miércoles, 6 de noviembre de 2019
¿DESCENDIÓ JESÚS LITERALMENTE DEL CIELO?
Antes de comenzar hay algo que debemos dejar absolutamente en claro. El Señor Jesucristo es el Hijo de Dios. Es el ser más importante de todo el universo, fuera de Dios mismo. El propósito de este folleto es honrar al Señor Jesús como debe ser honrado.
Desafortunadamente, la enseñanza bíblica acerca del Señor Jesús es frecuentemente mal entendida. En un bien intencionado aunque errado intento de honrar a Jesús muchas iglesias enseñan acerca de él cosas que no son bíblicas. Este folleto tiene la intención de corregir esas ideas erróneas.
Esto no emana de un deseo de criticar las creencias de otros, sino simplemente de mostrar lo que la Biblia realmente enseña acerca del Señor Jesús, el Hijo de Dios. Únicamente cuando entendamos esto, podremos dar al Señor la gloria que se merece.
"Porque he descendido del cielo"
El título de este folleto es una pregunta: ¿bajó o descendió Jesús del cielo? En el capítulo 6 del evangelio de Juan hay un versículo que aparentemente responde esta pregunta. Jesús dijo:
"Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (ver. 38).
No debemos apresurarnos a sacar a una conclusión. El tema no es tan simple como parece a primera vista.
Una dificultad que existe es que hay dos clases diferentes de lenguaje: literal y figurado. Jesús utiliza ambas clases de lenguaje en el capítulo que estamos considerando.
En el versículo 64 Jesús dice: "Pero hay algunos de vosotros que no creen." Esto es lenguaje literal. Significa exactamente lo que dice. Ni siquiera un niño podría dejar de entender su significado.
Pero muchos otros pasajes no son así. Por ejemplo, los versículos 53 y 54 del mismo capítulo; en estos Jesús dice:
"De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero."
Esto es lenguaje figurado. No significa lo que parece estar diciendo; en vez, sus palabras tienen un significado mucho más profundo. Hay que considerar las palabras cuidadosamente para descubrir su verdadero significado. En consecuencia, si no somos cuidadosos podemos fácilmente interpretar mal las palabras.
Los judíos incrédulos interpretaron mal este y muchos otros dichos similares de Jesús. Ellos dijeron: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" ¡Quizás pensaban que estaba predicando el canibalismo! Fuera lo que fuera lo que pensaban, la verdad es que estaban muy equivocados.
Volviendo entonces a la cuestión original "he descendido del cielo" ¿Es este lenguaje literal o figurado?
Hay una buena razón para considerar que es figurado. En el versículo 31 del mismo capítulo hay una mención a lo que el Antiguo Testamento llama "maná". Esta era una especia de pan producido por Dios para que su pueblo comiera durante el viaje por el desierto. El versículo 31 dice: "Pan del cielo les dio a comer."
Esto es obviamente lenguaje figurado. El pan milagroso no era cocinado en el cielo y distribuido en la tierra. La declaración de que el pan vino del cielo nos informa que el Dios del cielo lo creó en la tierra.
Más lenguaje figurado
La Biblia usa lenguaje figurado no sólo acerca de cosas sino también de personas. La Biblia dice que: "Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan" (Juan 1:6). Sin embargo, Juan nunca estuvo en el cielo. 'Enviado de Dios' significa simplemente que Dios le asignó una tarea especial.
Pero esta explicación sólo se puede aplicar a versículos que mencionan a Jesús 'descendiendo' del cielo. Hay otros pasajes que aparentemente sugieren en una u otra forma que Jesús en una época vivió en el cielo. Este es uno de tales pasajes:
"Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" (Juan 17:5).
¿Cómo debemos considerar versículos como éste? ¿Son literales o figurados? ¿Vivía Jesús realmente con Dios antes de que el mundo fuera creado? ¿O tienen estas palabras un significado mucho más profundo?
El propósito de este estudio es dejar que la Biblia hable por sí misma y responda estas preguntas para nosotros.
Tres puntos de vista sobre Jesús
Aquellos que no creen en la Biblia por lo general dicen que Jesús era simplemente un hombre común y corriente. Esa gente está en el error. El era el Hijo de Dios, No necesitamos perder tiempo considerando este punto de vista.
Pero vamos a considerar los tres puntos de vista acerca de Jesús a los que se adhieren los cristianos que creen en la Biblia.
El primer punto de vista es el más común. Este sostiene que Jesús es Dios todopoderoso en forma humana. Los que creen en esto se refieren a Jesús como la segunda persona de la Trinidad; es difícil entender lo que quieren exactamente decir con esa frase. De acuerdo a este punto de vista, Jesús vivió en el cielo desde toda la eternidad antes de su nacimiento en la tierra.
El segundo punto de vista es enseñado por una denominación llamada los "Testigos de Jehová" y por unos cuantos otros grupos pequeños. Sostienen que Jesús no es Dios sino un poderoso ángel que Dios creó hace mucho tiempo. Ellos también creen que Jesús vivió en el cielo antes de su nacimiento en la tierra.
Los que creen en uno de estos dos puntos de vista toman literalmente los versículos que hablan de Jesús descendiendo del cielo.
El tercer punto de vista es el que sostienen los cristadelfianos y otros cuantos grupos. De acuerdo a este punto de vista, Jesús no vivió en el cielo antes de su nacimiento y los versículos que se refieren a su origen celestial se deben entender en forma figurada.
Este es el punto de vista que se explicará en este folleto. Si esto le parece sorprendente, tenga paciencia y continúe leyendo. Hay una gran cantidad de evidencia bíblica para sostener este punto de vista.
Jesús fue un hombre verdadero
Jesús no fue una hombre ordinario y pecador. No debemos cometer el error de pensar eso. El fue un hombre único. El era el Hijo de Dios. Sin embargo, en un sentido sin ambigüedades, él era un hombre y no Dios todopoderoso.
Esto no significa que él dejó de ser hombre tan pronto como subió en forma corporal al cielo. La Biblia nos enseña a considerar a Jesús como hombre, aun en la actualidad. Mucho tiempo después de que Jesús había resucitado y subido al cielo, el Nuevo Testamento estaba haciendo declaraciones como la siguiente:
"abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos" (Romanos 5:15-19).
"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1 Timoteo 2:5).
Jesús realmente es un hombre. Esa es la inequívoca enseñanza del Nuevo Testamento. Consideremos ahora esa enseñanza con las palabras de un obispo inglés, en un pasaje que describe el punto de vista que la mayoría de los cristianos tienen sobre Jesús:
"Jesús no fue un hombre que nació y creció, él era Dios y por un tiempo limitado participó en una farsa. Tenía la apariencia de hombre pero en el fondo era Dios disfrazado una especie de Papá Noel."
Muchas personas de la iglesia consideraron ofensiva la referencia a Papá Noel. Pero, fuera de eso, están de acuerdo en que esa declaración del obispo representa cabalmente la enseñanza de la iglesia. Si Jesús era realmente Dios, o un ángel poderoso que vivía en el cielo, entonces él nunca fue un hombre verdadero sino una persona celestial disfrazada con carne humana.
Pero el Nuevo Testamento no está de acuerdo con esas opiniones. El Nuevo Testamento describe a Jesús como hombre.
Esta es la primera razón para considerar que el punto de vista común sobre Jesús está errado.
El nacimiento de Jesús
El nacimiento del Señor Jesucristo fue el resultado de un portentoso milagro. Su madre era una joven mujer soltera de excelente carácter. Ella era virgen. Las cosas sucedieron así:
"Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios" (Lucas 1:30-35)
Examinemos estas palabras en detalle. Hay mucho que aprender de ellas. El niño sería hijo propio de María. El ángel no dijo que ella iba a producir un cuerpo de carne para que un ser celestial habitara en él. El ángel dijo: "concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo". Estas palabras evidentemente debían tomarse en forma literal. Describen el comienzo de una nueva vida humana no la venida de un ser celestial a la tierra.
Además, si Jesús hubiera sido una persona celestial, millones de años mayor que María, ¿podría haber sido, en un sentido estrictamente verdadero, su hijo? Y sin embargo, Jesús era el hijo de María, y no una especie de hijo adoptivo extraordinario. Todos los evangelios se refieren a María como la madre de Jesús, y nunca como su madre adoptiva.
Por otra parte, aunque José, que más tarde fue marido de la madre de Jesús, es a veces llamado su padre, los hechos verdaderos no están en duda. Lucas se refiere a Jesús como: "hijo, según se creía, de José" (Lucas 3:23).
Jesús era verdaderamente hijo de María, no una persona celestial pretendiendo ser hijo de María. Como todo hijo, él se parecía a su madre en muchas formas. Eso era lo que hacía a Jesús un hombre real. Los hombres reales no viven en el cielo antes de nacer, y este hombre, Jesús, no lo hizo tampoco. Su concepción y nacimiento milagrosos fueron el comienzo de su existencia como persona.
La naturaleza humana es débil, y está llena de tentaciones. Jesús heredó de su madre la debilidad de la naturaleza humana.
Pero eso es sólo parte de la historia. El ángel estableció muy claramente que el hijo de María era también el Hijo de Dios: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios" (Lucas 1:35).
Jesús heredó también muchos rasgos de su Padre. Dios era su Padre y de Dios Jesús heredó el deseo de hacer siempre el bien. Esto fue lo que le ayudó a vencer la debilidad de su naturaleza humana a luchar contra la tentación y vencerla.
La niñez de Jesús
En las Escrituras encontramos muy poco acerca de la niñez de Jesús. Pero algo que sí encontramos es muy importante. Lucas describe la forma en que Jesús creció en los siguientes términos:
"Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres" (Lucas 2:52).
Aquellos que creen que Jesús era realmente Dios quedan un poco perplejos con este versículo. ¿Cómo puede crecer Dios en sabiduría y en gracia ante sí mismo? ¡La idea es completamente absurda! Es obvio que Lucas no creía que Jesús era Dios que estaba habitando en forma temporal el cuerpo de un niño.
¿Y qué de la otra idea que Jesús era un poderoso ángel celestial que residía en el cuerpo de un niño en crecimiento? Esta idea no es mejor que la anterior. Ese ángel, sin lugar a dudas, habría sido perfecto mucho antes de que viviera en la tierra. Un ángel en el cuerpo de un muchacho no podría "crecer en sabiduría y en gracia para con Dios".
Este versículo describe el crecimiento de una niño verdadero. Su cuerpo se desarrolló. Su provisión de sabiduría se incrementó gradualmente. Y su carácter maduró en forma tal que su Padre tuvo cada día mayor complacencia con él.
Su victoria sobre la tentación
Se dice que a veces los boxeadores y luchadores profesionales se reúnen antes de una pelea y se ponen de acuerdo. Hacen un pacto de no causarse heridas serias pero para complacer al público pretenden pelear fieramente. A veces hasta deciden quién ha de ganar esta pretensión de pelea, y como es de esperarse arreglan cómo han de compartir el dinero del premio.
Hay un palabra para describir para esta clase de decepción: ¡engaño!
La Biblia describe cómo el Señor Jesús libró una tremenda batalla contra las tentaciones humanas. El luchó contra la tentación todos los días y siempre resultó vencedor.
Todos sabemos lo que es la tentación. Si Jesús era un hombre verdadero, podemos entender la clase de lucha que él sostuvo. Pero si él era un ser celestial, usando un cuerpo humano, entonces no habría habido lucha alguna todo habría sido sólo un engaño.
Es imposible que Dios, o un ángel, sean tentados como nosotros. La Biblia dice que "Dios no puede ser tentado por el mal" (Santiago 1:13).
Sin embargo, acerca de Jesús la Biblia nos dice:
". . . tenemos un sumo sacerdote que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Hebreos 4:15).
En cierta ocasión, cuando Jesús estaba luchando contra la tentación, él dijo: "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22:42).
Evidentemente Jesús tenía una voluntad propia que tenía que ser dominada para que la voluntad de Dios se hiciera. Si él era un hombre verdadero podemos entender este versículo. Pero el versículo no tiene sentido alguno si Jesús en realidad era Dios o un ángel en forma humana.¿Cómo alcanzó Jesús la perfección?
Hay dos formas completamente diferentes por medio de las cuales algo puede ser menos que perfecto. Es importante comprender la diferencia entre ambas formas.
Una casa vieja que está a punto de derrumbarse no es perfecta. Esto es debido a que está carcomida; hay muchas cosas que no están bien.
Una casa nueva a medio construir tampoco es perfecta. Pero es una clase de imperfección diferente. No hay nada malo con esta casa a medio construir, hasta cierto punto todo está bien. Pero todavía no está lista.
Jesús nunca fue imperfecto en el primer sentido de la frase. No había nada malo en él. El nunca pecó, ni siquiera una vez.
Sin embargo, su carácter tenía que desarrollarse gradualmente, como una casa en construcción, hasta que estuviera completo. En este sentido, él tenía que llegar a ser perfecto, como lo demuestran las siguientes citas bíblicas:
"Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación" (Hebreos 5:8,9).
"Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos" (Hebreos 2:10).
Nuevamente es evidente que hay algo supremamente errado con la idea popular de que Jesús era un ser celestial vestido con un cuerpo humano. ¿Podemos imaginarnos a tal ser aprendiendo la obediencia por medio de sus padecimientos? ¿Podemos concebir la idea de un ser así alcanzando la perfección a través del sufrimiento?
Claro que no. Tenemos en la Biblia la descripción de un hombre verdadero adquiriendo un carácter perfecto, paso a paso.
Si Jesús hubiera sido Dios mismo, o un poderoso ángel, hubiera sido perfecto mucho antes de venir al mundo. Pero las cosas no fueron así. La Biblia dice enfáticamente que Jesús sólo alcanzó por medio de sus sufrimientos en la tierra.
Su muerte en la cruz
La muerte del Señor Jesús presenta un problema adicional para aquellos que sostienen los puntos de vista más comunes acerca de su naturaleza. Dios no puede morir, dice la Biblia (Daniel 12:7; 1 Timoteo 6:16). Lo mismo es cierto con respecto a los ángeles (Mateo 22:30).
Todos sabemos, sin embargo, que Jesús murió en la cruz.
Hay quienes que consideran que tiene la respuesta a este problema. Dicen que sólo su cuerpo murió. El ser espiritual interior continuó viviendo.
Pero esta explicación no sirve. La Biblia dice que no fue sólo el cuerpo de Cristo el que murió, "derramó su vida hasta la muerte" (Isaías 53:12).
Y más aún, la Biblia muestra que Jesús temía la muerte tanto como nosotros. La muerte era una pavorosa experiencia para él, al igual que para nosotros.
"Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente" (Hebreos 5:7).
Esto es también fuerte evidencia de que Jesús no era ni Dios ni tampoco un ángel en forma humana. ¿Podría tal ser haber sufrido gran ansiedad ante la perspectiva de perder su cuerpo humano temporal?
Sin duda alguna que sólo un hombre verdadero, que estaba a punto de morir en realidad, se sentiría como Jesús en relación con la muerte.
¿Por qué está Jesús a la diestra del Padre?
En la actualidad Jesús está sentado a la diestra de Dios (Salmos 110:1, Hebreos 1:13). Con estas palabras, y en varias otras formas, la Biblia nos dice cuán grande es Jesús. El es la persona más importante de toda la creación, fuera de Dios mismo el Creador.
Supongamos ahora que se hace la pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué es Jesús tan grande? ¿Por qué le ha dado Dios un lugar tan exaltado?
Los que creen que Jesús es Dios, o un ángel, tienen una respuesta sencilla. Dicen que Jesús siempre ha sido grande, él era un espíritu grande en el cielo antes de venir a la tierra. Después él regresó al lugar que le pertenece. El regresó al exaltado lugar de donde había venido.
Pero esa no es la respuesta de la Biblia.
La Biblia dice que Jesús se hizo grande después de su vida en la tierra. Dice que Jesús se hizo grande porque Dios le dio grandeza. Y nos dice, una y otra vez, que Dios le dio grandeza porque Jesús la mereció a causa de lo que hizo en la tierra.
"Pero vemos a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte" (Hebreos 2:9).
"Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre" (Salmos 91:14).
"Has amado la justicia y aborrecido la maldad; Por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros" (Salmos 45:7).
"y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo" (Filipenses 2:8,9).
Esta es, sin duda alguna, la prueba final y concluyente que Jesús es una hombre verdadero. Un hombre verdadero, pero sin embargo un hombre muy especial. El es el único hombre en toda la historia que ha derrotado a la tentación humana por completo. Es por eso que ahora él está sentado a la diestra de Dios.
Las cosas desde el punto de vista de Dios
En las páginas 3 y 4 consideramos las palabras de Jesús: "he descendido del cielo". Vimos también que esta clase de lenguaje se puede entender fácilmente en sentido figurado y no literal.
Ahora podemos llegar a una conclusión más concreta. A la luz de todas las claras enseñanzas que hemos estudiado, podemos estar seguros de que Jesús era un hombre verdadero. Si esto es así, su declaración de que descendió del cielo sólo se puede tomar en sentido figurado. Podemos estar seguros de esto. El evidentemente quería decir que su vida comenzó cuando el Dios del cielo hizo que en la tierra sucediera un poderoso milagro con su madre, María.
Esto todavía deja un cierto número de versículos enigmáticos. Tenemos, por ejemplo, las palabras de Juan 17:5 en que Jesús se refiere a "aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" y otros pasajes bíblicos donde ocurren expresiones similares. ¿Pueden ser estas expresiones lenguaje figurado?
Ciertamente que pueden ser lenguaje figurado. Pero para apreciar el significado de esos dichos debemos hacer un esfuerzo especial para ver las cosas desde el punto de vista de Dios.
Hay muchas diferencias entre Dios y nosotros. La diferencia que nos ocupa en este momento es esta. Para nosotros el futuro es desconocido, sólo podemos tratar de adivinar lo que ha de ocurrir mañana. Pero Dios conoce el futuro, para él el mañana es tan real como el presente es para nosotros. Es por eso que la profecía bíblica siempre se cumple.
Pablo comentó sobre esto en Romanos 4:17. El llamó la atención al hecho de que Dios dijo a Abraham en Génesis: "Te he puesto por padre de muchas gentes".
Hay que notar que dice "te he puesto" y no "te pondré". En esa época Abraham tenía sólo un hijo. Pero cuando Dios hace una promesa, esa promesa es segura. Se puede considerar como cumplida ya. Cuando un hombre hace una promesa dice: «Haré esto o aquello». Pero Dios, por medio de sus profetas, con frecuencia dice acerca del futuro: «He hecho tal o cual cosa», cuando lo que quiere decir es que sin duda lo ha de hacer.
En la segunda parte de Romanos 4:17 Pablo saca la misma lección y dice: "y llama las cosas que no son, como si fuesen". Para Dios el futuro es real
Con un poco de ayuda del apóstol Pablo hemos establecido un principio importante. Para nosotros, sólo el pasado y el presente son reales. El futuro está escondido de nuestra vista.
Pero Dios es diferente. El puede ver el futuro perfectamente. El futuro es tan real para Dios como el presente es para los hombres. Dios puede hablar del futuro como si ya hubiera ocurrido.
Hay muchos pasajes en la Biblia donde Dios hace esto. A continuación tenemos tres ejemplos:
(1)"Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué" (Jeremías 1:4,5).
Por lo tanto, Dios conoció a Jeremías antes de que el hombre naciera. Obviamente, este es lenguaje figurado. No significa que Jeremías en realidad existía antes de su nacimiento. Significa que Dios podía mirar al futuro y ver a Jeremías antes de que naciera. Expresado en otras palabras, antes de que Jeremías naciera él existía en la mente de Dios.
(2)"según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habién donos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad" (Efesios 1:4,5).
No sólo a Jeremías; Dios también conocía a los miembros de su iglesia antes de que nacieran. Esto también es lenguaje figurado, basado en el conocimiento de Dios del futuro. En la segunda frase de esta cita Pablo muestra claramente lo que quería decir en lenguaje literal: "según el puro afecto de su voluntad".
(3)"ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros" (1 Pedro 1:20).
En la anterior cita, la palabra 'destinado' es interesante. Es la traducción de una palabra griega que significa "conocido por anticipado". De esa palabra nos han llegado al castellano: prognosis y pronóstico.
Prognosis es una palabra asociada por lo general con la medicina. Es un conocimiento anticipado de un suceso. Por ejemplo, un médico puede decir: «Este paciente tiene cáncer en el estómago. Mi prognosis es que continuará sangrando y posiblemente ha de morir en cuestión de un mes.»
Los médicos, por supuesto, cometen errores. Admiten que sus prognosis, al igual que los pronósticos del tiempo, con frecuencia salen errados. Dios es diferente. El ciertamente que conoce las cosas por anticipado. Una prognosis de Dios es absolutamente cierta.
Uno de los versículos citados anteriormente, entonces, nos dice que antes de que creara el mundo Dios sabía todo acerca de Jesús. Esto es de esperarse. También vimos en una de las otras citas que Dios sabía todo acerca de los primeros cristianos antes de la creación del mundo.
Jeremías, la primera iglesia y el Señor Jesús. Todos estaban ya en la mente de Dios, desde el comienzo del tiempo.
Por lo tanto no es de sorprender que Jesús dijera a su Padre celestial: "Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese". (Juan 17:5).
Ahora pues sabemos lo que él quería decir con estas palabras.
Dios el gran planificador
Cuando el hombre se propone hacer algo importante, comienza con el desarrollo de un plan.
Antes de lanzar un ataque el comandante de un ejercito prepara un plan de batalla y lo revela a sus generales. Antes de que se construya un edificio importante, un arquitecto tiene que hacer los planos.
Los planes de los hombres con frecuencia no se llevan a cabo. El enemigo puede realizar un movimiento sorpresivo que haga imposible que los generales comiencen el ataque. El edificio puede resultar demasiado costoso y los planes y los planos del arquitecto tienen que abandonarse.
Pero nada puede prevenir que Dios realice su plan con el mundo. Como ya hemos visto, él habla de su plan como si ya estuviera consumado, aun antes de comenzar a llevarlo a cabo.
El Antiguo Testamento tiene un nombre para el plan de Dios. Lo denomina: la sabiduría de Dios. Un diccionario bíblico describe la sabiduría en el Antiguo Testamento como "el irresistible cumplimiento de lo que Dios tiene en mente".
Esa es una buena definición. Se encaja perfectamente con el siguiente pasaje del Antiguo Testamento:
"¿No clama la sabiduría, y da su voz la inteligencia? A la entrada de las puertas da voces Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra" (Proverbios 8:1-23).
En otras palabras, antes que Dios comenzara su obra con este mundo él tenía su plan la sabiduría, como los judíos lo denominaban.
Los griegos que creían en muchos dioses, pero no en el Dios de la Biblia le daban a este plan un nombre diferente: logos, que se traduce como 'Verbo' o 'Palabra'. El mismo diccionario bíblico describe 'logos' como "el plan de Dios y el poder creativo de Dios".
Esto es muy útil ya que nos ayuda a comprender el capítulo primero del evangelio de Juan. Juan parece haber combinado la idea griega de la Palabra de Dios con la idea judía de la sabiduría de Dios. El evangelio de Juan comienza así: "En el principio era el Verbo". En otras versiones: "En el principio la Palabra existía" (versión Biblia de Jerusalén).
Hay mucha gente que no puede sacarle sentido a este pasaje. Otros creen que pueden entenderlo pero sacan una conclusión errónea, puesto que consideran que el Verbo es un ser viviente. Las palabras Verbo y Palabra tienen diferente géneros, una es masculina y la otra femenina. En el original en griego la palabra 'logos' es neutra.
Si pensamos en Plan en vez de Verbo (o Palabra), esto es lo que sacamos de Juan 1:
"En el principio era el Plan, y el Plan era con Dios, y el Plan era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por el Plan fueron hechas, y sin el Plan nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En el Plan estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres Y aquel Plan fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad." (Juan 1:1-14).
Estas palabras de Juan resumen la enseñanza bíblica en forma exquisita. Jesús existía en el cielo desde el principio pero no como persona. El existía como una gran idea en la mente de Dios, como la parte central del plan de Dios. No existió como persona sino hasta cuando nació en Belén. Entonces, como Juan dice: el plan fue hecho carne.
El honor que se debe a Jesús
Ahora que ya hemos visto lo que la Biblia realmente enseña acerca de Jesús podemos comenzar a darle honor, como quizás no lo hacíamos antes. Por qué esto es así se hace evidente si reconsideremos lo que hemos planteado.
Vimos que hay dos clases de lenguaje en la Biblia. Hay lenguaje literal, que significa exactamente lo que dice. Y hay lenguaje figurado, que tiene un significado más profundo del que parece a primera vista.
Cuando Jesús dijo que había descendido del cielo él nunca había estado personalmente en el cielo. Sus palabras no podían ser literalmente ciertas, sino que debían tener un significado figurado.
Puesto que Dios lo sabe todo él puede ver el futuro. Cuando Dios todopoderoso decide hacer algo ya se puede considerar como hecho. Antes de que creara el mundo Dios hizo un plan. Jesús fue el comienzo de ese plan, y la parte más importante de él. Los seguidores de Jesús también forman parte del plan. Las Escrituras se refieren tanto a ellos como a su Señor como si existieran antes de la creación del mundo.
Por supuesto que ni Jesús ni sus seguidores estaban vivos en ese entonces. Sólo existían en la mente de Dios como parte de su plan. En este sentido figurado todos ellos estaban en el cielo desde el principio de la creación.
Pero la vida real de Jesús sólo comenzó cuando nació en Belén. Su nacimiento fue un milagro. Dios fue su Padre, y María, una virgen, fue su madre.
Ella fue su madre verdadera, y Jesús fue tan hijo verdadero de ella como lo era de Dios. Debido a esto Jesús fue un hombre verdadero. Esto significa que sufrió las mismas tentaciones de pecar como cualquier otra persona.
Pero él conquistó la tentación, en forma absoluta. Llevó una vida libre de pecado y desarrolló un carácter perfecto. Como galardón por esto, Dios lo resucitó de entre los muertos y lo hizo la persona más importante del universo, después de sí mismo.
Si agradó a Dios dar tal honor a Jesús, nosotros también debemos honrarlo por las mismas razones. Debemos estar en capacidad de dirigir nuestra vista al cielo y decir a Dios:
Padre celestial, tu Hijo tuvo que luchar contra la tentación, lo mismo que yo tengo que hacerlo. El sabe cómo me siento.
Pero él ganó todas las batallas que tuvo contra la tentación, mientras que yo con frecuencia las pierdo. Señor, admiro su inmensa victoria y deseo que yo pudiera seguir su ejemplo mucho mejor que como lo hago ahora.
Pero yo soy débil, Señor. Ten misericordia de mí y ayúdame. Ayúdame a imitar a tu Hijo. Ayúdame a tratar de todo corazón de seguirle. Ayúdame a amarle, honrarle y obedecerle.
Dios Todopoderoso, tu Hijo pasó por esta vida de sufrimiento y muerte. Yo se que él me comprende, Señor, y por tanto te pido tu ayuda por medio de él. Yo sé que tú me escucharás.
ACERCA DE LA "PREEXISTENCIA" DE JESUCRISTO
Varios pasajes bíblicos parecen implicar que Jesucristo existió en alguna forma en el cielo antes de aparecer aquí en la tierra. La mayoría de estos pasajes se encuentran en el Evangelio de Juan. Por ejemplo:
"Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió." (Juan 6:38)
¿"Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?" (Juan 6:62)
"De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy." (Juan 8:58)
"Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese." (Juan 17:5)
Se argumenta que estas afirmaciones son claras y debemos aceptar la enseñanza bíblica de que Jesús vivió anteriormente en el cielo. Es cierto que los pasajes son claros, pero eso no significa necesariamente que debemos tomarlos en sentido literal. Hay otros pasajes bíblicos que son tan claros como estos, y sin embargo no los tomamos en sentido literal, aunque frecuentemente las personas que oyeron las palabras no sabían inicialmente cómo tomarlas. Muchos de estos pasajes también se encuentran en el Evangelio de Juan. Por ejemplo:
"Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?" (Juan 2:19-20)
"Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?" (Juan 3:3-4)
"Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla." (Juan 4:13-15)
"Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra." (Juan 4:34)
"Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera." (Juan 6:50)
"Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti..." (Mateo 18:9)
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame." (Lucas 9:23)
"Con Cristo estoy juntamente crucificado..." (Gálatas 2:20)
De la misma manera que no tomamos las anteriores afirmaciones en sentido literal, tampoco debemos tomar en sentido literal las afirmaciones de que Jesús vivió en el cielo antes de nacer en la tierra. En primer lugar, la Biblia afirma que Jesús es un hombre (ver Isaías 53:3, Juan 1:30, Juan 8:40, Hechos 2:22, Hechos 17:31, Romanos 5:15, 1 Corintios 15:21, 1 Corintios 15:47). Los hombres y mujeres comenzamos nuestra existencia cuando nacemos. En el caso de Jesús, Mateo y Lucas nos informan que María la madre de Jesús concibió por el poder del Espíritu de Dios, y Mateo nos habla del momento en que "Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes" (Mateo 2:1). Si Jesús no nació en forma real y normal en ese momento, ¿en qué sentido puede ser hijo de Abraham y de David, o incluso de María? Lucas nos dice que el niño Jesús "crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres." (Lucas 2:52) ¿Cómo puede haber crecido en sabiduría si antes de nacer ya era un ser celestial dotado de toda sabiduría? Y si Jesús abandonó toda su sabiduría y conocimiento anterior para nacer en la tierra como hombre, ¿cómo pudo seguir siendo la misma persona? ya que la esencia de cualquier persona es la totalidad de las experiencias y sabiduría adquirida en el transcurso de su vida. También el autor de la Epístola a los Hebreos dice que Jesús fue perfeccionado y aprendió la obediencia por medio de sus experiencias aquí en la tierra (Hebreos 2:10, 5:8), pero ¿cómo puede haberse perfeccionado aquí si antes de nacer ya era un perfecto y poderoso ser celestial?
Existía entre los judíos la idea de que un buen maestro "venía de Dios," pero no en el sentido de haber vivido en los cielos con Dios antes de nacer. Por ejemplo, en Juan 3:2 Nicodemo le dice a Jesús: "Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él." Sin embargo, no hay evidencia de que Nicodemo creyera que había existido literalmente en los cielos antes de nacer.
Si la Biblia aparentemente insinúa que Jesús vino del cielo, dice lo mismo acerca de otros hombres. Por ejemplo, Juan 13:3 dice que Jesús "había salido de Dios," y en Juan 16:28 Jesús dice "Salí del Padre, y he venido al mundo." Estas palabras son tomadas comúnmente como evidencia de la preexistencia de Jesús en el cielo, pero Juan 1:6 dice: "Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan." La frase afirma literalmente que Juan vino de la presencia de Dios, al igual que Jesús, pero nadie sostiene que Juan haya preexistido en el cielo.
Otro caso más claro aún es el del profeta Jeremías. En Jeremías 1:5 la palabra de Jehová vino al profeta diciendo, "Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te dí por profeta a las naciones." Estas palabras, tomadas literalmente, implican que Jeremías existía antes de nacer, pero nadie las toma en ese sentido. Significan que antes que el profeta naciera, Jehová ya sabía cómo sería y ya había decidido que cuando naciera lo nombraría como profeta a las naciones. Antes de nacer, Jeremías existía solamente en la mente y en el plan de Dios, quien conoce todas las cosas antes que existan. De la misma forma, Dios dice en Isaías 51:2 que "cuando [Abraham] no era más que uno solo lo llamé, lo bendije y lo multipliqué." Como ya había decidido que Abraham tendría una descendencia numerosa, habló de aquello como si ya fuera una realidad desde que lo decidió (ver también Isaías 46:10, 49:1-3, Romanos 4:17). El salmista dice: "Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas" (Salmos 139:16). Incluso en la esfera puramente humana, cuando un arquitecto se propone construir un edificio, primero hace una maqueta, y posiblemente la presenta diciendo: "Este es el edificio X," cuando todavía no es más que un proyecto.
El Nuevo Testamento dice que Dios escogió a los creyentes cristianos antes que nacieran, hablando como si ya existieran. En Efesios 1:4 Pablo dice que Dios "nos escogió en él [Cristo] antes de la fundación del mundo," lo que implica que si Cristo existía en aquel entonces, también existían las demás personas que iban a creer en él. En realidad, Pablo está hablando de la predestinación, el hecho de que Dios conoce de antemano quiénes van a nacer y qué papel harán en su plan y propósito. Unos versículos más adelante, en Efesios 1:11, el apóstol dice en forma explícita: "En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad." También dice en Romanos 8:29-30: "Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos." Dirigiéndose a Timoteo, Pablo habla de la "gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos" (2 Timoteo 1:9), como si todos los creyentes ya existieran en aquel entonces. De la misma forma el apóstol Pedro explica las alusiones a la supuesta "preexistencia" de Jesucristo diciendo que fue "ya destinado antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros" (2 Pedro 1:20).
En lo que se refiere a la "gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" (Juan 17:5), es obvio que Jesús no pudo haber gozado de esa gloria aunque realmente existiera en aquel entonces, puesto que las Escrituras enfatizan que sólo se hizo merecedor de esa gloria al completar en la cruz su victoria sobre el pecado. El escritor a los Hebreos dice:
"Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos." (Hebreos 2:9)
En Hechos 3:13, refiriéndose a la resurrección y ascensión de Jesús al cielo, Pedro dice:
"El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad."
En su primera epístola, Pedro dice que Dios "resucitó [a Jesús] de los muertos y le ha dado gloria..." (1 Pedro 1:21).
Jesús mismo, hablando a dos discípulos en el camino a Emaús, enfatiza que su glorificación era posterior a sus sufrimientos, diciendo:
"¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?" (Lucas 24:26; ver también Juan 7:39, Juan 12:16)
Los anteriores pasajes demuestran que Jesús no pudo haber gozado literalmente de gloria antes de su nacimiento, porque solamente podía recibirla después de haber terminado su ministerio en forma exitosa. Tanto la existencia de Jesús antes que el mundo fuese, como su glorificación, solamente pudieron haber existido en forma anticipada en la mente y propósito de Dios. Este propósito fue a menudo revelado por medio de los profetas. Hablando de lo que le iba a acontecer, el Señor dice, "A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él..." (Mateo 26:24). Los pasajes que son citados para apoyar la idea de la supuesta "preexistencia" de Jesucristo no indican que realmente viviera en el cielo antes de nacer. Simplemente enfatizan en lenguaje figurado el hecho de que la aparición del Señor Jesús en la tierra no fue una cosa fortuita sino un acontecimiento que fue determinado y autorizado por su Padre celestial desde antes de la creación del mundo.
lunes, 4 de noviembre de 2019
"No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará al Reino de los Cielos"
Escudriñando los dichos de Jesús el Cristo..
"No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en el cielo" (Mateo 7:21)
Notamos varias cosas en este versículo bíblico, y para entenderlo bien tenemos que saber que quien está hablando aquí es Jesús, el Hijo de Dios. Es a él a quien estarían llamando "Señor, Señor"..Él está hablando del reino de los cielos, que es lo mismo que el reino de Dios. Se está refiriendo al Mundo venidero, al reino que será establecido en la tierra cuando Jesús regrese. No está hablando de algo etéreo que esté en el corazón de los hombres, ni de ningún lugar "mas allá del sol", se trata de un reino literal, de un gobierno real aquí mismo en la tierra, donde se hará la voluntad del PADRE que está en el Cielo, aquí en la tierra como se hace en el cielo"
"Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre.
Venga tu Reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mateo 6:9-10)
Ese reino no existe en la tierra en la actualidad, sino que tenemos que orar pidiendo que que venga, que sea establecido..Cuando el ángel del Eterno anunció el nacimiento de Jesús, hizo a siguiente predicción:
"Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y le dará el Señor Dios el trono de David su padre; y reinará en la Casa de Jacob por siempre; y de su Reino no habrá fin". (Lucas 1:32-33)
Aquí la clave es "reinará sobre la casa de Jacob [Israel] para siempre" ¿Por lo que sabemos, Jesús no está reinando actualmente en Israel, en Jerusalem, "la ciudad del gran rey" (Salmo 48:2; Mateo 5:35). De modo que ese reino está todavia en el futuro, todavia por venir.
EL PADRE está en el cielo.
En la cristiandad extraviada, tienden a confundir a la gente enseñando doctrinas falsas acerca del Padre, de Dios. La gente piensa que Dios es una especie de deidad con tres cabezas, cada una de las cabezas es Dios, pero es una sola cabeza. Sin embargo, Jesús no pensaba ni enseñaba tal aberración. Para él, Dios, el Todopoderoso, era su PADRE y su DIOS. Él estaba claro acerca de su relación con el Padre, sabía y enseñaba que era "Hijo del Altísimo" (Salmo 83:18) y no el Altísimo mismo, ni parte integral de alguna deidad de tres cabezas. Pablo expresa esa relación de la siguiente manera:
"el Cristo es la cabeza de todo varón; y el varón la cabeza de la mujer; y Dios la cabeza del Cristo." (1 Corintios 11:3).
Pablo estaba hablando de una relación basada en autoridad. El Cristo es autoridad sobre el hombre (el varón), el varón es la autoridad sobre la Mujer, y Dios (el Padre Todopoderoso) es la Autoridad sobre el Cristo y sobre todos. Dios es Dios, y Jesús es Jesús, el varón es varón y la Mujer es Mujer. No hay nada misterioso o inexplicable sobre eso como en el llamado "dogma de la trinidad".
HACIENDO LA VOLUNTAD DEL PADRE.
Jesús el Cristo siempre hizo la voluntad de su Padre, aún cuando esa voluntad era morir en la cruz. Cuando le llegaba su hora, oró al PADRE diciendo:
"Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú" (Marcos 14:36). Pablo explica que Jesús se hizo "obediente (al PADRE) hasta la muerte, y muerte de cruz"..El autor de la carta a los Hebreos, añade:
"Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia" (Hebreos 5:7-8).
En el Salmo 40;8 estaba escrito proféticamente acerca de el Cristo:
"El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado,
Y tu ley está en medio de mi corazón[.
El Cristo llama a Su Padre "Dios mío", y era su agrado hacer la voluntad de Su Padre. Jesús es nuestro Modelo, nuestro ejemplo, si queremos agradar a Dios tenemos que serles agradables y hacer Su voluntad, aún cuando esa voluntad requiera padecer por serles obedientes.
Jesús dijo: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra". JESÚS tenía bien claro que la voluntad del que le envió, del PADRE, era "acabar Su Obra", es decir, poner en marcha la fase final del gran plan de redención, el cual quedará consolidaddo cuando él regrese para establecer el Reino de Dios sobre la tierra, comenzando desde Jerusalem, "la ciudad del gran rey".-
LLAMAR A JESÚS "SEÑOR, SEÑOR" NO ES SUFICIENTE.
Son muchos los que le llaman "Señor", pero,¿hacen todos la voluntad de Su Padre que está en el cielo? Están todos tratando fielmente de serles agradables al Padre obedeciendo sus mandamientos? La respuesta lamentablemente es no. La cristiandad se ha extraviado y se ha enmarcado en sistemas de religión con dogmas y doctrinas diversas y contradictorias. La Cristaianda extraviada deja mucho que desar y no está haciendo la voluntad del Padre que envió a Jesús. Ni siquiera estan haciendo ni enseñando lo que Jesús hizo y enseñó. Llamar a Jesús "Señor" implica obediencia y pureza en la enseñanza..ver a Jesús como el Hijo de Dios y no como "dios el Hijo"...es ver a Jesús como totalmente hombre, y no como un ser híbrido, mitad hombre y mitad dios. Lllamar a Jesús "Señor, Señor" implica ser obedientes a Dios y a Su Palabra, vivir en sumisión a la voluntad del Padre como vivió Jesús, andar como él anduvo. La voluntad de Dios es que creamos en su Hijo por lo que es,no por lo que los dogmas dicen que es, y que creyendo en él obtengamos la redención, el perdón de nuestros pecados.
Jesús declaró: "Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les digo"..Oir y obedecer la voz de Jesús el Cristo, como ovejas es la voluntad del que lo envió. "Mis ovejas oyen mi voz y me siguen, y yo le s doy vida eterna"...Esa es la voluntad de Dios que oigamos la voz de Jesús y sigamos en pos de él como el Representante legítimo del Padre que lo envió, lo ungió y lo hizo "Señor y Cristo". Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino es por el espíritu de santidad. Haciendo así entraremos en el reino de los cielos en el Mundo Venidero.
Yosef Rodriguez
Escudriñando los dichos de Jesús el Cristo..
"No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en el cielo" (Mateo 7:21)
Notamos varias cosas en este versículo bíblico, y para entenderlo bien tenemos que saber que quien está hablando aquí es Jesús, el Hijo de Dios. Es a él a quien estarían llamando "Señor, Señor"..Él está hablando del reino de los cielos, que es lo mismo que el reino de Dios. Se está refiriendo al Mundo venidero, al reino que será establecido en la tierra cuando Jesús regrese. No está hablando de algo etéreo que esté en el corazón de los hombres, ni de ningún lugar "mas allá del sol", se trata de un reino literal, de un gobierno real aquí mismo en la tierra, donde se hará la voluntad del PADRE que está en el Cielo, aquí en la tierra como se hace en el cielo"
"Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre.
Venga tu Reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mateo 6:9-10)
Ese reino no existe en la tierra en la actualidad, sino que tenemos que orar pidiendo que que venga, que sea establecido..Cuando el ángel del Eterno anunció el nacimiento de Jesús, hizo a siguiente predicción:
"Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y le dará el Señor Dios el trono de David su padre; y reinará en la Casa de Jacob por siempre; y de su Reino no habrá fin". (Lucas 1:32-33)
Aquí la clave es "reinará sobre la casa de Jacob [Israel] para siempre" ¿Por lo que sabemos, Jesús no está reinando actualmente en Israel, en Jerusalem, "la ciudad del gran rey" (Salmo 48:2; Mateo 5:35). De modo que ese reino está todavia en el futuro, todavia por venir.
EL PADRE está en el cielo.
En la cristiandad extraviada, tienden a confundir a la gente enseñando doctrinas falsas acerca del Padre, de Dios. La gente piensa que Dios es una especie de deidad con tres cabezas, cada una de las cabezas es Dios, pero es una sola cabeza. Sin embargo, Jesús no pensaba ni enseñaba tal aberración. Para él, Dios, el Todopoderoso, era su PADRE y su DIOS. Él estaba claro acerca de su relación con el Padre, sabía y enseñaba que era "Hijo del Altísimo" (Salmo 83:18) y no el Altísimo mismo, ni parte integral de alguna deidad de tres cabezas. Pablo expresa esa relación de la siguiente manera:
"el Cristo es la cabeza de todo varón; y el varón la cabeza de la mujer; y Dios la cabeza del Cristo." (1 Corintios 11:3).
Pablo estaba hablando de una relación basada en autoridad. El Cristo es autoridad sobre el hombre (el varón), el varón es la autoridad sobre la Mujer, y Dios (el Padre Todopoderoso) es la Autoridad sobre el Cristo y sobre todos. Dios es Dios, y Jesús es Jesús, el varón es varón y la Mujer es Mujer. No hay nada misterioso o inexplicable sobre eso como en el llamado "dogma de la trinidad".
HACIENDO LA VOLUNTAD DEL PADRE.
Jesús el Cristo siempre hizo la voluntad de su Padre, aún cuando esa voluntad era morir en la cruz. Cuando le llegaba su hora, oró al PADRE diciendo:
"Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú" (Marcos 14:36). Pablo explica que Jesús se hizo "obediente (al PADRE) hasta la muerte, y muerte de cruz"..El autor de la carta a los Hebreos, añade:
"Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia" (Hebreos 5:7-8).
En el Salmo 40;8 estaba escrito proféticamente acerca de el Cristo:
"El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado,
Y tu ley está en medio de mi corazón[.
El Cristo llama a Su Padre "Dios mío", y era su agrado hacer la voluntad de Su Padre. Jesús es nuestro Modelo, nuestro ejemplo, si queremos agradar a Dios tenemos que serles agradables y hacer Su voluntad, aún cuando esa voluntad requiera padecer por serles obedientes.
Jesús dijo: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra". JESÚS tenía bien claro que la voluntad del que le envió, del PADRE, era "acabar Su Obra", es decir, poner en marcha la fase final del gran plan de redención, el cual quedará consolidaddo cuando él regrese para establecer el Reino de Dios sobre la tierra, comenzando desde Jerusalem, "la ciudad del gran rey".-
LLAMAR A JESÚS "SEÑOR, SEÑOR" NO ES SUFICIENTE.
Son muchos los que le llaman "Señor", pero,¿hacen todos la voluntad de Su Padre que está en el cielo? Están todos tratando fielmente de serles agradables al Padre obedeciendo sus mandamientos? La respuesta lamentablemente es no. La cristiandad se ha extraviado y se ha enmarcado en sistemas de religión con dogmas y doctrinas diversas y contradictorias. La Cristaianda extraviada deja mucho que desar y no está haciendo la voluntad del Padre que envió a Jesús. Ni siquiera estan haciendo ni enseñando lo que Jesús hizo y enseñó. Llamar a Jesús "Señor" implica obediencia y pureza en la enseñanza..ver a Jesús como el Hijo de Dios y no como "dios el Hijo"...es ver a Jesús como totalmente hombre, y no como un ser híbrido, mitad hombre y mitad dios. Lllamar a Jesús "Señor, Señor" implica ser obedientes a Dios y a Su Palabra, vivir en sumisión a la voluntad del Padre como vivió Jesús, andar como él anduvo. La voluntad de Dios es que creamos en su Hijo por lo que es,no por lo que los dogmas dicen que es, y que creyendo en él obtengamos la redención, el perdón de nuestros pecados.
Jesús declaró: "Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les digo"..Oir y obedecer la voz de Jesús el Cristo, como ovejas es la voluntad del que lo envió. "Mis ovejas oyen mi voz y me siguen, y yo le s doy vida eterna"...Esa es la voluntad de Dios que oigamos la voz de Jesús y sigamos en pos de él como el Representante legítimo del Padre que lo envió, lo ungió y lo hizo "Señor y Cristo". Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino es por el espíritu de santidad. Haciendo así entraremos en el reino de los cielos en el Mundo Venidero.
Yosef Rodriguez
lunes, 28 de octubre de 2019
SU PARTE EN LAS PROMESAS DE DIOS
La Enseñanza Bíblica Acerca de la Esperanza de Israel:
Hablamos a menudo de la esperanza en nuestras conversaciones cotidianas. Decimos, "Espero que pronto se sienta mejor," o "Esperamos visitar a la familia este año," o "Espero que la huelga termine la próxima semana." Queremos decir que hay algo en el futuro que nos agradaría mucho que ocurriera, y nos sentimos cautelosamente optimistas de que así sucederá. La vida sin esperanza sería muy desagradable. Incluso en lo peor de las circunstancias a la gente le agrada ver el lado bueno. Un poeta escribió, "La esperanza brota eterna en el pecho humano." La esperanza puede dar a los hombres una extraordinaria tenacidad de espíritu. Mineros atrapados por un derrumbe o marineros a la deriva en una balsa, a menudo lucharán contra la muerte durante días, convencidos de que sus amigos vendrán a rescatarlos antes de que sea demasiado tarde. Lamentablemente, por supuesto, algunas veces quedan desilusionados. Puede que la roca que cayó sea demasiado profunda para horadarla, o que nadie sepa que el barco ha zozobrado. En este caso la probabilidad a la que se aferran no existe, y su esperanza es una ilusión.
Una Esperanza con Fundamento
La esperanza es un tópico que aparece frecuentemente en la Biblia. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, los escritores están llenos de optimismo. Ellos se desenvuelven en un mundo a menudo triste e injusto donde con mucha frecuencia el inocente sufre mientras que los malvados triunfan. No obstante ellos tienen una tremenda confianza en que un día el Creador va a enderezar esa situación. No sólo eso, sino que parecen estar convencidos de que ellos mismos participarán en las mejoras que vendrán. Escuchemos, por ejemplo, al salmista: "Tú has hecho grandes cosas; oh Dios, ¿quién como tú? Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra […]. Asimismo yo te alabaré con instrumento de salterio, oh Dios mío; tu verdad cantaré a ti en el arpa, oh Santo de Israel. Mis labios se alegrarán cuando cante a ti" (Salmos 71:19-23). No hay duda en cuanto a la confianza de este hombre en el futuro.
De manera más resignada, el apóstol Pablo le escribe a Timoteo diciendo, "Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe." Veamos lo confiado que él está, mientras continúa: "Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Timoteo 4:6-8).
Este último pasaje es especialmente interesante porque fue escrito desde una celda de muerte. El emperador romano se había vuelto contra los cristianos, y el viejo apóstol luchaba por su vida. Había habido una primera audiencia ante la corte, y él estaba esperando la segunda. Él ya sabía cuál sería el resultado cuando escribió la carta al joven Timoteo desde su helada prisión. Iba a morir. A pesar de esta sombría perspectiva, Pablo estaba lleno de esperanza. A diferencia del minero atrapado o del marino náufrago, él no se aferraba a la débil probabilidad de que algo ocurriría—algún documento vital, o quizás un testigo amigable que lo salvara de la acusación. Su esperanza trasciende la certeza de su muerte. Él estaba absolutamente seguro de que incluso después de que haya muerto, el Dios del cielo lo levantaría a una vida nueva y renovada, en el último día.
Convicción Total
La esperanza de los escritores de la Biblia es mucho más fuerte que un cauteloso optimismo. Ellos tienen ideas precisas acerca de lo que ocurrirá en el futuro, y están seguros de que su esperanza se realizará. Posiblemente Ud. le envidia al apóstol Pablo su convicción, especialmente si Ud. está pasando por dolor o sufrimiento en su vida. Tal vez Ud. haya dudado en el pasado de que siquiera hubiese algo que esperar más allá del sepulcro. Posiblemente Ud. se pregunta adónde va el mundo, y qué heredarán sus hijos y nietos cuando Ud. haya fallecido. Bueno, anímese. La Biblia tiene la llave del futuro, tanto del mundo como de Ud. personalmente. Presenta un plan que Dios ha venido cumpliendo fielmente desde el principio, y que está basado en ciertas promesas que él hizo. El bosquejo general, empezando con Abraham, el patriarca de Israel, y extendiéndose por medio de los profetas hasta los escritos del Nuevo Testamento, es tan claro y lógico que hasta un niño puede entenderlo. Puede darle a Ud. una seguridad que lo acompañará por el valle más oscuro de sufrimiento. Dios ha proporcionado evidencia tan fuerte para apoyar su fe que sólo la insensatez del orgullo podría cegar sus ojos. Siga leyendo Ud. para ver cómo todo concuerda.
Las Promesas Hechas a Abraham
El principio de nuestra historia está en el Antiguo Testamento, el libro del pueblo de Israel. No deje que esto lo desanime. El Antiguo Testamento no es ni redundante ni anticuado. Puede que el material le sea poco familiar, pero en estos primeros libros de la Biblia se puede encontrar un verdadero tesoro. Por ejemplo, pocas personas han oído hablar de las promesas a Abraham, no obstante forman el fundamento mismo del plan maestro de Dios. Repasémoslas brevemente.
Abraham fue un personaje notable, que vivió cerca de 2,000 años ante de a.C. Residía en una ciudad llamada Ur, en la tierra que ahora se conoce como Iraq. Un día lo visitó un mensajero del Señor, quien le dijo que dejara su ciudad natal. "Vete," le dijo el Señor, "a la tierra que te mostraré" (Génesis 12:1). Debido a que confiaba en Dios, Abraham vendió todas sus posesiones y emprendió el viaje por el desierto con su esposa, Sara, su padre y un sobrino. Llegaron a la tierra que actualmente conocemos como Israel, donde el Señor se le apareció de nuevo y le dijo: "A tu descendencia daré esta tierra" (Génesis 12:7).
Este generoso ofrecimiento fue especialmente grato para Abraham y su esposa Sara porque a pesar de haber disfrutado de un matrimonio largo y feliz, no tenían hijos, pues Sara era estéril. Pero ahora parecía que el Señor les estaba prometiendo tanto una familia como también un lugar donde vivir. Pasaron algunos años. Abraham y Sara continuaron viviendo en su tienda, esperando pacientemente que algo ocurriera, pero no había señal de que hubiese un niño en camino, y los habitantes nativos de la región continuaron ocupando el territorio que Dios le había prometido a Abraham.
Una noche volvió a aparecer el mensajero del Señor. Abraham aprovechó la oportunidad para hacerle dos observaciones importantes. "Mira," se quejó respetuosamente, "que no me has dado prole." En respuesta, fue llevado afuera de su tienda para mirar el cielo, donde brillaba una multitud de estrellas. "Cuenta las estrellas, si las puedes contar", se le dijo. "Así será tu descendencia". El otro punto que inquietaba a Abraham era el asunto de la tierra. "Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los caldeos, para darte a heredar esta tierra," le recordó el ángel. "Señor Jehová," replicó Abraham, "¿en qué conoceré que la he de heredar?" (Génesis 15:3-8).
Un Pacto Solemne
En respuesta, el Señor procedió a celebrar con Abraham un solemne acuerdo, según la costumbre de la época, denominado "pacto." Se le instruyó que juntara unos animales y aves cuidadosamente especificados, los cuales fueron sacrificados. Los cuerpos de los animales se partieron en dos pedazos, los cuales fueron colocados en el suelo uno en frente del otro, de manera que quedó una especie de pasillo entre ellos. Normalmente, en el caso de un pacto celebrado entre dos hombres, los dos contrayentes caminaban por entre los pedazos, sellando de este modo un acuerdo legalmente obligatorio para los dos. En este caso, como Dios solo estaba prometiendo algo a Abraham, sólo él caminó por entre los pedazos. Lo que Abraham vio en la oscuridad fue un horno humeante y una antorcha de fuego, en cuya forma Dios a menudo se revelaría a su pueblo. Abraham quedó satisfecho. Un pacto confirmado por Dios de esta manera no podía romperse.
Ahora los años continuaron pasando rápidamente. Con el tiempo, a medida que Abraham crecía en el conocimiento de Dios, las promesas se repitieron y ampliaron. Pero dos componentes de ellas no sufrieron cambio—la posesión de la tierra y el futuro de los descendientes de Abraham. Vale la pena examinar el desarrollo de las promesas según se registra en Génesis 13, 15, 17 y 22. La promesa más impresionante de toda la serie era la última. Ésta empezó con un juramento: "Por mí mismo he jurado," dijo el Señor. Y prosiguió con algo ya conocido: "Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar." Finalizó en términos misteriosos: "Tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra" (Génesis 22:17, 18).
Nótese el cambio de una descendencia o "simiente" numerosa a un descendiente singular (véase Gálatas 3:16). Fijémonos también en la importancia de éste. "Poseer la puerta" de alguno es un modismo hebreo. En tiempos antiguos, la puerta era la única entrada a una ciudad fortificada. También era el lugar donde los gobernantes de ella se reunían formalmente. Poseer la puerta de su enemigo significaba dominarlo completamente. El descendiente de Abraham habría de ser vencedor, y traer felicidad universal. ¿A quién tenía Dios en mente? Abraham sólo podía conjeturar, y creer.
Veinticinco años después de que se hicieron las promesas, Sara le dijo a Abraham con gran agitación que iba a tener un bebé. Dios estaba cumpliendo su palabra. Durante todo ese tiempo Abraham nunca dudó de que Dios le daría un hijo. El apóstol Pablo hace este comentario acerca de él en Romanos: "Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido" (Romanos 4:20, 21). La fe de Abraham era inquebrantable.
No Había Herencia…Todavía
El único punto perturbador en la biografía de este gran pionero es el hecho de que cuando murió, aún no había recibido la tierra en posesión. Dios se la había prometido varias veces, así como a sus descendientes. No obstante, como relata Esteban, Dios "no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie" (Hechos 7:5). Ni siquiera murió en una casa propia, sino en una simple tienda de campaña. No obstante, la confianza de Abraham en Dios pudo superar incluso este obstáculo final. En las palabras de la carta a los Hebreos, tanto Abraham como su esposa e hijos "conforme a la fe murieron . . . sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos" (Hebreos 11:13).
Ahora usted puede darse cuenta por qué a Abraham se le llama "padre de los fieles." Dios le había llevado a la tierra prometida y le había dado un hijo. Puesto que Dios también le había dicho que heredaría la tierra, él creía que así sería aun cuando tuviera que morir.
Cuatro siglos después de la muerte de Abraham, su familia había crecido hasta llegar a ser una nación. Dios había repetido la promesa de la tierra a su hijo Isaac y a su nieto Jacob, de manera que se transmitiera de generación en generación. Jacob recibió un segundo nombre, Israel. Él tuvo doce hijos, cada uno de los cuales llegó a ser la cabeza de una tribu o clan compuesto de miles de miembros. Durante un tiempo de hambre, la familia emigró a Egipto y se estableció allí. A medida que se multiplicaban, los egipcios sintieron temor del poder de ellos y los esclavizaron. Moisés, el gran legislador, fue enviado a liberarlos. Después de una serie de calamidades que arruinaron su país, el Faraón egipcio fue obligado a dejarlos ir, y los israelitas se pusieron en marcha por el desierto en dirección a su patria prometida. Notablemente, este acontecimiento mismo se había predicho en una de las promesas hechas a Abraham, lo que usted puede verificar por sí mismo en Génesis 15:13-16.
El Juramento de Dios a Israel
En el monte Sinaí, el ángel del Señor hizo otro pacto con todo el pueblo de Israel. Sellado con la sangre de los sacrificios, el Pacto Mosaico dio a los israelitas la llave para tomar y poseer la tierra de Israel, en tanto guardaran los sabios mandamientos de la Ley de Dios. Años después, mientras se hallaban en la frontera de la Tierra Prometida, Moisés les recordó que, después de cientos de años, Dios estaba a punto de cumplir su promesa de dar esa tierra a los descendientes de Abraham: "por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa . . . . Conoce, pues," continuó él, "que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones" (Deuteronomio 7:8, 9).
Esta fue una declaración asombrosa. Una generación típica se extiende aproximadamente por un cuarto de siglo. Mil generaciones requerirían hasta veinticinco mil años de cumplimiento de la promesa. Tan absolutamente confiable es la palabra de Dios. Ciertamente, varias promesas de Dios tuvieron un incuestionable cumplimiento a medida que los israelitas cruzaban el Jordán rumbo a las colinas y pastizales de la tierra que se les daba.
Pasemos por alto varios cientos de años en que no hubo acontecimientos de magna importancia, hasta la época de la monarquía de Israel. El rey David, bien conocido por ser el autor de muchos de los Salmos, fue, al igual que Abraham, un gigante de la fe. Algo de su amor por Dios y su insistencia en la verdad y la justicia se desprende de sus escritos. En las Escrituras se habla de Abraham como amigo de Dios. El Señor llamó a David "un varón conforme a mi corazón." Ambos epítetos identifican a estos hombres como personajes excepcionales.
Durante el viaje por el desierto y la subsiguiente ocupación de la tierra, los israelitas habían adorado a Dios en el tabernáculo, una construcción portátil con forma de tienda de campaña. Ahora la nación estaba establecida firmemente con un rey y una capital en Jerusalén. David estimaba que sería una linda idea edificar para el Señor un santuario más permanente hecho de piedra. Cuando le propuso esta idea al profeta Natán, quedó decepcionado de que se le dijera que el proyecto debía aplazarse hasta que su hijo llegara a trono. Sin embargo, dijo Natán, el Señor se había conmovido por la preocupación de David por su honra, y por lo tanto expuso una magnífica promesa para David y su familia, muy parecida a la que le había hecho a Abraham.
El Pacto con el Rey David
En realidad, fue una promesa tan solemne que se le llama el pacto con David, o pacto davídico.Y al igual que las promesas hechas a Abraham, combinaba sencillas y prácticas ideas con misteriosas declaraciones que deben haber confundido a David durante años. Aquí está un ejemplo, tomado de 2 Samuel 7: "Jehová te hace saber," dijo Natán, "que él te hará casa" (v. 11). Parecía una extraña declaración, por cuanto era David quien quería edificar una casa a Dios. Pero a medida que continuaba hablando el profeta, quedó obvio que Jehová tenía en mente una diferente clase de casa: "Yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino" (vv. 12, 13).
Hasta ese momento, la promesa señalaba claramente a Salomón, hijo de David, quien le sucedería en el trono. Pero Dios continuó: "Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo" (v. 14). Aquí se presentaba un problema. ¿Cómo podría esa persona ser hijo de David y tener al mismo tiempo a Dios como Padre? Era muy misterioso. La culminación de la promesa llegó al final: "Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente" (v. 16). La casa de David era claramente su familia o dinastía.
Pero, qué promesa más grandiosa—que al linaje de la familia de uno se le garantizara una sucesión continua al trono, no sólo por cien años, ¡sino para siempre! Fue una promesa por la cual David se regocijó por el resto de su vida: "Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente," escribe él en el Salmo 89. "No olvidaré mi pacto," Dios había insistido: "Una vez he jurado por mi santidad, y no mentiré a David. Su descendencia será para siempre, y su trono como el sol delante de mí" (vv. 1, 34-36).
Una vez más Dios había hecho una promesa que, por amor a su nombre, no podía romper; y el rey David, como Abraham, murió creyendo que el Dios eterno cumpliría su palabra.
Ahora debemos avanzar rápidamente cinco siglos más, llegando al drama del cual el apóstol Pedro dice que "nos ha dado preciosas y grandísimas promesas" (2 Pedro 1:4). Es un trayecto con un final feliz.
Las Promesas de la Restauración
Salomón, el hijo de David, efectivamente edificó una casa a Dios, un magnífico y costoso templo en Jerusalén que permaneció por cientos de años. Cuando murió, una trágica guerra civil dividió al país, y la nación fue gobernada por dos reyes rivales. A medida que pasaba el tiempo, el vigor espiritual del pueblo declinaba y las leyes de Dios quedaron en desuso. De vez en cuando había avivamientos, principalmente entre las tribus de Judá y Benjamín quienes retenían el templo y la ciudad capital, Jerusalén. Pero lentamente las normas morales declinaron, y la paciencia de Dios se agotó. El derecho de Israel a la tierra dependía de su obediencia a él, y ellos flagrantemente habían roto las condiciones para tenerla. Esta fue la era de los profetas. Siendo fiel a su nombre, el Señor mostró infinita compasión, levantando mensajeros especiales, inspirados por el Espíritu Santo, para que advirtieran al pueblo que el camino que estaban siguiendo los llevaría al desastre.
Pero las advertencias no tuvieron efecto. Con el tiempo las diez tribus del reino norteño de Israel fueron invadidas por los asirios y deportados físicamente de la tierra, y lo mismo aconteció un siglo y medio después a las dos tribus restantes, Judá y Benjamín, las cuales fueron llevadas cautivas a Babilonia. Realmente parecía que era el fin. Mientras se quemaba el hermoso templo y se destruía el palacio, Sedequías, el decimonoveno rey en sentarse en el trono de David, era cegado y llevado cautivo, para nunca regresar. ¿Qué puede decirse de la promesa a Abraham, de que sus descendientes poseerían la tierra? ¿Y acerca del pacto con David, de que siempre habría alguien que ocuparía su trono? ¿Había olvidado Dios su promesa? O peor aún, ¿era Jehová menos poderoso que los dioses paganos de Babilonia? El pueblo tenía mucha necesidad de guía espiritual.
En ese mismo momento, cuando la luz de Israel parecía apagarse, asombrosamente se produjo la más formidable promulgación de promesas de parte de los profetas. Ellos insistían que las calamidades que les habían ocurrido no eran fortuitas sino que eran el juicio de Dios. No habría salida del castigo. Sin embargo, había esperanza para el futuro. La nación no se extinguiría. Aún habría un rey que reinaría en el trono de David. Y un día Dios les enviaría al Mesías, un poderoso libertador, quien les llevaría de vuelta a la tierra que habían dejado, y los gobernaría en paz para siempre.
La Profecía de Isaías Acerca del Mesías
Aquí mostramos tres extractos de las promesas que hizo Dios en este período. Se han tomado de tres profetas diferentes.
Isaías vivió antes del fin, y pudo ver la escritura en la pared: "Oh, gente pecadora," exclama en su capítulo inicial, "pueblo cargado de maldad […], dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana" (1:4-6). No obstante, capítulos enteros de su libro están llenos de alabanza y gratitud por la liberación venidera ofrecida por Dios. "Sacúdete del polvo; levántate y siéntate, Jerusalén […], cantad alabanzas, alegraos juntamente, soledades de Jerusalén; porque Jehová ha consolado a su pueblo, a Jerusalén ha redimido," dice gozoso el profeta. Él ve al pueblo hollado por naciones vengativas, cuando Dios se presenta en fuego y terremoto para liberarlos: "Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego." Porque, continúa él, "un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre" (9:5-7).
Iasías visualiza al final a este rey davídico presidiendo sobre un imperio mundial en el que todas las naciones viven en paz y las leyes de Dios salen de Jerusalén: "Acontecerá en lo postrero de los tiempos que . . . de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos . . . no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra" (2:2-4). Estas profecías habrían parecido imposibles para un judío viviendo al tiempo de la caída de Jerusalén. No obstante, el Dios que cumple su palabra por mil generaciones, las estaba anunciando.
Jeremías y el Nuevo Pacto
Nuestro segundo profeta vivió durante el asedio a Jerusalén. Vio como la ciudad era saqueada y al pueblo llevado cautivo. No obstante, Dios hizo a Jeremías algunas de las más claras profecías del Antiguo Testamento acerca del futuro de su pueblo: "He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto."
El antiguo pacto fue el que se había hecho con la nación en el Sinaí, por el cual se les daba la Tierra Prometida, con ciertas condiciones. Este nuevo pacto reemplazaría al antiguo: "Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo" (Jeremías 31:32-34). En vez de que sus mandamientos quedaran en tablas de piedra, serían impresos en el corazón de los hombres. Todo el pueblo conocería al Señor, continuó el profeta. Dios les perdonaría su iniquidad y no se acordaría más de sus pecados.
Si todo eso parecía muy poco probable para los contemporáneos de Jeremías, quienes marchaban al cautiverio en Babilonia, él pudo animarlos con las siguientes palabras: "He aquí que yo los reuniré de todas las tierras a las cuales los eché con mi furor . . . y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma" (32:37, 41). Una y otra vez Jeremías repitió esta promesa acerca de la restauración del pueblo a su tierra. Y si la fe de ellos se debilitaba al ver que su rey era llevado cautivo junto con ellos, el profeta incluso tenía una reconfirmación acerca del trono: "Haré brotar a David un Renuevo de justicia, y hará juicio y justicia en la tierra . . . . Porque así ha dicho Jehová: No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel" (33:15, 17).
"Juicio y justicia"—esas palabras hacen eco de la declaración que encontramos en Isaías ciento cincuenta años antes. Ambos profetas visualizaron el linaje de David como un árbol genealógico del cual brotaría una ilustre rama, un ser excepcional que ocuparía el trono de Israel para siempre. Ambos profetas también reafirman con seguridad y firmeza la promesa abrahámica acerca de la tierra, a la cual el pueblo sería finalmente restaurada a pesar de su dispersión.
La Visión de Ezequiel Acerca del Reino
Finalmente llegamos al profeta Ezequiel, quien vivió más tarde aún. Ezequiel pasó la mayor parte de su vida como prisionero de guerra en Babilonia. Pero él también tuvo una maravillosa visión de paz y bendición para el pueblo de Abraham: "Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país," profetiza él; "esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias" (Ezequiel 36:24, 25). Dios iba a perdonar y olvidar todas las fechorías de la nación. Como los profetas anteriores, Ezequiel se regocija acerca de la venida del rey y de las promesas hechas a los ancestros de Israel: "Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, en la cual habitaron vuestros padres; en ella habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre; y mi siervo David será príncipe de ellos para siempre" (37:25). No hay equivocación en la claridad y vigor de la garantía de Dios a su pueblo. Por oscuro que fuera el presente, ellos tenían algo muy positivo que esperar.
Los israelitas estuvieron cautivos en Babilonia por casi tres cuartos de siglo. Entonces hubo una revolución en la cual los persas se apoderaron del imperio babilonio. En el primer año de su reinado, el nuevo rey promulgó una amnistía, permitiendo que todo judío que así lo deseara regresara a su país. Muchos lo hicieron, y empezaron la penosa tarea de reconstruir sus arruinadas propiedades.
Quizás se preguntaban si acaso el Mesías aparecería para hacerles la vida más fácil. Si bien habían regresado del cautiverio, sin embargo la vida no era la misma. Gemían bajo los impuestos de sus amos imperiales, y según pasaban los años eran invadidos y aplastados por ejércitos que venían del norte y del sur. La gran mayoría de sus hermanos se hallaban dispersos, vagando entre lejanas naciones. Y ningún rey ocupaba el trono de David.
La Venida de Jesús
Una joven de la tribu de Judá, comprometida pero no casada, se hallaba en su casa de Nazaret. Sorprendida por una llamada a su puerta, se encontró frente a un visitante que afirmaba ser un ángel del Señor: "Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo," le dijo él, "y llamarás su nombre JESÚS". Hasta ahí, las palabras nos recuerdan alguna obra teatral navideña. Pero considere el resto del mensaje: "Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo," dijo el ángel, "y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin" (Lucas 1:31-33). Realmente uno no puede dejar de percibir el vínculo con aquellas promesas del Antiguo Testamento. "El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra," dijo el ángel finalmente a María, "por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios" (v. 35).
De una plumada, el misterio de siglos estaba aclarándose. Jesús, el hijo de María, sería un ser excepcional, el único capaz de cumplir el pacto con David. Descendía de David y al mismo tiempo era Hijo de Dios: "Yo le seré a él Padre," había dicho Dios a David, y el poder del Espíritu Santo de Dios produjo el nacimiento de Jesús.
Además, Jeremías había prometido: "No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel", y el ángel dijo que Jesús reinaría para siempre en ese mismo trono. Finalmente, debido a que David era descendiente de Abraham, Jesús también pertenecía al linaje de la promesa hecha a Abraham acerca de una bendición a todas las naciones: "Él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1:21), ¿y qué mayor bendición podría haber que la de quitar la terrible carga del pecado humano que produce tanto dolor, enfermedad y muerte a todos los hombres? Así que, calladamente y sin drama, aquel que salvaría a Israel y al mundo nació en un establo en la ciudad de su antepasado David.
La Misión de Cristo
Cuando Jesús empezó su predicación pública a la edad de treinta años, había en Judá una gran expectativa. Sus seguidores le llamaban Mesías, o Ungido—el Libertador que vendría. El título "Cristo," en el idioma griego del Nuevo Testamento es el equivalente exacto del término "Mesías" del Antiguo Testamento. Todos los judíos esperaban ansiosamente que Jesús desafiara a Roma, liberara a Israel de sus enemigos, y asumiera el trono. Sus extraordinarios milagros de sanidad reforzaban la convicción de que él era enviado de Dios.
Pero el pueblo quedó desilusionado. Jesús anduvo como maestro itinerante, evitando la militancia política. Sus enemigos, los líderes de Israel, celosos de su popularidad, exitosamente urdieron su muerte. Después de tres años, en los cuales transformó la vida de miles por medio de su ejemplo y sus enseñanzas pacíficas, fue traicionado y ejecutado como criminal. Los judíos permanecieron dispersos y desunidos. El trono de David continuó vacío. Incluso el cuerpo de Jesús desapareció. Parecía como que una vez más, Dios había hecho una promesa que no se había cumplido. Por seis largas semanas Jerusalén quedó sumida en la desilusión...
El misterio revelado
De improviso, la capital fue agitada por sorprendentes noticias. Los discípulos de Jesús, llenos del mismo poder del Espíritu Santo que había inspirado a los antiguos profetas, estaban proclamando que Jesús estaba vivo de nuevo. Lo habían visto, habían comido con él, y presenciaron su ascensión al cielo. Y más asombroso aún, ellos podían mostrar en las escrituras del Antiguo Testamento, que todos creían conocer muy bien, el hecho de que el Mesías siempre tuvo la intención de morir en la cruz, y resucitar. Nada había salido mal. Todo estaba en el plan de Dios.
"Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer", declaró Pedro el pescador. "Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que venga de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado, a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas" (Hechos 3:18-21).
Todo estaba claro de nuevo. Jesús era el Salvador de Israel y de las naciones del mundo, tal como habían dicho los profetas. Pero él tenía que venir dos veces. Tenía que venir una vez a morir como portador de pecados y libertador del gran enemigo que son el pecado y la muerte eterna. Tenía que venir por segunda vez, para salvar a su pueblo de sus opresores y reinar sobre el mundo entero. Había ascendido a la diestra de Dios, pero no para siempre. Estaba allí solamente hasta el momento en que se establecería todo lo que Dios había hablado por medio de los profetas.
Con esta llave, las profecías acerca del Mesías se abren como un cofre de tesoros. Los pasajes en los que el reinado victorioso del Mesías parecían contradecir las descripciones de su muerte, ahora quedaban claros en forma instantánea. Vea, por ejemplo, Isaías capítulos 52 y 53. El capítulo 52 describe el gozo de Jerusalén cuando el Mesías la liberaba de sus captores.
Por el otro lado, el capítulo 53 predice en penosos detalles su humillante crucifixión. Vistos como las dos venidas, ambos capítulos tienen perfecto sentido.
O considere el Salmo 2; enfocado desde cierta perspectiva, este pasaje habla de los enemigos del Mesías que se combinan para darle muerte. Pero si se cambia de perspectiva se verá al Mesías rodeado una vez más por enemigos, pero esta vez victorioso, como lo decreta su Padre: "Yo he puesto mi rey sobre Sión, mi santo monte" (v.6). Podríamos continuar analizando otros pasajes más, pero usted sentirá una gran complacencia al desentrañar por sí mismo el misterio. Es exactamente a eso lo que los apóstoles del Nuevo Testamento llamaron las buenas nuevas—un misterio revelado, un secreto, para el cual ahora ellos tenían la llave.
La Necesidad de la Segunda Venida
También había otro misterio que los apóstoles podían resolver. Tal vez usted ya se esté haciendo la pregunta obvia—¿Por qué Dios dispuso dos venidas? ¿Por qué no se levantó Jesús de entre los muertos con poder inmortal, para reinar de inmediato en el trono de David? ¿Por qué debió haber un largo intervalo de dos mil años? La respuesta a esa pregunta es especialmente importante para usted y para mí, y ocupa gran parte del Nuevo Testamento.
Leamos las palabras del apóstol Pablo en Efesios 3: "Por revelación me fue declarado el misterio," dice él, el cual "en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio" (vv. 3, 5, 6).
Estas son palabras maravillosas. Un gentil es alguien que no es judío. Por siglos, la palabra de Dios y sus promesas pertenecieron casi exclusivamente al pueblo de Israel. Ahora, dice el apóstol Pablo, la red del evangelio ha sido lanzada en forma más amplia para incluir a gente de otras naciones. Esas grandes promesas acerca del reino que sera gobernado por el Mesías también pueden ser nuestras. "En otro tiempo," escribe Pablo, "vosotros, los gentiles en cuanto a la carne… estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo" (Efesios 2:11-13).
¿Notó Ud. cómo este pasaje ilumina nuestro tema, la Esperanza de Israel? Los efesios por naturaleza estaban sin esperanza, como millones hoy día, y como usted tal vez esté en este momento. Pero ellos habían aprendido acerca de los "pactos de la promesa," que hemos estado estudiando. Habían abrazado la esperanza atesorada en esas promesas. Por medio de la sangre de Cristo se habían acercado a Dios.
Un Pacto Sellado con Sangre
Lo mejor de los pactos de promesa que hizo Dios está aún en el futuro. No sabemos precisamente cuándo se van a cumplir. La mayoría de personas que han creído y esperado en las promesas de Dios ya están en el sepulcro, y es posible que también nosotros muramos antes de que venga Jesús de nuevo. No obstante, la gloriosa verdad es que incluso aunque muramos, aún podremos disfrutar del gozo del reino de Dios. Como el apóstol Pablo escribió en su celda de muerte, podemos ser traídos de vuelta a la vida para recibir "la corona de justicia, la cual me dará el Señor," dijo él, "en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Timoteo 4:8).
Cuando venga el Mesías, él levantará de entre los muertos a aquellos que han muerto en fe, y les dará un cuerpo inmortal y fuerte como el suyo. Ciertamente Abraham estará allí; y también David, y Pablo. También nosotros podemos estar allí.
Todo esto es posible por medio de la sangre de Cristo, es decir, por su muerte, que nos ha acercado a Dios. Porque ya sea que seamos judíos o gentiles, somos pecadores. Quebrantamos las leyes de Dios, y no merecemos sino la muerte. La muerte de Jesús, el ofrecimiento de su vida sin pecado en sacrificio, rompió el poder del sepulcro para todos los que se le unen, crucificándose con él (ver Lucas 9:23, Romanos 6:3-8, Gálatas 2:20 y 5:24, Colosenses 2:12, 20). De modo que las dos venidas están inseparablemente ligadas. La cruz precede a la corona; el siervo sufriente llega a ser el rey de reyes. Y la misma tierra donde Abraham esperó en su tienda, y en la que Jesús caminó con las buenas nuevas del reino, se dará a ellos dos y a su familia para que la disfruten para siempre
Cuando Pedro se puso de pie en Jerusalén en el día de Pentecostés y empezó a explicar el misterio de las dos venidas, él tenía un mensaje urgente para el pueblo. Veamos sus palabras de nuevo: "Arrepentíos," exclamó, "y convertíos" (Hechos 3:19). Él estaba exhortando a sus oyentes a que se prepararan para la venida de Jesús cambiando su vida, cambiando de rumbo y caminando por otro camino. Temprano ese día cuando la multitud le había preguntado qué deberían hacer, él les dijo: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados" (2:38).
Herederos de la Promesa
Cuando usted empiece a apreciar la esperanza que Dios nos ofrece en su palabra, querrá saber cómo poseerla. Se da cuenta a medida que avanza en la lectura, que él establece unas normas de conducta que Ud. dista mucho de alcanzar. Si realmente quiere agradar a Dios, sentirá la necesidad, como aquellos hombres de Jerusalén, de tener una conciencia limpia. La manera que Dios ha prescrito para nosotros es bautizarse en el Señor Jesús, lavando simbólicamente en las aguas nuestra vida anterior, y empezando de nuevo como si fuéramos recién nacidos, miembros del pueblo santo de Dios. Entonces, según el Nuevo Testamento, seremos herederos de aquellas promesas del reino de Dios: "Pues todos sois hijos de Dios," escribe Pablo, "por la fe en Cristo Jesús" (Gálatas 3:26).
¡Imagine eso! ¡Qué privilegio ser llamados hijos e hijas de Dios! "Porque todos los que habéis sido bautizado en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (vv. 27-29). Todo lo que Jesús ha de heredar—la tierra, el trono, la bendición—todo esto será nuestro. Qué emocionante y conmovedor es pensar en lo que Dios nos ofrece. Es como si ya estuviésemos siendo incorporados al nuevo pacto que Dios hará con su pueblo. Las leyes de Dios están escritas en nuestro corazón, nuestros pecados son lavados, y somos aceptables para vivir en esa era cuando la guerra y el hambre, el pecado y el dolor serán eliminados para siempre de la tierra.
Pablo usa otra figura de dicción en Romanos 11. Dice que nosotros los gentiles somos como vástagos de un olivo silvestre que ha sido injertado en el tronco del olivo de Israel. Compartimos la rica savia que mantiene la vida, y estaremos allí para el tiempo de la cosecha. "Quiero que entiendan este misterio, hermanos," dice el apóstol, al explicar el largo intervalo que hay entre las dos venidas: "Ha acontecido a Israel endurecimiento en parte." Él quiere decir que sólo una minoría del pueblo judío aceptó las buenas nuevas que trajeron Jesús y los apóstoles; el corazón del resto era demasiado duro para que en él creciera la buena semilla del reino.
Pero la dureza del corazón de Israel no es para siempre. "Hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles," continua Pablo, "y luego todo Israel será salvo, como está escrito"—y luego él cita de uno de los pasajes de Isaías acerca del Mesías—"Vendrá de Sión el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos," añade él, repitiendo el pasaje que leímos en Jeremías 33, "cuando yo quite sus pecados" (Romanos 11:24-27).
Las Señales que Indican que Dios No ha Olvidado su Promesa
¿Cómo sabemos que la venida de Jesús está muy cerca? Hay una sencilla respuesta. ¡Miremos a Israel! Esparcido entre las naciones durante siglos, los judíos nunca se han extinguido, ni pueden serlo, si Dios ha de cumplir su palabra. En nuestra propia generación, ellos han empezado a regresar a su tierra. En 1967 recuperaron Jerusalén, o Sión, su antigua capital. Y ahora sus enemigos se están congregando contra ellos. El escenario está preparado para que venga el Libertador a su trono, para que Dios establezca a su Rey sobre su santo monte de Sión. Todas las señales están ahí para fortalecer nuestra fe. El Dios que mantiene sus pactos por mil generaciones está extendiendo su brazo otra vez.
Terminemos con un hermoso pasaje, que resume la gran esperanza de Israel en la cual hemos estado pensando por tanto tiempo. Dijimos que nos puede dar consuelo, dirección, y valor para hacer frente a todas las tormentas de la vida. Así es precisamente como el apóstol lo expresa en la Epístola a los Hebreos: "Dios hizo la promesa a Abraham […], juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente."
Segura Como un Ancla
"Por lo cual," continúa él, "queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento: para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros" (Hebreos 6:13-18). Dos cosas inmutables: tenemos la palabra de Dios, que por sí sola debería ser suficiente. Para hacer doblemente segura la promesa, nos ha dado también un juramento. Significa que simplemente no podemos dudar de que la promesa se cumplirá. "La cual tenemos," concluye él, "como segura y firme ancla del alma" (v. 19).
Los hombres y las mujeres que creen en las promesas de Dios están tan seguros como un barco, sacudido en una oscura noche en un mar tempestuoso, protegido contra todo peligro por la fuerte ancla que se adhiere profundamente a la roca del fondo. ¿No quiere usted hacer suya esta esperanza?
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