierra de Egipto, así litigaré con vosotros, dice Jehová el Señor. Os haré pasar bajo la vara, y os haré entrar en los vínculos del pacto; y apartaré de entre vosotros a los rebeldes, y a los que se rebelaron contra mí; de la tierra de sus peregrinaciones los sacaré, mas a la tierra de Israel no entrarán."


En esto reconocemos una semejanza con lo que les ocurrió después de salir de Egipto con Moisés. Eran entonces una multitud de esclavos incrédulos e ignorantes; y una generación entera (con la excepción de Caleb y Josué) pereció en el desierto. "No pudieron entrar a causa de incredulidad," dice Pablo (Hebreos 3:19). Así que los judíos contemporáneos con el regreso de Cristo no estarán en condición de entrar en la tierra. El suceso los encontrará en su presente estado de degradación y perversión; y la purga descrita en el pasaje anterior será necesaria. Esa selección tendrá lugar en el desierto, como en los días de Moisés, y está señalada en Miqueas 7:15: "Yo les mostraré maravillas como el día que saliste de Egipto." Posiblemente la expresión "como el día," no se refiera a la duración del tiempo sino al carácter de los días. Siendo así, los siguientes testimonios se cumplirán después del proceso:


"Os acordaréis de vuestros malos caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades y por vuestras abominaciones." (Ezequiel 36:31)


"Tu pueblo, todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra, renuevos de mi plantío, obra de mis manos para glorificarme." (Isaías 60:21)



No Todos los Judíos Heredarán la Promesa

Algunas veces se objeta que Palestina es demasiado pequeña para acoger a todos los judíos. Sin embargo, la objeción procede de la errónea suposición de que las generaciones israelitas previas, según la carne, serán resucitadas para restauración. No hay razón para suponer que habrá tal resurrección. La resurrección en la venida de Cristo, el Restaurador, no incluirá a todos los judíos fallecidos de generaciones pasadas, sino solamente a dos clases de personas que son demasiado altas o bajas para participar en la restauración de judíos mortales. Los primeros se levantarán para vida eterna y para reinar con Cristo tanto sobre judíos como sobre gentiles, y los otros se levantarán para ser condenados vergonzosamente al castigo de la segunda muerte (Daniel 12:2; Juan 5:29).


La restauración prometida de la nación israelita está restringida a la generación contemporánea con la venida del Mesías. Quizás aun la mayoría de ellos, como hemos visto, serán reunidos solamente para perecer en el desierto como sus antepasados en los días del primer éxodo.


No se ha cometido injusticia con las generaciones previas, pues debemos recordar que los judíos son el pueblo de Dios, únicamente en sentido nacional. Ellos son su nación, a quienes El ha escogido de entre todos los pueblos de la faz de la tierra. No los seleccionó con la idea con la idea de conceder beneficios eternos a todos ellos. En lo que se refiere a la salvación eterna conferida por medio de Cristo los judíos están en igualdad de condiciones con los gentiles, aunque nacionalmente su relación con Dios es muy especial, como se manifestará en la época futura.



Resumen

Del testimonio presentado aprendemos:


Que los judíos son la nación escogida de Dios.

Que ellos son los depositarios de las promesas de Dios.

Que han sido dispersados hasta ahora como castigo por sus iniquidades.

Que serán restaurados de su dispersión, y restablecidos como nación en su propia tierra.

Que todos los enemigos de Israel serán destruidos, y

Que los sobrevivientes de las demás naciones vendrán a ser súbditos del restaurado reino de Israel, peregrinando periódicamente a Jerusalén para rendir homenaje al Rey de toda la tierra y aprender sus caminos.

Este es un sumario de las cosas que constituyen "la esperanza de Israel," por la cual Pablo fue atado con cadenas. ¿Quién puede dejar de entender que estas cosas son también la base de la esperanza de los creyentes cristianos, como ha sido mostrado en estudios anteriores? La esperanza de los verdaderos cristianos es la venida de Cristo y el establecimiento del reino de Dios, que incluye la restauración de Israel. La esperanza de los judíos es la venida de Cristo, y el establecimiento del reino de Dios. Su esperanza es la misma aunque su relación con ella es ligeramente diferente al principio. El evangelio apostólico es verdaderamente "la esperanza de Israel." Ese evangelio fue, en realidad, una proclamación del venidero restablecimiento del reino de Israel bajo el que es "más que Salomón" y una invitación a participar de la gloria de Israel, bajo ciertas condiciones específicas. Por consiguiente, nadie puede entender el reino de Dios descrito en las Escrituras, la esperanza del evangelio, si desconoce las enseñanzas proféticas que se refieren a la restauración de los judíos, pues tal restauración es un elemento esencial de su establecimiento. De ser omitida, ningún reino de Dios, tal como ha sido revelado, podría existir en la era futura.



Objeciones a la Restauración de los Judíos

Aun así, ciertas personas bienintencionadas se oponen fervorosamente a esta doctrina. Basándose en ciertas declaraciones del Nuevo Testamento, sostienen con gran tenacidad que la restauración de los judíos es imposible. Podemos tomar como principio básico que cualquier deducción del Nuevo Testamento que sea totalmente opuesta a las claras declaraciones de los profetas, es errónea, puesto que los escritores del Nuevo Testamento daban testimonio "no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder" (Hechos 26:22), y apelaban a ellos como su autoridad. No puede haber contradicción en los escritos dictados por el mismo y único Espíritu eterno, y realmente no la hay. Los argumentos tomados del Nuevo Testamento contra la restauración de Israel están todos basados en interpretaciones erróneas de las declaraciones citadas. Una de estas es Romanos 9:6,7:


"No todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia."


Esta declaración está en completo acuerdo con los profetas, sin disminuir de ningún modo la fuerza de su enseñanza en lo que se refiere a la característica de los judíos como nación especial, y su futura restauración natural. Es absolutamente verdadero que todos los de Israel, no son Israel; que miles de descendientes de Abraham no son hijos, y que el principio divino es el de considerar "los hijos de la promesa" como descendientes. Esto es ejemplificado individual y nacionalmente. En el caso de los judíos, requerimientos tales como circuncisión, sacrificio, reverencia por el nombre de Dios, y otras cosas innumerables especificadas en la ley, fueron establecidos como condiciones de ciudadanía en la nación, y la transgresión fue castigada con la expulsión. La pena señalada para casi todos los decretos fue "aquella persona será cortada de su pueblo." Por consiguiente, los transgresores, aunque de Israel, no eran Israel, aun bajo la ley. Una completa generación de tales no-israelitas pereció en el desierto; pero esto no anuló la elección nacional de la descendencia de Abraham (a través de Israel). Solamente mostró que los descendientes carnales de Abraham no son necesariamente israelitas por eso, pues se necesita la fe de Abraham junto a su sangre.


También individualmente, en lo que se refiere a la herencia del reino, "los que son hijos según la promesa son contados como descendientes." Ningún descendiente carnal de Abraham tiene derecho natural al honor, gloria e inmortalidad del reino, según el pacto. Esto es reservado para una clase de israelitas definida bajo el principio de creer en las promesas. En este sentido, "la carne para nada aprovecha," y aun en lo que respecta a la ciudadanía israelita en el presente estado mortal para nada aprovecha, pues como hemos visto, ese privilegio no es garantizado por simple consanguinidad con Abraham. "Os haré entrar en los vínculos del pacto; y apartaré de entre vosotros a los rebeldes." Esta es una declaración profética. Miles de judíos serán reunidos de todos los países sin poder entrar en la tierra. Aun así esto no destruirá su relación nacional con Dios. Considerando a los judíos, a quienes Dios ha escogido especialmente como una nación, con miras al desarrollo de Su propósito final, cada uno de ellos será recogido en la restauración preliminar. Esta es la declaración de Moisés, quien dice:


"Aun cuando tus desterrados estuviesen en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te recogerá Jehová tu Dios, y de allá te tomará." (Deuteronomio 30:4)


Isaías proporciona un testimonio similar, diciendo:


"Levantará pendón a las naciones, y juntará los desterrados de Israel, y reunirá los esparcidos de Judá de los cuatro confines de la tierra." (Isaías 11:12)


"Acontecerá en aquel día, que trillará Jehová desde el río Eufrates hasta el torrente de Egipto, y vosotros, hijos de Israel, seréis reunidos uno a uno." (Isaías 27:12)


Así que habrá una restauración nacional indiscriminada, sin ninguna referencia a la condición moral individual, como en el caso de las tribus que fueron libertadas de Egipto por medio de Moisés; porque la nación en conjunto es de Dios por soberana elección, y no puede privarse de esa relación aunque sea rebelde y se exponga a Sus juicios destructores. Aun cuando hayan sido reunidos indiscriminadamente, los judíos no serán inmediatamente establecidos en la tierra, sino que de la misma manera que sus antepasados en el día que salieron de la tierra de Egipto (véase el testimonio anteriormente citado de Ezequiel 20), serán sometidos a un proceso de selección en el desierto, del cual ninguno que no esté espiritualmente apto para el privilegio de la ciudadanía bajo el Mesías, podrá escapar. "De las tierras de sus peregrinaciones los sacaré, mas a la tierra de Israel no entrarán" (Ezequiel 20:38).


Así, aun en la futura restauración nacional de los judíos, los que son meramente hijos de la carne no serán contados como descendencia, sino solamente aquellos de fe que serán seleccionados por medio de la prueba en el desierto. Entonces, debe ser evidente que se trata de un análisis muy pobre de las palabras de Pablo el que se usaría para destruir la doctrina de la restauración nacional judía. Es una interpretación que el mismo apóstol, si estuviera vivo, combatiría con vigor, porque él ha dejado testimonio de su punto de vista sobre el tema, hablando de "mis hermanos, los que son mis parientes según la carne" (Romanos 9:3):


"Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?... Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los muertos?... Ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados. Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. (Romanos 11:12,15,25,26)


Aquí contempla Pablo una plenitud judía, una restauración, una regeneración nacional, cuando "haya entrado la plenitud de los gentiles." También previene a los gentiles de no jactarse contra los judíos, en la sabiduría de su propia imaginación (versículo 25). Esto nos introduce al punto de vista de Pablo sobre la restauración de los judíos. Los profetas y Moisés, como hemos visto, predicen la gloriosa restauración y la restitución nacional de la misma nación que ha sufrido la venganza del Todopoderoso por cerca de veinte siglos. ¿Cómo pudo Pablo, quien no hablaba de ninguna cosa que ellos no hubieran predicho (Hechos 26:22), inculcar principios que contradijeran sus enseñanzas? Solamente un conocimiento parcial o una total ignorancia. Solamente una ignorancia parcial o total de las Escrituras pudo conducir a los hombres a basar en el Nuevo Testamento un sistema de doctrina que contradice los claros testimonios de los "santos hombres de Dios" quienes "hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo."


Se insiste frecuentemente en otras objeciones igualmente infundadas, pero el limitado espacio a disposición impide mencionarlas. Suficiente se ha dicho para demostrar que la restauración de Israel es uno de los principales rasgos del propósito divino que se desarrollará en el futuro, y que el reino de Dios no puede ser establecido sin su cumplimiento. También es de hecho un elemento del grandioso evento del cual depende la salvación del mundo. "La salvación viene de los judíos" nacional e individualmente. Es importante entender este elemento de la verdad de Dios, para que por medio de nuestra iluminación podamos deshacernos de nuestra condición de gentiles, uniéndonos a una sociedad más elevada, la ciudadanía de Israel, en la cual, siendo "simiente de Abraham" seremos "herederos según la promesa."

domingo, 17 de noviembre de 2019

AQUEL VARÓN / JESUCRISTO EL HOMBRE

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¡Aquel Varón! Es una profecia acerca del Mesías o el Cristo. Lo que llama la atención es que se le identifica como "aquel varón", 

es decir, aquel hombre. El Mesías sería un hombre, un hombre "nacido de mujer" (Gálatas 4:4). Sabemos que Jesús nació de una mujer,

 por un parto normal y que tomó de ella su humanidad. ¿Que Dios intervino? ¡Claro que sí! Como intervino en el nacimiento de Isaac,

 de Samuel, y de Juan el bautista Pero fueron hombres reales, así Jesús fue un hombre en todo el sentido de la palabra. No era un 

"hombre dios", ni un ser místico ni un ser híbrido mitad divino y mitad humano. Pero hay algo más que debemos ver, aún despues de su

muerte y su resurrección, a Jesús se le sigue reconociendo como "aquel varón". Leemos en Hechos 17:30-31:


"Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se 

arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, POR AQUEL VARÓN a quien designó, 

acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos".

Aún dsepues de haber sido resicitado por Dios, Jesús continúa siendo un Varón, es decir, un hombre, no es un "espíritu incopóreo, 

como algunos alegan y enseñan. Como el "Vástago" y "Renuevo" de David, como proveniente de la tribu de Judá,  Jesús es "el león de

la tribu de Judá, la raíz y linaje de David" (Revelación 5:5). Es decir, sigue siendo un hombre descendiente de la tribu de Judá, 

descendiente del rey David.


Después de haber sido levantado de ente los muertos,Jesús se presentó vivo a sus Dicípulos. Ellos, espantados porque creían estan 

viendo a un espíritu, Jesús los convence de que no estaban viendo espíritu, sino un ser humano de carne y huesos que ha sido 

levantado de entre los muertos. Leemos en Lucas 24:37-42:


"Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían un espíritu. Pero él les dijo:

—¿Por qué estáis turbados y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy. 

Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. 

 Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. 41 Pero como todavía ellos, de gozo, no lo creían y estaban maravillados, 

les dijo: —¿Tenéis aquí algo de comer?  Entonces le dieron un trozo de pescado asado y un panal de miel. 43 Él lo tomó y comió 

delante de ellos".


A todas luces, la Escritura nos enesña la verdad acerca de la humanidad de Jesús. No era un semi-dios, no era "dios-hombre", ni

ningún ser híbrido al estilo de los dioses místicos del Olimpo de la mitología griega. La Palabra de Dios es clara, Jesucristo

es HOMBRE, es el Mediador entre Dios y los hombres, es "EL HOMBRE CRISTO JESÚS" (1 Timoteo 2:5). ES AQUEL VARÓN A QUIEN DIOS 

HA DESIGNADO COMO JUEZ Y UNGIDO COMO REY. Jesucristo nació para reinar "sobre la casa de Jacob [Israel] para siempre y de su 

reino no habrá fin" (Lucas 1:31-33). Reinará desde Jesrusalem, "la ciudad del gran rey" (Salmo 48:2; Mateo 5:35). Será de 

Jerusalem que saldrá la Ley y la palabra de Jehová, y así "la tierra llegraá a estar llena del conocimiento de Jehová así como

las aguas cubren el mar".


Miqueas 4:1-3: 


1 «Acontecerá en los postreros tiempos

que el monte de la casa de Jehová

será colocado a la cabeza de los montes,

más alto que los collados,

y acudirán a él los pueblos. 

 2 Vendrán muchas naciones, y dirán:

“Venid, subamos al monte de Jehová,

a la casa del Dios de Jacob;

él nos enseñará en sus caminos

y andaremos por sus veredas”,

porque de Sión saldrá la Ley,

y de Jerusalén la palabra de Jehová. 

 3 Él juzgará entre muchos pueblos

y corregirá a naciones poderosas y lejanas.

Ellos convertirán sus espadas en azadones

y sus lanzas en hoces.

Ninguna nación alzará la espada contra otra nación

ni se preparará más para la guerra.



Isaías 11:9-10:


9 No harán mal ni dañarán

en todo mi santo monte [reino],

porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová,

como las aguas cubren el mar. 

 10 Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí [Jesús, el Mesías],

la cual estará puesta por pendón a los pueblos,

será buscada por las gentes [naciones];

y su habitación [la sede de Su reino, Jerusalem] será gloriosa.


De modo que Jesús estará presente física y visiblemente en Jerusalem, y sus seguidores también estarán con él encargados del reino.



A la pregunta de Pedro acerca de lo que obtendrían en futuro reino de Dios, Veamos la respuesta de Jesús:


 Mateo 19:27-29:


27 Entonces, respondiendo Pedro, le dijo:

—Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos? 28 Jesús les dijo:

—De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis 

seguido, también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. 

29 Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, 

recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.


¡JESÚS REINARÁ DESDE JERUSALEM SOBRE LAS NACIONES! Y será y reinará como HOMBRE, como la raíz y linaje de David, el rey David tambien 

estará allí. Jesús es el Shiloh (Silo) anunciado en Génesis 49:10:


"No será quitado el cetro de Judá

ni el bastón de mando de entre sus pies,

hasta que llegue Shiloh;

a él se congregarán los pueblos".


¡Que sea pronto, en nuestros días!  ¡Ven Señor Jesús!





 

jueves, 14 de noviembre de 2019

"EL DIOS DE ESTE MUNDO" (UNA EXPLICACIÓN DE 2 CORINTIOS 4:4)

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¿A QUIÉN SE REFERÍA PABLO CUANDO HABLÓ DEL "DIOS DE ESTE MUNDO"EN 2 CORINTIOS 4:4?
2 Corintios 4:3-4:
"Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; 4 esto es, entre los incrédulos, a quienes EL DIOS DE ESTE MUNDO les cegó el entendimiento, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.",
DESDE el capítulo tres, Pablo viene hablando de las dos glorias que en aquel tiempo estaban en contraposición, a saber, la gloria del antiguo pacto en Moisés y la gloria del nuevo pacto en Jesucristo. Al primero, llama "el ministerio de muerte grabado con letra en piedra", y al segundo lo denmina como "el ministerio del espíritu". Uno es "el mimisterio de condenación" y el otro "el ministerio de justificación". El primero fue en MOISÉS a quien Dios mismo puso como "Dios"..Tal fue la gloria de aquel ministerio en Moisés, que tenía que poner "un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no pusieran su vista en aquello que había de desaparecer", es decir, en la gloria de un pacto temporero.
Para el pueblo de Israel, Moisés era como Dios, era "la boca de Dios", la voz de Dios. Y todavía hoy, 3,500 años despues, sigue ocupando ese mismo puesto en medio de la incredulidad del Judaísmo y su rechazo al Cristo y a el evangelio. Ellos todavía tienen puesto el "velo de Moisés" sobre sus corazones, mientras que nosotros miramos a rostro descubierto y somos transformados de gloria en gloria. Es en ese contexto que llegamos al capítulo cuatro, sabiendo que, si lo que desapareció (el antiguo pacto en Moisés) fue glorioso, mucho mas glorioso en lo que es permanente, el nuevo pacto en Jesucristo, que es, ya no solo la voz, sino que tambien es "la imágen visible del Dios invisible". Ya en el capítulo custro, Pablo sigue desarrollando el mismo tema, no cambia de tema, y comienza diciendo:
"Por lo cual", es decir, po lo que hemos venido considerando en el contexto del capítulo tres, "nosotros [en el Nuevo Pacto] teniendo este ministerio de misericordia que hemos recibido, renunciando a lo oculto"...Lo que estaba oculto para el Judaismo era el resplandor de la gloria del nuevo pacto en Jesucristo. Nosotros renunciamos a eso, dice Pablo. Para los Judíos y el Judaísmo que se rehusaba a creer en Cristo y en su ministerio muy superior al de Moisés, el evangelio de la gloria de Dios en Cristo estaba oculto, encubierto, TODAVÍA TENÍAN EL "VELO DE MOISÉS SOBRE SUS CORAZONES, CEGANDO LOS OJOS DE SU ENTENDIMIENTO PARA QUE NO PUDIERAN VER LO QUE NOSOTROS PODEMOS VER SIN EL VELO, PORQUE NOS HEMOS CONVERTIDO, VUELTO A JEHOVÁ Y SE NOS HA ALUMBRADO LOS OJOS DE NUESTRO ENTENDIMIENTO CON EL RESPLANDOR DE LA GLORIA DEL DIOS EN EL CRISTO.
Por lo tanto, aquí, en el capitulo 4, y verso 4, no se está hablando de un dios del mal, o de un ser maligo que encubre el evangelio, sino que se está hablando del mismo "velo de Moisés" que habia sido puesto temporeramente como "Dios" sobre aquel "mundo" o era en la que Moisés era la autoridad suprema dada por Dios. El Judaísmo, aún hasta nuestros días, tiene ese velo, el "velo de Moisés" y se estan perdiendo esta gloria del Nuevo Pacto que los puede declarar justos, ser justificados por medio de JesuCristo. Pero no significa de ninguna manera que se estén perdiendo ellos mismos para siempre, pues "cuando se conviertan o se vuelvan a Jehová por medio de Jesús Cristo, el velo les será quitado. Hay una profecía concerniente a esto en el libro del profeta Zacarías que dice:
"»Pero sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén derramaré un espíritu de gracia y de oración. Mirarán hacia mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por el hijo unigénito, y se afligirán por él como quien se aflige por el primogénito" (Zacarías 12:10) En Revelación tambien hay una profecía similar:
"He aquí que viene con las nubes:
Todo ojo lo verá, y los que lo traspasaron;
y todos los linajes de la tierra se lamentarán por causa de él.
Sí, amén. Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin», dice Jehováh, el que es y que era y que será, el Todopoderoso..

miércoles, 13 de noviembre de 2019

LA CRISTIANDAD EXTRAVIADA:


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Los caminos de la cristiandad son contrarios a los mandamientos de Cristo.

Introducción

En el estudio anterior se hizo mención de la necesidad, revelada en las Escrituras, de que los creyentes continúen en la práctica diaria de todas las cosas mandadas por Cristo. Habiéndose extraviado de las doctrinas, la cristiandad también ha abandonado los mandamientos de Cristo, si es que alguna vez los tuvo como regla de vida. Probablemente dejó los mandamientos como resultado del descuido de las doctrinas; porque la fuerza de los mandamientos sólo puede ser sentida por aquellos que reconocen que la salvación depende de su obediencia. La teología popular los ha reducido a una práctica inútil. Con su doctrina de la "justificación por la sola fe," ha oscurecido totalmente el principio de obediencia como la base de nuestra aceptación en Dios y en Cristo.


Es parte de la restitución moderna de los caminos apostólicos primitivos, reconocer con claridad que mientras la fe convierte a un pecador en santo, solamente la obediencia asegurará la aceptación de un santo ante el trono de juicio de Cristo; y que un santo desobediente será rechazado más decisivamente que un pecador injustificado.


La regla o norma de obediencia se encuentra en los mandamientos de Cristo. El mismo habla muy claramente sobre este tema:


"Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos." (Juan 15:14,15)


"Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado." (Mateo 28:20)


"Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis." (Juan 13:17)


"No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre." (Mateo 7:21)


"Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos." (Santiago 1:22)


"El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso." (1 Juan 2:4)


Estas declaraciones son resumidas en las palabras de Cristo: "Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor" (Juan 15:10).


Se observará que estos mandamientos han sido neutralizados por las tradiciones y prácticas de los llamados cristianos de la era moderna. Pero primero tenemos que darnos cuenta de que los mandamientos de los apóstoles están incluidos en los mandamientos de Cristo. Es práctica común diferenciarlos. Se dice algunas veces que mientras los mandamientos de Cristo son valiosos y obligatorios, los mandamientos de los apóstoles están marcados por la debilidad de los hombres que los comunicaron, y de ningún modo están colocados en el mismo nivel que los preceptos de su Maestro, quien carecía de defecto. Esta distinción no está fundada en la verdad. Los mandamientos entregados por los apóstoles no provenían de sí mismos. Eran tan divinos como aquellos que vinieron de la boca del Señor. Pablo afirma esto con claridad:


"Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor." (1 Corintios 14:37)


Esta proclama no hace más que repetir lo que el mismo Señor Jesús dijo al respecto. Enviando a sus apóstoles a enseñar su doctrina después que se hubiera ido de la tierra, no los abandonó a sus propios recursos como hombres naturales para la ejecución de la labor. Les hizo una promesa específica de sabiduría y guía sobrenatural. Esta promesa fue hecha en varias formas:


"Yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan." (Lucas 21:15)


"Si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré...el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho." (Juan 16:7; 14:26)


"Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros." (Mateo 10:19-20)


La promesa de Cristo de que enviaría el Espíritu a los apóstoles se cumplió en el día de Pentecostés. Jesús les dijo que no comenzaran su labor apostólica hasta que el Espíritu viniera (Lucas 24:49; Hechos 1:4). Ellos debían esperar en Jerusalén hasta que llegara el prometido "poder de lo alto," por medio del cual podrían dar un testimonio efectivo de la palabra. No tuvieron que esperar mucho tiempo. Diez días más tarde, mientras ellos estaban reunidos (los apóstoles y discípulos en número de 120), el Espíritu vino con el sonido de un repentino y poderoso viento, el cual llenó el lugar donde ellos estaban, coronando a cada uno de los apóstoles con una visible diadema de fuego, y manifestando su poder inteligente al dar a los apóstoles el poder de interpretar la palabra en todos los idiomas entonces conocidos (Hechos 2:1-13).


Cuando la conmoción causada por este maravilloso suceso llegó a su cúspide, Pedro explicó la naturaleza del fenómeno a los perplejos espectadores. Recordó a la multitud reunida la reciente crucifixión de Jesús, de la que ellos estaban enterados. Luego declaró su resurrección como un hecho confirmado por el testimonio visual de los apóstoles, y agregó: "Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís" (Hechos 2:33).


El espíritu que de esta manera les fue concedido permaneció con ellos como una presencia instructora hasta el final. Era esto lo que justificaba la pretensión de Pablo de tener autoridad divina para las cosas que escribió; porque, si bien Pablo no estaba entre los apóstoles en aquel tiempo, fue añadido a su número un poco más tarde, y dotado de capacidades sobrenaturales como los demás apóstoles. Esto es lo que hizo posible que el apóstol Juan tomara la misma posición fuerte en su primera epístola: "Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios nos oye; el que no es de Dios no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error" (1 Juan 4:6). Cuando Juan dijo esto no estaba agregando más a lo que Jesús mismo dijo referente a Juan y a sus compañeros apóstoles: "Como me envió el Padre, así también yo os envío" (Juan 20:21). "El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha" (Lucas 10:16).


Esta es la autoridad de Cristo para situar la palabra de sus apóstoles al mismo nivel que el suyo. El dijo respecto de su enseñanza: "La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió" (Juan 14:24). Bajo el mismo principio podían decir los apóstoles con Pablo: "Las cosas que escribimos (y hablamos) son (no de nosotros, sino) de Cristo, quien nos envió." El principio es éste: el Espíritu Santo del Padre estaba sin medida en el Señor, haciéndolo uno con el Padre, quien es el Espíritu eterno que llena todo el universo; por medio del cual dio los diez mandamientos que eran una verdad divina como si hubiese sido proclamada desde el cielo a oídos de todo el mundo (Lucas 3:22; Juan 3:35; Hechos 1:2). Así que el Espíritu Santo estaba en los apóstoles, procedente de Cristo, quien estaba en unidad con el Padre concediendo a las palabras de ellos la autoridad divina, idéntica a la que fue atribuida a sus propias palabras. Por consiguiente, esta es una relación de cosas perfectamente natural, que Cristo manifiesta cuando dice: "El que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió."


A la luz de estas consideraciones resulta evidente cuán gravemente equivocado está el punto de vista que menosprecia los preceptos apostólicos, mientras respeta a aquellos que vienen directamente de la boca de Cristo. Los mandamientos de los apóstoles son mandamientos de Cristo; y los mandamientos de Cristo son mandamientos de Dios. La obediencia a los mandamientos de Dios es de una importancia que no puede ser exagerada, en vista de lo que está escrito en Apocalipsis: "Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad" (Apocalipsis 22:14).


Cuando Jesús envió a sus apóstoles, no sólo les mandó predicar el evangelio, pues les dijo: "...haced discípulos a todas las naciones...enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (Mateo 28:20). Es obvio que esto extiende la obligatoriedad de los mandamientos entregados a los apóstoles también a todos los creyentes, y esto no en el sentido de parecer o conveniencia, sino en el sentido de obligatoriedad imperativa. En otras palabras, la obediencia de estos mandamientos es esencial para todos los creyentes. Cristo dijo esto con claridad al concluir lo que es conocido como el "Sermón del Monte," que no es más que una larga serie de estos mismos mandamientos; en realidad, la más metódica y extensa colección de ellos, extraída del total de sus enseñanzas registradas. El dijo: "Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina" (Mateo 7:24-27).


No pudo Jesús habernos dicho de modo más claro que nuestra aceptación final por él dependerá de que hagamos las cosas que él ha mandado. Si lo dijo en forma más clara, fue cuando pronunció las palabras: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mateo 7:21).


La idea así explícitamente enunciada, ocurre frecuentemente en las enseñanzas del Señor. Aparece en varios contextos y formas, pero siempre con la misma franqueza y vigor. No hay lugar para falsas interpretaciones. Cierta vez, estando Jesús en medio de una multitud que lo escuchaba, alguien dijo: "He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar." Su respuesta inmediata fue: "¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?... Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre" (Mateo 12:47-50). En otra ocasión, una mujer de la multitud exclamó: "Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste." Su respuesta fue: "Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan" (Lucas 11:27,28). En otra ocasión dijo: "¿Por que me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?" (Lucas 6:46). Otra vez dijo: "Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos" (Mateo 5:20). También: "Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando" (Juan 15:14).


Ahora bien, en cuanto se refiere a la relación de la cristiandad con estos mandamientos, tenemos una buena descripción en las palabras que Jesús aplicó a los líderes religiosos de la nación judía: "Habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición" (Mateo 15:6). Escasamente habrá un mandamiento de Cristo que no sea sistemáticamente despreciado en la práctica del mundo llamado cristiano. No es solamente la desobediencia de los mandamientos, sino que tampoco son reconocidos. Han sido minimizados y anulados por la influencia de la opinión humana y los preceptos recibidos por tradición. Hemos visto cómo el completo mandamiento de creer al evangelio ha sido dejado a un lado; el mandamiento del bautismo ha sido reducido a nada, y el del partimiento semanal del pan, en recuerdo de Jesús, ha caído en el descuido. No es de estos mandamientos de los que hablaremos ahora.


Me refiero a una clase de mandamientos que tienen una acción más directa contra la tendencia e inclinación humana. Debido a su propósito de probar, purificar, castigar y disciplinar la mente, sujetándola a la divina voluntad, hay una predilección universal por interpretar estos mandamientos de tal manera que elimine sus inconveniencias para los hombres llamados al servicio de Cristo en el mundo actual e inclinados a obedecerle, aunque no con una cantidad muy grande de fe, ni el entusiasmo resultante. A causa de este consenso que se ha puesto de moda, la mayoría de los hombres tienen miedo de pensar de la manera que los mandamientos, francamente entendidos, los conducirían a pensar. Pero los mandamientos no son alterados por el "consenso." Permanecen como la expresión de la voluntad de Cristo, aunque la tradición tenga éxito en anularlos. Será una pobre defensa de la desobediencia, en el día del juicio, decir que no nos atrevimos a cumplirlos porque no entendimos que tuvieran algún valor práctico en los tiempos modernos. Las inclinaciones y tradiciones de la multitud han sido siempre contrarias a la voluntad de Dios. El divino registro histórico del mundo es prueba de esto. Por consiguiente, es necesario que los hombres que creen en Dios, oigan la voz de su palabra, y no las opiniones de la gente y de sus líderes.


De los mandamientos reconocidos pero no obedecidos, no es aquí el lugar apropiado para hablar. Que Dios debe ser amado y servido; que los hombres deben ser fieles, justos y bondadosos; que los intereses de nuestro prójimo deben tener tan alta consideración como los propios: ningún hombre que se considere miembro de la cristiandad los negará, aunque haga poco para ponerlos en práctica en su vida. Estos mandamientos son tales que poseen belleza en sí mismos y se recomiendan solos ante los instintos morales de todos los hombres (que no se han degradado al más bajo nivel) como dictados de la más alta sabiduría.


Es de los mandamientos cuya excelencia no es tan fácil de comprender, de los que realmente es necesario hablar; mandamientos cuyo propósito no es hacer la vida agradable, sino sujetar la obediencia de los creyentes a una disciplina que los someterá y moldeará de acuerdo al divino modelo, en preparación para el perfecto y agradable estado de existencia que será establecido por Cristo sobre la tierra en el día de su venida.


1.


No os conforméis a este siglo [mundo] (Romanos 12:2). No hay mucho peligro de perder el significado de esto. El siglo es la gente, como distinta de la tierra en que habitan. Pedro expresó esto más allá de cualquier duda al llamarlo "el mundo de los impíos" (2 Pedro 2:5). Jesús también lo pone en claro cuando habla del mundo que ama y odia: "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo" (Juan 15:18-19). Esto sólo puede aplicarse a la gente. El mandato pide no conformarse al mundo de seres humanos sobre la tierra tal como actualmente es. Jesús claramente manifestó que él no pertenecía a tal mundo, y mandó a sus discípulos aceptar una posición similar. "El siglo venidero" es el mundo del cual son ciudadanos. De su posición en el mundo presente, Jesús dijo en oración: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Juan 17:16). Por medio de Juan les ordenó: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo" (1 Juan 2:15-16). Por medio de Pedro indica que su posición en el mundo es la de "extranjeros y peregrinos" (1 Pedro 2:11), y su vida es "tiempo de peregrinación" (1:17), que debe pasarse en santidad y en temor (1:14-17).


El mundo que odió a Jesús fue el mundo judío. Por consiguiente, estamos libres del error de suponer que por el mundo se entiende lo extremadamente vil e inmoral de la humanidad. Los judíos estaban lejos de ser tal cosa. Eran un pueblo muy religioso devoto que profesaba su fe con ostentación y observaba meticulosamente las ceremonias. Entre ellos la norma de respetabilidad era alta en sentido religioso. Todas sus conversaciones con Cristo demostraron esto. Lo que los llevó a la completa separación señalada en las palabras y preceptos de Cristo, es indicado por el mismo Jesús en su oración al Padre, tan maravillosamente registrada en Juan 17: "Padre justo, el mundo no te ha conocido" (versículo 25). Es la relación del mundo con Dios la que separa del mundo a los amigos de Dios (si éstos son fieles). El mundo no ama a Dios, ni lo conoce, ni lo toma en cuenta. El mundo no se preocupa por Dios en ningún sentido. La expresa voluntad de El, Su declarado propósito, Sus proclamas intrínsecamente soberanas, son expresamente rechazadas o tratadas con total indiferencia. Su eterna realidad, grande y temible, es ignorada. La acusación de Daniel contra Belsasar es aplicable al mundo en general: "Al Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos tus caminos, nunca honraste" (Daniel 5:23).


Esta es una explicación completamente suficiente del tema que estamos considerando. Si el mundo es enemigo de Dios, ¿cómo pueden ser amigos de él los amigos de Dios? Basándose en lo más profundo de la naturaleza de las cosas, Santiago escribe: "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios" (Santiago 4:4). "Ninguno puede servir a dos señores.... No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6:24).


La fuerza de este argumento se multiplica diez veces cuando contemplamos la situación presente a la luz de su explicación divina y del propósito divino concerniente. Debemos buscar esta explicación en el comienzo de las cosas: el comienzo que Moisés mostró (y fue aceptado por Cristo, siendo por consiguiente confiable frente a todas las teorías y especulaciones modernas). Este comienzo muestra al hombre en armonía con Dios, y a las cosas como "muy buenas." Después nos muestra la desobediencia (rechazo de la voluntad de Dios como reguladora de la acción humana, es decir, el pecado), y como resultado de esto, el retiro del compañerismo divino, llevando a los hombres al exilio y a la muerte, permitiendo de allí en adelante solamente el acercamiento por medio de sacrificios en señal del camino final de retorno. El mundo actual es la continuación y ampliación del estado maligno del hombre, resultante de la separación del hombre de su Creador desde el principio. Es un mundo ampliado y agravado. "El mundo entero está bajo el maligno" (1 Juan 5:19). "Muertos en vuestro delitos y pecados...por naturaleza hijos de ira" (Efesios 2:1-3), sin Cristo...sin esperanza, y sin Dios" (Efesios 2:12).


¿Cuál es el propósito divino referente a este estado de cosas? Lo hemos visto en estudios anteriores. Está brevemente resumido en 2 Tesalonicenses 1:7-8 y Apocalipsis 19:11-16: "Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo." "Con justicia juzga y pelea...y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso." Cuando este trabajo de juicio y destrucción ha sido hecho, el reino de Dios prevalece en la tierra por un millar de años, conduciendo a las naciones por sendas de justicia y paz. Después de una breve renovación del conflicto con el diabolismo de la naturaleza humana, viene al fin el día de la completa restauración, siendo eliminados los impíos de la tierra y salvados los siervos de Dios. "No habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes" (Apocalipsis 22:3-4).


Aquí tenemos armonía con Dios al principio de las cosas, y armonía con él al final de las cosas, y el intervalo intermedio de oscuridad y temor del "presente siglo malo," durante el cual Dios no es obedecido ni reconocido, pues los fines buscados universalmente son los placeres, gratificaciones e intereses exclusivos de la existencia natural. Sin embargo, en este oscuro intervalo, la divina labor sigue adelante separando del mal a una familia, en preparación para el día de la regeneración y bendición. En vista de estas cosas, no es fácil darse cuenta de lo razonable del divino mandamiento de que Sus siervos no deben conformarse a un mundo malo, en el que Dios no es tomado en cuenta, y al cual ellos no pertenecen.


¿Cómo se comporta la cristiandad a la luz de esto? ¿No es evidente a primera vista que este principio elemental de la ley de Cristo es totalmente hecho a un lado? La idea de un cristiano típico "que no sea del mundo" es una anomalía solamente calculada para excitar la sonrisa irónica del cínico. Si el cristiano ordinario no es "del mundo" ¿dónde encontraremos gente que lo sea? Llamar a alguien "hombre de mundo" se ha vuelto uno de los más altos cumplidos que se puede dar a la cultura y juicio de un hombre que dondequiera está en casa, que ve el bien en todo, y jamás encuentra algo muy malo. A oídos de tal hombre, las distinciones y escrupulosidades impuestas por Jesucristo y sus apóstoles tienen un sonido anticuado. Peor, un sonido egoísta, irritante, de mente estrecha y sectarismo fanático. El serio reconocimiento y observancia de lo correcto y equivocado, como resultante de la ley de Cristo es, a sus ojos, el síntoma de odioso fanatismo, descalificándolos por la sociedad o el más común y buen compañerismo.


"El hombre de mundo," con su abandonada bondad para todas las cosas, es un buen cristiano según las normas populares. El es esencialmente "del mundo"; y aunque Cristo proclamó que él "no era del mundo," y mandó a sus discípulos aceptar una posición similar, este ser mundano es considerado como cristiano a los ojos de la cristiandad. ¡No en balde! La iglesia es el mundo. ¿Qué hay en el mundo con lo que la iglesia no esté mezclada? (por iglesia debemos entender tanto la religión oficial como los grupos reformados).


Consideremos la esfera política. Si hay algo particularmente característico "del mundo" es la política, ya sea en el ejercicio o discusión del poder temporal y sus formas. Está escrito: "Los reinos del mundo han venido a ser [al regreso de Cristo] de nuestro Señor y de su Cristo." Consecuentemente, por ahora los reinos son "del mundo." En lenguaje moderno, el "reino" se ha convertido en "estado," a causa de que la forma política del estado varía. ¿Dónde está la iglesia en relación con el estado? La alianza de la iglesia y el estado es por sí misma suficiente ilustración de la separación de la cristiandad de los mandamientos de Cristo. Es una prueba de que la iglesia moderna es "de este mundo" aunque la práctica privada de sus miembros esté en armonía con la mente de Cristo.


La práctica privada común de aquellos que se consideran "cristianos" elimina cualquier duda de que la forma pública de las cosas debe ser abandonada. Esa práctica privada común puede resumirse como un intento de descargo de todas las partes y funciones que pertenecen, o posiblemente pudieran pertenecer, a los ciudadanos del mundo presente. No hay lugar, parte o característica del presente mundo malo en el cual no se encuentran incorporados. Los obispos son parte del sistema mundano de Inglaterra, puesto que se sientan con sus vestiduras en la Cámara de los Lores, a supervisar las leyes hechas para este mundo en la Cámara de los Comunes. Los clérigos son "caballeros" elegibles para la sociedad del mundo, y bienvenidos en las recepciones de la aristocracia y en los campos de caza con los asistentes. Sus asistentes laicos y oficiales menores tienen la administración del mundo en manos de sus varios departamentos, ya sea cobrando los diezmos con la espada de la ley en la mano o negando un lugar de descanso en el patio de la parroquia a los herejes muertos. Sus laicos buscan riquezas, posición y poder, como legítimos objetos, siendo los más honorables los más exitosos en alcanzarlos. En detalles más pequeños, ellos son votantes (vasos sanguíneos secretores del sistema político); son patriotas y oradores políticos públicos (tendones y músculos del sistema); ellos queman la pólvora en el campo de batalla o compiten por el honor cívico o parlamentario del estado en los condados (volviéndose órganos del sistema). Corren en multitudes a las diversiones públicas, o en privado satisfacen sus gustos sin el menor freno o referencia a las amonestaciones de sobriedad, abstinencia y negación de sí mismo que exige el Nuevo Testamento.


¿Qué ha de hacer en tal estado de cosas el hombre que ansiosamente busca ser siervo de Cristo, y desea ser encontrado con él en su venida, en la actitud de una novia casta y leal, preparada para el matrimonio. El sentido común supliría la respuesta si no nos hubiera sido dada con claridad por el mismo Dios: "Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso" (2 Corintios 6:17-18). Las preguntas con las cuales Pablo introduce esta cita señalan de una sola vez la razonabilidad de este mandamiento: "¿Qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y que comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo?


El creyente del evangelio no tiene otra alternativa más que abandonar el mundo. De otra manera no puede realizar la voluntad de Cristo para aquellos a quienes reclama para sí. El hombre sincero determinará sin ninguna dificultad lo que significa este apartarse del mundo. Cristo y los apóstoles proporcionan en sí mismos un ejemplo que somos invitados a imitar (1 Pedro 2:21; Juan 13:15; 15:18-20; 1 Corintios 11:1; 4:17).


No significa reclusión: ellos viven una vida diaria abierta y pública. No significa aislamiento: siempre son vistos entre los hombres. Significa abstinencia de los propósitos y principios del mundo, y de los movimientos y empresas en los cuales estos son expresados. Las actividades de Cristo y de los apóstoles fueron todas realizadas en relación con el trabajo de Dios entre los hombres. Ellos nunca participan en las empresas del mundo. Sus profesiones temporales son todas privadas; Cristo fue un carpintero; Pablo un fabricante de tiendas; pero en estas, ambos trabajaron como hijos de Dios. Los discípulos de Cristo pueden seguir alguna ocupación de buena reputación; (expresamente se les prohíbe involucrarse con algo de apariencia maligna o que dé al adversario ocasión de reproche: Romanos 12:9; 1 Tesalonicenses 5:22). Pero en todo lo que hacen deben recordar que son siervos del Señor, y actuar como si el asunto que tienen entre manos fuera directamente realizado para él (Colosenses 3:23-24). Aun los sirvientes deben hacer fielmente su parte para un mal patrón, como si lo hicieran para el Señor (1 Pedro 2:18-20).


El sentido en el cual ellos están separados del mundo se encuentra en el propósito para el cual trabajan, y el uso al cual dedican el tiempo y los medios de los que ellos creen ser dueños. Buscan "la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor" (2 Timoteo 2:22). Renuncian "a la impiedad y a los deseos mundanos" y viven "sobria, justa y piadosamente" (Tito 2:12). No viven en placeres (Tito 3:3; 1 Timoteo 5:6). Viven para agradar a Dios, en el cual, a medida que crecen, encuentran su más alto placer. Han de ser santos en toda conversación, limpiándose de toda impureza de la carne y del espíritu, y caminando como los que son el templo de Dios entre los hombres (1 Pedro 1:15; 2 Corintios 13:7; 6:16).


Guiados por estos principios apostólicos, los siervos de Dios se abstienen de los malos hábitos que son tan comunes para la impía cristiandad, entre los cuales el tabaco y el alcohol ocupan un lugar prominente. Como hombres que esperan y se preparan para el reino de Dios (y cuya ciudadanía está en los cielos y no sobre la tierra), aceptan la posición de extranjeros y peregrinos entre los hombres. No se sienten en casa; están de paso. No toman partido con César. Pagan sus impuestos y obedecen sus leyes cuando no están en conflicto con las leyes de Cristo; pero no toman parte en tales asuntos.


No votan, ni piden que otros voten por ellos; no aspiran a los honores o salarios de César; tampoco portan armas. Ellos están de paso en los dominios de César durante el corto tiempo que Dios pueda señalar como prueba. Como tales sostienen una actitud pasiva y de no resistencia, sujetos únicamente a la ansiedad de ser aprobados por Cristo en su venida, obedeciendo a sus mandamientos durante su ausencia. No son del mundo y, por consiguiente, rehúsan conformarse al mundo. El camino es estrecho y lleno de abnegación, muchísimo más para aquellos a quienes les gustaría realizar la imposible tarea de obtener lo mejor de ambos mundos. Pero el final es tan atractivo, y el resultado de llevar la cruz tan glorioso, que los iluminados peregrinos escogen el viaje deliberadamente, y resueltamente soportan su dureza.


2.


"Los que son grandes [entre las naciones] ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo" (Mateo 20:25-27). "Vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos" (Mateo 23:8). Nada es más natural para los hombres que buscar honor y reconocimiento entre sus conciudadanos. Es hábito universal de la sociedad "recibir honores, unos de otros, y no buscar la gloria que viene del Dios único" (Juan 5:44). Las personas de todas partes "aman más la gloria de los hombres que la gloria de Dios" (Juan 13:43). Es considerado correcto fomentar la ambición o consentir el deseo de fama, lo cual es la misma cosa en los tiempos modernos. Jesús condenó esto sin excepciones. El prohíbe a los hombres buscar la aprobación humana. Es su expreso mandamiento en asuntos de caridad, por ejemplo, "que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha" (Mateo 6:3); en la oración, "ora a tu Padre que está en secreto" (versículo 6) y al practicar el ayuno, "no mostrar a los hombres que ayunas" (versículo 18). El objetivo es para que "tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público." Por la misma razón nos prohíbe aceptar títulos y lugares de honor, y nos pide que tomemos el lugar bajo y de servicio. Ilustrando este significado, Jesús mismo lavó los pies de sus discípulos, enfatizando: "Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis" (Juan 13:15). También manifestó expresamente: "Cualquiera que se enaltece, será humillado" (Lucas 14:11). Su mandamiento por medio de los apóstoles es "revestíos de humildad"; hacer a un lado el orgullo, siendo "no altivos, sino asociándoos con los humildes" (1 Pedro 5:5-6; Filipenses 2:3; Romanos 13:3,16).


El objetivo de estos mandamientos debe ser claro para toda mente reflexiva que se da cuenta del objetivo de Cristo en la predicación del evangelio: "purificar para sí un pueblo propio" (Tito 2:14), anunciar "las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9). La celebración de tales alabanzas no es realizada sino hasta que finalmente es requerida desde el trono a la inmortal multitud de santos en el día de su aparecimiento: "Alabad a nuestro Dios todos sus siervos" (Apocalipsis 19:5). Ellos responden al terrible mandato con una tempestad de ferviente aclamación, "como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos" (versículo 6). ¿Cómo podría un pueblo estar preparado para tal alabanza excepto por el mandato de crucificar la tendencia a buscar la honra de los hombres en esta malvada época?


La aceptación de ese honor necesariamente produce autoconcentración, e indispone al corazón para la autohumillación que es el primer ingrediente de la verdadera gloria de Dios. Podemos ver lo que el cultivo de la ambición hace por sus pobres adoradores. Consideremos la elegante multitud en una recepción de la corte, los hijos e hijas de la moda, orgullosos, susceptibles y de rápida mirada: ¿cómo podrían estar calificados para alabar a Dios con la sinceridad requerida? Es el orgullo de hombres el que los llena y controla, visible en su arrogancia, impaciencia y orgullo. Son consumidos por el orgullo como por una fiebre. Los mandamientos de Cristo no son aceptables para ellos. Su principio es "¿Quién es Señor sobre nosotros?" Cuando los mandamientos de Cristo logran entrar, ellos aminoran esta fiebre, y ponen su mente en armonía con verdadera razón en el ennoblecedor reconocimiento de que todas las cosas son derivadas, y que la gloria y crédito de todo se debe definitivamente solamente a Dios, no siendo seguro, ni en la menor cantidad, recibirla de los hombres en la presente edad de impiedad.


¿Qué ocurre con la cristiandad? ¿Se repudian las menciones honoríficas? ¿Son hechas en privado las buenas obras? ¿Se desprecian las alabanzas de los hombres? ¿No es todo notoriamente contrario en todos los casos? ¿No tenemos "reverendos," "reverendísimos," "muy reverendos," "padres," y una legión de títulos más, estupendos títulos de mentira en su forma mas simple?" ¿No tenemos "maestros" y "doctores" de todas clases impresionando a la multitud a lo sumo como una abstracción reducida a lo que para ellos son misteriosos monogramas? Y de manera más privada, ¿no vemos la misma imitación tras la grandeza, el mismo afecto por la grandeza en toda clase de títulos honorarios demandados y acordados por los millones que se autodenominan "cristianos"?


¿Son los líderes mejores que los seguidores? ¿No son ellos los primeros en la ofensa? ¿Quiénes como ellos resienten rápidamente la omisión de honores convencionales, que ellos llaman "cortesías," y no responden a los reclamos de benevolencia y justicia cuando no están a la vista de los demás? Deben haber, e indudablemente hay, excepciones; pero por regla general ocurre ahora como cuando Jesús dijo de los escribas y fariseos de su día: "Hacen todas sus obras para ser vistos de los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí" (Mateo 23:5-7).


Obsérvense las listas de contribuciones. ¿Dónde estarían las contribuciones si no fueran publicados los nombres y cantidades? ¿No es un hecho que los contribuyentes de la cristiandad desean que sus contribuciones sean publicadas, y que aquellos que las piden se apoyan en la debilidad popular, con el conocimiento seguro de que si no calman su impías ambiciones con el público reconocimiento, las donaciones estarían aún en los bolsillos de los donantes?


En cuanto a la alabanza de los hombres, es la inspiración de toda vida pública, el incienso de la adoración pública, y la fragancia peculiar de todos los procedimientos públicos. ¿Quién puede leer el reporte de una reunión pública sin enfermar sus sentidos con los elogios faltos de sinceridad, tras las presentaciones y testimonios, y el barato pero indispensable voto de agradecimiento? Los motivos de los hombres están corrompidos por la respiración de tal atmósfera. No hay más remedio que la destrucción, y la reconstrucción que se espera será aplicada en la venida de Cristo. El remedio individual reside en "salir" y hacer la voluntad de Dios en privado y oscuridad, en paciente espera por el día glorioso de la rectificación y recompensa que Dios con seguridad traerá en el tiempo de Su propósito en cumplimiento de Su promesa.


3.


"No os hagáis tesoros en la tierra" (Mateo 6:19). Esto es mencionado claramente en otra parte de la sabiduría así: "No te afanes por hacerte rico" (Proverbios 23:4). No hay nada en todo nuestro lenguaje que pudiera ser más claro que esto. Cristo, quien seguramente conocía las cosas mejor que todos, establece un hecho que constituye una razón poderosa para el mandamiento de no preocuparse por las riquezas. "¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas" (Lucas 18:24). El califica las riquezas de "injustas" (Lucas 16:9). No dice que su posesión es absolutamente incompatible con la gracia divina y la herencia de vida eterna. Pero nos da a entender que el peligro de que ahoguen la palabra es extremo (Mateo 13:22), y que la única seguridad de los que tienen riquezas consiste en convertirlas por el uso en amigos y salvaguardias. Su consejo es: "Ganad amigos por medio de las riquezas injustas" (Lucas 16:9). También indica cómo deberá hacerse esto: "Dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote" (Lucas 12:33). Este consejo es repetido por los apóstoles: "A los ricos de este siglo manda...que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo porvenir" (1 Timoteo 6:17). "Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios" (1 Pedro 4:10).


Los ricos de la cristiandad no se adhieren a estas divinas prescripciones. Al contrario, gastan profusamente en sí mismos su superabundancia de mil maneras que ministran para "los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida." Si obtienen más, su plan es aumentar la base de su propio engrandecimiento personal. Serían considerados insensatos si hicieran otra cosa. La manera como Cristo considera el asunto (en realidad él los considera insensatos por hacer las cosas por las cuales el mundo los considera sabios), pueden aprenderla de antemano en Lucas 12:16:


"La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo donde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios."


Aquí la ley de Cristo prohíbe a los pobres trabajar para ser ricos, y manda a los ricos usar su abundancia en ayuda de los necesitados que los rodean. ¿Cuál es la práctica de la cristiandad con relación a esto? ¿No es hacer tesoros en la tierra, la única meta, la única cosa recomendada, lo únicamente necesario y respetable para todos? ¿No resiente el rico la sugerencia de liberalidad con los pobres como una insolencia, deseando lanzar al sugerente a las alcantarías? Estas cosas son reales. Pero el mandamiento calmadamente permanece teniendo que enfrentarlo algún día, como Jesús dice: "La palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero." Podemos prosperar en nuestra diligente espera, o placenteramente gozar personalmente dentro de los límites de nuestras riquezas injustas, justificando nuestra acción con las teorías económicas producidas por la experiencia de una generación pecadora. Pero ¿dónde estaremos cuando salgamos de la tumba con las manos vacías para comparecer delante del que "juzgará a los vivos y a los muertos," quien abrirá nuestros ojos al hecho de que todo lo que teníamos en el día de nuestra prueba, era Suyo? El decidirá el asunto solamente bajo Sus principios, y no bajo el principio que los pecadores han considerado popular entre sí.


4.


"No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vé con él dos" (Mateo 5:39-41; Lucas 6:30). De todos los mandamientos de Cristo, este de sumisión irrestricta a la injusticia personal y legal, es el que con mayor severidad pone a prueba la lealtad de sus discípulos, y el cual es más decisivamente descuidado por toda la cristiandad. No sería exagerado decir que es deliberadamente rechazado y formalmente pasado por alto por la gran masa de cristianos profesos, como una regla de vida impracticable. Que está establecido como el más claro de los mandamientos de Cristo, no puede ser negado. Que además, fue repetido por los apóstoles y llevado a la práctica por los primeros cristianos, es igualmente libre de contradicción. Aun así, es ignorado por todas las clases como si nunca hubiera sido escrito. ¿A qué se puede atribuir esta deliberada desobediencia de todos los rangos y clases de hombres, quienes profesan estar sujetos a Cristo?


Indudablemente se debe en parte a un concepto erróneo del propósito de los mandamientos. Se imagina comúnmente que los mandamientos de Cristo tienen el objetivo de proporcionar el mejor modo de vida entre los hombres, es decir, el modo que mejor ayude a asegurar una adaptación benéfica de hombre a hombre en el presente estado de cosas sobre la tierra. Sin duda, darían resultado si todos los hombres actuaran conforme a ellos. Pero en un mundo donde la mayoría los ignora y actúa según sus instintos egoístas sin escrúpulos, el resultado es otro. Exponen al obediente a desventajas personales. Nunca fueron programados para tener otro efecto. Tienen la intención de formar "un pueblo único," cuya peculiaridad consiste en la restricción del impulso natural en sumisión a la voluntad de Dios. Los mandamientos fueron diseñados para castigar, disciplinar y purificar tal pueblo por medio del ejercicio de paciente sumisión a la injusticia, en preparación para otro tiempo cuando tales mandamientos ya no estarán en vigencia, pues se dará a los perfeccionados y obedientes santos autoridad para "dar retribución" a los impíos, quebrantando al opresor, como anticipo de la bendición a todo el pueblo (2 Tesalonicenses 1:8; Apocalipsis 2:26; Daniel 7:22; Salmos 149:9).


Los hombres sostienen que la sociedad no podría continuar si estos principios fueran acatados. Tal razonamiento no es el de un discípulo. Cristo no se propone mantener a la sociedad en su actual estado, sino "tomar de ellos pueblo para su nombre," que forme una sociedad recta, es decir, sujeta a los principios divinos, en la era que ha de venir. Su propio caso ilustra esta posición. El pueblo quería llevarlo por la fuerza y hacerle rey; pero él se retiró (Juan 6:15). Un hombre quería que interviniera en una disputa de herencia. El declinó diciendo: "¿Quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?" (Lucas 12:14). A él le correspondía dar testimonio de la verdad, hacer la voluntad del Padre, hacer todo el bien que pudiera dentro de los principios divinos, y testificar ante el mundo "que sus obras son malas" (Juan 7:7). De esta manera creó odio para sí mismo, el cual finalmente tomó la forma de violencia personal. El no se resistió a esta violencia. Fue conducido como cordero al matadero; su vida fue quitada de la tierra. El dijo con respecto a toda esta experiencia: "El siervo no es mayor que su señor. Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros" (Juan 15:18,20).


La cristiandad resiste al mal, apela a la ley, resiente la ofensa, empuña el bastón policial y pelea en el ejército aunque lo llamen a disparar sobre compañeros cristianos. Si se le señala la ley de Cristo, sacude su cabeza. Habla del deber con la sociedad, la protección de la vida y la propiedad, y el caos que seguramente se produciría si se pusiera en vigor la ley de Cristo. En esto, la cristiandad habla como el mundo y no como la iglesia; porque no es la iglesia sino el mundo. La verdadera iglesia se compone de los hermanos en Cristo, y él nos dice que sus hermanos son todos los que obedecen sus mandamientos y hacen la voluntad del Padre, como ha sido expresada por su boca (Mateo 12:50; Juan 12:49-50). La pregunta consecuente carece de dificultades. La pregunta es: ¿les permite la ley de Cristo emplear la violencia bajo cualquier circunstancia? Si no, la pérdida de la vida misma no sería una consecuencia que los haría desobedecer. Ideas de conveniencia o filantropía están fuera de lugar cuando se trata de defender los hechos que la ley de Cristo prohíbe. Si ha de surgir un tumulto a menos que desobedezcamos a Cristo, dejemos que surja el tumulto. Si la vida y la propiedad se expondrán al pillaje de los hombres malos a menos que hagamos lo que Cristo nos dice que no debemos hacer, dejemos que todas las casas y vidas queden sin protección. Si vamos a incurrir en serios castigos a menos que escojamos romper la ley de Dios, entonces paguemos el castigo. Si vamos a ser muertos con toda nuestra familia a menos que abandonemos la aprobación del Señor y Maestro, con la consiguiente pérdida de la vida eterna a su venida, muramos entonces inmediatamente.


Es un error condicionar el asunto del deber por cualquier otra consideración secundaria. Aún no ha llegado el tiempo en que los santos mantendrán justo al mundo. La sociedad tiene que volverse justa antes que se pueda tratar de mantenerla justa. La posición de los santos es la de peregrinos en período de prueba para vida eterna. Dios se asegurará de que la prueba de ellos no sea interferida por asesinato o violencia antes del tiempo. El problema es Suyo. Estamos en Sus manos, lo mismo que todo el mundo. Por consiguiente, no necesitamos estar presionados por pensamientos sobre cuál será el efecto de cualquier actividad requerida por Cristo. El tendrá cuidado de que su obra llegue correctamente hasta el fin. La sencilla y única pregunta para nosotros es la que Pablo hace cerca de Damasco: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?" No podemos hacer cuanto envuelva desobediencia.


A un policía, por ejemplo, se le pide que de ser necesario golpee a un hombre con su bastón. En tal caso, el asunto es mejor considerado de este modo: ¿Permite Cristo que sus siervos maltraten a la gente con bastones? No es una respuesta apropiada para esta pregunta decir que puesto que se ha mandado obedecer a los magistrados (Tito 3:1), estamos obligados a actuar como policías si las autoridades nos lo ordenan. Nadie negará que esta exhortación está sujeta a un precepto más grande como es el de obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 4:19). A ninguna persona ingenua se le ocurrirá que lo que Pablo daba a entender era que debemos obedecer a los magistrados cuando su orden implique desobedecer a Dios. Si se afirma tal cosa, es suficiente respuesta citar la práctica de los apóstoles, quienes son los más confiables intérpretes de sus propias exhortaciones.


Ellos desobedecían constantemente a los magistrados en el asunto particular de la predicación del evangelio, lo cual los llevó a prisiones y a muerte. No hubo contradicción entre sus acciones y su exhortación de obedecer a los magistrados, puesto que en los asuntos a que se referían en su exhortación ellos fueron obedientes a los magistrados. Pagaron tributos, honraron los poderes gobernantes, y reconocieron la autoridad de la ley en todos los asuntos que no afectaban su lealtad a la ley de Dios. Este es un deber requerido de todos los santos, y gustosamente realizado por ellos, a pesar de que esperan que tales órdenes e instituciones sean abolidas en el debido tiempo. Ese tiempo es el tiempo del Señor, y por esto ellos esperan pacientemente. La obra es del Señor, y ellos esperan por él.


Pero ¿deben dejar que la ley humana los induzca o presione a hacer lo que Cristo ha prohibido expresamente? La única pregunta es, ¿ha prohibido él lo que está en discusión en este caso? ¿Ha prohibido el uso de la violencia? Respecto a esto nada está más claro, "dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas" (1 Pedro 2:21). Esto es lo que Cristo mismo dijo a sus discípulos: "Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis" (Juan 13:15). Ahora bien, ¿cuál es el ejemplo de Cristo referente a este asunto? El testimonio es que él no hizo violencia, ni en su boca fue hallado engaño (Isaías 53:9). Como también Pedro nos dice: "cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente" (1 Pedro 2:23).


Algunos sostienen que esto se refiere solamente a circunstancias de persecución; así, "no resistáis al que es malo" significa que sus amigos no deben pelear contra aquellos que los persiguen, sino pacientemente y sin resistencia dejarlos hacer su voluntad. Se encontrará, tras apropiada investigación, que esto es un error. Cristo no hablaba de persecución. Hablaba de las sentencias y prácticas jurídicas de la nación judía. El dice: "Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente." ¿Por quién, a quién, y con qué propósito fue dicho esto? Fue dicho por Moisés a Israel como el principio que regularía los procedimientos de la ley. Esto se aclarará refiriéndose a Exodo 21:22-24: "Serán penados [los ofensores] conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente." Por consiguiente, cuando Jesús ordena no resistir al malo, no se refiere a los perseguidores, sino a los procedimientos legales y las relaciones ordinarias de hombre a hombre.


Esto es quizá más evidente en el versículo siguiente (Mateo 5:40): "Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa." Aquí no se trata de ningún perseguidor sino de un hombre que simplemente quiere la propiedad del otro y trata de desposeerlo legalmente. "A cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vé con él dos." Un perseguidor probablemente no querría la compañía de usted en el camino. Es el caso de un viajero que necesita consuelo y protección en un camino solitario y se le manda a usted que sea generoso aun más allá de los deseos del viajero. "Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses." Este no es un perseguidor, quien tomaría lo que quisiera sin pedirlo.


La sugerencia de que este precepto se aplica únicamente en circunstancias de persecución es el pensamiento de una naturaleza combativa que se rebela contra los preceptos crucificadores de la carne dados por el mismo Cristo, aunque no está preparada para llegar a negar abiertamente a Cristo. Es una sugerencia absurda en sí misma. ¿Por qué se nos permitiría pelear por nosotros mismos, prohibiéndonos al mismo tiempo pelear por el Señor? Podríamos imaginar que la distinción, si existiera, se inclinaría en la otra dirección, es decir, que se nos permitiría repeler y responder cuando fuera la autoridad del Señor la que estuviera en duda, pero que deberíamos ser sumisos cuando se tratara solamente de quitarnos la bolsa. Pero la realidad es que no se hizo tal distinción. La sugerencia de que existe no tiene fundamento. Es una distinción que simplemente no puede hacerse, pues, ¿cómo va a saber usted cuándo un hombre lo hiere por su fe, y cuándo lo hace por su propia avaricia?


El mandamiento del Señor es absoluto: tenemos que actuar como ovejas en medio de lobos, ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Los fieles del primer siglo reconocieron que esto involucraba evitar la resistencia. Esto es evidente en la referencia incidental de Santiago a los ricos injustos de las doce tribus: "Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia" (Santiago 5:6). También es claramente evidente en el reclamo de Pablo en 2 Corintios 11:20: "Pues toleráis si alguno os esclaviza, si alguno os devora, si alguno toma lo vuestro, si alguno se enaltece, si alguno os da de bofetadas."


Esto equivale a decir: "Es usual que ustedes se sometan sin resistencia al daño personal; cuánto más podrían ustedes soportar mis palabras." Pablo manda expresamente: "No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal" (Romanos 12:19-21). También dice: "Mirad que ninguno pague a otro mal por mal" (1 Tesalonicenses 5:15). En otra ocasión: "¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?" (1 Corintios 6:7).


Estos principios excluyen cualquier recurso legal de parte de los que obedecen los mandamientos de Cristo. Recurrir a la ley es contradictorio a la sumisión a los preceptos que requieren que aceptemos el mal, evitando justificarnos personalmente. Pues, ¿qué significa recurrir a la ley, si no llegar al extremo de la violencia y la coacción? Quienes sólo ven las cosas en forma superficial no pueden darse cuenta de esto; pero prontamente lo sienten cuando se dirige contra ellos mismos. Pueden imaginar que se hace una buena obra visitando una tranquila oficina legal, pidiendo que se ponga en marcha una demanda de manera legítima, protestando que sólo quieren justicia, etc., etc.


Pero siga el asunto hasta el final; vea lo que significa, y entonces juzgue, como amigo de Cristo, si usted está en libertad de hacer una cosa sangrienta y prohibida. Usted logra el juicio de la ley en su favor; supongamos que el deudor no puede pagar. ¿Qué ocurre? Sus servidores (porque los agentes de la ley son sus servidores por ahora, y no actuarían un momento después que la autoridad de usted fuese retirada) entran a la casa del deudor y venden su cama, echándolo a la calle de su hogar. Pero supóngase que él puede pagar y no lo hace; en cambio decide resistir, y supóngase que contrata una banda de valientes que lo ayuden. Los agentes de la ley llegan a la casa; la puerta está asegurada; en vano se solicita entrada. Los agentes de usted derriban la puerta, pero encuentran una barricada. Demuelen la barricada, pero encuentran a los ocupantes de la casa en actitud desafiante. Los agentes de la ley los empujan; los amigos del deudor golpean a los agentes. Los agentes devuelven los golpes, pero viendo que son sobrepasados en número, se retiran.


El deudor se alegra, pero temiendo el regreso de los agentes de la ley envía y obtiene un refuerzo de los rudos. Los agentes de la ley regresan con ayuda. Resulta un tumulto: cabezas son rotas, la propiedad destruida y los agentes son repelidos. ¿Qué sigue? Una revuelta. Una parte del pueblo toma el bando del deudor y la otra, el de la ley. Los soldados son enviados. Ahora los soldados son sirvientes de usted. Si los hombres en la casa no se entregan, entonces volarán sus cabezas y habrá muertos. Todo esto se hará porque usted puso en movimiento la ley. Lo que comúnmente es llamado "la ley" no es sino el extremo suave del garrote. Es el temor al otro extremo lo que hace que la gente se acobarde al ver la empuñadura. El policía va y muestra la empuñadura, y esto es generalmente suficiente; pero el hecho sigue siendo que lo que es llamado "la ley" es un terrible instrumento de destrucción que romperá cráneos si hay alguna resistencia. Una casa destruida y los cuerpos cubiertos de sangre son elementos que deben ser considerados en el panorama. El hecho de que raramente sea necesario llevar los problemas hasta este extremo no altera la naturaleza de la actividad, como tampoco debilita la conclusión de que los santos no están en libertad de emplear tal maquinaria ofensiva.


El hecho de que un hombre no emplee personalmente la violencia sólo empeora la situación, en lo que se refiere a la naturaleza de su acción. ¿Qué es peor? ¿Hacer las cosas honesta y duramente en forma personal, o colocarse detrás de una cortina y susurrar las palabras para que un puñado de rufianes las hagan? Si usted fuera el actor personal, el deudor tendría alguna oportunidad de misericordia apelando personalmente; pero cuando usted pone en acción la ley, lo entrega a la tierna misericordia de hombres con corazón de piedra, y sin el poder de ser misericordiosos aun cuando quisieran.


Generalmente se admite que un hermano no tiene derecho a recurrir a la ley contra un hermano en la fe, a causa de las expresas palabras de 1 Corintios 6:1-4. Pero algunos piensan que pueden hacerlo contra un extraño. El primer pensamiento contra tal proposición es que contradice completamente el espíritu de las enseñanzas de Cristo suponer que estamos en libertad de aplicar un proceso dañino a extraños, aunque no lo apliquemos a nuestros hermanos. El mandamiento de Cristo de que seamos absolutamente inofensivos, se extiende aun a cualquier enemigo, tanto más a un deudor quien no necesariamente será un enemigo. La supuesta distinción en favor del hermano en esta cuestión sería un regreso al espíritu de las cosas cuando se dijo, "amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo," lo cual expresamente fue reemplazado por Cristo.


¿Cómo es, entonces, que Pablo menciona a un "hermano" en relación con los tribunales públicos en 1 Corintios 6? ¿Es para advertir que un hermano puede demandar a un extraño, mientras que no está en libertad de hacerlo con un hermano? No hay tal sugerencia en el contexto. Es más bien para ilustrar hasta dónde habían llegado los corintios en su desobediencia. "Hermano con el hermano pleitea en juicio, y esto ante los incrédulos." El apóstol manda a los hermanos juzgar si hay alguna injusticia entre hermano y hermano; pero ¿acaso recomienda recurrir aun a esta judicatura? Al contrario, pues dice: "¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?"


El mandamiento de que seamos pasivos ante el mal es una ordenanza para el presente período de prueba solamente. En el debido tiempo, los santos hollarán a los malos como ceniza bajo la planta de sus pies, si han demostrado ser dignos de tal honor por medio de una fiel sumisión a lo que Dios requiere de ellos ahora. "Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones" (Apocalipsis 2:26). Desde este punto de vista, es de primordial importancia que los santos permanezcan fieles a los mandamientos de Cristo, evitando ser conducidos a caminos de desobediencia por modificaciones hechas a su palabra, las cuales mientras hacen más suave el camino de la carne, tendrán el efecto de privarnos de la corona en el día de gloria que será revelado.


5.


Hay otros mandamientos a los cuales la práctica diaria de la cristiandad se opone totalmente, pero a los cuales, después de la gran longitud de este estudio, no podemos más que referirnos. Cristo:


Prohíbe toda clase de juramentos (Mateo 5:34; Santiago 5:12).

Prohíbe tomar la espada (Mateo 26:52; Apocalipsis 13:10).

Condena la venganza y la respuesta dura; también toda palabra mala (Mateo 5:44; 1 Pedro 3:9; Romanos 12:14).

Insiste en que se haga la paz y se tenga comunicación personal privada con el ofendido (Mateo 5:24; 18:15; Colosenses 3:13).

Ordena ser bondadoso aun con los que no lo merecen y con los malos (Mateo 5:44; Lucas 6:35).

Solamente permite el matrimonio con creyentes (1 Corintios 7:39).

Exige modestia en el vestir y conducta hasta el pudor y la sobriedad (1 Timoteo 2:9); 1 Pedro 3:3-4).

Es notorio que la cristiandad viola habitualmente todos estos mandamientos, sin que la violación suponga la descristianización, en el menor grado, del violador, aunque Cristo claramente ha declarado que en vano lo llaman los hombres Señor si no obedecen sus mandamientos.


Los juramentos son regularmente administrados en los tribunales públicos (sin hablar de las profanaciones en las conversaciones personales).


La profesión militar es cultivada como una esfera conveniente para los cristianos hijos de cristianos. El rostro de la "iglesia" se extiende al ejército con el nombramiento de capellanes, comprendiendo esta temeraria anomalía que cuando dos naciones llamadas cristianas van a la guerra, los cristianos de un lado cortan las gargantas de los del otro lado, como un asunto perfectamente legítimo. Los capellanes cristianos de un lado oran al Dios de todos los llamados cristianos para que lleve al éxito las medidas mortales de un grupo de cristianos, contra las oraciones de los capellanes cristianos y los mortales esfuerzos del otro grupo de cristianos, a fin de que los últimos llenen el campo de batalla con sus cadáveres mientras los otros marchan victoriosamente sobre sus cuerpos muertos, cantando himnos de agradecimiento a Dios por haberles permitido masacrar a sus hermanos cristianos.


La venganza es practicada entre las masas de la cristiandad como algo correcto, noble y humano. La arrogancia y las expresiones de resentimiento son perdonadas como consecuencia de la necesidad, mientras hablar mal y regocijarse con las debilidades de sus vecinos, es el delicado lujo de la vida común.


Amar la paz y hacer la paz es visto como signo de afeminamiento, y el hombre que proclame y practique el deber de buscar un diálogo personal con el enemigo, con miras a la reconciliación, será considerado como un loco.


Casi no se oye la idea de bondad para los malos. La ingratitud y la indignidad son tomadas invariablemente como una razón para no ayudar a alguno en dificultades. Es la regla considerarse justificado evitando ayudar en tales casos. Solamente es excelencia (y eso también llevado hasta el heroísmo) la que propicia la gracia de la cristiandad en favor de la dificultad privada.


La idea de restringir el matrimonio al discipulado es rechazada como prejuicio del fanatismo.


En cuanto al vestido, tanto se ha extraviado la cristiandad de las normas apostólicas, que las multitudes de mujeres llamadas cristianas (especialmente en la alta sociedad), consideran como cosa honorable entrar en mutuas rivalidades en el estilo y magnificencia de sus atuendos. La moda es una diosa cuyas inclinaciones son indisputadas. Nadie reconoce adorarla, pero todos se comportan como si lo hicieran. La ambición, el amor a la ostentación, el deseo de los ojos y la arrogancia de la vida no son reconocidos como los motivos que los controlan, aunque difícilmente encuentren otros. Todo se justifica como el resultado del "gusto."


Este estado de cosas es angustioso para toda mente que simpatiza con los propósitos divinos en la vida humana, tal como se revelan en las Escrituras. No hay otra alternativa más que luchar contra la prevaleciente corrupción. Corresponde a hombres celosos, en la práctica privada y en pública exhortación, siempre que haya oportunidad, sostener el ideal exhibido en los escritos apostólicos. De ninguna otra manera podemos salvarnos de una generación que es tan refractaria como la que escuchó una exhortación similar de Pedro. La lucha puede ser dura, pero los objetivos son supremos.


Podemos cerrar nuestros oídos a las objeciones del adversario. No es cierto que los mandamientos de Cristo debilitan y deterioran el carácter. Lo que es considerado debilidad y deterioro es solamente la disciplina y la restricción de las bajas propensiones, las cuales se oponen a la vigorización de todo lo noble y puro. Mientras excluye las energías animales y las actividades que llevan a hacer lo que popularmente se considera "virilidad," los mandamientos de Cristo nos introducen al camino de las más altas y ennoblecedoras obligaciones en la dirección de la bondad y el deber, actividades desconocidas para el simple hombre de sentimientos naturales. Nos proponen el temor de Dios en vez de la deferencia a la opinión pública; el ejercicio de la benevolencia en lugar del dinamismo de la autoexpresión; el estímulo iluminador de una filosofía clara a cambio del confuso impulso de la gratificación personal; la guía de la rectitud en lugar de la esclavizante e incierta ley de la conveniencia; la virtud del dominio de sí mismo en vez de la acción del resentimiento; el poder del motivo a cambio del capricho del sentimiento; principios en lugar de impulsos; el conocimiento en lugar del sentimiento; la piedad en vez del humanismo; la vida en vez de la muerte.


La impopularidad de los mandamientos de Cristo se debe a su oposición al impulso natural; y su oposición al impulso natural constituye su verdadero poder para educar a los hombres en la obediencia a Dios, para que puedan ser disciplinados y preparados para la gran gloria que El tiene dispuesta para aquellos que tratan de agradarlo. No cometamos el gran error de seguir las doctrinas populares. Si hemos de continuar en la desobediencia que el mundo practica (aunque se llame cristiandad) tendremos que sostener sus supersticiones y monstruosidades teológicas; porque abandonar las últimas, mientras se sostienen las primeras, sólo nos expondrá a todas las inconveniencias de la fe de Cristo, sin asegurar para nosotros nada de sus gloriosos beneficios.



Conclusión Final

Estos estudios han llegado a su final. Constituyen un débil intento del autor de dar a otros el servicio que él mismo recibió. Si alguna mente es librada del error, alguno es atraído al estudio de la Palabra de Dios, algún juicio madura para la comprensión, creencia y obediencia de la verdad, el presente esfuerzo habrá recibido una perfecta recompensa en aquello que se habrá logrado para los siglos venideros.


Lo único que merece la atención esmerada de un hombre en este estado de existencia, es la verdad revelada en la Biblia. Lo hace libre en el presente y salvo en el futuro. El tiempo dedicado con preferencia a algo distinto, es malgastado. La verdad hace por un hombre lo que ningún otro estudio puede hacer: le concede alivio con referencia a los muchos interrogantes que mantienen en perplejidad a los que no han sido iluminados; da una clave para la solución de todos los problemas de la vida; le inspira confianza en medio de las incertidumbres que distraen a otros mortales; lo guía a una simple, única y pacífica dirección de sus asuntos; llena su mente con la confortante seguridad referente al futuro, iluminando su perspectiva con una bien fundada expectación de lograr la perfección que los ansiosos corazones no encuentran en el presente; subyuga sus propensiones, corrige su tendencia natural a las desviaciones morales, despierta su amor a la santidad, restaura intereses debilitados y mejora, eleva y santifica toda su naturaleza, mientras le da seguridad y lo hace apto para "la herencia de los santos en luz."


Esta verdad "tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera" (1 Timoteo 4:8). Su búsqueda es más útil que la de cualquier asunto secular. La labor empleada en su obtención, o desarrollada en su diseminación, producirá resultados que florecerán gloriosamente, cuando los frutos del esfuerzo meramente mundano hayan perecido en olvido irrecuperable. "Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada" (1 Pedro 1:24-25)

¿Y SI LA BIBLIA NUNCA ENSEÑÓ QUE TENEMOS UN "ALMA INMORTAL"?

  ¿Y si la Biblia nunca enseñó que tienes un "alma" inmortal? Durante siglos nos dijeron que el ser humano tiene un alma atrapada ...