lunes, 28 de octubre de 2019

SU PARTE EN LAS PROMESAS DE DIOS

La Enseñanza Bíblica Acerca de la Esperanza de Israel:

Hablamos a menudo de la esperanza en nuestras conversaciones cotidianas. Decimos, "Espero que pronto se sienta mejor," o "Esperamos visitar a la familia este año," o "Espero que la huelga termine la próxima semana." Queremos decir que hay algo en el futuro que nos agradaría mucho que ocurriera, y nos sentimos cautelosamente optimistas de que así sucederá. La vida sin esperanza sería muy desagradable. Incluso en lo peor de las circunstancias a la gente le agrada ver el lado bueno. Un poeta escribió, "La esperanza brota eterna en el pecho humano." La esperanza puede dar a los hombres una extraordinaria tenacidad de espíritu. Mineros atrapados por un derrumbe o marineros a la deriva en una balsa, a menudo lucharán contra la muerte durante días, convencidos de que sus amigos vendrán a rescatarlos antes de que sea demasiado tarde. Lamentablemente, por supuesto, algunas veces quedan desilusionados. Puede que la roca que cayó sea demasiado profunda para horadarla, o que nadie sepa que el barco ha zozobrado. En este caso la probabilidad a la que se aferran no existe, y su esperanza es una ilusión.


Una Esperanza con Fundamento


La esperanza es un tópico que aparece frecuentemente en la Biblia. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, los escritores están llenos de optimismo. Ellos se desenvuelven en un mundo a menudo triste e injusto donde con mucha frecuencia el inocente sufre mientras que los malvados triunfan. No obstante ellos tienen una tremenda confianza en que un día el Creador va a enderezar esa situación. No sólo eso, sino que parecen estar convencidos de que ellos mismos participarán en las mejoras que vendrán. Escuchemos, por ejemplo, al salmista: "Tú has hecho grandes cosas; oh Dios, ¿quién como tú? Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra […]. Asimismo yo te alabaré con instrumento de salterio, oh Dios mío; tu verdad cantaré a ti en el arpa, oh Santo de Israel. Mis labios se alegrarán cuando cante a ti" (Salmos 71:19-23). No hay duda en cuanto a la confianza de este hombre en el futuro.


De manera más resignada, el apóstol Pablo le escribe a Timoteo diciendo, "Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe." Veamos lo confiado que él está, mientras continúa: "Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Timoteo 4:6-8).


Este último pasaje es especialmente interesante porque fue escrito desde una celda de muerte. El emperador romano se había vuelto contra los cristianos, y el viejo apóstol luchaba por su vida. Había habido una primera audiencia ante la corte, y él estaba esperando la segunda. Él ya sabía cuál sería el resultado cuando escribió la carta al joven Timoteo desde su helada prisión. Iba a morir. A pesar de esta sombría perspectiva, Pablo estaba lleno de esperanza. A diferencia del minero atrapado o del marino náufrago, él no se aferraba a la débil probabilidad de que algo ocurriría—algún documento vital, o quizás un testigo amigable que lo salvara de la acusación. Su esperanza trasciende la certeza de su muerte. Él estaba absolutamente seguro de que incluso después de que haya muerto, el Dios del cielo lo levantaría a una vida nueva y renovada, en el último día.


Convicción Total


La esperanza de los escritores de la Biblia es mucho más fuerte que un cauteloso optimismo. Ellos tienen ideas precisas acerca de lo que ocurrirá en el futuro, y están seguros de que su esperanza se realizará. Posiblemente Ud. le envidia al apóstol Pablo su convicción, especialmente si Ud. está pasando por dolor o sufrimiento en su vida. Tal vez Ud. haya dudado en el pasado de que siquiera hubiese algo que esperar más allá del sepulcro. Posiblemente Ud. se pregunta adónde va el mundo, y qué heredarán sus hijos y nietos cuando Ud. haya fallecido. Bueno, anímese. La Biblia tiene la llave del futuro, tanto del mundo como de Ud. personalmente. Presenta un plan que Dios ha venido cumpliendo fielmente desde el principio, y que está basado en ciertas promesas que él hizo. El bosquejo general, empezando con Abraham, el patriarca de Israel, y extendiéndose por medio de los profetas hasta los escritos del Nuevo Testamento, es tan claro y lógico que hasta un niño puede entenderlo. Puede darle a Ud. una seguridad que lo acompañará por el valle más oscuro de sufrimiento. Dios ha proporcionado evidencia tan fuerte para apoyar su fe que sólo la insensatez del orgullo podría cegar sus ojos. Siga leyendo Ud. para ver cómo todo concuerda.


Las Promesas Hechas a Abraham


El principio de nuestra historia está en el Antiguo Testamento, el libro del pueblo de Israel. No deje que esto lo desanime. El Antiguo Testamento no es ni redundante ni anticuado. Puede que el material le sea poco familiar, pero en estos primeros libros de la Biblia se puede encontrar un verdadero tesoro. Por ejemplo, pocas personas han oído hablar de las promesas a Abraham, no obstante forman el fundamento mismo del plan maestro de Dios. Repasémoslas brevemente.


Abraham fue un personaje notable, que vivió cerca de 2,000 años ante de a.C. Residía en una ciudad llamada Ur, en la tierra que ahora se conoce como Iraq. Un día lo visitó un mensajero del Señor, quien le dijo que dejara su ciudad natal. "Vete," le dijo el Señor, "a la tierra que te mostraré" (Génesis 12:1). Debido a que confiaba en Dios, Abraham vendió todas sus posesiones y emprendió el viaje por el desierto con su esposa, Sara, su padre y un sobrino. Llegaron a la tierra que actualmente conocemos como Israel, donde el Señor se le apareció de nuevo y le dijo: "A tu descendencia daré esta tierra" (Génesis 12:7).


Este generoso ofrecimiento fue especialmente grato para Abraham y su esposa Sara porque a pesar de haber disfrutado de un matrimonio largo y feliz, no tenían hijos, pues Sara era estéril. Pero ahora parecía que el Señor les estaba prometiendo tanto una familia como también un lugar donde vivir. Pasaron algunos años. Abraham y Sara continuaron viviendo en su tienda, esperando pacientemente que algo ocurriera, pero no había señal de que hubiese un niño en camino, y los habitantes nativos de la región continuaron ocupando el territorio que Dios le había prometido a Abraham.


Una noche volvió a aparecer el mensajero del Señor. Abraham aprovechó la oportunidad para hacerle dos observaciones importantes. "Mira," se quejó respetuosamente, "que no me has dado prole." En respuesta, fue llevado afuera de su tienda para mirar el cielo, donde brillaba una multitud de estrellas. "Cuenta las estrellas, si las puedes contar", se le dijo. "Así será tu descendencia". El otro punto que inquietaba a Abraham era el asunto de la tierra. "Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los caldeos, para darte a heredar esta tierra," le recordó el ángel. "Señor Jehová," replicó Abraham, "¿en qué conoceré que la he de heredar?" (Génesis 15:3-8).


Un Pacto Solemne


En respuesta, el Señor procedió a celebrar con Abraham un solemne acuerdo, según la costumbre de la época, denominado "pacto." Se le instruyó que juntara unos animales y aves cuidadosamente especificados, los cuales fueron sacrificados. Los cuerpos de los animales se partieron en dos pedazos, los cuales fueron colocados en el suelo uno en frente del otro, de manera que quedó una especie de pasillo entre ellos. Normalmente, en el caso de un pacto celebrado entre dos hombres, los dos contrayentes caminaban por entre los pedazos, sellando de este modo un acuerdo legalmente obligatorio para los dos. En este caso, como Dios solo estaba prometiendo algo a Abraham, sólo él caminó por entre los pedazos. Lo que Abraham vio en la oscuridad fue un horno humeante y una antorcha de fuego, en cuya forma Dios a menudo se revelaría a su pueblo. Abraham quedó satisfecho. Un pacto confirmado por Dios de esta manera no podía romperse.


Ahora los años continuaron pasando rápidamente. Con el tiempo, a medida que Abraham crecía en el conocimiento de Dios, las promesas se repitieron y ampliaron. Pero dos componentes de ellas no sufrieron cambio—la posesión de la tierra y el futuro de los descendientes de Abraham. Vale la pena examinar el desarrollo de las promesas según se registra en Génesis 13, 15, 17 y 22. La promesa más impresionante de toda la serie era la última. Ésta empezó con un juramento: "Por mí mismo he jurado," dijo el Señor. Y prosiguió con algo ya conocido: "Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar." Finalizó en términos misteriosos: "Tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra" (Génesis 22:17, 18).


Nótese el cambio de una descendencia o "simiente" numerosa a un descendiente singular (véase Gálatas 3:16). Fijémonos también en la importancia de éste. "Poseer la puerta" de alguno es un modismo hebreo. En tiempos antiguos, la puerta era la única entrada a una ciudad fortificada. También era el lugar donde los gobernantes de ella se reunían formalmente. Poseer la puerta de su enemigo significaba dominarlo completamente. El descendiente de Abraham habría de ser vencedor, y traer felicidad universal. ¿A quién tenía Dios en mente? Abraham sólo podía conjeturar, y creer.


Veinticinco años después de que se hicieron las promesas, Sara le dijo a Abraham con gran agitación que iba a tener un bebé. Dios estaba cumpliendo su palabra. Durante todo ese tiempo Abraham nunca dudó de que Dios le daría un hijo. El apóstol Pablo hace este comentario acerca de él en Romanos: "Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido" (Romanos 4:20, 21). La fe de Abraham era inquebrantable.


No Había Herencia…Todavía


El único punto perturbador en la biografía de este gran pionero es el hecho de que cuando murió, aún no había recibido la tierra en posesión. Dios se la había prometido varias veces, así como a sus descendientes. No obstante, como relata Esteban, Dios "no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie" (Hechos 7:5). Ni siquiera murió en una casa propia, sino en una simple tienda de campaña. No obstante, la confianza de Abraham en Dios pudo superar incluso este obstáculo final. En las palabras de la carta a los Hebreos, tanto Abraham como su esposa e hijos "conforme a la fe murieron . . . sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos" (Hebreos 11:13).


Ahora usted puede darse cuenta por qué a Abraham se le llama "padre de los fieles." Dios le había llevado a la tierra prometida y le había dado un hijo. Puesto que Dios también le había dicho que heredaría la tierra, él creía que así sería aun cuando tuviera que morir.


Cuatro siglos después de la muerte de Abraham, su familia había crecido hasta llegar a ser una nación. Dios había repetido la promesa de la tierra a su hijo Isaac y a su nieto Jacob, de manera que se transmitiera de generación en generación. Jacob recibió un segundo nombre, Israel. Él tuvo doce hijos, cada uno de los cuales llegó a ser la cabeza de una tribu o clan compuesto de miles de miembros. Durante un tiempo de hambre, la familia emigró a Egipto y se estableció allí. A medida que se multiplicaban, los egipcios sintieron temor del poder de ellos y los esclavizaron. Moisés, el gran legislador, fue enviado a liberarlos. Después de una serie de calamidades que arruinaron su país, el Faraón egipcio fue obligado a dejarlos ir, y los israelitas se pusieron en marcha por el desierto en dirección a su patria prometida. Notablemente, este acontecimiento mismo se había predicho en una de las promesas hechas a Abraham, lo que usted puede verificar por sí mismo en Génesis 15:13-16.


El Juramento de Dios a Israel


En el monte Sinaí, el ángel del Señor hizo otro pacto con todo el pueblo de Israel. Sellado con la sangre de los sacrificios, el Pacto Mosaico dio a los israelitas la llave para tomar y poseer la tierra de Israel, en tanto guardaran los sabios mandamientos de la Ley de Dios. Años después, mientras se hallaban en la frontera de la Tierra Prometida, Moisés les recordó que, después de cientos de años, Dios estaba a punto de cumplir su promesa de dar esa tierra a los descendientes de Abraham: "por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa . . . . Conoce, pues," continuó él, "que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones" (Deuteronomio 7:8, 9).


Esta fue una declaración asombrosa. Una generación típica se extiende aproximadamente por un cuarto de siglo. Mil generaciones requerirían hasta veinticinco mil años de cumplimiento de la promesa. Tan absolutamente confiable es la palabra de Dios. Ciertamente, varias promesas de Dios tuvieron un incuestionable cumplimiento a medida que los israelitas cruzaban el Jordán rumbo a las colinas y pastizales de la tierra que se les daba.


Pasemos por alto varios cientos de años en que no hubo acontecimientos de magna importancia, hasta la época de la monarquía de Israel. El rey David, bien conocido por ser el autor de muchos de los Salmos, fue, al igual que Abraham, un gigante de la fe. Algo de su amor por Dios y su insistencia en la verdad y la justicia se desprende de sus escritos. En las Escrituras se habla de Abraham como amigo de Dios. El Señor llamó a David "un varón conforme a mi corazón." Ambos epítetos identifican a estos hombres como personajes excepcionales.


Durante el viaje por el desierto y la subsiguiente ocupación de la tierra, los israelitas habían adorado a Dios en el tabernáculo, una construcción portátil con forma de tienda de campaña. Ahora la nación estaba establecida firmemente con un rey y una capital en Jerusalén. David estimaba que sería una linda idea edificar para el Señor un santuario más permanente hecho de piedra. Cuando le propuso esta idea al profeta Natán, quedó decepcionado de que se le dijera que el proyecto debía aplazarse hasta que su hijo llegara a trono. Sin embargo, dijo Natán, el Señor se había conmovido por la preocupación de David por su honra, y por lo tanto expuso una magnífica promesa para David y su familia, muy parecida a la que le había hecho a Abraham.


El Pacto con el Rey David


En realidad, fue una promesa tan solemne que se le llama el pacto con David, o pacto davídico.Y al igual que las promesas hechas a Abraham, combinaba sencillas y prácticas ideas con misteriosas declaraciones que deben haber confundido a David durante años. Aquí está un ejemplo, tomado de 2 Samuel 7: "Jehová te hace saber," dijo Natán, "que él te hará casa" (v. 11). Parecía una extraña declaración, por cuanto era David quien quería edificar una casa a Dios. Pero a medida que continuaba hablando el profeta, quedó obvio que Jehová tenía en mente una diferente clase de casa: "Yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino" (vv. 12, 13).


Hasta ese momento, la promesa señalaba claramente a Salomón, hijo de David, quien le sucedería en el trono. Pero Dios continuó: "Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo" (v. 14). Aquí se presentaba un problema. ¿Cómo podría esa persona ser hijo de David y tener al mismo tiempo a Dios como Padre? Era muy misterioso. La culminación de la promesa llegó al final: "Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente" (v. 16). La casa de David era claramente su familia o dinastía.


Pero, qué promesa más grandiosa—que al linaje de la familia de uno se le garantizara una sucesión continua al trono, no sólo por cien años, ¡sino para siempre! Fue una promesa por la cual David se regocijó por el resto de su vida: "Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente," escribe él en el Salmo 89. "No olvidaré mi pacto," Dios había insistido: "Una vez he jurado por mi santidad, y no mentiré a David. Su descendencia será para siempre, y su trono como el sol delante de mí" (vv. 1, 34-36).


Una vez más Dios había hecho una promesa que, por amor a su nombre, no podía romper; y el rey David, como Abraham, murió creyendo que el Dios eterno cumpliría su palabra.


Ahora debemos avanzar rápidamente cinco siglos más, llegando al drama del cual el apóstol Pedro dice que "nos ha dado preciosas y grandísimas promesas" (2 Pedro 1:4). Es un trayecto con un final feliz.


Las Promesas de la Restauración


Salomón, el hijo de David, efectivamente edificó una casa a Dios, un magnífico y costoso templo en Jerusalén que permaneció por cientos de años. Cuando murió, una trágica guerra civil dividió al país, y la nación fue gobernada por dos reyes rivales. A medida que pasaba el tiempo, el vigor espiritual del pueblo declinaba y las leyes de Dios quedaron en desuso. De vez en cuando había avivamientos, principalmente entre las tribus de Judá y Benjamín quienes retenían el templo y la ciudad capital, Jerusalén. Pero lentamente las normas morales declinaron, y la paciencia de Dios se agotó. El derecho de Israel a la tierra dependía de su obediencia a él, y ellos flagrantemente habían roto las condiciones para tenerla. Esta fue la era de los profetas. Siendo fiel a su nombre, el Señor mostró infinita compasión, levantando mensajeros especiales, inspirados por el Espíritu Santo, para que advirtieran al pueblo que el camino que estaban siguiendo los llevaría al desastre.


Pero las advertencias no tuvieron efecto. Con el tiempo las diez tribus del reino norteño de Israel fueron invadidas por los asirios y deportados físicamente de la tierra, y lo mismo aconteció un siglo y medio después a las dos tribus restantes, Judá y Benjamín, las cuales fueron llevadas cautivas a Babilonia. Realmente parecía que era el fin. Mientras se quemaba el hermoso templo y se destruía el palacio, Sedequías, el decimonoveno rey en sentarse en el trono de David, era cegado y llevado cautivo, para nunca regresar. ¿Qué puede decirse de la promesa a Abraham, de que sus descendientes poseerían la tierra? ¿Y acerca del pacto con David, de que siempre habría alguien que ocuparía su trono? ¿Había olvidado Dios su promesa? O peor aún, ¿era Jehová menos poderoso que los dioses paganos de Babilonia? El pueblo tenía mucha necesidad de guía espiritual.


En ese mismo momento, cuando la luz de Israel parecía apagarse, asombrosamente se produjo la más formidable promulgación de promesas de parte de los profetas. Ellos insistían que las calamidades que les habían ocurrido no eran fortuitas sino que eran el juicio de Dios. No habría salida del castigo. Sin embargo, había esperanza para el futuro. La nación no se extinguiría. Aún habría un rey que reinaría en el trono de David. Y un día Dios les enviaría al Mesías, un poderoso libertador, quien les llevaría de vuelta a la tierra que habían dejado, y los gobernaría en paz para siempre.


La Profecía de Isaías Acerca del Mesías


Aquí mostramos tres extractos de las promesas que hizo Dios en este período. Se han tomado de tres profetas diferentes.


Isaías vivió antes del fin, y pudo ver la escritura en la pared: "Oh, gente pecadora," exclama en su capítulo inicial, "pueblo cargado de maldad […], dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana" (1:4-6). No obstante, capítulos enteros de su libro están llenos de alabanza y gratitud por la liberación venidera ofrecida por Dios. "Sacúdete del polvo; levántate y siéntate, Jerusalén […], cantad alabanzas, alegraos juntamente, soledades de Jerusalén; porque Jehová ha consolado a su pueblo, a Jerusalén ha redimido," dice gozoso el profeta. Él ve al pueblo hollado por naciones vengativas, cuando Dios se presenta en fuego y terremoto para liberarlos: "Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego." Porque, continúa él, "un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre" (9:5-7).


Iasías visualiza al final a este rey davídico presidiendo sobre un imperio mundial en el que todas las naciones viven en paz y las leyes de Dios salen de Jerusalén: "Acontecerá en lo postrero de los tiempos que . . . de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos . . . no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra" (2:2-4). Estas profecías habrían parecido imposibles para un judío viviendo al tiempo de la caída de Jerusalén. No obstante, el Dios que cumple su palabra por mil generaciones, las estaba anunciando.


Jeremías y el Nuevo Pacto


Nuestro segundo profeta vivió durante el asedio a Jerusalén. Vio como la ciudad era saqueada y al pueblo llevado cautivo. No obstante, Dios hizo a Jeremías algunas de las más claras profecías del Antiguo Testamento acerca del futuro de su pueblo: "He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto."


El antiguo pacto fue el que se había hecho con la nación en el Sinaí, por el cual se les daba la Tierra Prometida, con ciertas condiciones. Este nuevo pacto reemplazaría al antiguo: "Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo" (Jeremías 31:32-34). En vez de que sus mandamientos quedaran en tablas de piedra, serían impresos en el corazón de los hombres. Todo el pueblo conocería al Señor, continuó el profeta. Dios les perdonaría su iniquidad y no se acordaría más de sus pecados.


Si todo eso parecía muy poco probable para los contemporáneos de Jeremías, quienes marchaban al cautiverio en Babilonia, él pudo animarlos con las siguientes palabras: "He aquí que yo los reuniré de todas las tierras a las cuales los eché con mi furor . . . y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma" (32:37, 41). Una y otra vez Jeremías repitió esta promesa acerca de la restauración del pueblo a su tierra. Y si la fe de ellos se debilitaba al ver que su rey era llevado cautivo junto con ellos, el profeta incluso tenía una reconfirmación acerca del trono: "Haré brotar a David un Renuevo de justicia, y hará juicio y justicia en la tierra . . . . Porque así ha dicho Jehová: No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel" (33:15, 17).


"Juicio y justicia"—esas palabras hacen eco de la declaración que encontramos en Isaías ciento cincuenta años antes. Ambos profetas visualizaron el linaje de David como un árbol genealógico del cual brotaría una ilustre rama, un ser excepcional que ocuparía el trono de Israel para siempre. Ambos profetas también reafirman con seguridad y firmeza la promesa abrahámica acerca de la tierra, a la cual el pueblo sería finalmente restaurada a pesar de su dispersión.


La Visión de Ezequiel Acerca del Reino


Finalmente llegamos al profeta Ezequiel, quien vivió más tarde aún. Ezequiel pasó la mayor parte de su vida como prisionero de guerra en Babilonia. Pero él también tuvo una maravillosa visión de paz y bendición para el pueblo de Abraham: "Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país," profetiza él; "esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias" (Ezequiel 36:24, 25). Dios iba a perdonar y olvidar todas las fechorías de la nación. Como los profetas anteriores, Ezequiel se regocija acerca de la venida del rey y de las promesas hechas a los ancestros de Israel: "Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, en la cual habitaron vuestros padres; en ella habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre; y mi siervo David será príncipe de ellos para siempre" (37:25). No hay equivocación en la claridad y vigor de la garantía de Dios a su pueblo. Por oscuro que fuera el presente, ellos tenían algo muy positivo que esperar.


Los israelitas estuvieron cautivos en Babilonia por casi tres cuartos de siglo. Entonces hubo una revolución en la cual los persas se apoderaron del imperio babilonio. En el primer año de su reinado, el nuevo rey promulgó una amnistía, permitiendo que todo judío que así lo deseara regresara a su país. Muchos lo hicieron, y empezaron la penosa tarea de reconstruir sus arruinadas propiedades.


Quizás se preguntaban si acaso el Mesías aparecería para hacerles la vida más fácil. Si bien habían regresado del cautiverio, sin embargo la vida no era la misma. Gemían bajo los impuestos de sus amos imperiales, y según pasaban los años eran invadidos y aplastados por ejércitos que venían del norte y del sur. La gran mayoría de sus hermanos se hallaban dispersos, vagando entre lejanas naciones. Y ningún rey ocupaba el trono de David.


La Venida de Jesús


Una joven de la tribu de Judá, comprometida pero no casada, se hallaba en su casa de Nazaret. Sorprendida por una llamada a su puerta, se encontró frente a un visitante que afirmaba ser un ángel del Señor: "Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo," le dijo él, "y llamarás su nombre JESÚS". Hasta ahí, las palabras nos recuerdan alguna obra teatral navideña. Pero considere el resto del mensaje: "Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo," dijo el ángel, "y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin" (Lucas 1:31-33). Realmente uno no puede dejar de percibir el vínculo con aquellas promesas del Antiguo Testamento. "El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra," dijo el ángel finalmente a María, "por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios" (v. 35).


De una plumada, el misterio de siglos estaba aclarándose. Jesús, el hijo de María, sería un ser excepcional, el único capaz de cumplir el pacto con David. Descendía de David y al mismo tiempo era Hijo de Dios: "Yo le seré a él Padre," había dicho Dios a David, y el poder del Espíritu Santo de Dios produjo el nacimiento de Jesús.


Además, Jeremías había prometido: "No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel", y el ángel dijo que Jesús reinaría para siempre en ese mismo trono. Finalmente, debido a que David era descendiente de Abraham, Jesús también pertenecía al linaje de la promesa hecha a Abraham acerca de una bendición a todas las naciones: "Él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1:21), ¿y qué mayor bendición podría haber que la de quitar la terrible carga del pecado humano que produce tanto dolor, enfermedad y muerte a todos los hombres? Así que, calladamente y sin drama, aquel que salvaría a Israel y al mundo nació en un establo en la ciudad de su antepasado David.


La Misión de Cristo


Cuando Jesús empezó su predicación pública a la edad de treinta años, había en Judá una gran expectativa. Sus seguidores le llamaban Mesías, o Ungido—el Libertador que vendría. El título "Cristo," en el idioma griego del Nuevo Testamento es el equivalente exacto del término "Mesías" del Antiguo Testamento. Todos los judíos esperaban ansiosamente que Jesús desafiara a Roma, liberara a Israel de sus enemigos, y asumiera el trono. Sus extraordinarios milagros de sanidad reforzaban la convicción de que él era enviado de Dios.


Pero el pueblo quedó desilusionado. Jesús anduvo como maestro itinerante, evitando la militancia política. Sus enemigos, los líderes de Israel, celosos de su popularidad, exitosamente urdieron su muerte. Después de tres años, en los cuales transformó la vida de miles por medio de su ejemplo y sus enseñanzas pacíficas, fue traicionado y ejecutado como criminal. Los judíos permanecieron dispersos y desunidos. El trono de David continuó vacío. Incluso el cuerpo de Jesús desapareció. Parecía como que una vez más, Dios había hecho una promesa que no se había cumplido. Por seis largas semanas Jerusalén quedó sumida en la desilusión...


El misterio revelado


De improviso, la capital fue agitada por sorprendentes noticias. Los discípulos de Jesús, llenos del mismo poder del Espíritu Santo que había inspirado a los antiguos profetas, estaban proclamando que Jesús estaba vivo de nuevo. Lo habían visto, habían comido con él, y presenciaron su ascensión al cielo. Y más asombroso aún, ellos podían mostrar en las escrituras del Antiguo Testamento, que todos creían conocer muy bien, el hecho de que el Mesías siempre tuvo la intención de morir en la cruz, y resucitar. Nada había salido mal. Todo estaba en el plan de Dios.


"Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer", declaró Pedro el pescador. "Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que venga de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado, a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas" (Hechos 3:18-21).


Todo estaba claro de nuevo. Jesús era el Salvador de Israel y de las naciones del mundo, tal como habían dicho los profetas. Pero él tenía que venir dos veces. Tenía que venir una vez a morir como portador de pecados y libertador del gran enemigo que son el pecado y la muerte eterna. Tenía que venir por segunda vez, para salvar a su pueblo de sus opresores y reinar sobre el mundo entero. Había ascendido a la diestra de Dios, pero no para siempre. Estaba allí solamente hasta el momento en que se establecería todo lo que Dios había hablado por medio de los profetas.


Con esta llave, las profecías acerca del Mesías se abren como un cofre de tesoros. Los pasajes en los que el reinado victorioso del Mesías parecían contradecir las descripciones de su muerte, ahora quedaban claros en forma instantánea. Vea, por ejemplo, Isaías capítulos 52 y 53. El capítulo 52 describe el gozo de Jerusalén cuando el Mesías la liberaba de sus captores.


Por el otro lado, el capítulo 53 predice en penosos detalles su humillante crucifixión. Vistos como las dos venidas, ambos capítulos tienen perfecto sentido.


O considere el Salmo 2; enfocado desde cierta perspectiva, este pasaje habla de los enemigos del Mesías que se combinan para darle muerte. Pero si se cambia de perspectiva se verá al Mesías rodeado una vez más por enemigos, pero esta vez victorioso, como lo decreta su Padre: "Yo he puesto mi rey sobre Sión, mi santo monte" (v.6). Podríamos continuar analizando otros pasajes más, pero usted sentirá una gran complacencia al desentrañar por sí mismo el misterio. Es exactamente a eso lo que los apóstoles del Nuevo Testamento llamaron las buenas nuevas—un misterio revelado, un secreto, para el cual ahora ellos tenían la llave.


La Necesidad de la Segunda Venida


También había otro misterio que los apóstoles podían resolver. Tal vez usted ya se esté haciendo la pregunta obvia—¿Por qué Dios dispuso dos venidas? ¿Por qué no se levantó Jesús de entre los muertos con poder inmortal, para reinar de inmediato en el trono de David? ¿Por qué debió haber un largo intervalo de dos mil años? La respuesta a esa pregunta es especialmente importante para usted y para mí, y ocupa gran parte del Nuevo Testamento.


Leamos las palabras del apóstol Pablo en Efesios 3: "Por revelación me fue declarado el misterio," dice él, el cual "en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio" (vv. 3, 5, 6).


Estas son palabras maravillosas. Un gentil es alguien que no es judío. Por siglos, la palabra de Dios y sus promesas pertenecieron casi exclusivamente al pueblo de Israel. Ahora, dice el apóstol Pablo, la red del evangelio ha sido lanzada en forma más amplia para incluir a gente de otras naciones. Esas grandes promesas acerca del reino que sera gobernado por el Mesías también pueden ser nuestras. "En otro tiempo," escribe Pablo, "vosotros, los gentiles en cuanto a la carne… estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo" (Efesios 2:11-13).


¿Notó Ud. cómo este pasaje ilumina nuestro tema, la Esperanza de Israel? Los efesios por naturaleza estaban sin esperanza, como millones hoy día, y como usted tal vez esté en este momento. Pero ellos habían aprendido acerca de los "pactos de la promesa," que hemos estado estudiando. Habían abrazado la esperanza atesorada en esas promesas. Por medio de la sangre de Cristo se habían acercado a Dios.


Un Pacto Sellado con Sangre


Lo mejor de los pactos de promesa que hizo Dios está aún en el futuro. No sabemos precisamente cuándo se van a cumplir. La mayoría de personas que han creído y esperado en las promesas de Dios ya están en el sepulcro, y es posible que también nosotros muramos antes de que venga Jesús de nuevo. No obstante, la gloriosa verdad es que incluso aunque muramos, aún podremos disfrutar del gozo del reino de Dios. Como el apóstol Pablo escribió en su celda de muerte, podemos ser traídos de vuelta a la vida para recibir "la corona de justicia, la cual me dará el Señor," dijo él, "en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Timoteo 4:8).


Cuando venga el Mesías, él levantará de entre los muertos a aquellos que han muerto en fe, y les dará un cuerpo inmortal y fuerte como el suyo. Ciertamente Abraham estará allí; y también David, y Pablo. También nosotros podemos estar allí.


Todo esto es posible por medio de la sangre de Cristo, es decir, por su muerte, que nos ha acercado a Dios. Porque ya sea que seamos judíos o gentiles, somos pecadores. Quebrantamos las leyes de Dios, y no merecemos sino la muerte. La muerte de Jesús, el ofrecimiento de su vida sin pecado en sacrificio, rompió el poder del sepulcro para todos los que se le unen, crucificándose con él (ver Lucas 9:23, Romanos 6:3-8, Gálatas 2:20 y 5:24, Colosenses 2:12, 20). De modo que las dos venidas están inseparablemente ligadas. La cruz precede a la corona; el siervo sufriente llega a ser el rey de reyes. Y la misma tierra donde Abraham esperó en su tienda, y en la que Jesús caminó con las buenas nuevas del reino, se dará a ellos dos y a su familia para que la disfruten para siempre


Cuando Pedro se puso de pie en Jerusalén en el día de Pentecostés y empezó a explicar el misterio de las dos venidas, él tenía un mensaje urgente para el pueblo. Veamos sus palabras de nuevo: "Arrepentíos," exclamó, "y convertíos" (Hechos 3:19). Él estaba exhortando a sus oyentes a que se prepararan para la venida de Jesús cambiando su vida, cambiando de rumbo y caminando por otro camino. Temprano ese día cuando la multitud le había preguntado qué deberían hacer, él les dijo: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados" (2:38).


Herederos de la Promesa


Cuando usted empiece a apreciar la esperanza que Dios nos ofrece en su palabra, querrá saber cómo poseerla. Se da cuenta a medida que avanza en la lectura, que él establece unas normas de conducta que Ud. dista mucho de alcanzar. Si realmente quiere agradar a Dios, sentirá la necesidad, como aquellos hombres de Jerusalén, de tener una conciencia limpia. La manera que Dios ha prescrito para nosotros es bautizarse en el Señor Jesús, lavando simbólicamente en las aguas nuestra vida anterior, y empezando de nuevo como si fuéramos recién nacidos, miembros del pueblo santo de Dios. Entonces, según el Nuevo Testamento, seremos herederos de aquellas promesas del reino de Dios: "Pues todos sois hijos de Dios," escribe Pablo, "por la fe en Cristo Jesús" (Gálatas 3:26).


¡Imagine eso! ¡Qué privilegio ser llamados hijos e hijas de Dios! "Porque todos los que habéis sido bautizado en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (vv. 27-29). Todo lo que Jesús ha de heredar—la tierra, el trono, la bendición—todo esto será nuestro. Qué emocionante y conmovedor es pensar en lo que Dios nos ofrece. Es como si ya estuviésemos siendo incorporados al nuevo pacto que Dios hará con su pueblo. Las leyes de Dios están escritas en nuestro corazón, nuestros pecados son lavados, y somos aceptables para vivir en esa era cuando la guerra y el hambre, el pecado y el dolor serán eliminados para siempre de la tierra.


Pablo usa otra figura de dicción en Romanos 11. Dice que nosotros los gentiles somos como vástagos de un olivo silvestre que ha sido injertado en el tronco del olivo de Israel. Compartimos la rica savia que mantiene la vida, y estaremos allí para el tiempo de la cosecha. "Quiero que entiendan este misterio, hermanos," dice el apóstol, al explicar el largo intervalo que hay entre las dos venidas: "Ha acontecido a Israel endurecimiento en parte." Él quiere decir que sólo una minoría del pueblo judío aceptó las buenas nuevas que trajeron Jesús y los apóstoles; el corazón del resto era demasiado duro para que en él creciera la buena semilla del reino.


Pero la dureza del corazón de Israel no es para siempre. "Hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles," continua Pablo, "y luego todo Israel será salvo, como está escrito"—y luego él cita de uno de los pasajes de Isaías acerca del Mesías—"Vendrá de Sión el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos," añade él, repitiendo el pasaje que leímos en Jeremías 33, "cuando yo quite sus pecados" (Romanos 11:24-27).


Las Señales que Indican que Dios No ha Olvidado su Promesa


¿Cómo sabemos que la venida de Jesús está muy cerca? Hay una sencilla respuesta. ¡Miremos a Israel! Esparcido entre las naciones durante siglos, los judíos nunca se han extinguido, ni pueden serlo, si Dios ha de cumplir su palabra. En nuestra propia generación, ellos han empezado a regresar a su tierra. En 1967 recuperaron Jerusalén, o Sión, su antigua capital. Y ahora sus enemigos se están congregando contra ellos. El escenario está preparado para que venga el Libertador a su trono, para que Dios establezca a su Rey sobre su santo monte de Sión. Todas las señales están ahí para fortalecer nuestra fe. El Dios que mantiene sus pactos por mil generaciones está extendiendo su brazo otra vez.


Terminemos con un hermoso pasaje, que resume la gran esperanza de Israel en la cual hemos estado pensando por tanto tiempo. Dijimos que nos puede dar consuelo, dirección, y valor para hacer frente a todas las tormentas de la vida. Así es precisamente como el apóstol lo expresa en la Epístola a los Hebreos: "Dios hizo la promesa a Abraham […], juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente."


Segura Como un Ancla


"Por lo cual," continúa él, "queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento: para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros" (Hebreos 6:13-18). Dos cosas inmutables: tenemos la palabra de Dios, que por sí sola debería ser suficiente. Para hacer doblemente segura la promesa, nos ha dado también un juramento. Significa que simplemente no podemos dudar de que la promesa se cumplirá. "La cual tenemos," concluye él, "como segura y firme ancla del alma" (v. 19).


Los hombres y las mujeres que creen en las promesas de Dios están tan seguros como un barco, sacudido en una oscura noche en un mar tempestuoso, protegido contra todo peligro por la fuerte ancla que se adhiere profundamente a la roca del fondo. ¿No quiere usted hacer suya esta esperanza?

domingo, 20 de octubre de 2019

LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO/ ÚNICA ESPERANZA CRISTIANA

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Introducción

Esperanza es la característica peculiar del evangelio. Otros sistemas se jactan de principios morales, los cuales se espera que el juicio apruebe y el entendimiento aplique en la formación del carácter.


Pero el evangelio supera estos sistemas en su poder de producir los resultados que ellos buscan, por medio de un elemento del cual todos los esquemas de sabiduría humana están necesariamente carentes.


En teoría la moralidad puede influir en las mentes superiores; pero carece del poder de levantar al caído o desarrollar frutos morales en las mentes naturalmente estériles. Apela a la mente instruida y a la aspiración moral; por tal razón es impotente con la vasta mayoría de la humanidad.



El Evangelio es Racional

El evangelio se dirige a la naturaleza humana, no con razonamientos difíciles y dogmas muertos, sino con amor personal y promesas inspiradoras. Cargado de ternura y alegría, vence la terquedad y disipa el letargo de los corazones humanos y los eleva a la perfección moral por medio de la influencia de sus afectos y esperanzas. Se adapta exactamente a las necesidades de la naturaleza humana, presente y futura. Solamente pide ser recibido con plena fe; y entonces, al contrario de los sistemas de filosofía humanos, satisface el corazón mientras ilumina la mente y tranquiliza el espíritu que no puede encontrar descanso en ningún lugar de este mundo de ansiedades y cuidados.


Sin embargo, desarrolla estos resultados por medio de un proceso inteligente. Opera a través de las ideas que comunica a la mente. No hay nada inexplicable en su modo de operación. Su amor es un asunto de afirmaciones específicas, a ser realizadas por fe, y no una misteriosa influencia que se introduce milagrosamente en el corazón. Sus esperanzas son el producto de promesas definidas, comprendidas y creídas con firmeza, y no de éxtasis desordenados de origen incomprensible. Todas sus operaciones son efectuadas sobre principios estrictamente racionales. Diseñado para la naturaleza humana, se adapta a su constitución mental, y es poderoso en sus métodos naturales para elevar y purificar a todos los que se someten a sus enseñanzas y le dan cuidadosa atención.



La Venida de Jesus es un Elemento Esencial del Evangelio

El presente estudio se propone hacer manifiesta la verdad de que la gran esperanza del evangelio se refiere a la segunda venida corporal del Señor Jesús; que tal suceso es el objeto central que el creyente iluminado espera como el clímax del deseo, la crisis de la recompensa; y que, por consiguiente, esta verdad es una de las principales influencias por las cuales el corazón es purificado, y el creyente mismo es preparado y hecho "útil al Señor."


Por la segunda venida del Señor Jesús se entiende el suceso que el lenguaje bíblico obviamente da a entender, es decir, el regreso del cielo a la tierra de nuestro Salvador, quien ahora está a la diestra de Dios. Es necesario admitir que Cristo estuvo realmente en la tierra entre los hombres, y que ascendió corporalmente al cielo después de la resurrección. La proposición, entonces, es que en un cierto momento descenderá del cielo tan real como cuando ascendió, y aparecerá en persona en la tierra como el mismo Señor Jesús que vivió en Judea entre judíos y romanos. Afirmo que esto es la enseñanza de la palabra de Dios, y estoy especialmente ansioso de demostrar que esta es la esencia de la verdadera esperanza cristiana.


Primero démonos cuenta de que los apóstoles declaran que hay sólo "una esperanza," como también sólo "una fe y un bautismo." Esta es la enseñanza de Pablo en Efesios 4:4: "Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación." Que esta esperanza es un componente esencial del evangelio, es evidente en las palabras de Pablo en Colosenses 1:5, donde hablando de "la esperanza que os está guardada en los cielos" (estando Cristo allí), dice: "De la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio." Todavía dice más: "Porque en esperanza fuimos salvos" (Romanos 8:24). Y solemnemente asegura a los hebreos que su salvación final depende de su adherencia a esa esperanza. Sus palabras son: "La cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza" (Hebreos 3:6). Sus palabras a los colosenses son igualmente contundentes en este punto:


"Para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio" (Colosenses 1:22,23).



Es Importante que Entendamos el Verdadero Evangelio

Estos testimonios deberían impresionarnos con un sentido de la importancia del asunto que se va a considerar. No es poca cosa estar equivocado sobre lo que debemos esperar. ¡Cuán desafortunado sería gastar nuestra energía espiritual esperando algo que Dios nunca ha prometido! Tal error implicaría ignorancia de la verdadera "esperanza del evangelio"; y esta "ignorancia," según Pablo, nos lleva a ser "ajenos a la vida de Dios" (Efesios 4:18). Lo que Dios nunca ha prometido, nadie lo recibirá jamás; porque ¿cómo podrían los inútiles anhelos del hombre cambiar los inmutables propósitos del Todopoderoso, especialmente si la satisfacción de tales anhelos implica el incumplimiento de las promesas que realmente han sido dadas? "Conforme a vuestra fe os sea hecho" (Mateo 9:29). Este es un principio divino. Si un hombre desperdicia su fe en lo que no tiene fundamento en la verdad, está sembrando al viento. Sólo la fe que construye su casa sobre la roca de las garantizadas promesas de Dios, resistirá la tormenta que barrerá con "el refugio de la mentira" (Isaías 28:17).


Antes de presentar un testimonio específico sobre la venida del Señor, será de provecho ocuparnos por un momento del ministerio personal de Cristo cuando estaba aquí en la tierra. Durante su peregrinaje en la tierra de Judea, donde viajó constantemente durante tres años haciendo obras maravillosas para demostrar que su misión era divina, proclamó las cosas del reino de Dios, y afirmó su calidad de Mesías en conexión con el reino, tal como lo he demostrado en estudios anteriores. Esta proclamación tuvo el efecto de atraer muchos discípulos, haciendo que lo consideraran como el ungido rey de Israel, destinado a realizar "la redención de Israel" de manos de los romanos y todas las otras naciones, estableciendo triunfalmente el reino de Dios sobre toda la tierra. Este punto de vista sobre Cristo, creado en la mente de sus discípulos por medio de las enseñanzas de su Maestro, es condenado por millares de personas sinceras pero equivocadas. Vimos en un estudio anterior cuán inapropiada fue la condenación, y cuán escritural es el punto de vista condenado.



Cristo y los Santos Reinarán Aquí en la Tierra

Ahora deseo señalar que la enseñanza de Cristo sobre el tema tuvo un efecto posterior sobre la mente de los discípulos. Creó en ellos la expectación de que ellos mismos compartirían los regios honores de Cristo en el tiempo cuando su misión como rey fuera manifestada. Este es un hecho admitido universalmente, aunque esta expectación es tan libremente condenada por la religión popular como la primera anteriormente mencionada. Los discípulos son reprobados como "carnales" por haber buscado lo que generalmente es calificado despectivamente como un "reino temporal." Encontraremos que hay mucha injusticia en esta imputación contra el entendimiento y juicio de los discípulos, como la hay en la que el último estudio intentaba refutar. Hubo sin duda un poco de ambición profana entre ellos, la cual trató de reprimir su divino Maestro; pero esta ambición no se mostró inventando una falsa doctrina, o pervirtiendo carnalmente alguna verdadera. Mas bien se manifestó en la forma de descuido espiritual en relación con lo que era verdadero. Les dio ideas equivocadas sobre el objetivo del reino de Dios y los principios por medio de los cuales la admisión sería garantizada; pero no les causó un entendimiento incorrecto de la naturaleza del reino mismo. Hay aquí una distinción muy importante y que puede conducir a conclusiones lamentables si se pasa por alto. Su esperanza de heredar el reino de Dios aquí en la tierra, así como su entendimiento del reinado de su Maestro, se fundaban en el testimonio profético y la expresa enseñanza del mismo Señor. En los profetas habían observado tal testimonio como el siguiente:


"Después recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre." (Daniel 7:18)


"Llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino." (Daniel 7:22)


"Y que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo." (Daniel 7:27)


"Regocíjense los santos por su gloria, y canten aun sobre sus camas. Exalten a Dios con sus gargantas, y espadas de dos filos en sus manos, para ejecutar venganza entre las naciones, y castigo entre los pueblos; para aprisionar a sus reyes con grillos, y a sus nobles con cadenas de hierro; para ejecutar en ellos el juicio decretado; gloria será esto para todos sus santos." (Salmos 149:5-9)


"En lugar de tus padres [refiriéndose a Cristo] serán tus hijos [es decir, los santos, su pueblo], a quienes harás príncipes en toda la tierra." (Salmos 45:16)


"He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio." (Isaías 32:1)


"Yo mismo recogeré el remanente de mis ovejas de todas las tierras adonde las eché, y las haré volver a sus moradas; y crecerán y se multiplicarán. Y pondré sobre ellas pastores que las apacienten." (Jeremías 23:3,4)


"Y subirán salvadores al monte de Sion para juzgar al monte de Esaú; y el reino será de Jehová." (Abdías 21)


Ellos también notaron la enseñanza del Señor para el mismo efecto en los siguientes ejemplos: "Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá" (Mateo 24:46,47). "Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (Mateo 25:20,21). "Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. El le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades" (Lucas 19:16,17). Otra vez Jesús dice a los principales sacerdotes y ancianos de los judíos: "El reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él" (Mateo 21:43).


En el tiempo en que Jesús usó las últimas palabras citadas, los principales sacerdotes y gobernantes estaban en posesión del reino de Israel, el cual habiendo sido originalmente establecido por Dios, fue llamado el reino de Dios. Ahora la mayoría de las personas pueden entender el significado de la predicción de que el reino les sería quitado. Por la historia saben que la forma de gobierno judía fue abolida, y que en cumplimiento de la predicción de Cristo, sus gobernantes fueron depuestos de sus asientos de autoridad, y miserablemente destruidos en los terribles juicios que cayeron sobre la ciudad de Jerusalén. Pero al leer la segunda parte de la cita, entonces tropiezan. "Será dado a gente que produzca los frutos de él." La mayor parte de la gente entiende lo que fue quitado, pero ¿qué de lo que sería dado? La cosa dada tiene que ser la misma cosa que es quitada; así, el reino de Israel, que fue quitado a los principales sacerdotes y fariseos, será dado a "gente que produzca los frutos de él." Esto es evidente en sí mismo. Lo único que requiere definición es cuál es la nación productora de frutos; Esto es fácilmente contestado. Jesús dijo a sus discípulos: "No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino" (Lucas 12:32). También añade, en respuesta a la pregunta de Pedro, "he aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?"


"De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel." (Mateo 19:27,28)


De nuevo, cuando los discípulos estaban reunidos en la última cena, les dijo:


"Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel." (Lucas 22:28-30)


Aquí encontramos una identificación completa de la "gente que produzca los frutos de él." Esa nación está formada de los discípulos de nuestro Salvador, quien siendo "el heredero," es también su cabeza. Ellos son señalados por Pedro como "linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios" (1 Pedro 2:9), coincidiendo con el testimonio de que ellos heredarían el reino de Dios que fue quitado a los fariseos, y el cual, aunque ahora en ruinas, será restaurado en gloriosa plenitud.



Cristo Mismo Confirmó la Naturaleza del Reino

Si los discípulos estuvieron tan malamente confundidos, como se ha supuesto, en su idea del reino de Cristo y la posición que ellos deberían tener en él, es impresionante que nunca leemos de alguna corrección que Cristo haya hecho de tal error. En tres ocasiones debió surgir tal corrección de haber sido necesaria.


La primera fue cuando la madre de los hijos de Zebedeo vino con sus dos hijos, Santiago y Juan, diciendo: "Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda" (Mateo 20:21). Tomando en cuenta el punto de vista popular, éste era el momento de expresar la condenación de la mal dirigida ambición carnal y terrenal que supuestamente indicaba la petición. Sin ninguna duda, el Salvador, quien no tardaba en corregir los conceptos equivocados de sus discípulos y en amonestarlos con severidad, lo habría hecho si la solicitud hubiera sido realmente de tal naturaleza que lo ameritara. Pero, ¡cuán diferente es su respuesta! ¡Ninguna palabra de censura! ¡Ni el mas leve susurro que implicara amonestación! Más bien, una directa e ilustrativa confirmación de la idea incorporada en el fondo de la petición de la madre. "No sabéis lo que pedís," respondió, "...el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre" (Mateo 20:22,23). Por consiguiente, en vez de declarar inadmisible su pedido, él deja constancia de que la posición solicitada será dada a aquellos para quienes está preparada.


La segunda ocasión ocurre después de la resurrección. Jesús se juntó con dos de sus discípulos que caminaban hacia la villa de Emaús (Lucas 24:13), pero veló sus ojos para que no lo reconocieran. Ellos conversaron con él sobre el tema de su propia muerte. En el curso de la conversación, uno de ellos, expresando el punto de vista generalmente compartido por los discípulos, dijo: "Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel" (Lucas 24:21). Aquí había otra oportunidad de explicar su equivocación, de haberla habido; pero de nuevo encontramos una total ausencia de cualquier impresión de tal naturaleza. El los amonestó, pero no se refirió a lo que ellos creían, sino a lo que no creían. "¡Oh insensatos," exclamó, "y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?" (Lucas 24:25,26). El les reprochó por no entender sus sufrimientos, no por creer en su gloria real.


La tercera ocasión fue inmediatamente anterior a la ascensión. Se señala en Hechos 1:6, que cuando Jesús y sus discípulos se reunieron, éstos le preguntaron, diciendo: "Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" Ellos habían tenido sus ojos abiertos al hecho y necesidad de sus sufrimientos; pero viendo que estos se habían cumplido y que había resucitado glorioso de entre los muertos, evidentemente pensaron que al fin había llegado el tiempo cuando su acariciada esperanza de la restauración nacional bajo el Mesías sería realizada. Así que le preguntaron si él haría posibles sus deseos en aquel tiempo.


Es un hecho notable, que esta pregunta fue hecha después de que Cristo había hablado a los discípulos "durante cuarenta días acerca del reino de Dios" (Hechos 1:3). Este hecho sugiere que la pregunta estaba basada en las enseñanzas recibidas durante ese tiempo. De todos modos, ¿cómo fue recibida la pregunta? ¿Con desaprobación y amonestación? No; antes bien, como en el caso anterior, con una respuesta confirmatoria: "No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad" (Hechos 1:7). Esto equivalió a afirmar que "tiempos y sazones" habían sido señalados para el suceso contemplado en su pregunta. Es decir, que el suceso denominado "la restauración de Israel" realmente sucedería en el transcurso del tiempo, pero que no les correspondía saber cuándo. Cuán inapropiada habría sido tal respuesta, de haber estado equivocada su suposición sobre el hecho de la restauración.



El Error de los Discípulos

La realidad es que no había ninguna duda sobre el suceso en sí. Jesús los había estado instruyendo durante cuarenta días sobre el tema. La inquietud de los discípulos se relacionaba solamente con el tiempo del suceso, y la respuesta del Señor estuvo limitada a la misma inquietud. Ellos supusieron que el evento ocurriría entonces. "Ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente" (Lucas 19:11). Este fue un error peculiar de los primeros tiempos. Ellos no erraron en creer que Dios establecería su reino en la tierra, y que Cristo se manifestaría visiblemente como el "rey sobre toda la tierra" (Zacarías 14:9), puesto que estas cosas habían sido testificadas abundantemente en los profetas y proclamadas por el mismo Jesús. Su error residía en la suposición de que serían cumplidas en sus propios días.


Los modernos han ido exactamente al otro extremo. Ellos no esperan de ningún modo el reino de Dios. Magnifican el sacrificio de Jesús hasta proporciones contrarias a la Escritura, y omiten totalmente su reinado. Excluyen el reino de Dios, ignorándolo y no creyendo en nada referente a él; mientras que la muerte de Cristo domina y ensangrienta todas las doctrinas de su sistema religioso. Los discípulos sólo vieron al rey en Cristo, y esperaron su manifestación en su propio tiempo; los modernos sólo ven el sacrificio, y consideran cumplida su misión en la salvación de supuestas almas inmortales en el momento de morir.



El Error Corregido

El error de los discípulos fue corregido en su debido tiempo. El suceso de la crucifixión de Cristo y su consiguiente resurrección y ascensión, completó su falta de conocimiento permitiéndoles ver que las glorias prometidas de la era futura no eran alcanzables por el hombre mortal sin una intervención sacrificial, una experiencia de muerte para cada hombre, por medio de la cual había de "llevar muchos hijos a la gloria" (Hebreos 2:10). Pero esta adición a su conocimiento no apartó su atención de estas glorias. Por otra parte, la muerte de Cristo, alejada de su propia perspectiva, carece de atractivo; su interés e importancia surgen de su conexión con el glorioso resultado obtenido. Por consiguiente, en vez de silenciar el reino en su mente, solamente intensificó su apreciación por él, mostrándoles su valor en la grandeza del sacrificio necesario para asegurarlo. Proporcionó fervor a su denuedo, llevándoles a desear intensamente la consumación de "la gloria que será revelada." Ellos entonces dijeron: "Señor, restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" Es evidente que no tenían la idea de que Cristo los abandonaba de nuevo. Habían olvidado las muchas parábolas en las cuales él les había enseñado su próxima partida hacia "un país lejano" de donde regresaría más tarde para pedir cuenta a sus siervos (Lucas 19:12; Mateo 25:14). Sólo un sentimiento predominaba en sus mentes: el deseo de que el reino de Dios apareciera inmediatamente.


Por consiguiente, cuando "fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos," ellos se quedaron "con los ojos puestos en el cielo," evidentemente maravillados del suceso inesperado e inexplicable. ¡Cristo había sido separado de ellos de nuevo! Ellos fueron completamente incapaces de entender esta nueva desilusión. Su esperanza había sido levantada hasta el más alto nivel por un compañerismo de cuarenta días, y la tristeza que los había invadido durante el encarcelamiento de su Maestro en la tumba, había sido borrada por una dulce comunión en las cosas concernientes al reino de Dios. Ahora, de nuevo, su Señor y Maestro, su mejor amigo, su esperanza y salvación, aquel en quien se concentraba todo su afecto y ferviente deseo, los había dejado. ¿Qué harían? Habían sido de nuevo lanzados al mundo, de nuevo a la perplejidad. Pero esta vez el alivio estaba a la mano:


"Se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por que estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo." (Hechos 1:10,11)


Aquí comienza el testimonio específico en apoyo del tema de este estudio. Los discípulos fueron confortados en su perplejidad por la seguridad de que Jesús vendría de nuevo; Este fue el bálsamo administrado a sus espíritus turbados; la esperanza por medio de la cual se resignaron a la ausencia de su Señor y Maestro. De aquel día en adelante, se volvió la doctrina central alrededor de la cual se movían todas sus enseñanzas, la característica esencialmente distintiva y constantemente prominente de las buenas nuevas que ellos proclamaban.


Jesús mismo les había enseñado repetidamente la doctrina de su regreso, aun antes de su crucifixión. La parábola del hombre noble (Lucas 19:11-27) fue dicha con este propósito, pues se dice que él la usó "por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente." Su enseñanza es muy clara:


"Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver. Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo...Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos." (Lucas 19:12-15)


En esta forma, los discípulos fueron informados de que Jesús sería llevado al cielo para realizar una labor de preparación y ser investido con poder, para más tarde retornar a la tierra y entonces juzgar a sus siervos, premiándolos con el gobierno de diez ciudades o con la ignominia de un vergonzoso rechazo, según sus méritos (léase el resto de la parábola). Esta fue una ampliación de su otra declaración: "Te será recompensado en la resurrección de los justos" (Lucas 14:14), una resurrección que se lleva a cabo hasta cuando "el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo" (1 Tesalonicenses 4:16). La parábola de las diez vírgenes tiene el mismo propósito. El esposo ausente sustituye al Cristo ascendido, y las vírgenes esperando, a los que "esperan su venida." Además de otras parábolas con la misma intención, Jesús había dicho claramente: "Vendrán días cuando el esposo les será quitado [a los discípulos]" (Mateo 9:15). También lo había asegurado sin figuras: "Si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo" (Juan 14:3).



La Segunda Venida en la Enseñanza de los Apóstoles

Pero ellos no podían entender la sencilla lección, pues Cristo estaba con ellos, y no esperaban que los abandonara. Ellos no podían ver lo que su regreso podía significar, cuando no sabían nada de su partida; pero cuando los días llegaron de que el esposo les fue quitado, "entonces recordaron sus palabras." El anuncio de los ángeles reviviría, sin duda, las muchas lecciones que Jesús mismo les había enseñado de su propuesta partida y su intención de regresar para establecer el reino. Desde entonces la segunda venida del Señor se volvió su acariciada esperanza, el gran suceso que ellos esperaban para su salvación. Fue lo que ellos predicaron y sobre lo que escribieron, lo que esperaban y por lo que oraron, la piedra fundamental del sistema de fe que ellos promulgaban.


Por supuesto, este sistema no trató de excluir, sino que incluía y necesitaba la doctrina del sacrificio de Cristo por el pecado, y la necesidad de arrepentimiento y regeneración personal; la segunda venida del Señor era buena noticia solamente para aquellos que lo amaban y estaban preparados para reunirse con él y aptos para estar con él. Aun así, fue la gran doctrina de la cual dependían las demás. Encontramos a Pedro enseñando en uno de sus primeros sermones después de la ascensión de Cristo:


"Y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo." (Hechos 3:20,21)


El mismo apóstol, escribiendo a los ancianos entre "los expatriados de la dispersión," repitió la doctrina en el siguiente contexto: "


Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada. Apacentad la grey de Dios...y cuando aparezca el príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria." (1 Pedro 5:1-4)


Entonces, en lo que se refiere a los primeros discípulos de nuestro Señor, está plenamente demostrado que la segunda venida era su gran esperanza, en realidad, su única esperanza; pues, ¿qué otra esperanza podían tener? Ellos amaban entrañablemente a su Maestro y sabían que su retorno sería su propia liberación de las imperfecciones de un cuerpo pecaminoso, y de las aflicciones de hombres malvados; no solamente esto, sino también el establecimiento en la tierra de "gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres." ¿A qué otro suceso podían mirar con cristiana esperanza más que la venida de Cristo?


¿A qué otro evento podían mirar con alguna esperanza? Ningún suceso de su vida tenía promesa para ellos; y ¿qué había en la muerte sino un puente luminoso hacia la resurrección? Para ellos no tenía nada del engaño con que las modernas predicaciones la han adornado. Ellos no reconocían "una gloria inmediata tras una muerte inmediata." Para ellos la muerte, en vez de ser "vestíbulo del éxtasis," era la "puerta de la corrupción." Era la esclavitud de aquella mortalidad hereditaria, de la cual Cristo había venido a liberarlos; el desolador sueño sepulcral en el cual dormirían profundamente hasta el regreso de su Maestro, quien los despertaría a una resurrección incorruptible, cuando dirían: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Donde, oh sepulcro, tu victoria?"


Su esperanza no era la muerte, sino el regreso del Señor, al cual inevitablemente estaban dirigidas sus esperanzas personales y temores, y todas sus expectaciones referentes al cumplimiento de las promesas de Dios. Ahora bien, de la misma manera que a los apóstoles, ocurrió a aquellos que más tarde se convirtieron a la fe cristiana. El evangelio predicado portaba las mismas esperanzas que llenaban los corazones de los predicadores. Habiendo ofrecido la inmortalidad como base, el sacrificio de Cristo como el medio presentado para el ejercicio de la fe, y el reino prometido como la herencia en la cual la inmortalidad sería disfrutada, todo esto los llevó naturalmente a la idea de que la venida de Cristo era el magno evento a realizarse. Porque todas las promesas contenidas en el mensaje señalaban la "revelación de Jesucristo" como el tiempo del cumplimiento. ¿Deseaba Pablo alcanzar la resurrección de entre los muertos? (Filipenses 3:11). El esperaba estar incluido entre "los que son de Cristo, en su venida" (1 Corintios 15:23). ¿Ansiaba él la "corona de justicia" que recibiría del "Señor, juez justo"? (2 Timoteo 4:8). El no esperaba esto, sino hasta "en su manifestación y en su reino" (4:1), refiriéndose a "aquel día" en el versículo 8.


¿No fueron éstas las esperanzas comunicadas por el evangelio a todos los que lo abrazaron? Resurrección a vida eterna y herencia en el reino de Dios, es la salvación ofrecida a todos los hijos de Adán sin distinción de época o condición. Si un hombre recibe aquella promesa de salvación en el sentido de creerla, entonces "descansará en esperanza." ¿En esperanza de qué? Del cumplimiento de la promesa. El puede trabajar con gran devoción en la obra de prepararse, ocupándose en su salvación con temor y temblor; puede seguir la justicia con dedicación, cuidando la vida moral con entusiasmo; puede ocuparse en la prosecución de cualquier trabajo benevolente, y obtener placer en presentar el evangelio a sus vecinos. No solamente puede hacerlo, sino que debe hacerlo, si va a ser un siervo acepto cuando el Señor venga a pedirle cuentas de su mayordomía. Pero, ¿cuál es el sentimiento más íntimo de su naturaleza, si él sigue siendo un verdadero hombre? Esperanza, o mejor dicho, constante y ansioso deseo por la salvación que él predica a otros. Cansado de sus propias imperfecciones y faltas como un ser humano perecedero, anhela la inmortalidad prometida; afligido por la perversión e injusticia prevalecientes, presentadas a su alrededor en forma política y social, anhela ser testigo y participante de la perfección del reino de Dios.


Como "lo que se espera" no puede ser obtenido sino hasta la venida del Señor, ¿no está claro que la venida será la máxima esperanza en su mente? No importa si no es probable que ocurra durante su vida; porque, sea que viva o muera, será el tiempo de su liberación, e igualmente importante como un asunto de contemplación futura, mil años antes del evento, como para un cristiano contemporáneo con el evento.



El Evangelio Distorsionado por la Idea de la Inmortalidad del Alma

Es solamente el dogma popular de la inmortalidad del alma, que envuelve la creencia en un estado de muerte consciente en el cual los destinos espirituales están sellados, el que distorsiona la armonía de las enseñanzas del Nuevo Testamento sobre este punto. Si los cristianos al morir son realmente transportados al cielo para gozar del galardón en la presencia del Salvador, entonces la doctrina de su retorno a la tierra no tiene para ellos ningún interés práctico, puesto que su salvación es totalmente independiente de ella. Mueren y son salvos, según la enseñanza común; supuestamente van al cielo y ven a Cristo; por consiguiente, su atención está concentrada naturalmente en la muerte como el gran suceso revelador, y apartado de la venida de Cristo, la cual ven como una especie de doctrina innecesaria y hasta cuestionable. De hecho, la gran mayoría de la gente religiosa va hasta el extremo de rechazarla totalmente, como una inspiración carnal, e interpretan todas las referencias en el Nuevo Testamento con el significado de la llegada de la muerte.


¡Qué terrible perversión! ¡Qué fatal incredulidad! Es el fruto natural del árbol corrupto en el cual crece. Si la creencia popular sobre el estado de la muerte fuera correcta, entonces la negación de la venida de Cristo, la resurrección y el reino sería el resultado lógico, y la gente tradicionalista que va hasta aquel extremo solamente estaría razonando en forma coherente. Pero si se retira la doctrina de la inmortalidad del alma, la raíz de todos los males en sentido teológico, entonces la armonía es restaurada. Vemos a los justos muertos durmiendo en corrupción, y percibimos la necesidad de la venida del Redentor a despertarlos a la incorruptibilidad y la vida, y la importancia esencial de tal suceso como el objeto de esperanza durante sus vidas mortales.



La Segunda Venida en las Epistolas

Me he esforzado en demostrar que la segunda venida de Cristo fue la esperanza de los cristianos convertidos por medio de la predicación de los apóstoles. Ahora voy a reforzar los argumentos presentados citando una cantidad de pasajes de las epístolas dirigidas a ellos y en las cuales la doctrina es establecida con una sencillez que convencerá a cualquier mente inteligente:


"Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo." (Tito 2:11-13)


"Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas." (Filipenses 3:20,21)


"Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan." (Hebreos 9:28)


"Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria." (Colosenses 3:4)


"Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es." (1 Juan 3:2)


"Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos." (1 Tesalonicenses 1:9,10)


"Nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo." (1 Corintios 1:7)


"Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor...afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca." (Santiago 5:7,8)


"Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo...Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado." (1 Pedro 1:7-13)


"Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados." (1 Juan 2:28)


"Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder." (2 Tesalonicenses 1:6,7)


"Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino...Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a los que aman su venida." (2 Timoteo 4:1-8)


Resulta innecesario cualquier comentario sobre estos testimonios elocuentes. Su escrupulosa claridad no deja lugar para discusión. Demuestran que la esperanza de los primeros cristianos fue diferente de la de los religiosos modernos, y que hacían de la venida del Señor un asunto de interés personal. Jesús mismo los había exhortado a estar vigilantes: "He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela" (Apocalipsis 16:15). También había dicho:


"Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día...Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre." (Lucas 21, 34-36)



La Incredulidad del Mundo

Ahora bien, en el mundo que en la actualidad se denomina cristiano, no vemos nunca esta ansiedad sobre la segunda venida de Cristo. Existe una indiferencia universal respecto de este evento. Esto nos hace recordar la declaración en la parábola, que "tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron." Muy pocos se preocupan por la venida del esposo; muy pocos creen en su venida. Cuando hablan del suceso, su lenguaje es prácticamente el de los burladores de los cuales escribió Pedro: "¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación" (2 Pedro 3:4). Pero el día vendrá cuando esta apatía será rudamente eliminada. "Como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra" (Lucas 21:35).


¿Cómo es que esos hombres están tan ciegos ante la doctrina evidente del Nuevo Testamento? Debido a que, bajo la guía de una teoría falsa, creen que la muerte determina la situación eterna de cada persona para bien o mal, mientras en realidad la muerte no determina nada de esto. Solamente nos lleva a la oscuridad y al silencio hasta la venida de Cristo. Ese será el gran momento decisivo "en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres" (Romanos 2:16). Benditos los que están preparados para su llegada. Felices aquellos que "aguardan la manifestación gloriosa"; tres veces felices "los que aman su venida;" porque solamente a ellos "aparecerá por segunda vez para salvar a los que le esperan."


Estimado lector: arrepiéntete de tus mundanas insensateces. Escucha el buen mensaje que te manifiesta la Biblia. Aprende la verdad en sus olvidadas páginas, y dejando atrás tus errores y desatención, da obediencia a los requerimientos celestiales. Entonces aguarda con esperanza la venida del Hijo del Hombre para que puedas ser de él en el día cuando reúna a sus santos.

martes, 15 de octubre de 2019

TUYO ES EL REINO - El Mensaje del Cristianismo Original


Capítulo 1—El Reino de la Biblia


No hay duda de que el reino de Dios fue el tema de predicación de Jesús cuando estaba en la tierra hace aproximadamente dos mil años. El presente libro intenta restablecer el significado original de su predicación sobre el tema, a fin de que vuelva a ocupar su correcto lugar en el centro de la vida cristiana.


En primer término estoy dirigiéndome a quienes creen en la existencia de Dios pero no logran entender lo que a diario sucede en el mundo, y no están seguros si realmente tienen parte en lo que él está haciendo.


Pero me atrevo a esperar que si algún incrédulo llegara a leer estas páginas encontraría en ellas evidencia de la existencia de un Dios supremamente sabio y poderoso, quien tiene un plan para la tierra y el hombre, el cual está llegando a su finalización. De este modo el lector podría volver a pensar en el mensaje cristiano.


¿Qué dice Jesús acerca del reino de Dios?


En cierta ocasión los discípulos de Cristo le pidieron que les enseñara a orar. En respuesta, Jesús les dio el conocido Padrenuestro. En esas pocas líneas hizo dos alusiones al reino de Dios. Fue la primera cosa que les dijo que pidieran: "Venga tu reino," como también fue el tema final: "Tuyo es el reino... por todos los siglos" (Mateo 6:9-13).


Este énfasis que puso Jesús en el reino de Dios es confirmado aun por medio de una lectura casual de los evangelios donde ocurre repetidamente. En realidad encontramos que el principal propósito de la predicación de Cristo era dar información acerca de este reino.


En otra ocasión uno de sus oyentes le pidió que no los abandonara, pero él rechazó su petición con el siguiente comentario:


"Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado." (Lucas 4:43)


En un examen más cuidadoso podemos darnos cuenta de que hay alrededor de cien alusiones al reino de Dios solamente en los evangelios, y algunas más de treinta en el resto del Nuevo Testamento.


Alusiones bíblicas al reino de Dios

Antes de comenzar un estudio detallado, lo cual es el propósito inmediato de este libro, me gustaría presentar una pequeña lista de cosas que la Biblia asocia con el reino de Dios. Estas proporcionarán algunas pistas sobre el significado del término.


1. El reino de Dios fue buena nueva, puesto que ése es el significado de la palabra evangelio:


"Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino." (Mateo 4:23)


2. En los días de Cristo el reino era todavía un asunto del futuro:


"Prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente." (Lucas 19:11)


3. Antes de que venga el reino habrá señales que indicarán su proximidad:


"Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios." (Lucas 21:31)


4. Cuando llegue la hora del reino, ciertas personas entrarán en él y otras serán excluidas:


"Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos. Porque vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios." (Lucas 13:28-29)


"Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios." (Hechos 14:22)


"Manifiestas son las obras de la carne...los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios." (Gálatas 5:19-21)


"Os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre." (Mateo 26:29)


5. Los que entren en el reino tendrán que cambiar de alguna manera:


"Esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción." (1 Corintios 15:50)


"El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios." (Juan 3:5)


6. Jesús urgió a sus seguidores a que buscaran el reino con prioridad:


"Buscad primeramente el reino de Dios." (Mateo 6:33)


Los fundamentos de la fe cristiana

Con estas referencias continuas a través del Nuevo Testamento, así como también las que se encuentran en la Biblia de Cristo (el Antiguo Testamento), se esperaría que el reino de Dios fuera una de las principales enseñanzas de las iglesias en la actualidad, de modo que todos los miembros de sus congregaciones se dieran cuenta de la importancia del asunto, y tuvieran por lo menos alguna idea de lo que será el reino de Dios. Sin embargo, es una triste realidad que la vasta mayoría de los que afirman ser cristianos encontrarán dificultad en demostrar lo que es el reino de Dios, o lo que para ellos significa personalmente, aun cuando oran diariamente: "Venga tu reino."


Unos cuantos probablemente digan que el reino de Dios es un imperio de gracia en el corazón de cada uno de los creyentes, citando las palabras de Jesús "el reino de Dios está entre vosotros." Otros afirmarán que la Iglesia es el reino de Dios en la tierra, y cuando el mundo entero se convierta al cristianismo el reino de Dios habrá venido finalmente. Unos cuantos más dirán que el reino de Dios está en el cielo donde El mora, desde donde reina y adonde los fieles irán al morir. Pero ¿cuadran estas afirmaciones con las enseñanzas de Cristo?


Una forma sencilla de poner a prueba estas ideas consiste en sustituirlas en las afirmaciones bíblicas acerca del reino de Dios. Por ejemplo, usted podría releer los puntos 1 al 6; pero cada vez que "el reino de Dios" es mencionado lo reemplazaría con la frase "un reino de gracia en el corazón." ¿Tendrían aún sentido los pasajes? Pruebe y vea lo que piensa. Trate de nuevo usando "Iglesia" o "cielo." ¿Coinciden estos términos con todas las referencias? Si no, estas ideas son dudosas.


Lo que este ejercicio nos dice es que como la frase "el reino de Dios" es tan común en la Biblia deberíamos buscarle sobre todo un significado consistente. No debemos buscar su significado en algún sentido remoto, obscuro o poco común, sino de modo que satisfaga todas las referencias de la Biblia. Hay un punto de vista que combina todas las alusiones bíblicas y hace del reino de Dios el tema central del cristianismo. En realidad, estas páginas demostrarán que "el reino de Dios" es usado para describir todo el plan de Dios para la tierra y la humanidad.


Un reino literal

En estos días es fácil olvidar lo que era un reino en tiempos antiguos. Aquellos a quienes originalmente fue dada la Biblia podían definir prontamente un reino por su experiencia diaria. Estaba compuesto de cuatro cosas: un territorio, un gobernante, un pueblo gobernado y las leyes del gobierno.


En el Antiguo Testamento el reino de Israel, gobernado por reyes como David y Salomón, era un reino en este sentido y es muy revelador que después de la resurrección de Jesús los discípulos demostraron que esperaban el reino de Dios en el mismo sentido. En el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles aprendemos que en el pequeño intervalo entre su resurrección y ascenso a los cielos, Jesús habló a sus discípulos "acerca del reino de Dios" (Hechos 1:3). Note de paso la importancia de este tópico. Jesús aprovechó sus últimos días hablando de él. La reacción de los discípulos consistió en esperar un reino literal, de la misma manera como el reino de Israel había existido previamente. "Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" (Hechos 1:6), fue la pregunta de ellos.


¿Es éste un ejemplo aislado, o el resto de la Biblia respalda este punto de vista sobre el reino de Dios?


El reino de los hombres y el reino de Dios

Desde los comienzos de la historia los hombres se han organizado en grupos, poniendo a otros hombres en posición de autoridad sobre ellos. De este modo el hombre gobierna al hombre. Esto es cierto tanto del antiguo cacique tribal como de los presidentes electos en las modernas superpotencias. Tal sistema de gobierno donde el hombre controla su propia organización y destino es llamado en la Biblia "el reino de los hombres." Actualmente este reino está representado por todas las distintas naciones del mundo sin importar su punto de vista político. Se practican ideas humanas y se impone la voluntad humana.


Pero muy poca gente se da cuenta de que el reino de los hombres está bajo el control oculto de Dios. "El Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere" (Daniel 4:32). El propósito de este control oculto es el de llevar a la humanidad a un estado en el que Dios gobernará abiertamente al mundo. En otras palabras el reino de los hombres dará paso al reino de Dios.


Una estatua de varios metales

¿Oyó Ud. alguna vez de Nabucodonosor? Si hubo alguna vez un hombre y un régimen que representara el reino de los hombres, fue este rey que gobernó sobre el Nuevo Imperio Babilónico en los alrededores del 600 A.C. Bajo su genio militar y administrativo se formó un gran imperio como el mundo jamás había visto hasta entonces. Centrado en la ciudad capital de Babilonia sobre el río Eufrates, el imperio se extendía en un gran arco que rodeaba el perímetro occidental del desierto de Arabia, incluyendo en su territorio países conocidos actualmente como Irak, Turquía, Siria, Líbano, Jordania, Israel y partes de Egipto e Irán.


Sobre esta área gobernó Nabucodonosor como déspota, imponiendo su voluntad y capricho por medio de una eficiente organización civil y militar. Reconstruyó Babilonia completamente: sus templos, palacios y las residencias particulares fueron rodeados por gruesas murallas de gran altura y resistencia. La Biblia muestra al rey en el momento de decir: "¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?" (Daniel 4:30). En su día él representó el reino de los hombres.


Pero ¿qué tiene que ver esto con el reino de Dios?


Exactamente lo siguiente: En una ocasión Nabucodonosor fue a su cama preocupado por lo que sucedería a su reino después que él hubiera muerto. Esa misma noche Dios contestó sus pensamientos dándole un resumen de los sucesos del mundo que abarcaba los siguientes 2500 años. Esta información le fue proporcionada por medio de un sueño y usted la encontrará en el libro de Daniel capítulo 2.


En el sueño Nabucodonosor vio una gran estatua que se levantaba hasta el cielo en deslumbrante magnificencia. Una característica poco común de esta estatua era que cada sección estaba hecha de una clase diferente de metal. Este era el orden de los metales:


Cabeza Oro

Pecho y brazos Plata

Vientre y muslos Bronce

Piernas Hierro

Pies Mezcla de hierro y barro

Dudando acerca del significado de esta extraña visión, Nabucodonosor pidió a Daniel, un profeta judío que estaba exiliado en Babilonia, que le explicara su significado.


Una secuencia de cuatro imperios

Con la ayuda de Dios, Daniel dijo que la estatua representaba diferentes fases del reino de los hombres a través de la historia. La cabeza de oro representaba al mismo Nabucodonosor y el Imperio Babilónico sobre el cual gobernaba:


"Tú eres aquella cabeza de oro." (Daniel 2:38)


Después del Imperio Babilónico se levantarían tres imperios más en el reino de los hombres, representados por los siguiente tres metales.


"Y después de ti, se levantará otro reino inferior al tuyo; y luego un tercer reino de bronce el cual dominará sobre toda la tierra. Y el cuarto reino será fuerte como hierro" (Daniel 2:39-40).


La historia ha demostrado que esta predicción fue completamente cierta. El Imperio Babilónico dio paso al Imperio Persa en los alrededores del 540 A.C. Este corresponde al pecho y brazos de plata. 210 años más tarde los griegos derrotaron a los persas y tomaron el control del reino de los hombres. Este Imperio Griego fue el más grande de todos, extendiéndose desde el Mar Egeo hasta las fronteras de la India. Tal como Daniel dijo, "Dominará sobre toda la tierra," no el globo entero tal como lo conocemos actualmente, pero ciertamente sobre la mayor parte del mundo civilizado de ese entonces. La elección del metal fue apropiada. El bronce era la característica distintiva de los ejércitos griegos, las armaduras griegas de bronce son legendarias.


A continuación en la escena del mundo, llegaron los Romanos quienes en vez de los griegos vinieron a ser los representantes del reino de los hombres. De nuevo la elección del metal fue buena. El refrán dice, "fuerte como el hierro," y ciertamente el Imperio Romano fue el más fuerte, más eficiente y despiadado que el mundo jamás haya conocido.


El significado de los principales componentes de la estatua puede ser resumido como sigue:


Cabeza de oro Imperio Babilónico 610-540 A.C.

Pecho y brazos de plata Imperio Persa 540-330 A.C.

Vientre y muslos de bronce Imperio Griego 330-190 A.C.

Piernas de hierro Imperio Romano 190 A.C-475 D.C.

(Todas las fechas son aproximadas)


Ningún quinto imperio

El Imperio Romano continuó hasta el siglo quinto D.C.; pero distinto a los imperios anteriores, no fue reemplazado por otro imperio mayor. Al contrario, se descompuso gradualmente frente al ataque de las tribus del norte como los godos y los hunos. La ausencia de un quinto imperio ya había sido predicha por Daniel mil años antes. Las piernas de hierro de la estatua dan paso a los pies que son una mezcla de material fuerte y débil, hierro y barro. Daniel mismo explica lo que esto prefigura:


"Será un reino dividido... Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro y en parte de barro cocido, el reino será en parte fuerte, y en parte frágil." (Daniel 2:41-42)


Esto ha resultado en una verdad completa. Desde el final del Imperio Romano no ha habido un poder que haya tenido completa autoridad sobre la mayor parte del mundo. Muchos han tratado de lograrlo y han fallado. Siempre ha existido una mezcla de naciones débiles y fuertes, y esto aún persiste en la actualidad. Incidentalmente, esto significa que cualquier esperanza de dominación del mundo por alguna de las superpotencias actuales es solamente una ilusión.


Predicción histórica

Está claro que el sueño que Dios le dio a Nabucodonosor fue una revelación importante para la humanidad. Su objeto no fue satisfacer la curiosidad del rey sino informar a todas las generaciones futuras que Dios está controlando los sucesos del mundo. Mientras superficialmente parece que el hombre es supremo en el reino de los hombres, en realidad puede operar solamente dentro de los límites señalados por el reino de los cielos.


¿Podría esta detallada predicción de 2,500 años de historia del mundo haber sido escrita por un simple hombre? ¿Podrán la adivinación o la premonición explicar satisfactoriamente su extraña certeza? De no ser así, ¿sería irracional reconocer el significado literal del texto bíblico y admitir que, como Daniel dijo en esta ocasión, "Hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios" (Daniel 2:28)?


Sin embargo, Ud. podría decir, "Realmente ésta es una profecía sorprendente, pero ¿qué tiene que ver con el reino de Dios?"


Una extraordinaria piedra que crece

La revelación de Dios a Nabucodonosor no se limitó a mostrarle esta extraordinaria estatua metálica. Al continuar el sueño vio otra cosa sorprendente. De una montaña cercana estaba siendo cortado un trozo de piedra. Gradualmente esta piedra se llegó a separar de la roca madre hasta que finalmente se volvió libre. Lo que impresionó al rey fue que esto se realizó sin que la mano del hombre se involucrara en la tarea.


Luego vino el dramático final del sueño.


La piedra recién cortada repentinamente se precipitó a través del aire hacia la estatua y la golpeó con resonante fuerza en sus pies. La gran masa de metal tembló y se estremeció, y finalmente la estatua completa cayó al suelo en un montón. Tan devastadora fue la destrucción y tan pulverizados quedaron los fragmentos del metal roto que cuando se levantó un fuerte viento los restos de la estatua se esparcieron, y la única cosa que quedó fue la pequeña piedra que había causado el daño.


¿Qué sucedió a la piedra?


Mientras observaba, Nabucodonosor vio que la piedra cambió de forma. ¡Iba creciendo! Creció y creció hasta el tamaño de una colina. Aún entonces no dejó de crecer, volviéndose finalmente una montaña que cubría toda la tierra. El reino de Dios se establece


Usted probablemente se habrá dado cuenta de las implicaciones de la segunda parte de este sueño. La destrucción de la estatua significa que el control humano sobre la tierra será eliminado súbitamente. Si usted se inclina a considerar esto como imposible, recuerde el exacto cumplimiento de la primera parte de la profecía: la correcta secuencia de los cuatro imperios mundiales, Babilonia, Persia, Grecia y Roma, y la ausencia de un quinto imperio, tomando su lugar una mezcla mundial de naciones fuertes y débiles. La razón exige que aceptemos la totalidad de la profecía y no solamente la primera parte. El hecho de que la primera parte se cumplió garantiza que también lo hará el resto.


Esta impresión inmediata de que la destrucción de la estatua representa la remoción del reino de los hombres es correcta. Dejemos que Daniel mismo nos lo diga:


"Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos. pero él permanecerá para siempre." (Daniel 2:44)


Este es uno de los versículos más reveladores en la totalidad de la Biblia, con información comprimida sobre el reino de Dios. Veremos con más detalle lo que esto nos dice.


"En los días de estos reyes"

¿Cuáles reyes? La piedra golpeó a la estatua en los pies compuestos de hierro y barro, representando el estado fragmentado del mundo tras la declinación del Imperio Romano. Esta ha sido la condición del mundo durante los últimos 1500 años, incluyendo el tiempo presente. Por consiguiente vivimos en la época cuando la piedra golpeará a la estatua y ésta caerá.


"El Dios del cielo levantará un reino"

Los reinos que cayeron y fueron removidos estaban en la tierra. De la misma manera, el reino de Dios tendrá que estar en la tierra. No hay nada que sugiera que este reino divino será menos literal que el reino de los hombres que reemplazará. La piedra (el reino de Dios) creció hasta llenar la tierra, no los cielos.


"Desmenuzará y consumirá a todos estos reinos"

El gobierno humano de la tierra representado por los cuatro imperios de Babilonia, Persia, Grecia y Roma, y el estado dividido del mundo desde entonces, será removido completamente. La profecía no sugiere una transición gradual del reino de los hombres al reino de Dios. El cambio será repentino, violento y completo. Los restos esparcidos del gobierno humano serán lanzados de tal manera que de ellos no quedará rastro alguno.


"Ni será el reino dejado a otro pueblo"

El esplendor de Babilonia pasó a Persia, su conquistador. Persia a su vez entregó su reino y territorio a Grecia, y Grecia a Roma. El reino de Dios será diferente. Una vez establecido será permanente, sin ceder su autoridad o dominio a un sucesor. Otras frases en el versículo confirman esto: "No será jamás destruido" y "permanecerá para siempre."


La identidad de la piedra

La agencia de destrucción del reino de los hombres en la profecía fue una piedra cortada sin manos humanas. Comparándolo con otras partes de la Escritura esto puede verse como una clara alusión a Jesucristo. En cierta ocasión Jesús, sin duda con este sueño de Nabucodonosor en su mente, se comparó con una roca provista por Dios y que un día rompería y reduciría a polvo toda oposición:


"Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos?... Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará." (Mateo 21:42,44)


Jesús, aunque fue cortado de la roca de la humanidad común en el sentido de que nació de una madre humana, no llegó a existir por medio del normal proceso de concepción, sino por la acción directa del poder de Dios sobre María. En este sentido se puede decir correctamente que no fue cortado con mano humana.


Así el trabajo de la piedra de remover la estatua es una representación de la misión de Jesús de establecer en todo el mundo el reino de Dios. De esto se deduce que el reino que él predicó mientras estaba en la tierra es idéntico al reino de Dios predicho por Daniel.


Resumen

En este capítulo hemos echado un vistazo a los rasgos fundamentales del reino de Dios tal como se encuentran en la Biblia. Constituyen por supuesto sólo el bosquejo esencial de un gran lienzo y tenemos muchos detalles que llenar de otros pasajes bíblicos antes de que podamos ver el cuadro completo en su sorprendente belleza. Sin embargo, el diseño general está claro:


La misión de Jesús fue predicar el reino de Dios.

Muchas referencias del Nuevo Testamento indican que éste será un reino literal en la tierra, y que los seguidores verdaderos de Cristo serán invitados a tener parte en él.

El reino de Dios reemplazará a todos los gobiernos existentes y crecerá hasta cubrir toda la tierra, y nunca tendrá fin.

Dios ha señalado a Jesús como el que establecerá el reino.

El control de Dios de los acontecimientos mundiales en el pasado es una garantía de que esto se cumplirá finalmente.

¿Y SI LA BIBLIA NUNCA ENSEÑÓ QUE TENEMOS UN "ALMA INMORTAL"?

  ¿Y si la Biblia nunca enseñó que tienes un "alma" inmortal? Durante siglos nos dijeron que el ser humano tiene un alma atrapada ...