jueves, 4 de junio de 2026

REPENSANDO NUESTRA TEOLOGÍA...LA EXPECTATIVA MESIÁNICA DEL SIGLO I

 



Por Faustino J. Zamora.


Para abordar la expectativa mesiánica del siglo I y su posterior transformación a manos de los Padres de la Iglesia, es fundamental adoptar una perspectiva histórico-crítica y filológica. Este viaje nos lleva desde las esperanzas políticas y terrenales del judaísmo del Segundo Templo hasta la universalización y la espiritualización teológica del cristianismo primitivo.
¿Cómo se manifestaba esa expectativa en el siglo I?
Contrario a la idea de un "mesianismo único", en el siglo I (finales del período del Segundo Templo) existía una pluralidad de expectativas mesiánicas. El término hebreo Mashiach (Mesías, ungido) no designaba a un ser divino, sino a un agente humano consagrado por Dios para una misión específica.
Las principales corrientes de la época compartían ciertas características esenciales:
El pueblo judío esperaba la restauración del reino de David a través de un rey de su propio linaje, la liberación del yugo del Imperio Romano y la purificación del Templo. El Mesías era visto predominantemente como un líder político-militar, un rey justo y real.
Las expectativas variaban según la comunidad en cuestión.
En primer lugar, el mesianismo davídico (como rey) era la figura mesiánica más extendida: un descendiente de David que derrocaría a los enemigos de Israel y gobernaría con justicia.
En segundo lugar, el mesianismo sacerdotal (Levítico), muy marcado en los textos de la comunidad de Qumrán (Manuscritos del Mar Muerto), donde se esperaba un "Mesías de Aarón" (un sumo sacerdote ideal) junto al "Mesías de Israel" (el líder político).
Con relación a las figuras proféticas o escatológicas, existía la expectativa de un "Profeta como Moisés" o de la manifestación apocalíptica del "Hijo del Hombre" (inspirado en el libro de Daniel).
Ahora bien, en este contexto se debe considerar el nacionalismo teocéntrico, en el que la salvación y la Besorah (el evangelio/la buena noticia) de la liberación estaban intrínsecamente ligadas al pueblo de Israel y a la geografía de la Tierra Santa. Ciertamente, en el judaísmo de la época no existía la idea de un Mesías que muriera crucificado y resucitara para perdonar los pecados de la humanidad.
¿Cuál es el giro teológico que le dan los Padres de la Iglesia?
Tras la destrucción del Templo en el año 70 d.C. y la progresiva separación entre la nueva comunidad de creyentes (cada vez más gentil) y el judaísmo rabínico, los Padres de la Iglesia (desde Justino Mártir e Ireneo de Lyon hasta Agustín de Hipona) reconfiguraron por completo el concepto mesiánico.
Para justificar por qué Jesús era el Mesías a pesar de no haber cumplido las expectativas políticas judías (como derrocar a Roma), operaron una profunda deconstrucción y relectura semántica:
De lo político-terrenal a lo espiritual-escatológico
Los Padres de la Iglesia argumentaron que el Reino del Mesías no era "de este mundo". La liberación ya no era de la opresión romana, sino del pecado, del diablo y de la muerte. La victoria militar del Mesías davídico se reinterpretó como la victoria espiritual de Cristo en la cruz.
Aquí vemos el concepto de la "Doble Venida" del Mesías.
Para resolver la contradicción de las profecías no cumplidas, la patrística sistematizó la doctrina de los dos advenimientos:
  1. Primera Venida: En humildad, sufrimiento y ocultamiento (identificando a Jesús con el "Siervo Sufriente" de Isaías 53, un texto que el judaísmo de la época no leía de forma mesiánica individual, sino como un hecho colectivo que apuntaba al pueblo de Israel).
  1. Segunda Venida (Parusía): En gloria y poder, en la que finalmente se cumplirían las promesas de juicio y soberanía en el universo.
En este contexto no se pueden pasar por alto los conceptos de Kyrios (Señor) en oposición al concepto Mesías:
La universalización y la Helenización (Kyrios vs. Mashiach)
El Mesías dejó de ser una figura exclusiva de la redención nacional de Israel y se convirtió en el Salvador universal de la humanidad. Al traducir las categorías hebreas al contexto grecorromano, el término Christos se vinculó estrechamente con el concepto de Kyrios (Señor) y con la metafísica del Logos (falsamente interpretado como "la Palabra encarnada". El Mesías ya no era solo un hombre elegido y ungido como un rey o un profeta, sino la segunda persona de la Trinidad.
En este contexto singular, autores como Orígenes (por citar solo a uno de muchos) generalizaron el uso de la exégesis alegórica. Las promesas materiales del Antiguo Testamento (la tierra, el trono, Jerusalén) pasaron a leerse como "tipos" o sombras espirituales que apuntaban a realidades celestiales o a la propia Iglesia, que más tarde se autodenominó "el nuevo Israel".
En resumen, mientras que la expectativa mesiánica del siglo I era inmanente, nacional, política y plural, los Padres de la Iglesia la transformaron en una doctrina trascendente, universal, espiritual y unificada en torno a la divinidad de Jesús.
Nada como intentar repensar la teología del primer siglo hasta las resoluciones imperiales de los Concilios, o sea, desde el siglo IV en lo adelante (desde nuestra ortodoxia fosilizada y la teología del primer siglo hasta las conclusiones conciliares del siglo IV en adelante) para acercarnos entender la esencia de nuestra fe.
No tengo dudas. La Iglesia necesita un nuevo "glosario de la fe", resignificando los términos que la ortodoxia y la dogmática nos secuestraron para mantenernos casi inertes en la gramática teológica, incapaces de "entender" y, sobre todo, "rebuscar" la verdad que está inmersa, sin misterios, en la preciosa y gloriosa Palabra de Dios.
Bendiciones desde Israel.
Foto: la ciudad de David, Jerusalén.

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