martes, 21 de enero de 2020

Las Promesas Hechas a los Padres (Abraham, Isaac y Jacob) se Cumplirán Cuando se Establezca el Reino de Dios Aquí en la Tierra

Ningún lector cuidadoso del Nuevo Testamento puede ignorar la importancia asignada en los escritos apostólicos a «las promesas hechas a los padres.» Posiblemente no entienda lo que esta frase significa; pero difícilmente puede evitar tener conocimiento de la frase misma, como algo de importancia, puesto que se usa en tal sentido como para demostrar que expresa algo que tiene relación fundamental con la verdad anunciada por los apóstoles.
Aquellos que no son lectores de la Biblia no sabrán nada al respecto. Para su beneficio y explicación general del tema, llamamos la atención sobre las declaraciones de Pablo de que «Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres» (Romanos 15:8). Este versículo nos lleva inmediatamente al meollo del tema de este capítulo, estableciendo una relación directa entre la misión de Cristo y lo que es llamado «las promesas.» Al mismo tiempo nos obliga a reconocer la importancia de la verdad así expresada, en vez de apartarnos del tema con indiferencia como es la costumbre de la mayoría de religiosos, incluso los que profesan leer y creer el Nuevo Testamento. Si Cristo vino para «confirmar las promesas hechas a los padres,» obviamente debemos dar prioridad al conocimiento de estas promesas y podremos conseguir sin dificultad el conocimiento deseado.
En primer lugar, Pablo declara que las promesas, cualquiera que sea su significado, pertenecen a los judíos:
«…mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas.» (Romanos 9:3,4)
Hablando más directamente sobre el asunto dice:
«Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo…Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.» (Gálatas 3:16,29)
De aquí resulta evidente que si deseamos saber algo acerca de las promesas que Pablo tenía en mente, tenemos que referirnos a la historia de Abraham, de donde derivaba su información. Muchos conocen esta historia; pero por regla general ignoran los aspectos de ella que corresponden a las palabras de Pablo en Gálatas 3:16,29. Saben que Abraham emigró de Caldea por mandato divino, viniendo a habitar en Canaán, y que Dios prometió multiplicar grandemente su posteridad y hacer de él una nación grande en la tierra donde entonces él mismo era extranjero. Creen que le fue prometido que Cristo, el Salvador del mundo, vendría del linaje de Abraham y que de este modo, por medio de la predicación del evangelio, todas las naciones serían finalmente benditas a través de él. Pero no tienen idea de ninguna promesa hecha a Abraham que forme la base de la fe cristiana, o el tema fundamental del evangelio. Reconocen que hubo promesas; pero prácticamente las consideran pasadas y cumplidas. Consideran que se refieren solamente a los ahora insignificantes eventos de la historia judía.

Las Promesas No se Refieren al Cielo

Estas personas no conocen ninguna «promesa hecha a los padres» en la que puedan tener algún interés personal o de la que Abraham mismo pudiera derivar algún beneficio futuro. Tampoco tienen idea de que ellos mismos u otros más puedan heredar las promesas hechas hace 4,000 años a los padres. Según su criterio, las promesas son un asunto del pasado, una parte de la primera dispensación, la cual, habiendo envejecido, ha pasado a la historia. Creen que lo que debe examinarse es lo que según ellos ha sucedido a los padres mismos y a todos los hombres justos desde entonces: un acontecimiento ante el cual todos están en igualdad de condiciones, con promesas o sin promesas, y el cual consiste en subir al cielo si se es justo. Ellos cantan y enseñan a cantar a sus hijos: «¿Dónde está ahora el profeta Daniel? A salvo en la tierra prometida.»
Consideran que la tierra prometida es el cielo. Sus cantos hablan de todos los fieles que han ido allí, de sus «almas» que partieron a la gloria, según su credo, cuando la muerte sepultó sus cuerpos. Estiman que las promesas que les fueron hechas han sido completamente realizadas. Es evidente que en esto hay un gran error. Pablo dice:
«Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.» (Hebreos 11:13)
El apóstol afirma que los padres murieron sin recibir lo que les fue prometido, en abierta oposición al punto de vista popular que asegura que recibieron las promesas al morir, estando todos «a salvo en la tierra prometida.» Pablo repite su afirmación al final del capítulo:
«Y todos estos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.» (Hebreos 11:39,40)

El Fundamento de la Salvación

¿Cuáles eran las promesas hechas a los padres, la sustancia de las cuales no recibieron ellos, y de las cuales Pablo declara que no las recibirán sino hasta que la totalidad de los escogidos «de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas» esté completa? En respuesta a esto, afirmamos que las promesas forman la esencia y fundamento mismos de la salvación que se ofrece por medio de Cristo. Nos basamos en la fuerza de los siguientes testimonios:
«Y ahora, [yo, Pablo] por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres soy llamado a juicio [ante el tribunal del rey Agripa].» (Hechos 26:6)
«Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre.» (Lucas 1:51-55)
«Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo, y nos levantó un poderoso Salvador [Jesús] en la casa de David su siervo, como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio; salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo pacto; del juramento que hizo a Abraham nuestro padre.» (Lucas 1: 68-73)
«Cumplirás la verdad a Jacob, y a Abraham la misericordia, que juraste a nuestros padres desde tiempos antiguos.» (Miqueas 7:20)
Estos pasajes muestran que las promesas hechas a los padres no hab ían sido cumplidas en el siglo primero, es decir, cerca de dos mil años después de que fueron hechas. Además, se refieren a cosas que serían cumplidas por medio de Cristo, en vez de tener su cumplimiento en la historia judía, como generalmente piensan los religiosos.

Principales Elementos de las Promesas

Para una mejor discusión y un análisis más cuidadoso del tema, examinemos las promesas mismas. Para tal efecto sigamos la guía de Pablo, quien dice: «A Abraham fueron hechas las promesas.» Esta es una pista infalible. Vamos a la historia de Abraham, donde encontraremos el registro de las siguientes promesas:
«Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.» (Génesis 12:1-3)
«Y Jehová dijo a Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia [Cristo] para siempre. Levántate, vé por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti la daré.» (Génesis 13:14-17; ver también 12:7; 15:8-18; 17:8)
«Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto oíste mi voz.» (Génesis 22:16-18)
Pablo llama a Isaac y Jacob «coherederos [con Abraham] de la misma promesa» (Hebreos 11:9). Por consiguiente, proporcionará un fundamento más seguro examinar también las promesas hechas a ellos, las cuales son, según las palabras de Pablo, idénticas a aquellas que fueron hechas a Abraham:
«Y se le apareció Jehová [a Isaac], y le dijo:…habita como forastero en esta tierra, y estaré contigo, y te bendeciré; porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y confirmaré el juramento que hice a Abraham tu padre.» (Génesis 26:2,3)
«Y el Dios omnipotente te bendiga [a Jacob]…y te dé la bendición de Abraham, y a tu descendencia contigo, para que heredes la tierra en que moras, que Dios dio a Abraham.» (Génesis 28: 3,4)
«Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia…y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente.» (Génesis 28: 13,14)
Al analizar estas «promesas hechas a los padres,» encontraremos que están constituidas de varias proposiciones distintas, las cuales será útil enumerar a fin de lograr claridad; y la consideración de cada una por separado nos permitirá ver la verdad de lo propuesto en el tema de este estudio, es decir, que estas promesas solamente serán cumplidas cuando Cristo, después de retornar de los cielos y resucitar a su pueblo de entre los muertos, reine en Palestina como gobernante universal, a quien todas las naciones adorarán con bendita fidelidad.

1.- Que la posteridad de Abraham llegaría a ser una nación grande y poderosa. Esto no se ha cumplido en el sentido de la promesa. Es cierto que los descendientes de Abraham, según la carne, se han multiplicado y han ocupado un largo trecho en la historia; pero éste no es el único evento contemplado en la promesa, como se muestra en Romanos 9:6-8. Los judíos naturales, desde el día que murmuraron contra Moisés y Aarón en el desierto, hasta el momento actual en que rechazan al profeta semejante a Moisés, han sido siempre una generación desobediente y de dura cerviz, caminando en las sendas de los paganos y persiguiendo y matando a los siervos de Dios enviados para enseñarles el camino correcto. Esta no es la gran nación multiplicada «como las estrellas del cielo,» que fue prometida a Abraham; no fue una bendición rodear a un hombre de tal raza de rebeldes nacidos de la carne. Pablo dice:
«No todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.» (Romanos 9:6-8)
Abraham, Isaac y Jacob agradaron a Dios por su fe y obediencia: aquellos de sus descendientes que no tuvieron esta actitud no eran de Israel, aunque habían heredado su carne y sangre; por consiguiente no eran «contados como descendientes» (Romanos 9:8). Estos no fueron reconocidos como constituyentes de la gran nación prometida a Abraham. La gran mayoría de los judíos han sido de esta clase y son, por consiguiente, rechazados. ¿De dónde, entonces, proviene la raza prometida de hijos? La principal parte de ellos será proporcionada por la nación judía según la carne, pues en toda su historia ha habido un remanente que ha sido verdaderamente abrahámico, no solamente por consanguinidad, sino por fe y obediencia: estos son «los hijos de la promesa,» los cuales serán resucitados a la venida de Cristo. La otra parte proviene de los gentiles, quienes después de años de oscuridad, fueron visitados durante la era apostólica con la invitación a volverse hijos adoptivos de la familia de Abraham. Este hecho se da a conocer en las siguientes palabras:
«Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre.» (Hechos 15:14)
«Por revelación me fue declarado [a Pablo] el misterio… que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres…que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio.» (Efesios 3:3,5,6)
«Y recibió [Abraham] la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.» (Romanos 4:11,12)
De aquí que todos los que abrazan la fe de Abraham y se circuncidan por medio del bautismo en Cristo, participan así de la circuncisión literal a la cual Cristo estuvo sujeto bajo la ley, y vienen a ser hijos de Abraham y herederos de las promesas que le fueron hechas. Este es el testimonio de Pablo: «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos…Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gálatas 3:27,29). De los que se encuentran en esa posición dice Pablo: «Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa» (Gálatas 4:28).
Esta es la clase de personas contemplada en la promesa hecha a Abraham; pero el lapso de tiempo en el cual son contempladas no es el tiempo presente, cuando son una débil y esparcida familia, y la mayoría de ellos están en el polvo. Es el tiempo al que se refiere en Juan 11:52, cuando Cristo «congregará en uno a los hijos de Dios que están dispersos»; y en 2 Tesalonicenses 2:1, donde se habla de «la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con él.» Hablando de este tiempo, dice Jesús:
«Vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» (Mateo 8:11)
Cuando esto se realice, Abraham verá el cumplimiento de la promesa de que él sería una nación grande y poderosa, como las estrellas del cielo en multitud; sus hijos del orden real, resucitados de entre los muertos de todas las edades, serán «una gran multitud, la cual nadie puede contar» (Apocalipsis 7:9). Sus descendientes según la carne, todos justos, disciplinados y renovados como nación, serán el pueblo más poderoso del globo y heredarán la tierra (Isaías 60:21), habiendo sido puestos «por alabanza y por renombre en toda la tierra» (Sofonías 3:19). Esto será cuando el reino de Dios se establezca de la manera que presentamos en el capítulo anterior.

2.- Que Abraham y su descendencia recibirían en posesión la tierra indicada en la promesa, es decir, «desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates,» llamada en la promesa a Abraham, «la tierra en que moras» (Génesis 15:18; 17:8). Que esta parte de la promesa aún no se ha cumplido, requiere poco esfuerzo para demostrarse. En primer lugar, Moisés escribe que Abraham tuvo que comprar una parcela de tierra a los dueños originales del país para enterrar a su muerta, diciéndoles: «Extranjero y forastero soy entre vosotros» (Génesis 23:4). En segundo lugar, Pablo dice: «Habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena» (Hebreos 11:9). Tercero, Esteban dice: «Y no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie; pero le prometió que se la daría en posesión» (Hechos 7:5).
Si Abraham fue extranjero y peregrino en la tierra de la promesa, como en un país extraño, sin recibir herencia en él, ni siquiera del tamaño de un pie, está claro que hasta donde le concierne la promesa no ha sido cumplida. Si esto es así, entonces aún tiene que cumplirse en un tiempo futuro. «No es así,» dice el objetante tradicionalista: «la promesa se cumplió en la descendencia de Abraham, pues los judíos poseyeron la tierra por muchos siglos, siendo éste el cumplimiento de la promesa.» La respuesta a esto se encuentra en Gálatas 3:16-18:
«Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo. Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga para invalidar la promesa. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa.»
Y también en Romanos 4:13,14:
«Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa.»
Observe el lector que los judíos ocuparon la tierra bajo la ley de Moisés, la cual estipulaba en los términos más estrictos que su ocupación dependía de la conformidad a sus exigencias (Deuteronomio 28:15-68). Su posesión del país dependía en su totalidad «de la ley»; estipulaba que si guardaban la ley, morarían en la tierra en prosperidad; mientras que si la rompían, serían dispersados con sufrimiento entre las naciones. La historia registra cómo los israelitas fallaron continuamente, y cómo repetidamente estuvieron sujetos al yugo extranjero y, en consecuencia, a la cautividad, y cómo al final, cuando se había desatado en toda la casa de Israel una rebelión sin esperanza, culminando en el rechazo del profeta semejante a Moisés, los romanos llegaron y destruyeron el lugar santo y la nación, esparciéndolos en la gran dispersión que actualmente vemos.
Frente a estos hechos es imposible sostener que la ocupación judía de Palestina fue el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham, pues Pablo dice, en las palabras citadas arriba, que la promesa no fue hecha a Abraham o a su simiente por medio de la ley, sino por la justicia de la fe. Dios la dio a Abraham por medio de la promesa, libre e incondicionalmente. Por consiguiente, dice Pablo, si los de la ley son herederos, entonces la promesa ha sido anulada (Romanos 4:14). De aquí se deduce que la promesa de que Abraham y Cristo poseerían la tierra de Palestina está totalmente incumplida, pero tendrá su cumplimiento cuando Abraham se levante de los muertos para entrar al reino de Dios que en ese momento será establecido. Un examen de lo que Pablo dice en Hebreos 11 demostrará esto:
«Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa. Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios…Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial.» (Hebreos 11: 8-16)
El lector debería examinar y reexaminar esta cita de Hebreos, y habiéndolo hecho, darse cuenta de su significado. Abraham, dice Pablo, fue llamado para ir a un país que posteriormente recibiría por herencia. ¿Qué país era éste? Consulte el lector Génesis 12:4,5, y tendrá la respuesta: «Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él…y a tierra de Canaán llegaron. Para poner el asunto fuera de toda disputa, citaremos las palabras de Esteban:
«Y [Dios] le dijo [a Abraham]: Sal de tu tierra y de tu parentela, y ven a la tierra que yo te mostraré. Entonces salió de la tierra de los caldeos y habitó en Harán; y de allí, muerto su padre, Dios le trasladó a esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora.» (Hechos 7:3,4)
La tierra que Abraham iba a recibir por herencia era la tierra habitada por los judíos en los días de Esteban, es decir, la moderna Palestina. Abraham vivió en ella como extranjero, con Isaac y Jacob, a quienes les fue renovada más tarde la promesa de posesión. Este peregrinaje fue el resultado de la fe. Si no fuera por esto, al darse cuenta de que los años pasaban sin dársele posesión de la tierra y que seguía viviendo errante sin herencia, habría retornado disgustado a su país natal, para terminar sus días entre sus parientes. Pablo dice que Abraham y sus hijos «tenían tiempo de volver»; pero ellos no aprovecharon la oportunidad, sino que con firmeza permanecieron en el país al cual se les había mandado emigrar. Pablo dice que la razón de esto fue que ellos «creyeron las promesas y las saludaron.» A pesar de que las apariencias estaban contra ellos, creían que Dios cumpliría Sus palabras en su debido tiempo, dándoles la posesión prometida, y creyendo esto, pudieron crucificar el deseo natural de volver a un país donde habrían tenido tanto herencia como amigos, aunque regresando habrían perdido las promesas. Ellos consideraban que lo prometido era más digno que el país de donde salieron. Buscaban una ciudad que tenía fundamentos, y deseaban una patria celestial. La ciudad de donde salieron no tenía fundamentos; estaba basada en la carne, la cual es de la tierra, terrenal, efímera y pasajera, como dice Juan: «El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Juan 2:17).

La Promesa de la Tierra Aún se Cumplirá

Abraham, Isaac y Jacob vieron en las promesas la garantía de un orden celestial de cosas en el cual, siendo Dios el fundador, existiría la estabilidad de los fundamentos que nunca serían removidos. Por consiguiente, consintieron en vivir como extranjeros en tierra extraña esperando por fe las cosas prometidas. Ellos entendieron que las promesas estaban lejos; por consiguiente, en fe, aceptaron el exilio reconociendo que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Pablo dice que todos éstos murieron sin recibir las promesas. ¿Qué significa esto, sino que las recibirán cuando resuciten? ¿Cuándo? En el tiempo descrito en Apocalipsis 11:18 como «el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas» (Abraham, Isaac y Jacob eran profetas; véase Salmos 105:15). El tiempo cuando, como puede ver el lector en el contexto, «los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo» (versículo 15). Es la época que Pablo menciona en las siguientes palabras: «El Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino» (2 Timoteo 4:1). Cuando Abraham, Isaac y Jacob salgan de sus tumbas para ser juzgados y premiados, «recibirán la tierra por heredad,» según la promesa. Haciendo esto, heredarán el reino de Dios, porque el reino de Dios será establecido aquí en la tierra. Por esto dice Jesús a los fariseos:
«Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos. Porque vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.» (Lucas 13:28,29)
Si alguien duda que esto será en la tierra prometida a los padres, en la cual anduvieron errantes como extranjeros, que lea los siguientes testimonios de los profetas:
«Y Jehová poseerá a Judá su heredad en la tierra santa, y escogerá aún a Jerusalén.» (Zacarías 2:12)
«Mas en el monte de Sion habrá un remanente que se salve; y será santo, y la casa de Jacob recuperará sus posesiones… Y los cautivos de este ejército de los hijos de Israel poseerán lo de los cananeos hasta Sarepta; y los cautivos de Jerusalén que están en Sefarad poseerán las ciudades del Neguev. Y subirán salvadores al monte de Sion para juzgar al monte de Esaú; y el reino será de Jehová.» (Abdías 17,20,21)
«En aquel día, dice Jehová, juntaré la que cojea, y recogeré la descarriada, y a la que afligí; y pondré a la coja como remanente, y a la descarriada como nación robusta; y Jehová reinará sobre ellos en el monte de Sion desde ahora y para siempre. Y tú, oh torre del rebaño, fortaleza de la hija de Sion, hasta ti vendrá el señorío primero, el reino de la hija de Jerusalén.» (Miqueas 4:6-8)
«Entonces yo me acordaré de mi pacto con Jacob, y asimismo de mi pacto con Isaac, y también de mi pacto con Abraham me acordaré, y haré memoria de la tierra.» (Levítico 26:42)
«Y Jehová, solícito por su tierra, perdonará a su pueblo.» (Joel 2:18)
«Tierra, no temas; alégrate y gózate, porque Jehová hará grandes cosas.» (Joel 2:21)
«Tierra de la cual Jehová tu Dios cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová tu Dios, desde el principio del año hasta el fin.» (Deuteronomio 11:12)
«Y la tierra asolada será labrada, en lugar de haber permanecido asolada a ojos de todos los que pasaron. Y dirán: Esta tierra que era asolada ha venido a ser como huerto del Edén; y estas ciudades que eran desiertas y asoladas y arruinadas, están fortificadas y habitadas. Y las naciones que queden en vuestros alrededores sabrán que yo reedifiqué lo que estaba derribado, y planté lo que estaba desolado; yo Jehová he hablado, y lo haré.» (Ezequiel 36:34-36)
«Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto.» (Isaías 51:3)
«Nunca más te llamarán Desamparada, ni tu tierra se dirá más Desolada; sino que serás llamada Hefzi-bá, y tu tierra, Beula; porque el amor de Jehová estará en ti, y tu tierra será desposada.» (Isaías 62:4)
«En vez de estar abandonada y aborrecida, tanto que nadie pasaba por ti, haré que seas una gloria eterna, el gozo de todos los siglos.» (Isaías 60:15)
Cuando el estado de cosas descrito en estos testimonios pase del dominio de la profecía al de los hechos cumplidos, la «ciudad que tiene fundamentos» y la «patria celestial» que fueron los objetos de fe de Abraham, Isaac y Jacob, y el tema de la promesa hecha a ellos, serán realizadas. El significado bíblico de estas frases será entonces aclarado. Los intérpretes tradicionalistas de Pablo las hacen referirse a «los cielos de los cielos.» Pasan por alto el hecho de que las promesas se referían a la tierra en la que los padres residían, y olvidan el absurdo de llamar al cielo una «patria celestial.» Palestina será una patria celestial cuando Cristo, habiendo restablecido el reino de David, gobierne en ella como monarca de toda la tierra: su reino será una «ciudad que tiene fundamentos» porque estará colocada sobre una roca que ningún rudo asalto de rebelión, ya sea de demócratas o reyes, podrá conmover.

Los Santos También Recibirán la Tierra

Se observará que la simiente de Abraham está unida al mismo Abraham en las promesas. Pablo dice que esta simiente es Cristo (Gálatas 3:16) y todos los que son de Cristo (3:29). En vista de esto, vamos a dar una aplicación de las promesas que puede parecer un tanto sorprendente para aquellos que hasta ahora han leído la Biblia con prejuicio tradicionalista, pero que es la única aplicación que una lectura racional y una fe en las promesas a la manera de un niño, puede admitir; esto es, que Cristo y los santos están destinados, en unión con Abraham, quien de hecho será uno de ellos, a poseer y ocupar la tierra de Israel. Sin duda la mente tradicionalista se apartará con horror de esta conclusión. Esto se debe a la condición pervertida de la mente tradicionalista y no a la naturaleza de la conclusión misma. ¿Qué hay en la conclusión que justifique horror? ¿No es acaso una bella y apropiada conclusión? Si es el propósito de Dios gobernar a la humanidad por medio de Cristo y de su pueblo, es adecuado que ellos tengan un centro de operaciones y cuartel general en alguna parte de la tierra. ¿Dónde podría encontrarse un lugar más apropiado que la tierra prometida a Abraham?
Palestina está situada en la conjunción de los tres grandes continentes del hemisferio oriental y es accesible desde cualquier punto de los grandes océanos. Es el centro natural para el gobierno universal; tanto para el comercio como para la legislación, está en la mejor situación existente en la tierra. Además de esto, es el lugar que ha sido testigo de todas la operaciones de Dios en el pasado, hasta la misma crucifixión de su Hijo y el envío del evangelio. ¿Qué lugar más adecuado podría haber para la reanudación de sus grandes y poderosos actos? Fue la escena de la humillación de Cristo; ¿qué cosa más apropiada que el mismo lugar sea testigo de su exaltación como monarca de toda la tierra? Pero estas consideraciones palidecen ante la fuerza de la promesa. Nada se necesita además del testimonio:
«De Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová.» (Miqueas 4:2)
«Ciertamente volverán los redimidos de Jehová; volverán a Sion cantando, y gozo perpetuo habrá sobre sus cabezas; tendrán gozo y alegría, y el dolor y el gemido huirán.» (Isaías 51:11)
«Alegraos con Jerusalén, y gozaos con ella, todos los que la amáis; llenaos con ella de gozo, todos los que os enlutáis por ella; para que maméis y os saciéis de los pechos de sus consolaciones; para que bebáis, y os deleitéis con el resplandor de su gloria…Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo.» (Isaías 66:10,11,13)
«Tus ojos verán a Jerusalén, morada de quietud, tienda que no será desarmada, ni serán arrancadas sus estacas, ni ninguna de sus cuerdas será rota…Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará.» (Isaías 33:20,22)
«Destruirá en este monte la cubierta con que están cubiertos todos los pueblos, y el velo que envuelve a todas las naciones. Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros…En aquel día cantarán este cántico en tierra de Judá.» (Isaías 25:7,8; 26:1)
«En aquel tiempo llamarán a Jerusalén: Trono de Jehová.» (Jeremías 3:17)
«Cuando repartáis por suertes la tierra en heredad, apartaréis una porción para Jehová, que le consagraréis en la tierra, de longitud de veinticinco mil cañas y diez mil de ancho [más o menos 75 por 30 kilómetros]; esto será santificado en todo su territorio alrededor…y el santuario de Jehová estará en medio de ella.» (Ezequiel 45:1; 48:10)
«Y subieron [las naciones al fin de los mil años] sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió.» (Apocalipsis 20:9)
Estas citas de las Escrituras ilustran el cumplimiento de la promesa a Abraham en lo que se refiere a su simiente, Cristo y los santos. Muestran el sentido en que la promesa debe entenderse, el sentido obvio y sencillo, es decir, que cuando el reino de Dios sea establecido, y Abraham herede la tierra, su simiente que constituye el campamento divino, estará en la tierra con él en una porción especial señalada para tal propósito. Esta porción, que incluirá el territorio de Judá y Jerusalén, contendrá, como veremos en un estudio posterior, un área de poco más de 2,000 km. cuadrados que será suficientemente amplia para que los pabellones del rey se extiendan en una escala apropiada para la grandeza y majestad del reino. La simiente de Abraham, la novia, la esposa del Cordero, la totalidad de aquellos que siendo «llamados y escogidos y fieles,» son «las primicias para Dios y el Cordero,» y hallados dignos de reinar con Cristo, será una numerosa descendencia; pero no tan demasiado numerosa para el territorio asignado. «Muchos son llamados, mas pocos escogidos.» «Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.»
En realidad, Juan describe estos pocos como «una gran multitud, la cual nadie podía contar»; pero esto debe ser tomado como la expresión del aspecto que una gran asamblea de personas presentaría a los ojos, y no como una declaración de un hecho aritmético. La expresión nunca podría ser verdadera en el sentido absoluto, puesto que los números pueden ser contados indefinidamente; pero en el sentido de una multitud tan grande y densa que el hombre no la puede calcular, resulta completamente apropiada. ¿Cuánta gente piensa el lector podría ser acomodada de pie en la sección del país apartada según Ezequiel, como una «porción santa»? Cerca de la décima parte de la población del globo: es decir, cerca de 500 millones de personas. El cálculo es muy simple; es fácil calcular cuánta gente podría estar en un kilómetro cuadrado; multiplique ese número por algo más de 2,000 km. cuadrados y tendrá el resultado señalado. Hacemos estas aparentemente innecesarias observaciones a causa de la objeción levantada contra la enseñanza bíblica sobre la herencia de la Tierra Santa por Jesús y los santos, en razón de la supuesta imposibilidad de que tan pequeño lugar los pueda contener.
La objeción surge a partir de dos errores. En primer lugar, el espacio no es tan pequeño; y, segundo, el número de quienes estarán con Cristo no es tan grande como presume la tradición popular. Al final de los mil años habrá de ser recogida una gran cosecha como resultado de la dispensación de luz y conocimiento de los mil años; pero al comienzo, el número de asociados con Cristo como la simiente de Abraham, para cooperar en la bendición de las naciones, será en la escala limitada de las «primicias.» Estos son señalados como «primicias para Dios y para el Cordero» (Apocalipsis 14:4).

3.- Que Cristo, la simiente de Abraham, conquistará al mundo. Esta es la tercera característica de la promesa hecha a Abraham. Está expresada en las palabras «tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.» Para percibir el significado de esta declaración, es necesario recordar que en los países orientales, en tiempos antiguos, la puerta de una ciudad era el asiento de la autoridad. Era el lugar para hacer consultas, promulgar y registrar decretos, y donde los gobernantes se presentaban para recibir el homenaje del pueblo. Que un enemigo poseyera este lugar era entonces una evidencia de haber conquistado y desposeído a los originales dueños del poder.
Es evidente que la promesa de que Cristo poseería las puertas de sus enemigos no ha sido cumplida. En ningún sentido puede un intérprete demostrar que Cristo ha desplazado a sus enemigos del sitio de honor, gloria y poder. Hombres impíos gobiernan el mundo. El mismo país de Cristo, la tierra prometida a Abraham, está esclavizada por el poder musulmán, el cual administra autoridad y desarrolla sus abominaciones religiosas en la misma ciudad que fue llamada por el nombre de Dios y que Jesús convertirá en el trono de Jehová en la edad futura. [Nota del traductor: Se recuerda al lector que estas palabras fueron escritas en el año 1862, mucho antes del regreso del pueblo judío a Palestina y el establecimiento del moderno estado de Israel.] En vez de que Cristo posea las puertas de sus enemigos, puede decirse que los enemigos pisotean a Cristo en la puerta. Los cuernos de los gentiles se han levantado sobre la tierra de Judá para dispersarla (Zacarías 1:21), y todo lo que pertenece a Abraham y a su simiente está actualmente vacío y en desolación. Pero cuando el reino de Dios venga, esto será cambiado. Dios hablará con ira a las naciones y las escarnecerá. Cristo las convertirá en pedazos como a vasija de alfarero (Salmos 2:9; Apocalipsis 2:27); vendrá como hombre de guerra, como el León de la tribu de Judá, para pelear contra el poder confederado de sus enemigos (Apocalipsis 19:19; Zacarías 14:3; Ezequiel 38:21-23). El castigará a los reyes de la tierra sobre la tierra (Isaías 24:21). Desplazará a los poderosos de sus tronos, y enviará vacíos a los ricos (Lucas 1:52,53). Entonces poseerá las puertas de sus enemigos. Todos los reyes se arrodillarán delante de él, y todas las naciones le servirán (Salmos 72:11). Todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán y obedecerán; su dominio será un dominio eterno que nunca terminará, y su reino nunca será destruido (Daniel 7:14). Entonces la proclamación resonará en fuertes cantos triunfales de gozo por toda la tierra:
«LOS REINOS DEL MUNDO HAN VENIDO A SER DE NUESTRO SEñOR Y DE SU CRISTO; Y EL REINARA POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS» (Apocalipsis 11:15)

4.- Que todas las naciones serán benditas en Abraham y en su simiente. Este es el evangelio resumido en una frase. Así nos lo da a entender Pablo en Gálatas 3:8. El lector atento podrá discernir en el texto la sustancia de lo que Jesús y los apóstoles predicaron. Ellos predicaron «el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo» (Hechos 8:12; 28:29-31). El anuncio hecho a Abraham no es más ni menos que estas cosas comprimidas en una frase, puesto que anuncia en forma general lo que otras Escrituras revelan en forma detallada. Habla de la bendición universal en relación con Abraham y Cristo; mientras tanto, otros pasajes ponen en claro el proceso por el cual las bendiciones son realizadas: primero, en lo que se refiere a individuos, y luego, en relación con las naciones. Debe ser evidente que esto aún no se ha realizado. Las naciones no están en estado de bendición. No sólo sufren el peso del mal gobierno, sino también viven en un estado de pobreza, ignorancia y miseria, lo cual es contrario al estado de bendición. El mundo yace en maldad. Abraham y su simiente son desconocidos, excepto como objeto de escarnio. Aun en la «feliz Inglaterra,» la incredulidad y el vicio están a la orden del día. Existe una apariencia externa de piedad: muchos edificios de iglesias y capillas, enseñanza dominical, sermones, oraciones, colectas, ferias, etc.; pero, ¿qué hay dentro sino podredumbre y huesos de muertos? La gente que hace estas cosas es egoísta, supersticiosa o ignorante. Hay poco temor de Dios o respeto por su palabra. Existe mucho temor al hombre y amor por el mundo. La gente está engañada y degradada; sus cerebros confunden el paganismo con el cristianismo y sus corazones están corrompidos por las exigencias de las clases sociales y la ganancia deshonesta.
Las naciones aún no están benditas en Abraham y su simiente, pero lo estarán, pues leemos:
«He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio…No se ofuscarán entonces los ojos de los que ven, y los oídos de los oyentes oirán atentos. Y el corazón de los necios entenderá para saber, y la lengua de los tartamudos hablará rápida y claramente.» (Isaías 32:1,3,4)
«En aquel tiempo los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos verán en medio de la oscuridad y de las tinieblas. Entonces los humildes crecerán en alegría en Jehová, y aún los más pobres de los hombres se gozarán en el Santo de Israel. Porque el violento será acabado, y el escarnecedor será consumido; serán destruidos todos los que se desvelan para hacer iniquidad.» (Isaías 29:18-20)
«Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo.» (Isaías 35:4-6)
«Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos.» (Malaquías 1:11)
«Los arcos de guerra serán quebrados; y hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra.» (Zacarías 9:10)
«Vendrán muchos pueblos y fuertes naciones a buscar a Jehová de los ejércitos en Jerusalén, y a implorar el favor de Jehová.» (Zacarías 8:22)
«Y se unirán muchas naciones a Jehová en aquel día, y me serán por pueblo.» (Zacarías 2:11)
«Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar.» (Habacuc 2:14)
«Te temerán mientras duren el sol y la luna, de generación en generación. Descenderá como la lluvia sobre la hierba cortada; como el rocío que destila sobre la tierra. Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna…Porque él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra. Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso, y salvará la vida de los pobres. De engaño y de violencia redimirá sus almas y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos…Sea su nombre para siempre, se perpetuará su nombre mientras dure el sol. Benditas serán en él todas las naciones; lo llamarán bienaventurado.» (Salmos 72:5-7, 12-14, 17)
Estos testimonios ilustran las bendiciones garantizadas a «todas las familias de la tierra» en las promesas hechas a Abraham: muestran en qué consiste la bendición en su total desarrollo. No es una bendición imaginaria sino la concesión de aquellas dádivas abundantes que el mundo entero anhela, pero no sabe cómo conseguir. Sin embargo, estas bendiciones no serán efectivas sino hasta que el reino de Dios venga. No pueden ser logradas antes de tal tiempo, puesto que se necesita un gobernante justo e irresistible para expulsar a los otros gobernantes del lugar y el poder, antes de volverlas realizables. Se requiere poder, sabiduría, justicia y misericordia concentrados en un rey universal antes de que las naciones puedan ser hechas justas, prósperas y felices. En pocas palabras, se necesita que Cristo, la simiente de Abraham, tome en sus propias manos todos los asuntos del mundo antes de que pueda haber «¡gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» Esta bendición de Abraham se realiza individualmente, en el tiempo presente, en la medida en que la gente se apropia de las promesas por fe, viniendo a ser herederos de la exaltación futura por medio de la sumisión a Cristo en el presente. Pero el estado de cosas pactado con Abraham en las promesas no podrá ser realizado sino hasta que el mismo Abraham herede la tierra, y su simiente posea las puertas de sus enemigos.

El Por Qué de la Ley de Moisés

En vista de la conclusión evidente de que las promesas a Abraham otorgan una garantía incondicional de los «bienes venideros» (Hebreos 9:11), se podría preguntar, ¿por qué la ley de Moisés y la amarga experiencia de los judíos tuvieron que ser permitidas antes del cumplimiento de las promesas? Pablo se anticipa y responde a esta pregunta en Gálatas 3:19: «Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa.» Si queremos saber el propósito de la ley, encontramos la información cinco versículos más abajo: «De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo» (Gálatas 3:24). A causa del casi total predominio de ignorancia y pecado durante el tiempo en que las promesas fueron hechas, fue necesario instituir una administración preparatoria de la mente divina, que inculcara aquellas lecciones fundamentales concernientes a Dios. Sin ellas nada bueno podría lograrse, puesto que su existencia en la mente humana es la verdadera base de esa comunión entre Dios y los hombres que lo honra a El y los salva a ellos. Fue necesario fijar aquellos principios básicos en la mente de la nación escogida, preparando así el camino para el desenvolvimiento del estado de cosas prometido a los padres.
Esto se llevó a cabo por medio del establecimiento de la ley de Moisés en medio de Israel, un sistema que en sí mismo fue solamente una alegoría de la verdad divina, de la misma forma como es apropiado el entrenamiento de los niños (Gálatas 4:1,2). Pero la ley de Moisés, debido a sus exigencias, severidad y rigurosidad grabó en profundos y permanentes caracteres el concepto de la relación de la Deidad con la humanidad, que aún prevalece dondequiera que ha llegado la tradición mosaica. El poder, supremacía y santidad de la Deidad se hicieron palpables por medio de la ley, aun para los que fueron desobedientes. En el curso de los siglos, ese concepto de Dios fue formado de la manera que lo encontramos en los días de Jesús como el fundamento sobre el que se adelantarían las operaciones por las cuales la simiente de Abraham (los fieles creyentes) sería engendrada por medio de la promulgación de la palabra de fe.
Sin la ley, no cabe duda que el conocimiento de Dios pudo haber perecido de la tierra y la humanidad habría sido totalmente esclavizada por la especulación insensata y entenebrecedora, y abandonada a la maldad que prevalecía antes del diluvio. La pequeña luz de las promesas pronto se habría extinguido y el mundo se habría sumergido en la oscuridad del barbarismo incurable, listo para una completa destrucción como la que se llevó a cabo en los días de Noé. Esta gran catástrofe fue evitada por medio del establecimiento de un sistema que (considerado superficialmente) mientras ofrecía una obstrucción a la gloriosa consumación prometida a Abraham, fue potencialmente influyente en el desarrollo entre la humanidad de la situación moral necesaria para la concesión de las bendiciones prometidas.
Las promesas forman el fundamento de lo que se denomina la dispensación cristiana. Fue necesario que Dios creara un derecho para las bendiciones de su amor, a fin de que los hombres pudieran asirse de ellas, puesto que como pecadores estaban sin esperanza y no podían establecer un derecho para sí mismos. Fue necesario que El hiciera el primer gesto; y así lo hizo concediendo una promesa incondicional a Abraham, a quien seleccionó por su fidelidad. El creer en ellas dio a Abraham un derecho a las cosas prometidas, invistiéndolo a él y a su simiente con el derecho exclusivo. De aquí la necesidad de que un gentil se convierta en simiente de Abraham por medio de Cristo para que pueda tener alguna esperanza futura de vida y una herencia en el reino de Dios.

La Resurrección Confirma las Promesas

Sin embargo, hubo necesidad de algo adicional a la promesa para asegurar a Abraham las bendiciones del pacto: esto se denomina la «confirmación» de las promesas. El significado preciso de esto será visto en un repaso de los hechos del caso que afecta a Abraham, Isaac y Jacob. A ellos se les prometió que poseerían la tierra de Palestina para siempre. Para que esta promesa se realice es necesario que Abraham, Isaac y Jacob sean levantados de los muertos y vueltos a la vida para siempre. De aquí que puede decirse que las promesas llevan consigo esta característica: implican el compromiso de parte de Dios de que en el tiempo señalado para la realización de la promesa, El los sacará del polvo de la muerte y les dará vida eterna. ¿De qué otra manera pueden ellos heredar la tierra para siempre?
Que ésta era la intención de Dios para con ellos se hizo evidente por medio de la discusión de Cristo con los saduceos sobre la resurrección. El dice: «Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mateo 22: 31,32). Cristo argumentaba que el hecho de que el Creador se llamara el Dios de los padres que habían vuelto al polvo, era la prueba de su intención de resucitarlos; y el argumento fue tan fuerte que hizo callar a los saduceos. Así, pues, la deducción de que las promesas a Abraham, Isaac y Jacob incluían la promesa de resurrección e inmortalidad fue establecida por Cristo fuera de toda duda. Siendo esto así, tenemos que darnos cuenta del hecho de que bajo las circunstancias que existían en el tiempo de la promesa, era imposible que la cosa prometida pudiera ser concedida. Abraham, Isaac y Jacob estaban, por su propia constitución natural, sentenciados a muerte. Eran hijos de Adán, pecadores por descendencia y actuación individual, y por consiguiente excluidos de la resurrección a inmortalidad implicada en la promesa. Aunque la herencia fue garantizada por «dos cosas inmutables,» la promesa y el juramento, y como «es imposible que Dios mienta,» su concesión fue una asunto necesario. ¿Cómo podía reconciliarse la imposibilidad de hacer inmortales a los pecadores con la necesidad de que las promesas se cumplieran?
Encontramos la respuesta en las obras realizadas por Cristo en su primera venida «para confirmar las promesas hechas a los padres.» ¿Cómo confirmó las promesas? Haciendo posible su cumplimiento. ¿Cómo logró esto? Derramando su sangre del nuevo pacto (abrahámico) por muchos, para remisión de los pecados. El quitó el pecado por medio del sacrificio de sí mismo, quitando así el sello de las puertas de la muerte y sacando a luz la vida e inmortalidad, abriendo el camino para el cumplimiento de todo lo que había sido prometido de antemano a los padres. De este modo se desvaneció la imposibilidad, y el necesario cumplimiento de las promesas fue colocado sobre la base triunfante de las obras realizadas por Cristo. Este era el gran evento prefigurado en los sacrificios de la ley, los cuales no tenían valor en sí mismos, excepto como un medio de establecer una relación entre Dios y su nación, simbolizando una relación más alta y duradera que sería establecida sobre el cuerpo del sacrificado «Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo.»
Se puede ver que las cosas declaradas en los profetas y predicadas por los apóstoles como «el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo» eran solamente la elaboración de «las promesas de Dios hechas a los padres,» en las cuales tenían su origen y base legal. Es importante reconocer este hecho para que la posición de los santos como «hijos de Abraham» y «simiente de Abraham» pueda ser claramente apreciada y podamos ver la armonía y plenitud del plan de Dios, que comenzando en los días de Abraham, fue prefigurado en la ley, gradualmente revelado por medio de los profetas, y consumado en la proclamación de Jesús y sus apóstoles.
En vista de todas estas cosas, bien podríamos exclamar con Pablo (Romanos 11:33-36): ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amen.»

viernes, 17 de enero de 2020

El Diablo no es un Ser Sobrenatural, Sino la Personificación del Pecado entre los Hombres .

Introducción

En la religión de la cristiandad, el diablo es casi más prominente que Dios mismo. Si hemos encontrado que la cristiandad está extraviada en cuanto a la naturaleza del hombre, no será sorprendente su extravío en lo referente al tema del diablo, con el cual, bíblicamente hablando, la humanidad tiene mucho que ver.
La teología de la cristiandad coloca al diablo a la par de Dios. Así como el uno se presenta para ser adorado como la fuente y encarnación de todo lo bueno, también el otro es presentado para ser temido y rechazado, como el instigador y promotor de todo lo malo. En realidad, uno es visto como el Dios bueno, y el otro como el dios malo. Es el politeísmo del paganismo en su mínima forma, la filosofía de los antiguos tomando forma en nombres y figuras tomadas de la Biblia.
El bien y el mal son considerados como entidades separadas, cada una controlada por un ser independiente. En vez de un dios de la guerra, un dios del amor, un dios del trueno, un dios del fuego, un dios del agua, etc., según la lista completa de fenómenos naturales, la teología moderna limita el gobierno del universo a dos agencias a quienes se deja respectivamente la lucha entre el bien y el mal: Dios y el diablo. Es una lucha en la que ambos miden sus fuerzas en lo que parecería ser un encuentro en condiciones de igualdad.
Ya hemos examinado lo que la Biblia enseña acerca de Dios. Es apropiado considerar ahora lo que enseña acerca del diablo; porque hay una doctrina bíblica del diablo, así como hay una doctrina bíblica acerca de Dios. No es menos importante conocer la verdad acerca del uno que conocer la verdad que se refiere al otro. La doctrina del diablo tiene tanto que ver con la verdad de Cristo, como la doctrina de Dios. Al principio, ésta puede parecer una afirmación sorprendente; pero con la debida investigación se volverá evidente desde dos puntos de vista diferentes.

El Punto de Vista Bíblico

Desde el segundo punto de vista, un entendimiento del diablo tiene la misma importancia esencial, aunque con diferente matiz y énfasis. Asumiendo por el momento que no hay tal ser como el diablo de la creencia popular, sino que el diablo es algo totalmente diferente del monstruo infernal de la cristiandad, es de igual importancia que lo entendamos, así como sería importante que aceptáramos la doctrina popular del diablo (si la consideráramos verdadera). Cómo es esto se verá de inmediato.

Nadie que tenga conocimiento de la enseñanza del Nuevo Testamento negará la necesidad de entender y creer la verdad acerca de Cristo. Santiago, hablando de sí mismo y de los que son de Cristo, dice: “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). Pablo, describiendo la purificación espiritual a que están sujetos los creyentes, habla del “lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:26). Cristo también dice a sus discípulos: “Vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3), y a los judíos que tenían la disposición de ser sus discípulos: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Esta verdad es llamada “la palabra verdadera del evangelio” (Colosenses 1:5), “por el cual…sois salvos” (1 Corintios 15:2).
Descendiendo de estas alusiones generales a los pormenores, encontramos que la palabra de verdad del evangelio, señalada para limpiar y salvar a los hombres, consiste en el mensaje del “reino de Dios” y de la enseñanza “acerca del Señor Jesucristo” (Hechos 28:31), en otra parte denominada “el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo” (Hechos 8:12). De esto se deduce que para que un hombre crea en el evangelio que es poder de Dios para salvación (Romanos 1:16), debe creer la verdad de Jesucristo. En vista de esto, el lector deberá valorar los siguientes testimonios:
“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.” (1 Juan 3:8)
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.” (Hebreos 2:14)
¿Sería posible creer la verdad de Cristo, siendo al mismo tiempo ignorante de la naturaleza del diablo que Cristo se manifestó para destruir junto con sus obras? Es innecesario contestar la pregunta. Fue necesario expresarla para mostrar que la doctrina del diablo está lejos de ser un asunto sin importancia, pues es una de las principales doctrinas de Cristo. Ignorarla demostraría una lamentable falta de conocimiento de los principios divinos. La doctrina del diablo no es un tema “avanzado,” sino uno de los aspectos elementales de la verdad divina. La idea de que es un tema difícil surge de la confusión proveniente de la tradición y de una traducción deficiente de las Escrituras. El hecho de que el diablo es la causa del pecado y la muerte, por sí solo, indica la importancia del asunto; porque ¿cómo puede uno tener un correcto entendimiento de las cosas divinas, siendo al mismo tiempo ignorante de algo que afecta tan enormemente la relación del hombre con Dios?
Ahora bien, me tomaré inmediatamente la libertad de afirmar que la doctrina popular de un diablo como personaje literal carece totalmente de fundamento en la verdad; más bien es un espantoso invento de la mente pagana, heredado por los modernos directamente de la mitología de los antiguos e incorporado al cristianismo por “hombres corruptos de entendimiento” (1 Timoteo 6:5), de quienes Pablo predijo que pervertirían la verdad “escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (4:1). Al tomar esta posición no ignoro el aparente respaldo que las Escrituras parecen dar a la doctrina. Es más, debido a esta circunstancia se vuelve más importante aún atacar la fraudulenta idea a fin de que las mentes concienzudas, influidas por la pesadilla de la teología, puedan ver que, tal como en otras situaciones, el aparente apoyo de las Escrituras a una doctrina falsa no es apoyo real, sino que resulta de una aceptación irreflexiva de la interpretación tradicional de ciertas alusiones a poderes temporales de otra índole.
En primer lugar, existen ciertos principios generales que excluyen la posibilidad de la existencia del diablo como personaje literal. “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (5:12). Este es un principio eterno: muerte y pecado son inseparables. Dios es “el único que tiene inmortalidad” (1 Timoteo 6:16), y la concede a los hombres según el principio de la obediencia. En todos los casos castiga la desobediencia, que es pecado, con la muerte.
Por consiguiente, los ángeles que no conservaron su primer estado fueron echados al infierno (sepulcro) y reservados bajo cadenas de oscuridad (muerte) (Judas 6; 2 Pedro 2:4). También Adán fue sentenciado a volver al polvo (Génesis 3:19). Por la misma razón, Moisés no pudo entrar en la tierra prometida y fue condenado a muerte (Deuteronomio 32:48,52). Uza fue muerto por ingenuidad (humanamente hablando) al salvar el arca de una caída (2 Samuel 6:6,7). Asimismo, el varón de Dios que vino de Judá a Betel fue muerto por un león al regresar a comer pan con otro profeta, desobedeciendo un mandato divino bajo la sincera impresión de que al hacerlo estaba obedeciendo los mandamientos del Altísimo (1 Reyes 13:1-30).

¿Un Rebelde Inmoratal? ¡Imposible!

¡Un rebelde inmortal es imposible! En Dios está la fuente de vida (Salmos 36:9). Nadie puede burlarlo, conservando su vida y poder en rebeldía. “En su mano está el alma de todo viviente” (Job 12:10) y El quita la vida de todo el que se levanta contra El. El entrega a muerte toda desobediencia y pecado. ¿Se sugerirá que Dios ha hecho una excepción en el caso del diablo? El diablo bíblico es un pecador (1 Juan 3:8); por consiguiente, no puede ser inmortal. Dios no tiene acepción de personas, sean éstas hombres o ángeles. Dios no tiene mudanza ni sombra de variación. El es uno. El es el mismo para siempre y en todo lugar. El no actúa de un modo en la tierra y de otro modo en el sol o en otras partes de Sus dominios. Sus caminos son sabios, uniformes e invariables. Por consiguiente, la operación de Su ley que asocia la muerte con el pecado destruiría al diablo si éste fuera un individuo; “porque el diablo peca desde el principio” y tiene que haber sido mortal desde el principio.
En algunos casos, el punto de vista popular llega a aceptar este argumento hasta el extremo de admitir que el diablo no puede ser inmortal y debe morir en el transcurso del tiempo. Sin embargo, sugiere que, aunque sea mortal, debe haber existido desde la creación de la raza humana, y su carrera finalizará únicamente cuando el Hijo de Dios triunfe en la tierra. Esto, por supuesto, es más absurdo e insostenible que el punto de vista ordinario.
La teoría de un diablo inmortal y sobrenatural, quien una vez fuera un ángel, parece posible y coherente cuando no se examina cuidadosamente; pero la idea de un diablo mortal, quien no fuera nada más que un pecador, ejerciendo su influencia sobre otros pecadores (pues se dice que tiene el poder de la muerte y la enfermedad) con el propósito, no de administrar la ley divina sino de rivalizar con la Deidad en Su relación con la raza humana, haciendo todo lo que puede por afligir y llevar a la destrucción a todos los que la Deidad está tratando de salvar, es excesivamente difícil de concebir.
Si éste es el diablo de la Biblia, ¿por qué fue necesario que Jesús muriera para lograr su destrucción? El compartió la carne y la sangre “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). ¿Cómo destruyó al diablo por medio de su muerte? Si el diablo es un ser independiente de la humanidad, ¿qué tenía que ver la inmolación de la carne y la sangre de Cristo en el Calvario con el proceso de su destrucción? Si se trataba de un fuerte y activo personaje maligno entonces se necesitaba poder y no debilidad para vencerlo. Era necesaria la naturaleza de un ángel y no la de una “simiente de Abraham” para combatir exitosamente al poder personal de la oscuridad. Pero Jesús existió en la carne y se sometió a la muerte para destruirlo. La victoria coronó sus esfuerzos, y el diablo fue destruido. Pronto veremos en qué sentido.
Las palabras “diablo” y “Satanás” ocurren repetidamente en las Escrituras, pero no existe afirmación alguna sobre la doctrina popularmente asociada con estas palabras. Esto es importante; porque si la doctrina fuese cierta, sería razonable esperar que se expresara formalmente de la misma manera que las otras verdades.
Las doctrinas de la existencia de Dios, de Su poder creador, de Su relación en el universo, no solamente están implicadas en los nombres personales por medio de los cuales El se describe, sino que son expresamente expuestas. “Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí” (Isaías 46:9). “¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas” (Isaías 40:25,26). “Dios está en el cielo” (Eclesiastés 5:2). “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender. ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Salmos 139:2-7).
Estas y otras muchas declaraciones semejantes afirman la realidad de la gloriosa existencia de Dios, Sus atributos y poder. Pero no hay información alguna en el caso del diablo. La teoría popular de su origen y su relación con Dios y el hombre es bastante definida, y hay algunas cosas que veremos en las Escrituras, que parecen apoyar la teoría. Esto se debe principalmente al poeta inglés John Milton, cuyo obra El Paraíso Perdido ha hecho más que todas las otras influencias para dar forma y cuerpo a la tradición del diablo. Su poesía ha unido una cantidad de temas bíblicos que no tienen ninguna relación unos con otros, pero que parecen formar una estructura admirablemente consistente cuando las partes no son examinadas cuidadosamente.

La Tentación de Eva


La narración de la tentación en el jardín de Edén es una de estas partes. Según Milton y la idea general sobre el tema, el diablo sobrenatural tomó la forma de una serpiente y se convirtió en el tentador de Eva. Absolutamente nada hay en la Biblia que justifique esta idea. La narración presenta como tentador a la serpiente natural “astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho” (Génesis 3:1). La criatura fue dotada del don del habla (sin duda, especialmente con el fin de que realizara su parte en poner a prueba a nuestros primeros padres). Poseyendo este poder, la serpiente razonó sobre la prohibición que Dios había puesto sobre “el árbol que está en medio del huerto,” llegando, de lo que vio y oyó, a la conclusión de que la muerte no sería el resultado de comer, pues dijo: “No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:4,5).
Decir que un diablo sobrenatural puso esto en la cabeza de la serpiente es ir más allá de lo que afirman las Escrituras. Es poner algo que no está allí. La narración reconoce el papel de la serpiente en la transacción como agente natural; y la sentencia posteriormente dictada contra ella descansa sobre la misma base: “Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida” (Génesis 3:14).
Si la serpiente hubiera sido sólo un instrumento pasivo e irresponsable en las manos del poder infernal, es difícil considerar apropiado y justo un decreto que acumula toda la culpa y descarga todas las consecuencias sobre ella, en vez de castigar al individuo que supuestamente había instigado su crimen. Sugerir que la serpiente era Satán en forma de reptil es ir de nuevo más allá de lo que afirman las Escrituras y entrar en una región donde una presunción o afirmación es tan buena como la otra. La idea es rechazada por la sentencia que condenó a la serpiente a comer polvo todos los días de su vida. Pablo evidentemente no aceptaba nada que implicara algo más que la serpiente en la transacción. En 2 Corintios 11:3 escribe: “Temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva…”
Algunas personas ven una gran dificultad en el hecho de que la serpiente haya hablado; pero seguramente se encontrará más difícil que una serpiente hable bajo inspiración satánica que por facultades conferidas divinamente para determinado propósito. Si “una muda bestia de carga, hablando con voz de hombre, refrenó la locura” de Balaam (2 Pedro 2:16), ¿por qué una serpiente no podría expresar sus pensamientos cuando fuese necesario para probar la fidelidad de Adán y Eva? ¿De qué otra manera podrían haber sido puestos a prueba? Sus mentes infantiles y carentes de experiencia jamás habrían concebido por sí solas la idea de desobedecer.
La sugerencia tenía que venir del exterior y solamente podía provenir de alguna de las formas vivientes que los rodeaban. Si se pregunta por qué fue necesaria la tentación, debe contestarse que la obligación de obedecer nunca es tan palpable para la conciencia como cuando se presenta una tentación contradictoria. La obediencia que no puede resistir la fuerza de la tentación es débil y está próxima a morir. La prueba fortalece la fe y hace que sea manifiesta. He aquí la razón de la prueba que la humanidad está pasando.

¿Un Angel Caído?

Se cree comúnmente que el diablo fue una vez un poderoso arcángel y que fue expulsado del cielo a causa de su orgullo, después de lo cual aplicó sus energías angélicas a oponerse a Dios en todos Sus propósitos y acciones, haciendo tanto mal cuanto puede en el universo, y siendo ayudado por una hueste de ángeles simpatizantes que fueron también lanzados con él al infierno. Este punto de vista supone tener cierto grado de respaldo en la Biblia. Veamos todos los textos que supuestamente le dan apoyo. El caso de los ángeles caídos es frecuentemente utilizado:
“Si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio…” (2 Pedro 2:4)
“Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día.” (Judas 6)
Esta es toda la información que tenemos sobre el incidente. Es insuficiente y oscura; pero, aun así, apunta en una dirección muy diferente y hacia un suceso distinto del que indica la tradición popular. No habla de ángeles expulsados del cielo e involucrados en expediciones salvajes en contra de los intereses de la humanidad y de la autoridad divina, dondequiera que su capricho los conduzca. Al contrario, se refiere a ángeles desobedientes (no necesariamente en los cielos) que fueron degradados de su posición y confinados en la tumba hasta el día del juicio. Habla de ellos como en custodia “en prisiones de oscuridad,” una metáfora altamente expresiva de la oscuridad de la prisión de la muerte en la cual están sujetos y de la cual saldrán para ser juzgados cuando los santos tomen su lugar en el juicio (1 Corintios 6:3). El tiempo y lugar de su caída es asunto de especulación.
De todas maneras, se verá que la alusión bíblica a los ángeles caídos no aporta respaldo alguno a la idea de que hubo “una rebelión en el cielo” bajo el liderazgo de “Satanás,” resultando en la expulsión de los rebeldes, y el establecimiento en el universo de un gran antagonismo contra Dios, teniendo su centro y gobierno en el infierno del credo popular. Los superficiales creyentes en los antecedentes miltónicos del “Príncipe de las Tinieblas,” citan Apocalipsis 12:7-9 en respaldo de la idea:
“Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.”
Seguramente que aquellos que citan esto para probar una rebelión en los cielos antes de Adán, deben vacilar un poco cuando se les señala que este texto describe algo que iba a suceder después de los días de Juan. Las cosas vistas por Juan en el Apocalipsis se referían a eventos posteriores a su tiempo. Esto es evidente en Apocalipsis 4:1: “Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas.” Por consiguiente, resulta absurdo citar cualquiera de estas descripciones para aplicarlas a un evento que se alega haber ocurrido antes de la creación del mundo.
En segundo lugar, lo que Juan vio no fueron cosas reales, sino señales o símbolos de las cosas reales. Esto es evidente en la estructura general del Apocalipsis. Las siete iglesias de Asia son representadas por siete candeleros, y Cristo por un cordero de siete cuernos; la totalidad de los redimidos son simbolizados por cuatro bestias llenas de ojos; una ciudad imperial por una mujer, etc. Siendo esto así, es inadmisible considerar que el relato de la “batalla en el cielo” es literal, lo cual debe hacerse para que el punto de vista popular pueda ser mantenido. La misma naturaleza de la escena descrita vuelve imposible una interpretación literal. Basta leer el capítulo entero para darse cuenta de esto.
¡Una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, es amenazada por un dragón con siete cabezas y diez cuernos, el cual con su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo! La mujer da a luz un hijo a quien el dragón espera devorar. El niño es arrebatado al cielo, a donde es aparentemente seguido por el dragón, puesto que encontramos al dragón envuelto en una guerra contra Miguel y sus ángeles en el cielo. La guerra termina con el triunfo de Miguel. El dragón es expulsado, cae a la tierra, persigue a la mujer, y no pudiendo atraparla, lanza de sus venenosas mandíbulas un río de agua para arrastrarla; pero la tierra se abre, el agua se hunde dentro de la grieta, y la mujer se salva.
El hecho es que se trata de una magnífica alegoría, con un profundo significado político, el cual la historia posterior ha verificado con la más precisa exactitud. Este no es el lugar apropiado para ahondar sobre el tema. Es suficiente, por el momento, mostrar que Apocalipsis 12 no apoya la idea de un diablo personal. Las personas que se refieren a este texto en busca de apoyo para un personaje llamado diablo, también citan Isaías 14:12-15 y Ezequiel 28:11-15. Pero estos pasajes tienen tanto menor relación que Apocalipsis 12 con el asunto. En ambos casos, si el lector lee el capítulo entero encontrará que el personaje al que se refiere es un potentado terrenal: en un caso el rey de Babilonia y en el otro, el príncipe de Tiro.

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