sábado, 10 de octubre de 2026

Cuando las aguas no pueden apagar el amor


Hace unos días, conversando con mi esposa sobre sus meditaciones en las Escrituras, me compartió algunas citas que había estado relacionando entre sí. Hay conexiones que, cuando alguien te las señala, te invitan a volver al texto y mirarlo con otros ojos. Y esta, particularmente, me dejó pensando.

Quisiera comenzar con una promesa del libro de Isaías:

“Porque esto me será como en los días de Noé, cuando juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré. Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti” (Isaías 54:9-10).

Hay algo conmovedor en estas palabras. El Eterno está hablando a Sion como a una mujer que ha atravesado la vergüenza, el abandono y la aflicción. Una mujer que ha conocido las consecuencias de su infidelidad, pero cuya historia no termina en el juicio.

Y lo que sigue no es una simple declaración de tolerancia. Es una promesa de amor comprometido: aunque los montes se muevan y los collados tiemblen, aunque todo aquello que parecía firme deje de serlo, su misericordia no se apartará y su pacto de paz no será quebrantado.

El Eterno toma como referencia los días de Noé. Así como juró que las aguas no volverían a cubrir toda la tierra de aquella manera, ahora utiliza la firmeza de ese juramento para expresar la seguridad de su misericordia hacia Sion.

Y aquí es donde la conexión que me compartió Dulce se vuelve todavía más interesante.

En Cantares leemos:

“Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían” (Cantares 8:7).

¡Qué imagen tan poderosa! Las aguas pueden arrasar, los ríos pueden desbordarse, pero hay un amor que no puede ser extinguido por ellas.

Cantares habla del amor apasionado entre el amado y su amada. No es un tratado profético sobre Israel, y sería un error ignorar su sentido original. Sin embargo, al poner estas



palabras junto a Isaías 54, surge una conexión que merece nuestra atención: el amor que las aguas no pueden apagar y la misericordia del Eterno que no se apartará de Sion, aun cuando todo a su alrededor parezca estremecerse.

En Isaías, el Eterno no está negando la historia de infidelidad de su pueblo ni afirmando que el juicio nunca llegará. Está declarando que el juicio no tendrá la última palabra sobre su relación con Sion. Su propósito no es simplemente castigar, sino también restaurar; no solamente confrontar la infidelidad, sino cumplir las promesas que nacen de su propio carácter.

Y entonces pienso en las palabras de Yeshúa cuando advirtió que los días de su manifestación serían como los días de Noé (Mateo 24:37-39).

La referencia de Yeshúa apunta a una humanidad que continúa con su vida cotidiana sin discernir la gravedad del momento, hasta que llega el juicio. No deberíamos convertir esa comparación, por sí sola, en una descripción detallada de todos los acontecimientos del fin. Pero sí nos invita a considerar una pregunta: ¿qué lugar ocupa la fidelidad del Eterno hacia Israel en medio de los acontecimientos que preceden a la manifestación de su Mesías?

Porque si leemos las Escrituras en conjunto, encontramos que el juicio y la misericordia no son conceptos que debamos separar arbitrariamente. Los profetas anuncian aflicción, disciplina y tiempos de angustia, pero también hablan de la intervención del Eterno, de la restauración de su pueblo y del cumplimiento de sus promesas.

¿Y si, en medio de ese escenario, Isaías 54 nos ayudara a contemplar algo que con frecuencia olvidamos?

Que el amor del Eterno por Israel no depende de que su pueblo haya tenido una historia impecable. Que su fidelidad no nace de la perfección de la amada, sino del carácter de Aquel que se comprometió con ella. Que las aguas del juicio pueden ser reales, que los montes pueden temblar y que los tiempos pueden volverse aterradores; pero nada de eso significa que el Eterno haya olvidado su pacto.

No estoy diciendo que Cantares 8:7 sea una profecía directa de los acontecimientos del fin, ni que Isaías 54 describa por sí solo una secuencia escatológica determinada. Estoy proponiendo que contemplemos juntos estos pasajes y prestemos atención a la imagen que emerge de su lectura.

En los días de Noé, las aguas trajeron juicio. En Cantares, las muchas aguas no pueden apagar el amor. En Isaías, el Eterno utiliza el juramento de los días de Noé para asegurarle a Sion que su misericordia no se apartará de ella.

Tres imágenes que, leídas en conjunto, nos conducen a una reflexión profunda: el juicio puede estremecer la historia, pero no debemos confundir la aflicción con el abandono del Eterno ni dar por terminado aquello que Él ha prometido restaurar.

Quizá por eso necesitamos volver una y otra vez a las Escrituras. Porque cuando miramos solamente las aguas, podemos creer que todo está perdido. Pero cuando escuchamos al



Eterno hablando a Sion, descubrimos que su última palabra no tiene por qué ser la que nosotros imaginamos en medio de la tormenta.

Los montes se moverán. Los collados temblarán. Las aguas podrán levantarse.

Pero el Eterno ha declarado: “No se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará”.

Y esa promesa nos obliga a mirar el futuro con reverencia, pero también con esperanza.



Volviendo a Casa

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA VERDAD SOBRE COLOSENSES 2:16-17.

  ¡LA VERDAD SOBRE COLOSENSES 2:16-17 Y EL REINO MILENIAL! Muchos creyentes y "denominaciones" han malinterpretado Colosenses 2:1...