"EL QUE ME HA VISTO, HA VISTO AL PADRE"....¿QUÉ QUISO DECIR YESHÚA (JESÚS)?
"EL QUE ME HA VISTO, HA VISTO AL PADRE"....¿QUÉ QUISO DECIR YESHÚA (JESÚS)?
Otro pasaje que se utiliza mucho para defender o sostener la falsa doctrina del estado intermedio, es Lucas 16:19-31; la parábola del rico y Lázaro. El relato dice que ambos, después de morir, se encontraron en el Hades, incluso Abraham, también se encontraba allí. Muchos enseñan que esta historia, narrada por Jesús, no es una parábola, sino un hecho real del que él tenía conocimiento. Tal suposición tiene como argumento el hecho que Jesús usara nombres propios en su narración, detalle que no aparece en otras parábolas. Pero nada puede ser más absurdo que esta teoría. En primer lugar, porque ésta es la última de una serie de parábolas que pronunció Jesús entre los capítulos 14 y 16 de Lucas para ilustrar a los judíos de su tiempo, el gozo y las bendiciones que experimentarán aquellos que sean dignos de entrar en su reino que pronto sería instaurado, en contraste con el sufrimiento y tormento de quienes estén excluidos de él, como sería el caso de la nación hebrea apostata. Al hacer un rápido recorrido por todos los ejemplos que Jesús pronunció en esa ocasión, uno puede percibir que de un modo muy discreto el tema central de su pictórico discurso, tiene que ver con la exclusión irreversible de la nación judía a los privilegios del reino que pronto llegaría. Tal exclusión no era simplemente por un decreto divino, sino que, lamentablemente por la dureza de sus corazones al rechazar al Cristo, y por la insensatez de creer que nada ni nadie podría removerlos de su posición.
Las parábolas de Lucas 14 al 16
La mención a aquellos que buscaban los primeros asientos en el banquete de bodas (Lc.14:7), era una clara alusión a la arrogancia de los líderes judíos, quienes se creían con todos los derechos y privilegios por sobre los demás; lo mismo hacían el resto del pueblo con respecto a los gentiles y gente desposeída de bienes y salud. La advertencia era: que si no se humillaban y arrepentían, otros serían puestos en el lugar de ellos. Luego Jesús narra la parábola de la gran cena (Lc.14:15), en respuesta a uno que le insinuó, cuan bienaventurado sería el que comiera pan en el reino de Dios. Los primeros convidados indudablemente eran los judíos, pero estos al rechazar la invitación de Dios, en la persona de su Hijo, la oferta llegó a esos que ellos despreciaban, los gentiles. Les advirtió sobre la importancia de abandonarlo todo por él, de lo contrario no eran aptos para el reino (Lc.14:33). Cuando habló de cuan buena era la sal, pero que si ésta perdía su sabor no servía para nada y solo había que tirarla fuera (Lc.14:34, 35), se refirió nuevamente a los judíos, quienes no estaban cumpliendo con su rol en el mundo, de acuerdo con el propósito de Dios y, por lo tanto, los dejaría fuera de su reino. Es interesante observar la indicación que hace al finalizar la parábola: «El que tiene oídos para oír, oiga».
Las tres parábolas del capítulo 15 ilustran una misma lección: la acogida tierna y amorosa que da el Señor en su reino, a quienes, legalmente, no la merecen, y subraya la condición secundaria que da a quienes creen merecerla. De esta forma llegamos al capítulo 16 donde Jesús narra las últimas dos parábolas; y aunque los personajes y circunstancia varían entre una y otra, hay una gran similitud entre ambas. La primera, trata de un hombre rico que tiene un mayordomo acusado de disipar sus bienes, pero que éste, al ser llamado por su amo a rendir cuenta de su mayordomía y recibir la noticia que ya no seguiría como administrador de sus bienes, actuó sagazmente, pero haciendo algo ilícito, renegociando las cuentas de los deudores de su amo, con el fin de que al ser despedido, ellos le acogieran en sus hogares. El relato dice que el amo alabó la acción del mayordomo, pero no dice que le perdonó, pues, le llama mayordomo malo (v.8). No se debe pensar que esta historia avala las acciones ilícitas con tal de obtener beneficios; no, en lo absoluto. Jesús al concluir la parábola dijo: que quien no era fiel o leal con lo ajeno, no se le podría entregar lo que sí le pertenecía (v.12); Israel no fue un administrador fiel de los bienes de su Dios, muy por el contrario, despilfarró las riquezas de Dios y ,por lo tanto, fue despojado de su mayordomía. En Mt.21:43 leemos lo que Jesús dijo a los principales sacerdotes y fariseos: Por tanto os digo, que el Reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. El cristiano está llamado a ser un buen administrador de los bienes de Dios: Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel (1Cor.4:2). Y por último, nos encontramos con la parábola que nos llevó a hacer este recorrido, el rico y Lázaro.
Los tres personajes descritos en la historia (el rico, Lázaro y Abraham) están muertos, pero actúan como si no lo estuviesen. Se ven completos físicamente, sienten sed, pueden hablar, mirar, experimentar. La Biblia en el Antiguo Testamento enseña que en el lugar a donde van los muertos no hay actividad alguna: Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría (Ecles. 9:10). Por otro lado, Jesús enseñó que quienes fueran dignos de alcanzar la resurrección de entre los muertos, la que tendría lugar dentro de aquella generación, no podrían hacer ya más ninguna actividad que hacían cuando estaban en vida, porque serían semejantes a los ángeles de Dios (Lc.20:35 y 36), por lo tanto, en este relato no hay ningún fundamento bíblico para sostener la falacia del estado intermedio.
En segundo lugar, y como ya expliqué, ésta es una parábola, y como tal, los personajes, aunque aparezcan con nombres propios, e inclusive que hayan existido, en este caso, no son más que seres imaginarios que dan vida a una historia ficticia con el fin de ilustrar una enseñanza o lección moral.
La parábola del rico y Lázaro, se basa en la creencia popular de los hebreos que sus muertos iban al seno o pecho del patriarca Abraham a descansar, tal lugar era el Sheol o Hades (palabra hebrea y griega para sepulcro). Al Seol iban todos los seres que morían, sin importar si eran buenos o malos, todos igualmente llegaban allí[1].
Considerando todos estos argumentos expuestos en los tres puntos anteriores, podemos concluir que bajo ningún aspecto la parábola del rico y Lázaro, describe lo que supuestamente habrá de ocurrir con los justos y los perdidos al final de los tiempos. La enseñanza aquí, como en la mayoría de las páginas del Nuevo Testamento, y muy en especial en los cuatro evangelios, tiene que ver exclusivamente con el pueblo judío de esa generación.
[1] Salmos 89:48 ¿Qué hombre vivirá y no verá muerte? ¿Librará su vida del poder del Seol? Selah
La figura de Satanás o diablo en el concepto que hoy se le conoce, no es bajo ningún aspecto una enseñanza bíblica. Si bien ambos términos aparecen en nuestras Biblias, éstos nunca aluden a un personaje con las características del supuesto ángel caído que enseña la tradición religiosa. La creencia en un Satán corpóreo o de un dios del mal que habita en la oscuridad viene de tiempos inmemoriales, incluso desde mucho antes que Israel existiera como pueblo.
Dos de las primeras grandes civilizaciones en la historia de la humanidad que se tiene registro, fueron Egipto y Mesopotamia, fundadas aproximadamente entre los milenios quinto y cuarto a/C.
Gracias a importantes hallazgos arqueológicos se ha podido determinar cómo fue la vida y costumbres de estas primeras civilizaciones que poblaron la tierra, y, además, se ha podido constatar que muchas de las historias que contiene la Biblia se relacionan, increíblemente, con historias encontradas de estos antiquísimos pueblos; un ejemplo de ello es el diluvio universal, narrado en el libro de Génesis. Muchos autores coinciden en que la versión que se lee en el primer libro de la Biblia sobre una inundación global, se basaría directamente en textos de la literatura mesopotámica, conocidos como la historia de Uta-na-pistim[1], en el «Poema de Gilgamech», considerada como la narración escrita más antigua de la historia.[2]
En relación a lo que es nuestro tema en este momento, podría decir que la creencia en un dios de la oscuridad o del mal ya se concebía en el antiguo Egipto. Según la Enciclopedia (virtual) Mythica, los egipcios reconocían a una deidad representada en una serpiente gigante bajo el nombre de Apep o Apofis en griego. Según esta fuente, este monstruo habitaba en la oscuridad eterna y era el jefe de las fuerzas antagónicas de la máxima deidad egipcia Ra. Apep era la personificación del mal, la oscuridad y el caos. Finalmente fue muerto y exterminado por Ra[3].
Wikipedia[4], la enciclopedia libre, dice sobre Apep:
«Era una serpiente gigantesca, indestructible y poderosa, cuya función consistía en interrumpir el recorrido nocturno de la barca solar pilotada por Ra, para evitar que consiguiera alcanzar el nuevo día. Para ello empleaba varios métodos: atacaba la barca directamente o culebreaba para provocar bancos de arena donde el navío encallara. Todo ello tenía sólo una finalidad: romper la Maat, el «orden cósmico». Apofis representaba el mal, con el que había que luchar para contenerlo; sin embargo, nunca sería aniquilada, sólo era dañada o sometida, ya que de otro modo el ciclo solar no podría llevarse a cabo diariamente y el mundo perecería. Para los antiguos egipcios era necesario que existiese el concepto del mal para que el bien fuera posible»[5].
Una de las culturas importantes en la antigua Mesopotamia la constituyeron los sumerios. Éstos, al igual que los egipcios, tenían una religión politeísta, por lo que sus ciudades eran verdaderos templos consagrados a la multiplicidad de sus deidades. La religión sumeria también concebía la idea de un dios de la oscuridad; su nombre era Ereshkigal, la diosa del inframundo. Según la leyenda, Ereshkigal gobierna el inframundo junto a su consorte Nergal. Es hija de Anu y hermana de la diosa Ishtar, y era antaño una diosa celestial. Sin embargo, fue raptada por el dragón Kur y llevada al inframundo, donde pasó a ser su reina[6].
Aunque para nosotros hoy todas estas historias no pasan de ser simples leyendas míticas; sin embargo, para las culturas y sociedades de donde éstas provienen, ellas eran su religión, sus creencias de vida y, por lo tanto, son dignas de estudio e investigación, pues conociendo parte de sus costumbres y mitos podremos identificar, más fácilmente, el origen de muchas de las tradiciones dentro de nuestras religiones modernas.
Una de las civilizaciones, posterior a Sumer, más influyentes en todas las culturas y religiones, y aun hasta nuestros días, ha de ser indudablemente la babilónica. Babilonia es considerada una de las ciudades más antiguas e importantes del mundo mesopotámico. Su primera mención en la Biblia está en Génesis 10:10, bajo el nombre de Babel y relacionado con quién habría sido su fundador, Nimrod, nieto de Cam y bisnieto de Noé.
Alexander Hislop (1807-1865), ministro de la Iglesia libre de Escocia, famoso por su abierta crítica en contra de la Iglesia Católica romana, publicó en 1858, después de numerosas revisiones y ampliaciones, su más famosa obra literaria: «Las dos Babilonias»; libro en el que afirma que la Iglesia romana es una religión de misterio babilónica y pagana, y que solo los protestantes adoran al verdadero Jesús y al verdadero Dios. Según la teoría de Hislop, el origen de la veneración católico-romana a la Virgen María, se remontaría a la antigua Babilonia, a una mujer llamada Semíramis, quien habría originado el culto a la diosa-madre. Dicho culto, posteriormente, se ha-bría diseminado por el mundo y por la historia, tomando el nombre de Ishtar en Babilonia, Isis y Venus en Egipto y Hestia y Juno en Grecia y Roma. Respecto a Semiramis, Hislop afirma en su libro que ésta habría sido esposa de Nimrod (fundador de la antigua Babilonia), que fue una mujer extraordinariamente hermosa y que dio a luz, mediante una concepción seudo-virginal, a un hijo, al que llamó Tammuz.[7]
Los babilónicos heredaron gran parte de las costumbres y mitos de los sumerios y acadios, pueblos que, como Babilonia, poblaron la región de la Mesopotamia antigua. En realidad, cada pueblo que conquistaba a otro traía sus propias costumbres y creencias, las que luego se amalgamaban con las de su conquistado. De este modo se lograba que en lugar de extinguir una cultura o civilización ésta se enriqueciera o sencillamente evolucionara a una superior.
La religión babilónica concebía la idea de dioses de primer nivel, como también dioses de los mundos inferiores. Creían en ángeles y demonios, en el bien y el mal.
Otros pueblos o reinos que habitaron la región mesopotámica fueron los asirios, los hititas, los medos y persas, hasta llegar finalmente a la época greco-romana. En cada una de estas civilizaciones habían elementos en común. Entre otras cosas, la religión politeísta y la concepción del mal como una influencia externa que incitaba al hombre a pecar.
A medida que avancemos en el tema iré mostrando, si es que es necesario, cómo llegaron los judíos, en los días de Jesús, a concebir la idea sobre un diablo espíritu, quien actúa independiente de Dios y con el poder suficiente como para intervenir y hasta pretender estropear sus planes. En realidad mi máximo esfuerzo y desafío en este capítulo, más que mostrar documentación histórica, consiste en poder demostrar, tan solo con la Biblia, que Satanás no existe —no es real. Que de haber sido un personaje espiritual poderoso, Dios habría advertido a su pueblo en el pasado con respecto a él. Sin embargo, no encontramos en ninguna parte del Antiguo Testamento alguna recomendación a cuidarse de Satanás, la razón es muy simple —no había tal enemigo; los enemigos de Israel siempre fueron físicos.
Por experiencia personal comprendo perfectamente cuán difícil puede ser para alguien que ha escuchado durante toda su vida sobre la existencia de un personaje espiritual maligno llamado diablo, Lucifer o Satanás borrar de su mente, de la noche a la mañana, tal idea, y aceptar que todo lo que creía sobre este personaje no es real; que tanto el diablo como el infierno son términos que se han malinterpretado en su morfología desde un principio y, por ende, se transformaron, con el correr del tiempo, en simples mitos religiosos. Ahora bien, si en verdad Satanás no existe, seguramente usted querrá saber en qué nos basamos realmente para sostener algo cuya existencia, según la mayoría, es más que obvia en la Biblia. Lo más probable que me cite los dos primeros capítulos de Job, la tentación de Cristo y muchos de los versículos en que se alude a este personaje, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Sin embargo, permítame decirle algo con mucho respeto: Hasta aquí, usted solamente ha revisado estos pasajes bajo el lente de la religión tradicional en la que le ha tocado crecer o vivir, pero nunca los ha visto en su contexto original. Es mi intención en este estudio guiarle, o mejor dicho ayudarle a estudiar la Biblia, poniendo sentido y razonamiento en lo que lee; no forzando una interpretación preconcebida, sino dejando que la Biblia se interprete a sí misma.
¿Entiendes lo que lees?
Me gustaría demostrar a través de los siguientes versículos, que de no ser porque en nuestras traducciones bíblicas aparecen nombres como Satanás y diablo, no habría ninguna razón para dudar que el gran enemigo del hombre no es ningún ser espiritual ajeno a él, sino él mismo, es decir, su propia mente, o naturaleza carnal. Veamos:
Mt. 15:19 Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.
Mr. 7:21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios,
Mt. 12:35 El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.
Mt. 15:18 Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre.
Stgo. 1:14, 15 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.
Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos que encontramos en la Biblia y en los que se puede observar de manera muy contundente el gran poder que ejerce la mente humana en todos los designios y acciones del hombre; ya sea en contra de sí mismo, como en contra de los demás. Totalmente de acuerdo, dirán algunos, pero ¿quién es el que coloca tales pensamientos allí? Observe detenidamente lo que dice el siguiente verso: «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él» (Pr.23:7b). En el contexto de este versículo se puede apreciar muy claramente lo que el escritor pretende enseñar a su audiencia: Cuídate del hombre avaro, no creas en sus ofertas y palabrerías, porque no te lo dice de corazón. Esto significa, que la verdadera conducta del hombre no la determina algo externo a él, sino su propia manera de pesar. O sea, ¿quién puso los pensamientos malos en su mente? nadie más que él mismo. También podemos revisar estos otros versículos en donde la tónica sigue siendo la misma, la acción de nuestra mente determinando el sentido de nuestra conducta.
Ef. 2:3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
Rom. 1:28 Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen;
Col 1:21 Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado
Co.l 3:5 Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría;
Ahora bien, si usted es de esas muchas personas en el mundo que cree en la existencia del diablo, estoy casi seguro que los versículos arriba expuestos no han logrado convencerlo plenamente de que nuestro único gran enemigo es nuestra propia mente; por lo tanto, quisiera invitarle a que revisemos juntos aquellos versículos y pasajes en los que usted y todo el mundo se afirman para sostener que Satanás sí es un personaje espiritual poderoso y vigente. Lo primero que hay que hacer es desmitificar esa figura casi «glamurosa» que se le ha dado a Satanás, y en segundo lugar revisar esos versículos claves en donde pareciera que la Biblia respaldara la existencia de este ser espiritual tan perverso.
¿Entiendes lo que lees?
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En primer lugar, usted debe entender que términos como Satanás o diablo, nunca aparecen en la Biblia como nombres propios, y que vocablos como Lucifer y ángel caído ni siquiera se mencionan en ella. La única referencia cercana que existe en la Biblia con respecto a la palabra Lucifer es Isaías 14:12 donde dice «Lucero, hijo de la mañana», y que analizaré detalladamente más adelante. Si bien es cierto, los dos primeros términos sí aparecen en nuestras Biblias, pero nunca aludiendo a un ser espiritual, sino que, en ambos casos describiendo la actitud opositora de un individuo, o incluso, a las maquinaciones de su mente. La idea que hoy se concibe del mal personificado en un supuesto ángel caído, corresponde a un gravísimo error de traducción, especialmente con la palabra «Satanás» que en hebreo se escribe שָׂטָן satán, y cuyo significado es: adversario, opositor, acusador, enemigo. Este término en particular aparece en el Antiguo Testamento unas 24 veces, connotando siempre alguno de los adjetivos calificativos de su significado original. Lo curioso del asunto, es que los traductores de la Biblia emplearon el vocablo «satán» como un nombre propio, es decir, Satanás, solo en algunas ocasiones, como por ejemplo en: Job 1:6 y Zacarías 3:1, entre los más conocidos, pero no lo hicieron en otros, sino que solo se limitaron a transcribir el adjetivo correspondiente, como es el caso de Números 22:22 en donde dice: «Y la ira de Dios se encendió porque él iba; y el ángel de Jehová se puso en el camino por adversario suyo. Iba, pues, él montado sobre su asna, y con él dos criados suyos». Aquí la palabra «adversario» en hebreo se escribe igualmente satán, como en los pasajes de Job y Zacarías, obviamente en su transliteración a nuestro sistema escritural, sin embargo, los traductores al traducir ese versículo no transcribieron «Satanás» como en los pasajes que cité más arriba, sino simplemente colocaron el adjetivo «adversario», tal vez, por considerar que el término Satanás era muy fuerte como para referirlo al ángel de Jehová. Estos dos pasajes, como así también, todos en los que se encuentra implícito el termino satán, los analizaré un poco más adelante en este capítulo.
Lo importante aquí es que comprendamos que Dios es único y absoluto, no tiene un enemigo personal poderoso, ni ha creado ángeles malos que estén en contraposición a él. La Biblia enseña que los ángeles son todos siervos de Dios y ejecutan solamente su voluntad (Sal.103:20), aunque a veces fue para destruir, como lo dice el salmo 78:49
«Envió sobre ellos el ardor de su ira; Enojo, indignación y angustia, Un ejército de ángeles destructores».
Dios nunca advirtió a Israel sobre un enemigo espiritual; es más, nunca les insinuó siquiera, a través de sus profetas, que existía un ángel rebelde poderoso que dominaba sobre la esfera terrestre y de quien deberían cuidarse. Al contrario, Dios siempre exhortó a su pueblo que él era el único Dios, que no existían otros dioses, ni iguales, ni inferiores a él; él era soberano:
Ved ahora que yo, yo soy,
Y no hay dioses conmigo;
Yo hago morir, y yo hago vivir;
Yo hiero, y yo sano;
Y no hay quien pueda librar de mi mano (Dt. 32:39).
No temáis, ni os amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te lo dije? Luego vosotros sois mis testigos. No hay Dios sino yo. No hay Fuerte; no conozco ninguno (Isa 44:8).
Así era como lo entendía Israel en el principio. Sin embargo, con el correr del tiempo, muchas de las creencias y prácticas de los pueblos que le circundaban, fueron afectando la pureza e integridad de sus principios religiosos. Una filosofía que influyó significativamente en la cultura judía, fue la religión babilónica/persa del zoroastrismo, cuyo postulado era que había un dios bueno (Ahura Mazda) que habitaba en la luz, y un dios malo (Ahriman) quien dominaba las tinieblas. Esta filosofía dualista estaba en pleno desarrollo cuando Judá fue llevado cautivo a Babilonia y según algunos eruditos como Boyce, (1987); Black and Rowley, (1987); Duchesne-Guillemin, (1988) creen que un buen número de elementos de la escatología, soteriología, angelología y demonología del judaísmo, una influencia clave en el cristianismo, tiene su origen en el zoroastrismo, y fue transferida al judaísmo durante la cautividad babilónica y la era persa7
7http://es.wikipedia.org/wiki/Zoroastrismo).
Al parecer, Isaías 45:5-7 es una clara exhortación a los judíos en la cautividad a no dejarse influenciar por esta creencia.
5Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste,
6para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo,
7que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.
En realidad si lee con atención, todo el capítulo 45 de Isaías es una clara advertencia a los judíos cautivos a que no adopten ninguna de las creencias o costumbres babilónicas ni persas, sino que permanezcan firmes en su fe. Lamentablemente Israel no fue fiel a la Palabra de su Dios y poco a poco se fue dejando influenciar por ellas, hasta el punto que para la etapa post exilio, habían adquirido un enfoque dualista del cosmos al igual que ellos, es decir, concebían la idea de dos puntos opuestos como lo eran el bien y el mal, aceptando que Dios solo hacía el bien, y que por lo tanto, todo lo malo venía de un ente poderoso sobrehumano, y que estaba separado de Dios. Como los judíos eran monoteístas, no quisieron aceptar la idea de otro dios, aunque este fuera antagónico al suyo; así fue como nació la creencia judía de los ángeles pecadores. No puedo ni deseo dedicar demasiado espacio a escribir sobre todas las culturas de pueblos que influenciaron sobre los judíos en muchas de sus anti bíblicas costumbres, pero invito al lector, al estudiante serio y responsable de la Biblia, que indague, que busque en cuanta fuente le sea posible y compruebe por sí mismo que la creencia en diablos y demonios es más antigua que la Biblia misma, pero que bajo ningún motivo es enseñanza de ella. Descubra como es que llegó a nosotros la idea de un ser horrible y abominable, con cuernos y rabo, y que domina el reino de las tinieblas. Hoy gracias a la Internet, se puede decir, tenemos prácticamente toda la literatura del mundo a nuestro alcance; solo necesitamos un mínimo de conocimiento en el uso de un computador y podemos acceder a todo tipo de información. Lo que yo sí deseo en este capítulo es poder demostrarle con la «sola» Biblia que Satanás no existe, no es real; y si es que en verdad la palabra satán en algunos pasajes se le asigna a un ángel, ese ángel no es el diablo, ni es un ángel caído, sino simplemente un ángel de Dios enviado por él para cumplir un propósito especifico, ya sea a favor o en contra del hombre.
¿ESTÁS SEGURO DE QUE JESÚS FUNDÓ TU IGLESIA? Uno de los serios problemas que enfrentamos es que, todo cristianismo sea católico, ortodoxo,...