YESHUA NO FALLÓ: EL MESÍAS QUE CUMPLIÓ EL ORDEN QUE MUCHOS NIEGAN
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Por Ezzard CancelEscribo sobre este tema tan importante como Moreh Yirmeyahu ben Avraham (Ezzard Cancel). Y lo hago con respeto por el pueblo judío y por la tradición, pero con una espada en la mano: la Escritura. Porque si algo me quema por dentro, es ver cómo se repite la frase “Yeshua no cumplió” como un mantra mientras se ignoran —o se esconden— tanto los textos de la Tanaj como los propios testimonios del judaísmo antiguo (Midrash, Talmud, Targum) que reconocen exactamente el patrón que Yeshua encarna: primero el Mesías sufriente, luego el Mesías reinante. Y voy a hablar sin anestesia: a veces el rechazo rabínico no es por falta de evidencia, sino por miedo a lo que la evidencia obliga a admitir.
El judaísmo rabínico moderno suele presentar una lista fija: “El Mesías debe traer paz mundial (Isaías 2; 11), reunir a los exiliados (Isaías 11), reconstruir el Templo (Ezequiel 40–48), restaurar el trono davídico (2 Samuel 7; Jeremías 23) y establecer obediencia universal a la Torá.” Y luego concluye: “Yeshua no lo hizo; por tanto, no es.” Pero esa conclusión depende de un supuesto que la Tanaj nunca exige: que el Mesías debe cumplir todo en una sola venida, sin fases, sin intervalo, sin “primicias” y sin consumación. Eso es una regla rabínica, no un versículo. La Escritura, en cambio, presenta un Mesías que sufre y luego es exaltado; que es rechazado y luego reina; que trae expiación primero y shalom cósmico después.
Ahora viene el golpe que hace temblar: el judaísmo antiguo conocía una tensión real entre dos perfiles mesiánicos. Y para explicarla, preservó una enseñanza que hoy muchos usan pero pocos predican con honestidad: Mashíaj ben Yosef y Mashíaj ben David. No es un invento cristiano. Está dentro del propio discurso rabínico. En b. Sukkah 52a, los sabios discuten el gran lamento de Zacarías 12:10 y registran la opinión de que el llanto es “por Mashíaj ben Yosef que fue muerto” (b. Sukkah 52a). Detente ahí. El texto talmúdico no está diciendo “el Mesías no muere”; está diciendo que hay una tradición donde sí muere, y que Jerusalén lo llora como se llora a un hijo unigénito, justamente como lo describe el profeta.
Y no solo eso: el propio Talmud conserva retratos del Mesías como alguien marcado por dolor y sufrimiento. En b. Sanhedrin 98a, cuando se pregunta por el nombre del Mesías, aparece la célebre respuesta que lo asocia con el “leproso” o el “afligido” (la expresión varía según manuscritos y traducciones), vinculándolo al lenguaje de Isaías 53 de cargar enfermedades/dolores (b. Sanhedrin 98a). No digo esto para “burlarme” de la tradición; lo digo porque el judaísmo rabínico, en sus propios registros, preservó la idea de un Mesías identificado con aflicción. ¿Cómo entonces se puede predicar hoy que el Mesías sufriente “no es judío” o que “es un invento cristiano”?
Aquí está el punto que quiebra la negación: la Tanaj describe con claridad un Mesías/Siervo que sufre vicariamente. Isaías 52:13–53:12 no es poesía vaga: es un expediente judicial. “Despreciado”, “herido”, “traspasado”, “molido”, “castigado”, “cargó el pecado de muchos”, “como cordero fue llevado al matadero”, “cortado de la tierra de los vivientes”, y sin embargo “verá fruto”, “prolongará días” y “mi siervo justo justificará a muchos” (Isa 53). Eso no es propaganda nacional; es sustitución. Y cuando el judaísmo rabínico intenta convertir al Siervo en “Israel colectivo”, tropieza con el mismo texto: el Siervo es descrito como inocente (“no hubo engaño en su boca”), sufre por “mi pueblo” (distinción textual), y su muerte es “ofrenda por la culpa”. Aun si alguien insiste en una lectura corporativa, el pasaje sigue exigiendo una lógica de expiación vicaria que culmina en una figura representativa. Yeshua encaja exactamente ahí.
Ahora, lo que muchos no quieren tocar: Daniel 9:26 afirma que después de cierto período profético “será cortado el Ungido (Mashíaj) y no tendrá…” antes de las calamidades que culminan en la destrucción de Jerusalén/Templo (Dan 9:26). El texto no está diciendo “el Mesías reina y ya”; está diciendo “cortado”. Esto golpea directamente el argumento popular: “el Mesías no puede morir”. Daniel lo contradice. Y si aceptas que el Ungido es “cortado” dentro de la era del Segundo Templo, entonces la ventana histórica aprieta el cuello: ¿quién apareció en ese período con un movimiento mesiánico, murió y dejó una huella mundial ligada al Dios de Israel? La respuesta no es cómoda, pero es simple: Yeshua.
Zacarías no suaviza la escena. En Zacarías 12:10, el Eterno declara: “mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán…” (Zac 12:10). La lectura rabínica antigua que lo relaciona con el lamento por Mashíaj ben Yosef muerto como aparece en b. Sukkah 52a no es un “argumento cristiano”; es un reconocimiento interno de que el texto apunta a un drama mesiánico con herida mortal (b. Sukkah 52a). Y si el judaísmo puede leer “traspasado” y pensar “Mesías muerto”, ¿por qué se prohíbe al lector considerar que Yeshua —traspasado y llorado— encaja con esa profecía?
El Salmo 22 añade otra capa: burla pública, manos y pies afectados, ropa repartida “echando suertes”, y luego la vindicación que se convierte en proclamación a las naciones (Sal 22). Muchos debates se centran en detalles filológicos (“como león” vs “perforaron” según tradiciones textuales), pero incluso dejando esa disputa a un lado, el patrón del salmo es innegable: aflicción extrema + humillación pública + vindicación + expansión del conocimiento de Dios. Eso es precisamente el arco mesiánico que el rabinismo moderno quiere romper en dos para que Yeshua no encaje: sufrimiento por un lado (no mesiánico), reinado por otro (mesiánico). Pero el salmo los une en un solo relato.
Ahora vamos a la tradición judía antigua de forma más directa. Hay materiales midráshicos y aggádicos que describen al Mesías sufriendo por Israel. Un ejemplo citado con frecuencia en discusiones rabínicas sobre el Mesías sufriente es Pesiqta Rabbati (a menudo referido alrededor de secciones como 36–37 en ediciones modernas), donde aparece un retrato del Mesías que carga sufrimientos/aflicciones en conexión con la redención. (Reconozco que la numeración exacta puede variar por edición, pero el motivo “Mesías que toma sufrimientos” está allí en Pesiqta Rabbati en el ciclo de consolación). Este material no es “Nuevo Testamento”; es literatura judía que dialoga con Isaías y con la esperanza mesiánica.
También es muy significativo que en arameo antiguo, el Targum (paráfrasis interpretativa) en algunos pasajes mesiánicos identifica explícitamente al “Siervo” con el Mesías en Isaías 52:13 (“He aquí, mi siervo prosperará…”), en tradiciones atribuidas al Targum Jonathan a los Profetas. No todas las líneas del Targum manejan Isaías 53 de forma uniforme (a veces suaviza; a veces reorienta), pero el hecho es que en el judaísmo arameo temprano hay un impulso claro: ver mesianidad en ese bloque (Targum Jonathan a Isa 52:13, en muchas ediciones). ¿Qué significa esto? Que no es honesto afirmar que “Isaías 53 nunca se leyó mesiánicamente en judaísmo”. Sí se leyó. Y eso abre la puerta a Yeshua.
El Zohar (misticismo judío medieval, pero preservando y elaborando motivos antiguos) también desarrolla la idea de un Mesías que carga sufrimientos, describiéndolo tomando sobre sí dolores y enfermedades por Israel. Se cita comúnmente un pasaje del Zohar (a menudo referenciado como Zohar II 212a en ediciones estándar) donde el Mesías soporta aflicciones. No uso el Zohar como “prueba final” (porque su datación es posterior), pero lo traigo porque muestra algo crucial: incluso dentro del judaísmo posterior existe una memoria viva del Mesías sufriente, no solo del rey triunfante.
Entonces, ¿qué está pasando? Está pasando esto: el judaísmo rabínico moderno exige un Mesías que sea solo Mashíaj ben David (reino visible inmediato) y rechaza un Mesías que sea Mashíaj ben Yosef (sufrimiento, muerte, expiación). Pero el judaísmo antiguo, según sus propias fuentes, reconoció ambos perfiles y los conservó como categorías reales (b. Sukkah 52a). Y la Tanaj, por su parte, contiene ambos retratos: el Rey davídico de Isaías 11 y Jeremías 23, y el Siervo doliente de Isaías 53 y el Ungido “cortado” de Daniel 9:26. La pregunta no es si existen dos perfiles; la pregunta es: ¿quién los une?
Yeshua los une.
Porque Yeshua entra primero como siervo. Viene “humilde” como el rey de Zacarías 9:9, no con caballo de guerra sino con mansedumbre profética (Zac 9:9). Viene a hacer lo que la Torá siempre puso en el centro: expiación. Y aquí el rabinismo moderno se encuentra en un callejón sin salida histórico: desde el 70 d.C. no hay altar ni sacrificios. La Torá enseña que la sangre hace expiación (Lev 17:11). Yom Kippur en Levítico 16 no es una metáfora; es liturgia con sangre y santuario. El judaísmo rabínico reconstruyó el sistema alrededor de teshuvá, oración y obras de justicia —cosas valiosas, sí—, pero la pregunta bíblica permanece: ¿qué haces con el mecanismo de expiación establecido por Dios en la Torá cuando ya no tienes el medio que Dios ordenó? Ahí es donde Yeshua no solo “encaja”: resuelve. Si el Siervo es “asham” (ofrenda por culpa) en Isaías 53, entonces la expiación no desaparece: se cumple.
Yeshua, como Mashíaj ben Yosef, carga dolor, rechazo y muerte. Pero como Mashíaj ben David, promete consumación: juicio justo, restauración, paz y reino manifiesto. El rabinismo se burla de la idea de dos fases, pero en la práctica ya acepta dos perfiles (b. Sukkah 52a) y acepta un Mesías asociado al sufrimiento (b. Sanhedrin 98a). Lo que no quiere aceptar es la conclusión inevitable: que esos dos hilos convergen en una sola persona.
Y ahora el golpe final, el que pone a temblar: si el judaísmo niega a Yeshua porque “no trajo la era mesiánica completa”, entonces está exigiendo el final sin el principio. Porque la era mesiánica de paz universal presupone un mundo reconciliado con Dios. Y el mundo no se reconcilia con Dios sin expiación. La Torá y los Profetas gritan que el pecado debe ser tratado, no maquillado. Isaías 53 trata el pecado. Daniel 9 trata el “cortar” del Ungido. Zacarías 12 trata el traspasado llorado. Y el Talmud conserva la tradición del Mesías muerto (b. Sukkah 52a). ¿Qué estás haciendo con todo eso si rechazas a Yeshua? Estás haciendo una de dos cosas: o estás forzando el texto a decir lo que tu sistema necesita, o estás posponiendo indefinidamente lo que Dios ya presentó en la historia.
Ahora enfrentemos otra objeción que se presenta como definitiva, casi como un “jaque mate”: “Yeshua no reconstruyó el Templo; por tanto, no puede ser el Mesías.” Esta afirmación se repite con seguridad, pero descansa otra vez sobre una lectura superficial tanto de la Tanaj como de la propia historia judía. Porque el problema no es que Yeshua “no construyó” el Templo; el problema es qué Templo, cuándo, para qué y en qué orden profético.
Primero, seamos honestos con el texto: la Tanaj no exige que la reconstrucción del Templo ocurra antes de la expiación del pecado. Al contrario, el patrón bíblico es exactamente el opuesto. En Éxodo, el Mishkán se establece después de la redención de Egipto. En Levítico, el acceso al Santuario está mediado por sangre. En Isaías, la gloria futura viene después de que el Siervo cargue la culpa. El orden siempre es: redención → purificación → morada divina. Nunca al revés.
Ezequiel 40–48 describe un Templo glorioso, sí, pero el propio libro de Ezequiel ya ha mostrado algo clave: la Shejiná abandona el Templo por causa del pecado (Ez 10–11). ¿Qué sentido tendría reconstruir un edificio sin antes resolver el problema que expulsó la Presencia? El error rabínico moderno es exigir arquitectura sin expiación, estructura sin santidad, edificio sin gloria.
Ahora viene el golpe textual: Yeshua sí habló del Templo, pero no como ellos esperaban. En Juan 2:19–21, Yeshua declara: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”, y el texto aclara explícitamente: “Él hablaba del templo de su cuerpo.” Esto no es una evasión simbólica; es una afirmación teológica radical: el Templo definitivo no es primero de piedra, sino de carne glorificada. La morada de Dios entre los hombres (Shejiná) ya no está limitada a muros, sino manifestada en el Ungido.
Y esto no viola la Tanaj; la cumple. Porque el mismo Ezequiel que describe un templo futuro también ve la gloria de Dios regresar primero, no los albañiles (Ez 43:1–5). La Presencia precede a la estructura. Yeshua, como Mashíaj ben Yosef, trae de vuelta la Presencia en forma humana, tabernaculizando entre nosotros (cf. el lenguaje de “moró”/“tabernaculizó” en Juan 1:14, profundamente judío). El error no es bíblico; es de expectativas.
Más aún: el Segundo Templo seguía en pie cuando Yeshua vino. ¿Por qué exigirle reconstruir lo que aún no había sido destruido? Daniel 9:26 lo deja claro: primero el Ungido es “cortado”, y luego vienen las desolaciones que culminan en la destrucción de la ciudad y el Santuario. El texto no dice: “el Mesías reconstruye el Templo y luego muere”; dice lo contrario. Exigir que Yeshua reconstruya un Templo antes de su destrucción histórica es pedirle que contradiga la profecía que marca su muerte antes del juicio sobre Jerusalén.
Y aquí el argumento rabínico se vuelve autodestructivo: si el Mesías debía reconstruir el Templo, pero el Templo fue destruido en el año 70, entonces o el Mesías tenía que venir antes de esa fecha, o la profecía queda en suspenso indefinido. Pero el judaísmo también afirma que el Mesías debía aparecer en la era del Segundo Templo. Ambas cosas no pueden ser negadas a la vez. Yeshua aparece exactamente en esa ventana, muere exactamente como Daniel lo anunció y el Templo es destruido después. El patrón encaja. La negación no.
Ahora, vayamos más profundo: la Torá enseña que el Templo es el lugar donde se hace expiación. Pero desde el 70 d.C., no hay altar, no hay sacrificio, no hay sangre. El judaísmo rabínico dice: “Oración y buenas obras sustituyen los sacrificios.” Pero eso no es Torá; eso es emergencia teológica. Levítico 17:11 no dice “la oración hace expiación”; dice que la sangre la hace. Y si Isaías 53 declara que el Siervo es asham (ofrenda por culpa), entonces la expiación no se canceló con la destrucción del Templo: se trasladó al cuerpo del Mesías. Yeshua no vino a competir con el Templo; vino a cumplir su función.
Incluso la tradición rabínica reconoce, aunque no lo admita públicamente, que el Templo sin expiación es un cascarón. El Talmud mismo pregunta por qué el Segundo Templo fue destruido y responde: por pecado (b. Yoma 9b). Si el pecado destruye el Templo, entonces solo la expiación puede preparar su restauración. Yeshua hace exactamente eso: trata el pecado primero. El Templo glorioso vendrá después, en la fase de Mashíaj ben David.
Finalmente, la acusación “no reconstruyó el Templo” revela algo más profundo: una obsesión con lo visible y una resistencia a lo espiritual. Pero la Tanaj enseña que Dios no habita eternamente en casas hechas por manos humanas (cf. Isaías 66:1–2). El Templo siempre fue señal, no fin. Y cuando la señal se cumple, insistir en ella como condición absoluta es perder el propósito.
Así que no, Yeshua no “falló” en construir el Templo. Él estableció el fundamento sin el cual ningún templo puede sostenerse. Expiación antes que edificación. Presencia antes que piedra. Redención antes que gloria. Ese es el orden bíblico. Todo lo demás es tradición elevada por encima de la Escritura.
Y el día que Yeshua vuelva como Mashíaj ben David, el Templo no será una prueba de su mesianidad; será la consecuencia inevitable de ella.
Escribo con amor por el Beit HaMikdash y con esperanza firme en que el Santo, bendito sea, volverá a levantar Su Casa. No escribo para despreciar el Templo, ni para negar su lugar eterno en el plan de Dios, sino para hablar con honestidad sobre un hecho que el judaísmo conoce, registra y rara vez medita con profundidad: lo que ocurrió en el Templo después de la muerte y exaltación de Yeshua.
La Torá enseña que el Templo no es solo un edificio, sino el lugar de encuentro entre el cielo y la tierra, donde Dios estableció un mecanismo sagrado de expiación. Levítico 16 no es simbólico; es litúrgico. Yom Kippur no es una idea; es un acto ordenado por el Eterno. Y una de las señales asociadas a ese acto, preservada por la tradición rabínica, era la tira de lana carmesí (lashón shel zehorit) que, al ser aceptada la expiación, se volvía blanca, cumpliendo Isaías 1:18: “aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve vendrán a ser blancos.”
Esto no lo inventaron los discípulos de Yeshua. Esto lo conserva el judaísmo mismo. El Talmud declara que durante aproximadamente cuarenta años antes de la destrucción del Segundo Templo, esa señal dejó de manifestarse.
“Durante los últimos cuarenta años antes de la destrucción del Templo, la tira escarlata no se volvía blanca…”
— b. Yoma 39b
No se trata de una crítica al Templo. Se trata de un hecho histórico-religioso registrado por los propios sabios. El servicio continuaba. Los sacerdotes ministraban. El pueblo ayunaba y oraba. Pero la señal celestial cesó. El cielo guardó silencio.
Y esta no fue la única señal. El mismo pasaje talmúdico menciona otras anomalías: la lámpara occidental que se apagaba, las suertes que ya no favorecían consistentemente a Adonai, las puertas del Templo que se abrían solas. Los sabios entendieron que algo profundo estaba ocurriendo en la relación entre Israel, el Santuario y el cielo.
La pregunta honesta no es: “¿Falló el Templo?”
La pregunta correcta es: ¿qué estaba haciendo Dios en ese tiempo?
La cronología es imposible de ignorar. Cuarenta años antes del 70 d.C. nos sitúan en la generación de Yeshua. En el período inmediatamente posterior a su muerte, resurrección y ascensión, el sistema sacrificial continúa externamente, pero sin confirmación visible del cielo. No porque el Templo haya perdido su santidad, sino porque la expiación había sido abordada de una manera nueva y más profunda, tal como lo anticiparon los Profetas.
Isaías 53 habla de un Siervo que es asham, ofrenda por la culpa. Daniel 9 habla del Ungido que sería “cortado” antes de la desolación del Santuario. Zacarías habla del traspasado llorado por Jerusalén. Ninguno de estos textos niega el Templo; todos apuntan a una obra expiatoria que precede a la restauración final.
Desde esta perspectiva, el silencio de la señal no es rechazo al Beit HaMikdash; es transición. Es como el silencio del cielo entre Malaquías y Juan el Bautista: no ausencia de Dios, sino preparación para una nueva etapa del plan redentor. El Templo seguía siendo santo, pero ya no era el punto final. La historia avanzaba hacia su clímax.
Y aquí es donde afirmo, sin contradicción alguna: el Templo se volverá a levantar. Ezequiel 40–48 no ha sido abolido. Zacarías 14 no ha sido cancelado. Isaías 2 no ha sido anulado. La Casa de Dios será restaurada en gloria y las naciones subirán a Jerusalén. Pero ese Templo futuro no será un intento humano de recuperar lo perdido; será la manifestación visible de una redención ya establecida.
Primero, expiación.
Luego, restauración.
Primero, Mashíaj ben Yosef.
Luego, Mashíaj ben David.
El hecho de que la lana no se volviera blanca no es una acusación contra el Templo, sino un testimonio silencioso de que Dios había provisto expiación de una forma que el sistema antiguo ya no podía señalar. No se trató de desprecio, sino de cumplimiento. No de reemplazo, sino de preparación para algo mayor.
Cuando el Beit HaMikdash vuelva a levantarse, no será para volver a empezar, sino para coronar la obra del Santo, bendito sea. Y entonces, lo que fue anticipado en sombra y señal se manifestará en plenitud.
Que el Eterno nos conceda ojos para ver el orden de Su obra, sin despreciar lo que fue, sin negar lo que es, y sin perder la esperanza de lo que será.
Lo digo con temor y con fuego: negar a Yeshua no es neutral. No es “yo espero otro”. Es resistir el patrón que la Escritura y la memoria judía antigua dejan sobre la mesa. Porque si el Mesías debía venir en el marco profético del Segundo Templo, si debía sufrir por el pecado, si debía ser traspasado, llorado, “cortado”, y si la tradición rabínica admite un Mashíaj ben Yosef muerto, entonces el rechazo de Yeshua deja de ser “falta de evidencia” y empieza a parecer lo que es: una negativa a rendirse ante la conclusión.
Yeshua no “falló”. Yeshua cumplió el orden. Vino como Mashíaj ben Yosef para expiar, y volverá en plenitud como Mashíaj ben David para reinar. Y si eso te ofende, pregúntate por qué: ¿por qué no está en la Tanaj? ¿o por qué está demasiado claro en la Tanaj?
Que el Santo, bendito sea, abra los ojos de Israel y de las naciones.
— Moreh Yirmeyahu ben Avraham (Ezzard Cancel) de Antorcha Nazarena Ministries
BA in History / Minor in Education
MA in Theological Studies / Jewish Roots Concentration
Diplomado en Estudios Hebraicos (En proceso)
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